Intercambio de favores

Sinopsis: Volviendo a casa alterada tras ser chantajeada por su odioso jefe (relatado en Intercambio de emails), Montse sufrirá un percance. Su amigo Ricardo insistirá en hacerle un favor. Será el primero de varios.

Capítulos publicados de la serie:

  1. Intercambio de fotos
  2. Intercambio de emails
  3. Intercambio de favores

-No te preocupes, ¡eh! – le previno de antemano – Montse ha tenido un accidente, pero está bien.

¡Que te jodan! pensó Ricardo. Pues claro que pensaba preocuparse por su queridísima amiga. Sólo el pensar que podía haberle pasado algo… su corazón se encogió y quiso saber más. El novio de Montse continuó contándole lo que había pasado y, aunque Ricardo se quedó más o menos tranquilo, no tardó en llamar a su amiga.

La conversación con ella fue corta y, aunque pudo comprobar que la mujer se encontraba bien, no pudo evitar una sensación de mal cuerpo generalizada, una unión de diversos factores de toda índole. Desde haberse enterado un día tarde, a través de Ismael, sin la mera posibilidad de haber estado al lado de Montse en un momento tan jodido hasta haberla escuchado tan apagada durante una conversación corta que le supo a poco pasando por el hecho en sí, un accidente tan grave en el que su mejor amiga podría haber salido mucho peor parada de lo que finalmente había sido.

La tarde anterior Montse había tenido un grave accidente de coche. Distraída, pensando en lo que acababa de sucederle en el trabajo, no pudo esquivar el vehículo de delante que acababa de frenar inesperadamente. El coche había quedado destrozado y, por suerte, ella se encontraba relativamente bien.

A pesar de haber salido ilesa de un accidente tan grave, Montse se había dañado las cervicales. Cuando Ricardo habló con ella por primera vez ya estaba de baja, en casa, y con un collarín en el cuello. Montse tenía mareos, pero no había nadie que pudiera quedarse con ella en casa así que la preocupación de su amigo aumentó al saber que pensaba darse una ducha.

-¿Y qué pasa si te mareas mientras estás en la ducha? – le preguntó.

-Tranquilo, ya he quedado con mi hermana que antes de entrar a la ducha le haré una perdida y si no se la repito pasado un tiempo prudencial ya sabrá que me ha pasado algo – le respondió ella halagada por la preocupación de su amigo.

Ricardo se quedó más tranquilo sabiendo que Montse ya había tomado ciertas precauciones, pero aún así quiso asegurarse por sí mismo del bienestar de su amiga llamándola al poco rato. No tardó en arrepentirse ya que no recibió respuesta, pero no sabía si el motivo es que había pasado algo. Impaciente, se tranquilizó pensando que tal vez aún se estaba duchando o había terminado y no había visto su llamada. Lo volvió a intentar y obtuvo el mismo resultado aumentando su ya de por sí alterado nerviosismo. Pensó en llamar a Ismael, pero no quería alarmarlo sin estar seguro de lo que pasaba y era imposible que él mismo acudiera puesto que no tenía posibilidad de entrar al piso si había pasado algo o la certeza de que simplemente Montse hubiera salido a comprar el pan y no pasara nada. Estaba al borde de la desesperación cuando por fin sonó su móvil.

-¡Ups! Acabo de ver tu llamada ahora – le dijo Montse.

-¡Ah! ¿Ya te has duchado? – intentó aparentar serenidad – no sabía si te había pasado algo o no y ya no sabía qué hacer.

La mujer se rió.

-No, tonto, aún no me he duchado. Voy ahora.

-¡Espera! – la cortó.

-¿Qué? – preguntó sorprendida.

-Ahora mismo voy para allá. Tú no puedes ducharte sola. Si te pasa algo me muero.

-¡Anda, anda! No seas exagerado – le recriminó – Además, no pensarás estar presente mientras me ducho, ¿no? – le soltó con perspicacia.

Ricardo no lo había pensando y se lo imaginó. Le gustó la idea. Le gustó mucho. Recordó su primer y único encuentro sexual con su mejor amiga hacía un año en la ducha de una casa rural que compartían con sus respectivas parejas y el resto de amigos comunes. Desde entonces su amistad se había reforzado si cabe, la complicidad entre ambos había aumentado y la confianza era extrema. Sin embargo, Montse se había ocupado de dejar claro a su mejor amigo que aquello no había sido más que un hecho aislado. Y Ricardo lo aceptó por el bien de todos.

-Pues debería, pero al menos que esté en tu casa por si te pasa algo.

-¡No digas tonterías! Que no hace falt…

-Voy para allí y punto – la cortó.

-¡Ricardo!

-Montse, digas lo que digas voy a salir de trabajar y voy a ir para tu casa así que espérate para meterte en la ducha. No me hagas hacer esto en balde.

-Ahora en serio, Ricardo…

-Estoy cerrando… prométemelo… tardo una hora en llegar.

-Ricardo…– se resignó finalmente – está bien. Eres idiota.

-Yo también te quiero. Hasta ahora.

-No tardes – y suspiró resignada.

Ricardo fue todo lo rápido que pudo y, como le había dicho a Montse, en aproximadamente una hora se presentó en su casa. Cuando la vio se le partió el alma. Con el collarín y la carita de cordero degollado aparentaba una fragilidad que le evocó ternura. Se alegró de verla aunque fuera en aquellas circunstancias.

-¿Ya puedo ducharme? – ironizó.

-Sí, claro. He estado pensando…

-Dime – Montse se temió lo peor.

-Tú te duchas solita…

-¡Evidentemente! – le cortó algo seca.

-… pero dejas el pestillo sin poner – prosiguió intentando ignorar el brusco corte que le acababan de pegar – y si pasa cualquier cosa o necesitas algo me llamas y podré entrar sin problemas.

Montse se quedó dubitativa y finalmente accedió sabiendo que en ningún caso le llamaría estando desnuda así que no le pareció mala solución.

-Estaré atento – bromeó Ricardo cuando Montse entraba al cuarto de baño y cerraba tras de sí.

Montse empezó a desnudarse mientras dejaba caer el agua para que alcanzara la temperatura deseada. Lo último que se quitó fue el collarín y al hacerlo sintió un pequeño mareo. Por unos instantes el dolor pareció que la haría desplomarse, pero se recompuso y pudo introducir su magullado cuerpo bajo la reconfortante ducha de agua caliente.

Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que, pasados unos minutos, Ricardo oyó un golpe seco. Se asustó.

-¿Montse?

El silencio era la única respuesta.

-¡¿Montse?!

Nada. Insistió, esta vez aporreando la puerta con fuerza.

-¡Montse! ¿estás bien? No me asustes.

Por un momento pensó que su amiga estaba bromeando, pero el golpe había sido lo suficientemente grande como para temerse lo peor.

-¡Voy a entrar! – gritó mientras giraba el pomo de la puerta. Por un instante pensó que la muy cabezona habría puesto el seguro y no podría entrar a socorrerla, pero el pomo giró y la puerta se abrió lentamente, temeroso de encontrarla tan normal, bajo la ducha, desnuda, y que se pensara lo que no era.

Al verla tirada en el plato de ducha el corazón se le puso a mil por hora. Corrió a socorrerla.

-¡Montse! Montse, ¿me oyes? – le preguntaba mientras comprobaba que no estuviera sangrando por haberse golpeado la cabeza.

Al asegurarse de que no estaba sangrando intentó despertarla con tímidos golpes en el rostro, pero la mujer no reaccionaba. Se calmó al ver que su respiración era normal y no tenía signos evidentes de un golpe demasiado grave. Y en ese instante se fijó en el cuerpo desnudo de su amiga. Ante sus ojos estaba el precioso cuerpo moreno que había anhelado desde su affaire en la ducha de la casa rural y ahora lo tenía a su merced. Se fijó en las prominentes ubres y en su pubis no completamente rasurado.

El conflicto se apoderó de su mente. No quería aprovecharse de la situación y de su indefensa amiga, pero… por un pequeño magreo no pasaría nada pensó. Acercó temeroso una mano hacía uno de los pechos de su amiga. Lo sobó con cuidado notando su tierno contacto y automáticamente su pene se puso rígido como una barra de metal. Tuvo que cambiar de postura para que la erección no le doliera.

Aún con la mano en la teta de Montse, ella abrió ligeramente un ojo. Ricardo, que estaba atento, reaccionó rápido retirando la mano e intentando alzar el cuerpo inerte que yacía en el plato de ducha.

-¿Estás bien? – preguntó intentando disimular – Has debido darte un golpe y te has quedado inconsciente durante unos instantes.

Montse, ante aquellas palabras, pareció reaccionar rápido, dándose cuenta en seguida de lo que ocurría. Rápidamente apartó a su amigo de su lado y se hizo un ovillo, pudorosa, intentando ocultar cualquier parte de su cuerpo a la abrasiva mirada de Ricardo.

-¿Podrías dejarme sola, por favor? – le recriminó sin demasiados aspavientos, agradecida por la ayuda que suponía había recibido.

-¿Piensas seguir con la ducha? – le inquirió preocupado Ricardo.

-Sí – respondió ella con clara rotundidad, como si no hubiera otra respuesta posible.

-Lo siento, pero no pienso dejarte sola – insistió Ricardo tras comprobar lo que podía pasar si se dejaba a la enferma sin asistencia.

-Pues más lo siento yo, pero no pienso ducharme delante de ti. De hecho, hace rato que deberías haberte marchado. De buen rollo, eh… pero entiéndeme – suavizó la situación mirando hacia su cuerpo desnudo, aún oculto tras el ovillo que ella misma había formado con sus brazos y piernas.

-Montse, acabas de desmayarte y te has golpeado a saber dónde. Te podrías haber dado en la cabeza, habértela abierto y ahora estaríamos todos lamentándolo. No pienso dejar que te duches sola.

-Pues yo tengo que ducharme, necesito ducharme – insinuó que ya no se sentía cómoda sin un lavado.

-Está bien, pues yo te ayudo – propuso Ricardo, aún nervioso por la mezcla del susto por lo que le podría haber pasado a su amiga y la excitación que la visión de su cuerpo y el contacto con su seno le había provocado.

-¿Tú estás loco? – preguntó retóricamente dejando claro que era una idea absurda.

-Mira, tú te duchas así sentada como estás ahora y así no hay peligro de que te caigas. Y en la espalda donde no llegas te ayudo yo. ¿Hay trato o no hay trato?

Montse pensó que tenía razón. Cada vez que se quitaba el collarín sufría intensos mareos y en cualquier momento podía volver a desmayarse con graves consecuencias. La solución propuesta por Ricardo no era tan grave si suponía que enjabonarle la espalda no era nada demasiado fuerte.

-Está bien, pero hasta que no me toque la espalda te das la vuelta y no miras, ¡eh! – espetó con firmeza, ruda, dejando claro que cualquier otra opción sería desestimada.

-Vale, me parece correcto. Pero mejor empezamos por la espalda y luego te puedes enjabonar el resto sin mi ayuda. ¿Te parece?

-De acuerdo.

Ricardo se acercó nuevamente a su amiga, cauteloso. Sonrió, pero Montse no le devolvió la sonrisa. Cogió el teléfono de ducha y mojó la espalda de Montse que seguía hecha un ovillo. Ricardo pasó su mano libre sobre la mojada piel de su amiga, acariciándola. Montse pensó que aquel gesto no era necesario, pero no le dio mayor importancia.

El hombre retiró el agua y cogió el jabón echando un poco sobre la maltrecha columna de la accidentada. Nuevamente posó una de sus manos sobre la espalda de ella y la movió esparciendo el jabón. En seguida la otra mano se unió a la tarea y así Ricardo se deleitó recorriendo cada centímetro de piel de la espalda de Montse. Aquel gesto tan simple fue suficiente para volver a provocarle una erección y es que el contacto, por pequeño que fuera, con aquel monumento era sublime.

Montse parecía más relajada. Su cuerpo no estaba tan tenso y el ovillo no parecía tan compacto. Ricardo pudo apreciar como ahora gran parte de los senos eran visibles cosa que no ayudaba a bajar el hinchazón que tenía entre las piernas.

Efectivamente, ella estaba más relajada y es que era agradable que alguien la duchara, la enjabonara y más con lo dolorida que se encontraba. Por instantes pensaba que le encantaría que Ricardo siguiera con el resto del cuerpo, pero en seguida se daba cuenta de que no podía ser.

Las manos de él estaban en la parte baja de la espalda. Ya no había nada más que enjabonar, pensó Montse, cuando Ricardo la sorprendió introduciendo las manos dentro del ovillo, acariciando su vientre.

-Ricardo… - le recriminó.

-Ya que estoy… - tentó a la suerte.

Montse había aflojado aún más la pelota que había hecho con su cuerpo, dejando que su amigo le enjabonara la tripa. Las piernas de Montse estaban completamente selladas y recogidas con lo que Ricardo no podía ver su sexo, únicamente intuía su pubis. Sin embargo, los pechos de la escultural mujer ya estaban a la vista del hombre que la cuidaba.

-Venga, y ahora el culete – le bromeó Ricardo con la esperanza de que Montse accediera.

Y a regañadientes, pero accedió. Intentó alzar el culo para que su amigo accediera, pero en la postura en la que estaba era imposible.

-Es que no puedo… - puso voz de pena provocando la sonrisa de su feliz amigo.

-Ven, yo te ayudo – le dijo él, incorporándola para que se pusiera de cuclillas. Y en esa postura, introdujo una mano bajo su cuerpo, manoseándole las nalgas.

Tras lanzar un nuevo chorro de jabón en la parte baja de la espalda de Montse de forma que se fuera deslizando hasta su trasero, Ricardo introdujo una de sus manos en la raja del culo de su amiga, deslizando uno de sus dedos acariciando el dolorido ano de la mujer. En ese instante Montse, recordando lo sucedido hacía tan sólo unas horas, soltó un levísimo suspiro que el hombre pareció escuchar con lo que se entretuvo en la zona masajeándola circularmente hasta ejercer una ligera presión en el agujero de la chica.

-Ya basta Ricardo – le recriminó.

Montse estaba disfrutando con las atenciones de su amigo. Aunque estaba yendo mucho más allá de lo permitido, de antemano no pensó que fuera tan placentero que la ducharan como si de una niña pequeña se tratara. Así que decidió dejarle hacer parándolo cuando creyera que se sobrepasaba. Lo malo es que cada vez le costaba más tomar la decisión de pararlo puesto que la idea de que se sobrepasara empezaba a excitarla demasiado.

El recuerdo de todo lo vivido con su mejor amigo, más concretamente, de la última vez que habían compartido ducha y, sobre todo, del morboso intercambio de fotos que lo había provocado era enormemente placentero. Tampoco ayudaban las recientes conversaciones por email que habían intercambiado donde ambos se insinuaban provocándose mutuamente calentones insatisfechos. Aunque no quería, todo el morbo que había entorno a Ricardo le ayudaba a comportarse de ese modo, alimentando esa chispa que cada vez se hacía más grande.

El hombre le hizo caso deteniendo su acometida y la ayudó a sentarse nuevamente. Esta vez se dirigió a los pies y empezó a manosearlos con toda la espuma que el jabón había provocado en el resto de su cuerpo.

-¿Sabes lo mucho que llevo deseando poder toquetearte los pies? –sonrió Ricardo evidenciando lo mucho que disfrutaba con aquello, cosa que ella ya sabía.

-Pues espero que no sea lo que más te ha gustado hasta ahora – le replicó Montse haciendo clara alusión a la sobada de culo que acababa de pegarle – porque entonces tienes un problema.

Ricardo se rió.

-Bueno, lo otro tampoco ha estado nada mal.

Montse se quedó satisfecha con esa respuesta.

Cuando Ricardo recogió el bote de jabón para volver a utilizarlo con una nueva zona, Montse lo paró.

-Muchas gracias, Ricardo, con el resto ya puedo yo como hemos quedado – le soltó con toda la inoportunidad del mundo dejando a Ricardo pasmado.

-Nooooo… - casi suplicó – déjame terminar de enjabonarte… Mira cómo me has dejado. – Y le señaló la evidente erección que había bajo sus pantalones.

Montse se rió a carcajadas y contestó, viendo la cara de no haber roto un plato de su amigo, cuando recuperó la compostura.

-Vale, pero algo rapidito… - y abrió las piernas mostrando por primera vez los apetecibles labios vaginales que se separaron lentamente dejado entrever el lubricante natural que Montse había emanado con tanto manoseo.

Ricardo lanzó un nuevo chorro de gel sobre los escasos pelos púbicos y con su mano empezó ahí las caricias que recorrieron por completo el húmedo coño de la excitada mujer. Ahora el suspiro casi imperceptible cuando Ricardo rozó su ano era más evidente y continuo hasta, finalmente, convertirse en un jadeo constante cada vez que Ricardo rozaba su clítoris.

A pesar del dolor, Montse estaba cada vez más encorvada hacia atrás. Sus piernas se habían ido abriendo y ahora Ricardo podía masturbarla sin problemas. Mientras no dejaba de acariciar el clítoris con el pulgar, introdujo 2 dedos en la raja de su amiga que no dejó de meter y sacar en tan agradable cueva. Finalmente, la corrida de Montse llegó inundando la mano de su amigo al tiempo que el cuarto de baño se llenaba de gemidos de placer.

Ricardo sacó su mano mirando satisfecho el bello rostro de su amiga que se recomponía del orgasmo. Montse echó un vistazo instintivo y rápido al paquete de su amigo y, tras comprobar que la empalmada seguía ahí, le pidió que se marchara.

-Ya puedo terminar yo – le dijo secamente.

Ricardo aceptó sin rechistar, sublimemente contento a la par que temeroso por 2 motivos. Por un lado le aterraba que lo que acababa de suceder pudiera romper el equilibrio que su amistad había alcanzado después de todo lo vivido y, por otro, temía que con lo cabezona que era, ahora Montse intentara levantarse y tuviera un nuevo mareo. Así que antes de salir del lavabo insistió en ello.

-Ahora no vayas a levantarte, ¿vale, guapa? – intentó ser lo más amable posible. – Seguiré estando aquí al lado por si me neces…

-¡Calla ya! – le bromeó con un gesto burlón de desprecio – termina de ayudarme, anda, tonto. Me acabo de enjabonar y me ayudas con el agua, ¿vale?

-¡Vale! – sonrió Ricardo.

Y así Montse terminó de ducharse con la ayuda de su amigo sin que pasara nada más reseñable. Ella volvió a perder el pudor ante Ricardo y él no perdió su erección hasta que se despidieron.

-Mira que salir del trabajo para venir a ayudarme… ¡si es que eres un cielo!

-Si quieres puedo quedarme para hacerte compañía el resto del día.

-No, gracias, ya has hecho bastante – y le sonrió con complicidad.

-¿Te ha gustado? – le preguntó temeroso.

-Me ha encantado. Pero vete ya, que estoy bien.

Ricardo se marchó satisfecho. Únicamente el resquemor de no poder quedarse con ella, para cuidarla, para hacerle compañía, incluso para poder acabar lo que habían empezado esa mañana y que tal vez nunca jamás tendrían ocasión.

Por su parte, Montse se quedó en casa, dolorida, pero más relajada tras el orgasmo que el encanto de su amigo le había provocado. No obstante, todas las alarmas se quedaban encendidas. ¿Qué significaba lo que había ocurrido? Había vuelto a caer en las garras de su mejor amigo y no comprendía por qué le era tan difícil evitarlo. No sabía si podría vivir con la conciencia tranquila pues, aunque en ninguna de las ocasiones había sido premeditado, no era la primera vez que engañaba a Ismael. ¿Cómo se vería afectada la relación con su amigo? ¿Y con su novio? Ella no quería que nada cambiara a partir de lo ocurrido.

Los días transcurrían. Montse seguía de baja haciendo recuperación y Ricardo había notado el evidente distanciamiento que la mujer había puesto entre ambos. Si bien es cierto que ella siempre era correcta en el trato con su amigo procuraba evitar todo lo que Ricardo intentara precipitar fuera de los márgenes que marca la estricta amistad entre personas heterosexuales de diferente sexo. Ahora las bromas picantes y las insinuaciones sin importancia que tan frecuentes habían sido siempre eran inexistentes. Montse no estaba por la labor de permitir cosas que antes eran habituales. Sin duda, se sentía culpable y al hacerlo estaba pensando en Ismael.

Ricardo había aceptado la situación con resignación. Aunque echaba de menos a su amiga de siempre comprendía a Montse, pero a veces era tan fría que no podía evitar una sensación de temor a hacer algo que pudiera molestarla.

La gota que colmó el vaso fue la petición de Montse de acabar con sus conversaciones vía correo electrónico desde el trabajo. La mujer había vuelto al curro con el sombrío recuerdo de la pillada que su jefe le hizo con sus correos personales y lo que aquello acabó provocando el mismo día del accidente de tráfico. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y tuvo que pedirle a su amigo que no se escribirían más sin poder explicarle el motivo real. De ahí que Ricardo lo interpretara como una última señal del distanciamiento con Montse.

Ante tal panorama Ricardo intentó ser menos habitual en la vida de su amiga. Ricardo no quería molestar y eso molestaba a Montse que, aunque se distanciaba de su amigo, no quería perder todo aquello que quería conservar, todo aquello que entrara dentro de esos límites impuestos a unos amigos normales. Pero su amistad no era normal. Y todo ese cúmulo de pensamientos, acciones incomprensivas, sentimientos ocultos acabó estallando entre las manos de ambos.

El inexorable paso del tiempo provocó una enorme grieta en su ya maltrecha amistad que la hizo tambalear hasta el punto de, por primera vez, ambos plantearse la posibilidad de dar muerte a su relación de amistad. Algo parecía haber cambiado en el interior de Montse y Ricardo parecía haberse cansado de aguantar esa situación. Así las cosas, ella se olvidó de su amigo y él se distanció definitivamente incluso dejando a su novia, Noe, para alejarse lo más que pudo del grupo de amigos. Sin duda era la excusa perfecta.

Durante ese tiempo, Montse cayó gravemente enferma y él se enteró al cabo de unos días, nuevamente a través de Ismael. Esta vez las sensaciones fueron diferentes, no tan viscerales. Sabía que se encontraba estable dentro de la gravedad de su neumonía y eso era suficiente. Y aunque no pudo evitar una cierta preocupación, pensó que en cuanto saliera del hospital iría a visitarla a su casa y ya está. Y así lo hizo el mismo día que Montse recibió el alta.

Mientras Ismael organizaba el piso después de los días de hospital, Ricardo se acercó lentamente a su amiga que hizo lo propio. Ambos se miraron e instintivamente se fundieron en un abrazo maravilloso que recordó a los que antaño se regalaban. Aquel gesto, para él, borró todo lo que había quedado empañado en los últimos tiempos. Ricardo se dio cuenta de lo mucho que necesitaba a su mejor amiga mientras sentía el débil cuerpo de Montse entre sus brazos.

-Igual huelo un poco a fritanga – se excusó Ricardo que desde que lo había dejado con Noe era un desastre y se había puesto un jersey con el que había salido a cenar 2 días antes.

-Yo sí que huelo mal – le replicó ella haciendo referencia al olor a hospital.

Él acercó la nariz a su cuello para olerla y al notar el agradable olor corporal de su amiga supo que no quería separarse de sus brazos jamás. Pero debía hacerlo, momento en el que se fijó en su rostro demacrado, su débil cuerpo encorvado, sus pupas rodeando sus labios y volvió a sentir la ternura que ya sintiera meses antes tras su accidente de coche.

-Ricardo, respecto a lo que pasó aquel día… - quiso sacar el tema de todo lo ocurrido, pero para él ahora aquello era lo menos importante. Sabía lo que sentía por ella y, en ese estado tan débil de su mejor amiga, no quiso ni pensar en lo que había sucedido hacía tanto tiempo.

-No pasó nada, aquello está olvidado.

Y ella lo volvió a abrazar esta vez sorprendiendo a su agraciado amigo.

Mientras Montse se ponía cómoda, Ricardo acompañó a Ismael en las tareas del piso. Estaban terminando de pulir los últimos flecos cuando Ricardo se acercó al cuarto de baño donde Montse ya se había cambiado y terminaba de arreglarse frente al espejo. El hombre la observó a su espalda, a través del espejo, y no pudo evitar fijarse en su camiseta, en la cual se marcaban los grandes pezones de su amiga. Le gustó.

-¿Cómo estás?

-Mejor – le sonrió a través del espejo mientras veía como su amigo volvía junto a su novio.

Cuando Montse terminó de acicalarse y salió al salón donde estaban Ismael y Ricardo llevaba únicamente la camiseta y los pezones continuaban rasgando la tela que hacía las funciones de pijama.

-Te pondrás una chaqueta, ¿no? – le sugirió Ismael.

-Sí, claro – contestó ella haciendo alusión a que no debía pasar frío debido a la neumonía de la que aún se estaba recuperando.

Tanto Ricardo como Ismael, que iba a jugar a fútbol, debían marcharse así que Montse se quedaría nuevamente sola.

-Yo me tengo que ir un momento, pero acabo pronto – le dijo Ricardo – con lo que si necesitas cualquier cosa ya sabes.

Montse agradeció el gesto, pero lo único que quería era estar sola y descansar.

-Tú tranquilo. Si quieres venir tú mismo, pero me sabe mal porque ahora mismo no soy el alma de la fiesta.

A Ricardo no le gustaron aquellas palabras. Le gustaría que su presencia no forzara a su amiga a tener que comportarse de alguna forma concreta. Él no necesitaba más que su presencia para sentirse reconfortado y le gustaría que ella lo tuviera claro y actuara en consecuencia.

Los 2 hombres se marcharon juntos y la fémina se quedó en casa, en el sofá, tapada con la manta y viendo la tele disfrutando de estar fuera del hospital donde tan mal lo había pasado.

En cuanto Ricardo terminó sus compromisos se apresuró a llamar a su amiga.

-¿Cómo te encuentras?

-Bien – respondió con una vocecilla débil, acorde a su estado.

-¿Quieres que vaya a hacerte compañía?

-No hace falta estoy b… - y empezó a toser compulsivamente encogiendo el corazón de Ricardo.

-Pobrecita… esa tos no es normal. Mejor voy para lo que necesites. No hace falta que sepas ni que estoy, simplemente voy para asegurarme de que estás bien, pero tú sigues como si no estuviera. Déjame cuidarte.

Ricardo quería hacerla entender que podía contar con él como si fuera Ismael. No necesitaba ser anfitriona ante su visita, podía comportarse como si su presencia fuera lo normal. Y para él no era una carga o compromiso cuidarla, era lo que le salía, casi una obligación, pero altamente placentera.

Ella, entre tosidos, intentó hacerle ver que no era necesario, pero a duras penas podía hablar. En realidad lo que ella quería era estar sola, sin alguien merodeando por el que tendría que preocuparse, aunque fuera lo mínimo, dándole conversación u ofreciéndole algo para comer o beber. Sin duda Montse era incapaz de entender a su amigo.

-¿Pero estás bien? – le preguntó preocupado cuando los tosidos de ella parecieron desaparecer – Habrás sido buena y no habrás salido de casa, ¿no? - Ella sonrió débilmente, sin ganas - ¿Tienes frío?

-No, estoy bien. Llevo la chaqueta y estoy tapada con la manta.

-Pues yo casi prefiero que estés sin la chaqueta – le contestó Ricardo avispadamente, intentando comprobar si podían volver a insinuarse como hacían en el pasado.

Montse quiso responder, pero la tos volvió a hacer acto de presencia impidiendo que pudiera hablar.

-Bueno, te dejo, que a ver si por mi culpa te va a dar algo – pensando que la tos era provocada al intentar hablar con él – En menos de 20 minutos estoy ahí.

Montse se encontraba tan débil que no pudo ni contestar.

Había pasado un cuarto de hora cuando sonó el timbre de la puerta. Montse se vio obligada a levantarse. Aún no estaba la visita y ya le estaba jodiendo.

Cuando Montse abrió la puerta Ricardo se quedó a cuadros. La mujer se había desprendido de la chaqueta y él pudo volver a observar los enormes pezones de su amiga aún marcados en la camiseta. Gran recibimiento pensó.

-Hola guapo – le saludó con una sincera sonrisa.

Ricardo no pudo evitar volver a abrazarla, sentía deseos de volver a tenerla entre sus brazos. Esta vez, sin miradas que los estorbaran el abrazo fue más largo y el hombre meditó el motivo por el que se habría quitado la chaqueta.

-¿Tienes calor? – le preguntó.

-No precisamente – le respondió ella separándose de él.

-Se nota – le bromeó él mientras clavaba su vista en la cima de sus pechos.

-Es lo que querías, ¿no? – le respondió Montse pícaramente mientras daba media vuelta y se dirigía al sofá nuevamente – Pasa – concluyó.

Ricardo quiso saber si su amiga necesitaba cualquier cosa mientras ella recuperaba su posición, tumbada en el sofá y tapada con la manta viendo la tele. Igualmente le dejó claro que no se preocupara por él, que únicamente estaba allí por si era necesario. Nada más. Sin embargo, como Montse sabía, no tardó en faltar a su palabra.

-¿Sabes? cuando nos hemos abrazado esta mañana – ella lo miró, expectante – me hubiera gustado quedarme ahí, abrazados, sin despegarnos jamás.

Ricardo bajó la mirada, avergonzado de sus propias confesiones, mientras ella sentía todo el cariño que le tenía a ese hombre. A pesar de sentirse completamente vacía de fuerzas, a pesar de desear estar sola, sin hacer ni pensar en nada, se alegró de que su mejor amigo estuviera a su lado.

Ricardo se sorprendió cuando Montse se incorporó y, sin levantarse del sofá, se volvió a tumbar pero esta vez recostando su cuerpo sobre el de su compañero.

-Anda, abrázame, tontito – le dijo mientras su espalda entraba en contacto con el cuerpo de su amigo.

Ricardo reaccionó en seguida rodeando con su brazo el mustio cuerpo de Montse e, inevitablemente, volviendo a empalmarse como cuando tocó su cuerpo desnudo bajo la ducha. Su amiga desprendía calor, mucha calor, pero aquella situación no le pareció el infierno precisamente.

-Tengo un poquito de frío – le susurró débilmente la enferma.

-¿Quieres la chaqueta? – le propuso él ingenuamente.

-No…

Y Ricardo movió la mano que la rodeaba para acariciarle el brazo intentando darle calor.

-¿Quieres que suba la calefacción?

-No, eso ya me gusta – le sugirió refiriéndose a la friega que Ricardo había comenzado.

Llevaban un rato viendo la tele cuando el hombre se atrevió a continuar sus caricias abandonando el brazo y haciéndolas extensibles a las piernas de Montse que las tenía dobladas para intentar sentir más calorcito.

-¿Estás bien? – le preguntó él nuevamente temeroso.

-Perfectamente.

Nuevamente Montse empezó a sentir algo parecido a lo que sintió cuando Ricardo la enjabonaba. Si en aquella ocasión era un placer que alguien la duchara con los dolores de espalda que tenía, en esta ocasión era igualmente gratificante que alguien le diera calor humano con los escalofríos que la maldita neumonía le provocaba.

-Ricardo, estos días lo he pasado fatal – se confesó.

-¿En el hospital? Es normal, has estado muy enferma.

-No es eso. Es que… tantos días allí metida, sin poder salir. ¿Sabes que no he comido nada? Y los hartones de llorar que me he pegado…

Ricardo sintió mucha pena por su amiga y se sintió culpable de haber estado tan distanciado sin ni tan sólo saber lo que ocurría.

Montse había echado mucho de menos a su amigo durante ese periodo. La conciencia no le dejaba tranquila. El injusto trato hacia Ricardo, los cuernos que le había puesto a Ismael… se había sentido muy sola en el hospital, casi deprimida. Y ahora Ricardo le estaba dando la tranquilidad que había necesitado.

-Tú tranquila, vale, que ahora todo eso ha pasado y estas en casa, con la gente que te quiere – y aprovechó esas palabras para volver a subir su mano, pero esta vez la introdujo dentro de la camiseta para acariciarle el costado.

-¡Ay! – Montse dio un respingo al notar el contacto frío de la mano de Ricardo – Tienes las manos heladas – le recriminó.

-Ya, siempre tengo las manos frías – se apenó – Espera… - y retiró la mano un instante.

-¿Qué haces? – preguntó intrigada.

-La estoy calentando.

-¿Sí? ¿cómo? – preguntó ingenuamente.

-Me la he puesto en el paquete.

-¡Anda! No seas guarro.

-Va en serio – y volvió a introducir la mano bajo la camiseta de Montse.

-Pues es verdad que se te ha calentado…

Ricardo, subió su mano lentamente por el torso de Montse hasta llegar a la base de sus pechos. Se hizo el silencio entre ambos y el hombre, tras unos eternos segundos, rodeó la teta de su amiga con la mano. Montse no dijo nada. Ricardo, desde la base, rodeó el pecho de su amiga y subió la mano acariciando todo el volumen hasta llegar a la cima. Repitió el gesto un par de veces más y cambió de teta.

-Aún tengo un poco de frío…

-¿Qué quieres que haga? – le preguntó su amigo que ya no podía pensar demasiado.

-¿Tú crees que tu remedio será tan efectivo conmigo como con tu mano? – le propuso sutilmente la alicaída mujer.

Ricardo sonrió y dejó lo que tenía entre manos para cambiar de postura. Se quitó las bambas y se tumbó a la par que Montse, a su espalda de modo que ella pudiera contactar por completo con el caliente cuerpo de Ricardo.

Ella echó el pompis hacia atrás hasta notar el duro paquete de su amigo entrar en contacto con sus prietas nalgas. Sin duda notó el calor que la zona desprendía. Ricardo parecía en Babia así que Montse le pidió que volviera a abrazarla y así hizo.

El hombre volvió a introducir la mano bajo la camiseta, buscando nuevamente las glándulas mamarias de su amiga. Volvió a recrearse y esta vez jugó con el pezón. Estaba durísimo.

-¿Sigues teniendo frío? – le preguntó puerilmente.

-¡Eso ya no es cosa del frío, idiota! – espetó ella divertida y movió su culo para restregarlo por el hinchado paquete del hombre y sentir cómo rasgaba sus zonas más íntimas.

Ricardo se acercó al cuello de la chica y volvió a oler su piel como ya hiciera por la mañana. Sin decir nada la besó y ella ladeó la cabeza para que él le besara la zona con comodidad. Eran suaves y tiernos besos que le ponían la piel de gallina. Ahora no sabía si los escalofríos eran de su enfermedad o de lo que su amigo le estaba haciendo. Echó una mano hacia atrás y manoseó la entrepierna de Ricardo. Estaba excesivamente duro. Lo acarició con lujuria cuando, de repente, el móvil de Montse comenzó a sonar.

Era Ismael. Ella se alejó de su amigo, sentándose en el sofá, y mantuvo una breve conversación. Tras colgar el móvil se levantó para volver a ponerse la chaqueta. Mala señal pensó Ricardo que se incorporó para volver a ponerse las bambas.

-¿Ya ha terminado de jugar? – le preguntó.

-Sí, y ya viene para aquí. ¿Tú que vas a hacer? – le quitó hierro al asunto hablando como si nada hubiera pasado - ¿Te quieres quedar y cenamos algo cuando venga o…?

-Veo que estás bastante bien ahora, ¿no?

-Sí.

-Si te encuentras bien me puedo ir entonces.

-Vale.

-No tienes frío ni nada, ¿no? – preguntó ingenuamente mirando la chaqueta que Montse se había vuelto a poner.

-¡Lo que tengo ahora es un calentón enorme! – bromeó.

-¡Y yo! – no quiso ser menos.

-Pues ale, ya somos dos – zanjó el tema definitivamente sin darle mayor importancia.

Ricardo había recobrado la esperanza. Había pasado de casi perder la amistad con Montse a disfrutar de los nuevos acontecimientos vividos. Era una sensación grata. Deseó pensar que su amistad estaba por encima de todo y que las cosas se arreglarían volviendo a la extraña normalidad que siempre había existido con su amiga. Se alegró enormemente por ello.

Sin embargo, lo ocurrido aquella tarde había enredado más la ya de por sí liada cabeza de Montse. A los problemas en el trabajo, familiares y personales como el accidente y ahora la neumonía, debía sumarle su relación con Ricardo. Si bien es cierto que no habría ocurrido nada por el simple hecho del estado tan lamentable en el que ella se encontraba, no tenía claro hasta donde hubiera llegado estando en otras circunstancias.

Cuando Montse estuvo completamente recuperada de su neumonía recibió una inquietante llamada. En menos de una semana operaban a Ricardo de un testículo. El hombre no quiso dar más detalles aludiendo a un tema personal y, para evitar la preocupación de su amiga, dijo que no era nada grave, pero ella no se quedó satisfecha.

-¿Necesitas algo? Cualquier cosa, puedes contar conmigo, ya lo sabes.

A pesar de la frustración que sentía al comprobar que su mejor amigo no confiaba en ella para explicarle el motivo de la operación, por íntimo que pareciera, se sentía tan agradecida por lo bien que Ricardo la había atendido anteriormente que casi necesitaba cuidar ahora de él.

-No, de verdad, muchas gracias. Se agradece pero no es necesario.

-En serio, Ricardo, después de lo mucho que me has cuidado cuando yo he estado mal, lo menos que puedo hacer ahora es ayudarte en lo que necesites.

-Bueno, en realidad… - comenzó cauteloso.

-Dime, lo que sea – insistió firmemente convencida.

-Pues a la operación debo ir rasurado y…

-¿Y? – preguntó imaginándose lo que su amigo le iba a pedir.

-Pues me vendría bien alguien que me ayudara a depilarme ahora que no está Noe. Es una zona un poco delicada y para hacerlo uno mismo…

Montse se rió internamente, pero ocultó a su amigo lo gracioso que le parecía.

-Bueno, para eso hay centros que se encargan de hacerlo, ¿no? – le contestó secamente, todo lo fría y seria que pudo.

-Ya, ya… disculpa, es que… no debí… bueno… - contestó Ricardo torpemente, avergonzado.

-¡Calla ya! ¿no ves que te estoy vacilando? – le sacó del aprieto.

-Entonces… - insistió él sin tener muy claro si su amiga le había respondido positivamente o no.

-Pues claro que lo haré. Con lo que tú has hecho por mí… ¿cuándo quieres que te ayude con la depilación?

-Pues… el día de antes – contestó más tranquilo, pero aún con el corazón acelerado – Así el día de la operación estaré bien rasurado.

-¡Vale! – concluyó divertida.

El día antes de la operación Ricardo salió disparado del trabajo. Había quedado en pasar a recoger a su amiga y volver para su casa dónde ella le ayudaría a rasurarse los testículos. Para tener más tiempo había salido antes de la hora de modo que no tuvieran que correr.

Ricardo estaba intranquilo. Le apetecía mucho volver a ver a Montse, pero le daba cosa mostrarle sus partes íntimas por el temor a que una erección incontrolada apareciera en cualquier momento y, sabiendo lo mucho que le ponía Montse, era más que probable.

Ella estaba tranquila. Sentía curiosidad por volver a ver el pene de su amigo después de tanto tiempo, pero no le daba mayor importancia. Únicamente se sentía bien sabiendo que iba a devolverle el buen trato que ella misma recibiera anteriormente por parte de Ricardo.

-¿Nervioso? – le preguntó cuando su amigo pasó a recogerla.

-¿Hablas de la operación o del depilado? – bromeó provocando las risas de su amiga.

-Hablo de la operación lógicamente, pero ahora que lo dices… - insinuó divertida.

-Pues un poco la verdad.

-¿Hablas de la operación o del depilado? – y ambos comenzaron a reír.

Cuando llegaron a casa de Ricardo, el anfitrión procuró que Montse se sintiera como en casa, que no le faltara de nada. Y una vez acomodados, ella sacó el tema que él no se atrevía a tocar.

-¿Cómo vas a depilarte?

-Pues con cuchilla, ¿no? – afirmó dubitativamente.

-Ok… pues tú dirás.

Ricardo se levantó, indeciso.

-¿Cómo quieres que lo hagamos? – preguntó gesticulando dando evidencias claras de que no sabía qué hacer.

-¡Anda, hijo! – espetó Montse tomando las riendas de la situación – Ven.

Y lo llevó hacia el pasillo cogiéndole por el brazo. Ricardo la siguió, esperando que la mujer tuviera claro cómo actuar.

-Necesitaremos una cuchilla, agua (en una palangana puede estar bien) y… ¿tienes espuma o gel de afeitado? – y antes de que él pudiera contestar - Sigues teniendo los pelos cortitos, ¿verdad? – le preguntó mientras le sonreía con complicidad.

-Sí – le devolvió la sonrisa – suelo pasarme la máquina cada cierto tiempo – contestó mientras buscaba todo lo que ella le había solicitado.

-Perfecto – puntualizó.

Cuando Ricardo tuvo todo preparado parecía igual de descolocado.

-¿Dónde…? – dejó la pregunta a medias queriendo saber en qué lugar Montse prefería hacer la depilación.

-Pues… creo que lo mejor será encima de la cama de matrimonio. Saca una toalla.

Ricardo le hizo caso y se la dio a ella que la extendió sobre el colchón.

-Ven – dijo a su amigo mientras lo colocaba de espaldas a la cama y le empujaba ligeramente para que cayera sobre la toalla recién extendida.

Ricardo no sabía cómo iba a ir la cosa. No sabía si él se depilaría y ella le ayudaría guiándolo o rasurando únicamente las partes a las que él no llegara o alcanzara a ver, o si sería ella la que le depilaría toda la zona. Pronto lo descubriría.

-Quítate los pantalones – le pidió la improvisada esteticista.

Ricardo estaba como un flan. Por suerte, la propia tensión del momento y lo mal que lo estaba pasando eran más que suficientes para que su pene siguiera flácido, cosa que le evitaría pasar un más que mal rato. Se bajó los pantalones como ella le había pedido dejándolos a la altura de las rodillas y se quedó en ropa interior ante Montse.

-¿Es que te voy a tener que ir diciéndotelo todo? – le reprendió mientras bajaba y subía el dedo índice en clara alusión a que se quitara los calzoncillos.

Ricardo hizo caso y se bajó los bóxers dejándolos a la misma altura que los pantalones. Se tumbó y miró al techo, avergonzado de enseñar las vergüenzas a su amiga en esa situación.

Montse echó un vistazo al flácido pene que se había quedado ladeado a la derecha, sobre el muslo izquierdo de Ricardo. Se fijó en el tamaño normal del tronco, recordando el gordo glande en que terminaba. Lo tenía rosado y brillaba bajo la luz de la habitación. Montse se fijó en el rostro de su amigo, rojo como un tomate.

-¿Ahora entiendes lo que sentía yo aquel día en la ducha? Va, que no es para tanto… que tú a mí ya me has visto desnuda – y prosiguió mientras cogía el bote de gel y empezaba a agitarlo – Además, ¿ya has olvidado lo de la casa rural? – y comenzó a reír.

-Ya, pero ahora se supone que no tiene que pasar nada…

-Ya – concluyó dando la razón a su amigo.

-¿Has de rasurarte el pubis? – preguntó en el instante que soltaba el chorro de gel sobre los pelos de la parte baja del estómago.

-Pues creo que no es necesario. Únicamente los testículos, pero ya que estás…

-Vale – contestó risueña en el momento en el que comenzaba a esparcir el gel con la mano por el pubis del hombre.

En un instante empezó a aparecer la espuma y Montse bajó su mano hasta la bolsa testicular de Ricardo pasando por el muslo en el que no descansaba el miembro viril. La mujer manoseó los huevos un rato, esparciendo la espuma completamente. De vez en cuando sus dedos rozaban la parte baja del pene, pero intentaba evitar a toda costa que el contacto fuera mayor.

Ricardo hacía esfuerzos por pensar en otras cosas que ayudaran a evitar la inminente erección. El pudor inicial, incluso el contacto con el frío gel había ayudado, pero cuando Montse comenzó a palparle los huevos, la cosa empezó a complicarse. Finalmente no aguanto más cuando su amiga, con la mano que estaba limpia de espuma, le agarró el pene con suma delicadeza, utilizando únicamente 2 dedos, para apartarlo del muslo en el que reposaba y así poder terminar de esparcir el gel de afeitar por toda la zona.

Montse había agarrado el pito con el dedo pulgar e índice y lo mantenía en posición vertical mientras con la otra mano manoseaba toda la zona alrededor. Mientras sujetaba el falo comenzó a notar como muy ligeramente aumentaba de tamaño. Montse se hizo la despistada y, cuando el tamaño era considerable, apretó ligeramente los dedos para notar la dureza de la polla que estaba sujetando. Apartó la mano y miró la verga como, desafiante, se quedaba alzada sin que nada la tocara.

-Perdona – se excusó Ricardo avergonzado y temeroso de la reacción de su amiga.

-Tranquilo. Si mejor así que se sujeta sola y no me molesta… - afirmó divertida tranquilizando a su “cliente”.

Montse comenzó su tarea de depilación pasando la cuchilla por el pubis, testículos e, incluso, el tronco de la polla. Antes de hacerlo, con la mano con la que no manejaba la cuchilla, recogió un poco de la abundante espuma que se había formado y la esparció por el tronco de la verga pasando una única vez desde la base hasta la punta de la misma. El miembro dio un respingo.

Cuando hubo terminado, Montse utilizó el agua para deshacerse de la espuma que había quedado por la zona recogiéndola con la mano en forma de cuenco y echándola sobre la piel del hombre. Ricardo pensó que él mismo terminaría de limpiarse, pero una vez más su amiga lo sorprendió utilizando la toalla para limpiar ella misma los últimos restos de espuma. Cerró los ojos y dejó hacer a su amiga que recorrió con la mano a través de la toalla cada una de las zonas por las que antes había esparcido el gel.

-Ya está – le dijo al fin cuando terminó de limpiarlo.

Ricardo alzó el tronco superior apoyando los codos en la cama y observando el acalorado rostro de la mujer que tenía delante. Ella le sonrió y alargó su mano para acariciar el aún erecto pene. Sin dejar de sonreírle comenzó a menearle la polla empezando una deliciosa paja. El hombre siguió esforzándose en retrasar el orgasmo y ella se extrañó de tanta demora inesperada.

-¿M… a… up... s? – atinó a decir el excitadísimo Ricardo.

-¿Qué? – Montse no le entendió.

-Dig… que si… m… la upa…

-No te entiendo…

-¿M… a… chup… s?

-¿Quieres que te la chupe…? – le preguntó sensualmente, provocándole.

-P… r… fa… - se lo pidió por favor.

Ricardo estaba tardando más tiempo en correrse del que Montse pensaba y, aunque no estaba tan caliente como cuando su amigo le había puesto la mano encima, aquel enorme glande le seguía resultando bastante apetecible. Inclinó su cuerpo hacia delante y besó a su amigo en la mejilla mientras con la mano libre empujaba la ropa de Ricardo hasta sus tobillos sin dejar de masturbarlo. Él abrió las piernas todo lo que pudo y ella arqueó su cuerpo buscando con la boca la tiesa polla de Ricardo.

El primer contacto fue apoteósico. Cuando los labios de Montse besaron su glande casi le escupe toda la leche que empujaba por salir. Tuvo que apretar el culo para no mancharla a la primera. Ella abrió la boca y bajó introduciéndose ligeramente el glande para volver a subir chupándolo como si de un polo se tratara. Finalmente Montse sacó la lengua y lamió el frenillo de Ricardo recogiendo parte del líquido preseminal que había soltado hacía mucho rato.

Cuando Montse se metió en la boca gran parte de la durísima polla y comenzó a rodear el glande con la lengua mientras subía y bajaba la cabeza apretando con fuerza los labios para saborear la verga que estaba mamando, Ricardo no aguantó más. Un primer chorro de semen impactó en la lengua de Montse que rápidamente se apartó y, sin dejar de pajear a su amigo, vio cómo los restos de leche caían sobre su mano, pubis del afortunado y toalla.

Montse utilizó la prenda de baño para limpiarse mientras Ricardo recuperaba el aliento.

-Espero que la próxima vez sean más de 4 los chorros… - apuntó Ricardo aún jadeante.

-¿De qué te vas a operar? – preguntó Montse, aunque ya se hacía a una idea.

-Tengo un testículo jodido – contestó secamente sin querer dar más explicaciones.

-¿Qué testículo es?

-El izquierdo.

Y ella se agachó para darle un dulce beso en el huevo que iban a operarle.

-Suerte para mañana – le susurró al cojón.

-Aish… qué tontita eres… - le soltó cariñosamente Ricardo mientras se incorporaba y acariciaba el bello rostro de la mujer que acababa de hacerle la mamada más anhelada de la historia.

Montse no podía quitarse la sonrisa de la cara y se tumbó en la cama observando cómo se vestía su amigo, teniendo antes una visión de su desnudo y firme culo.

La operación de Ricardo fue bien, aunque los días siguientes a la intervención fueron duros. El paciente no podía tener relaciones sexuales, ni siquiera hacerse una paja que pudiera liberarle de tensiones provocadas por su amiga Montse. Y es que no podía dejar de pensar en ella. Desde su último encuentro en su casa donde ella le había regalado una extraordinaria mamada, la obsesión por aquella mujer parecía haber alcanzado límites insospechados. La deseaba y deseaba volver a acostarse con ella.

Montse había aprendido a vivir con aquella extraña y prohibida relación que tenía con Ricardo. Tras la noche de la depilación, estaba exultante, satisfecha de haberle comido la polla a su amigo. Sin embargo, en seguida recapacitó pensando que tenía que poner freno a una situación completamente fuera de control. Ella quería a Ismael y le reconcomía por dentro todo lo que estaba sucediendo a sus espaldas.

“¿Quieres q hagamos un café y aprovechamos para dejar las cosas claras?”. Montse le envió el sms a su amigo, dispuesta por fin a aclarar la situación.

-No nos vemos desde el día de antes de la operación, en mi casa, ¿recuerdas? – sacó el tema Ricardo mientras degustaba su cortado junto a su querida amiga.

-Antes de empezar con ese tema… - quiso prevenir - ¿cómo estás? ¿te duele? – quiso saber cómo se encontraba tras los días pasados desde la operación.

-No, estoy bien. Únicamente tengo que tener cuidado con los puntos. Pero puedo hacer vida normal, pero sin hacer esfuerzos. En principio hacer reposo y poco más.

Y así siguieron hablando del tema durante un rato.

-¿Sabes? Llevo un suspensorio – le reveló él.

-¿Un suspen… qué? – le bromeó ella que no sabía lo que era.

Él se rió.

-Un suspensorio.

-¿Y qué es eso? – le preguntó haciendo una mueca mezcla de ingenuidad y broma.

-Pues es una prenda que recoge los testículos para que vayan bien sujetos.

Montse empezó a reír a carcajadas.

-¿Por qué te ríes? – le preguntó él intentando mostrar indignación, pero con una sonrisa que no podía evitar.

-No sé… me hace gracia… no me lo imagino.

-Pues es como una especie de tanga, pero con un agujero para el pene… - Montse no paraba de reír - …y en vez de unirse por aquí – le señaló la raja del culo – se une por los costados dejando el pompis al aire. Te gustaría – bromeó.

-¡Ay! No sé… - contestó mientras aún se recuperaba del ataque de risa – no acabo de verlo.

-¿Quieres que te lo enseñe? – le propuso.

-¡Vale! – contestó feliz - ¿Me lo enseñarás más adelante? – le contestó ingenuamente pensando en ver únicamente la tela, sin poner.

-Uf… - suspiró – a saber cuándo podrá ser eso… ¿quieres que te lo enseñe ahora?

-¿Sí? ¿Cómo? – empezó a hacerse la tonta intuyendo las intenciones de su amigo.

-Pues vamos un momento al lavabo, me bajo los pantalones y…

-¡Anda ya! ¡Tú estás loco!

-Que sí, tonta. Venga ven – y se levantó marchando a los lavabos sin esperar la respuesta de ella.

Montse no se lo esperaba y se quedó a cuadros. No tenía mucho tiempo para recapacitar así que no pensó cuando vio a su amigo a punto de desaparecer por la puerta de los lavabos.

-Espérame – le avisó lo más bajo que pudo para no llamar la atención. Si su amigo entraba por esa puerta sin ella, sería incapaz de saber si había entrado al cuarto de baño de los chicos o las chicas y se moriría de vergüenza si no lo encontraba.

Así que sin tener claro si lo quería hacer, se levantó en dirección a los servicios para dar la mano a Ricardo que la introdujo hasta uno de los lavabos individuales del baño de caballeros.

Nerviosa, se fijó en su amigo que empezó a desabrocharse los anchos pantalones después de haberse deshecho del cierre del cinturón. Los pantalones cayeron hasta los tobillos y se fijó en al abultado paquete que se le marcaba en los calzoncillos. Reprimió las ganas de echar una mano y magrearlo. Ricardo, con sumo cuidado, separó los calzoncillos de su cintura y los bajó poco a poco para no tocar el testículo operado. Montse se fijó en la cinta blanca del suspensorio que recorría la cintura del hombre y de unas tiras que, unidas a esta cinta, bajaban hacia abajo por las nalgas de Ricardo donde seguramente se unían a la parte baja del suspensorio. A medida que la tela del calzoncillo bajaba, la carne flácida del pene de Ricardo iba asomando. A Montse le gustó volver a ver aquel miembro que días antes había tenido entre sus labios. Cuando apareció la tela que embolsaba los testículos y el agujero por el que el pito pasaba volvió a reír, pero esta vez, debido a la morbosidad del momento, con menos ímpetu que antes.

-¿Qué te parece? – le preguntó Ricardo - ¿Lo había descrito bien o no?

-Sí – contestó risueña – pero no me lo habría imaginado jamás si no lo veo.

-¿Lo ves, tonta? – nunca mejor dicho pensó.

-A ver, date la vuelta – le pidió y cuando Ricardo lo hizo volvió a verle el buen culo. Se lo pellizcó cariñosamente.

Ricardo sonrió y volvió a ponerse de frente a ella.

-¿Por qué no me la tocas un poco? – le sugirió.

-Ricardo, estás recién operado. No digas tonterías, ¡no puedes hacer tonterías!

Enajenado, cogió la mano de su amiga y la llevó hasta su miembro. Ella retiró la mano, ofendida. Y él intentó acariciarle un pecho, pero Montse salió de allí despavorida sin decir nada. Mientras recorría el camino de regreso pensó que había llegado el momento de contarle el infierno por el que estaba pasando y, con lágrimas en los ojos, no le importó cruzarse con una pareja mayor que la miró con desprecio al ver que salía del cuarto de baño masculino.

Mientras se volvía a colocar la ropa Ricardo recapacitó. El calentón del momento le había jugado una mala pasada y había molestado a su mejor amiga, por no hablar de la tontería que acababa de intentar hacer, tener relaciones sexuales cuando lo tenía prohibido por los médicos. Al salir del lavabo vio que Montse, con lágrimas en los ojos, le esperaba sentada en la mesa. La tristeza lo inundó.

A medida que Montse le contaba lo mal que lo estaba pasando, todo tipo de sensaciones fueron pasando por el estado de ánimo de Ricardo. La pena de saber lo mucho que ella estaba sufriendo, la rabia de oír cómo le pedía que debían acabar sus no tan inocentes bromas que acababan provocando sus furtivos encuentros sexuales porque Ismael no se merecía ese comportamiento por parte de ninguno de los dos y, por último, el enfado al escuchar la confesión del motivo que provocó el accidente de coche por no poder dejar de darle vueltas.

Aunque se dijo a sí misma que quedaría para siempre en el olvido, Montse, aterrada por lo que podía ocasionar al mismo tiempo que se quitaba un peso de encima, confesó a su amigo el chantaje que su jefe le había hecho al descubrir sus conversaciones por correo electrónico. No ignoró el hecho de lo mucho que disfrutó con aquel polvo, pero en seguida se dio cuenta que hizo mal en no ocultar algunos detalles pues Ricardo no se lo tomó demasiado bien.

El hombre se sintió frustrado al saber que aquel indeseable argentino había conseguido acostarse con la pobre Montse a costa de un calentón que él mismo le había provocado y no había podido disfrutar. Y, equivocadamente, lo pagó con su amiga a la que culpó de lo sucedido insinuando que se había acostado con su jefe gracias a que él la había puesto cachonda. Montse se quería morir ante la reacción de su mejor amigo.

Los días pasaron hasta que Ricardo se recuperó al 100%, pero la relación entre ambos estaba en punto muerto desde el día del suspensorio. El enfermo se había hecho todas las pruebas pertinentes y habían resultado positivas. Estaba contento de que todo había ido bien, pero tenía la espina de no poder compartir ese momento con su mejor amiga.

Montse estaba en casa con Ismael viendo la tele. Tenía en mente darse una ducha, pero estaba esperando a que su pareja se marchara a entrenar ya que estaba a punto de hacerlo. No le dijo nada para no meterle prisa, únicamente quería esperar para poder despedirse de él con un beso. De hecho, seguramente, si ese día no le tocara entreno, habrían hecho el amor en ese instante. A ella le apetecía.

-Un beso, cariño – se despidió Ismael y en cuanto desapareció por la puerta ella se levantó para dirigirse al cuarto de baño.

Estaba casi desnuda cuando oyó unas llaves introduciéndose en la cerradura y abriendo la puerta. Pensó en lo que Ismael se habría olvidado y le gustó la idea de que fuera a ella a la que se había dejado y volviera para chuscar un rato. Sólo de pensarlo notó como su entrepierna se humedecía.

-Ismael, ¿qué te has dejado ya? – le preguntó alzando la voz mientras salía del baño dirigiéndose a la habitación.

Ricardo había entrado procurando no hacer mucho ruido. Al asomarse al pasillo no se esperaba ver aquello: la escultural Montse, de espaldas, entrando en la habitación con un pequeño tanga como única prenda. La erección fue automática.

-¿Ismael? – volvió a preguntar intrigada, alzando más la voz.

Ricardo, sigilosamente, se asomó a la habitación y se encontró a su amiga, encorvada doblando la ropa sobre la cama. Las grandes ubres le colgaban como alforjas y reprimió las ganas de correr a sobárselas.

-¡Sorpresa! – vaciló.

Montse, al oír la voz, reaccionó en seguida tapándose como pudo. Estaba anonadada. Por un pequeño instante tuvo miedo, pero rápidamente supo que su mejor amigo jamás le haría nada malo.

-¿Tú qué haces aquí? – le soltó con voz agria - ¿No ves que estoy desnuda? ¡Largo, largo!

-Está bien, disculpa – reaccionó dejando de asomarse – Sólo venía para darte una sorpresa, para hablar y pedirte perdón por mi reacción del otro día – a Montse le gustó – No sabía que estabas desnuda – mintió.

Montse caviló unos segundos haciendo el ruido tal para que así lo percibiera su amigo.

-Vale, me gusta la idea – concluyó al fin – Espera que me pongo algo y hablamos.

Antes de hacerlo Montse separó la tela de su tanga para comprobar lo húmeda que estaba. Se maldijo por estar tan caliente justo cuando su amigo venía a arreglar las cosas. Introdujo la mano que no sujetaba la tela dentro del tanga y se palpó el coño. Al sacar la mano pudo observar el líquido que impregnaba sus dedos y pensó en lo mucho que habría deseado que fuera Ismael el que hubiera entrado por esa puerta y el que ahora estuviera penetrándola.

Ricardo se había fijado que desde el pasillo donde estaba podía ver el interior de la habitación a través del espejo del lavabo y se quedó observando el precioso cuerpo desnudo de su amiga. Pero unos instantes después no se podía creer lo que estaba viendo. Montse tocándose el coño. ¿Por qué lo hacía? caviló. Y, sin pensar demasiado, reaccionó en seguida.

Ella no se lo esperaba. En cuanto se quiso dar cuenta, Ricardo estaba a su espalda y le empujaba, como hiciera ella semanas antes en su casa, dejándola caer sobre la cama, esta vez boca abajo. Sin tiempo a reaccionar, su amigo se estiró junto a ella, sujetándola.

-Montse, te deseo. Necesito hacer esto, necesito volver a follarte – le jadeó cerca de su oído.

-No creo que sepas lo que dices – le contestó ella, asustada – estás pensando con el pito.

Pero Ricardo no la escuchaba. Empezó a magrearla recordando la ducha donde enjabonó casi todo su cuerpo o el día del sofá donde pudo sobarle las tetas a conciencia. Cada uno de esos recuerdos unidos a las nuevas caricias a su amiga le ponían más y más cachondo y le impedían oír las palabras de súplica de su amiga.

-Por favor, Ricardo… - casi sollozaba – no lo hagas.

El hombre se apartó de ella por un instante para bajar el tanga de su amiga de un tirón. Rasgó la piel de la mujer dejando la tela a la altura de sus rodillas. Ricardo subió las manos recorriendo los carnosos muslos de Montse.

-¿Por qué te tocabas el coño antes, eh, guarrilla? – le increpó mientras introducía la mano derecha en la entrepierna.

Montse había dejado de quejarse y únicamente pensaba en lo mal que eso iba a acabar. Ella tenía ganas de chuscar y, aunque deseaba que fuera Ismael el que ahora la magreara, empezaba a no importarle a quién pertenecieran las manos que estaban a punto de entrar en contacto con su necesitada raja.

-Mírate, si estás cachonda como un perra, reconócelo – le reprendió al comprobar lo mojada que estaba Montse. Pero ella no dijo nada.

Ricardo comenzó a frotar el coño de su amiga hasta sacarle los primeros gemidos. No tardaron en llegar. El hombre comenzó a desabrocharse el tejano con la otra mano para liberar la polla con la que pensaba empalarla.

Montse no pudo reprimir las ganas de echar un vistazo atrás y ver cómo el violador desenfundaba su pistola. Cuando vio el brillante glande recordó las sensaciones al chuparlo después de la depilación de su amigo y se dejó llevar.

-Métemela… - le pidió a su amigo con la voz entrecortada.

-Eso pienso hacer, cabrona. Mira que me lo has hecho pasar mal desde la primera vez, hija de puta – y justo la insultaba cuando le introdujo la punta de la polla en el lubricado coño – ¡Estás chorreando! Seguro que estás pensando en tu puto jefe… - le recriminó con todo el rencor que tenía acumulado.

Las vejaciones unidas a la penetración crearon un cóctel de sensaciones nunca conocido en la mujer que esperó deseosa la embestida final en la que Ricardo le introdujera todo el cipote en su hambrienta concha. No se hizo esperar. El hombre, tras la pausada penetración del glande, empujó con fuerza insertando el resto de la durísima polla en el interior de Montse provocándole uno de los orgasmos más placenteros que recordaba. Mientras se corría, Ricardo comenzó a meterle y sacarle la polla con una fiereza desconocida en él y, antes de terminar de correrse, otro orgasmo la inundó. El placer era infinito y eran casi los propios orgasmos los que le daban tanto gusto que casi sin necesidad de que aquel salvaje la follara aún se corrió por tercera vez consecutiva.

Ricardo se sentía pletórico. Desde que Montse le hiciera la mamada no había vuelto a tener relaciones sexuales de ningún tipo. Únicamente la masturbación para la prueba de semen en el hospital y la paja pensando en su deseada mejor amiga en cuanto le dijeron que podía volver a tener relaciones. Y ahora se sentía con fuerzas suficientes como para partir en 2 a su amiga. Quería demostrarle que era un auténtico macho y mejor amante que su jefe así que cada embestida intentaba que fuera más fuerte que la anterior, introduciendo su rabo en cada una de ellas hasta los mismísimos huevos. Quería llegar lo más lejos posible dentro de Montse, explorar su interior y dejar allí su sello para siempre.

Montse, tras el multiorgasmo, empezó a sentirse dolorida. La postura no era muy cómoda, tumbada de espaldas con su amigo sobre ella. Notaba las gotas de sudor que se resbalaban del rostro de Ricardo cayendo sobre su espalda. Y el muy bestia de su amigo estaba destrozándole el coño. Todo ello hacía que empezara a dejar de disfrutar, pero él se dio cuenta de ello en seguida.

Ricardo se separó de su amiga, que se giró en cuanto notó la libertad con una sonrisa en su rostro.

-Me pones mucho, niña – le dijo al ver esa preciosa faz iluminada por tan enorme y cautivadora sonrisa.

Y se precipitó sobre ella para besarla en la boca mientras ambos se magreaban en busca de la carne del amante con el que estaban haciendo el amor.

-¿Quieres comprobar si supero los 4 chorros de la última vez? – le insinuó él haciendo referencia al testículo recién operado que ahora también entraba en juego en sus corridas.

-¡Vale! – le contestó ella divertida.

Ricardo se apartó de ella nuevamente y la cogió de los brazos para alzarla. De pie, junto a la cama, empujó a su amiga hacia abajo, forzándola a agacharse. Estaba claro lo que buscaba y a Montse no le importó. Iba a ser la segunda corrida que iba a recibir su rostro tras la de su jefe.

De rodillas, a la altura del cipote tieso de Ricardo, Montse agarró el falo y empezó a masturbarlo. En seguida utilizó también la boca para chuparle la polla y provocarle el orgasmo. Mientras lo hacía se llevó la mano libre a la entrepierna y empezó a acariciarse los labios vaginales, nuevamente lubricados. Se abrió de piernas y empezó a masturbarse mientras no dejaba de pajear y mamarle la verga a su especial amigo.

Ricardo volvió a rememorar todo lo vivido con su amiga. No únicamente los últimos encuentros sexuales que habían sido tan placenteros, sino que recordó todo lo especial que ambos habían vivido y dio gracias por ser amigo de esa mujer tan extraordinaria que había hecho de él alguien tan extraordinario. Los sentimientos, el placer, las sensaciones se unieron provocándole el orgasmo. Montse se apartó de él y Ricardo se agarró la polla para apuntarla hacia el bello rostro de ella. Pajeándose, se corrió en la cara de su amiga.

Montse notó el primer chorro caliente alcanzarle el pelo y la frente. El siguiente le manchó la nariz y parte de la mejilla. El tercer aluvión de semen pareció más vigoroso aún depositándose nuevamente en su pelo, nariz y boca. Los sucesivos siguieron pintándole la cara llenando de leche su pelo, frente, nariz, mejillas, labios, barbilla… todo su rostro quedó recubierto del espeso semen de los 12 chorros que Ricardo le soltó en la cara. Mientras Montse recibía tal baño de lefa sus dedos comenzaron a moverse más rápidamente dentro de su coño alcanzando así un nuevo orgasmo.

Ricardo tuvo que apoyarse en la cama para no desvanecerse tras haberse vaciado sobre el precioso rostro de su amiga que ahora estaba cubierto de una espesa capa blanca. Eso no le impidió a Montse agarrar la morcillona polla que colgaba ante ella para besarla, lamerla y absorberla por última vez con intención de recoger los restos de semen que por ahí quedaran. Ricardo sonrió.

Sin decir nada, la mujer se levantó subiéndose las bragas y se retiró al cuarto de baño para limpiarse el semen de la cara. Ricardo se tumbó en la cama recobrando fuerzas.

-Oye, ¿y cómo has conseguido entrar en la casa? – le preguntó Montse desde el lavabo.

-Bueno, realmente quería darte una sorpresa. No te he mentido, mi intención era arreglar lo nuestro y se me ocurrió que esta podía ser una buena forma…

-Cuéntame – le cortó Montse, intrigada.

-Pues llamé a Ismael para preguntarle cuándo entrenaba y si me podía hacer un favor. Le dije que quería arreglar el mal rollo entre nosotros y para ello había pensado en darte una sorpresa.

-Te enrollas… - le hizo ver ella, que se impacientaba.

-Está bien… pues le dije que él y yo podíamos quedar abajo y cuando él se fuera a entrenar volvíamos a subir quedándome yo en casa y él marchándose definitivamente para que tú te pensaras que era Ismael el que había vuelto y al verme a mí te llevaras una sorpresa.

-Pues las cosas te han salido bien, eh, guapito – le dijo mientras regresaba a la habitación, con el rostro limpio y aún en tanga. Ricardo sonrió.

-Eres un cielo.

-Sí, pero mira como me has dejado el pelo – se quejó Montse enseñándole los manchurrones de semen que se habían adherido a su preciado cabello – Ahora voy a tener que lavármelo y no toca – y gruñó en un gesto de rabia amistosa.

-¿Quieres que te ayude a ducharte? – le bromeó él sacándole ahora la sonrisa a ella.

-Anda vete, que te quiero demasiado y al final nos metemos juntos en la ducha.

-Te amo – coincidieron ambos al unísono antes de que ella se metiera en la ducha y él se marchara, esta vez, para siempre.

2 Response to "Intercambio de favores"

  1. Anónimo 18 de septiembre de 2012, 21:02
    En un comentario anterior te indique que tus relatos eran desesperanzadores, profundizo en el tema, además de comentar otras cosas.

    Una circunstancia que yo busco en los relatos es la coherencia interna de la historia y dentro de la misma, que la actuación de los personajes sea coherente.

    En el primer relato de la serie de Intercambio “intercambio de fotos” los personajes están en su justa medida, a mi me parece el mejor relato de la serie con mucha diferencia, dos amigos inician un juego y al final terminan follando (aunque yo diría que casi mas masturbándose mutuamente) y siendo infieles a sus parejas, pero en circunstancias imprevistas; ambos son básicamente fieles (los dos esconden el intercambio de fotos a sus parejas cuando llega a un grado).
    En el segundo relato, montse la protagonista se muestra como una ninfómana incapaz de controlar su cuerpo cuando la están chantajeando y además lo disfruta y ricardo aparece como excusa para que el jefe la viole.

    Y en el tercer relato se produce una mezcla muy rara, ella sigue siendo una ninfómana, el se convierte en dominador, cuando antes había sido un pedazo de pan y esto que sigue desde luego que de amigos no es
    -Eso pienso hacer, cabrona. Mira que me lo has hecho pasar mal desde la primera vez, hija de puta – y justo la insultaba cuando le introdujo la punta de la polla en el lubricado coño – ¡Estás chorreando! Seguro que estás pensando en tu puto jefe… - le recriminó con todo el rencor que tenía acumulado.
    Las vejaciones unidas a la penetración crearon un cóctel de sensaciones nunca conocido en la mujer que esperó deseosa la embestida final en la que Ricardo le introdujera todo el cipote en su hambrienta concha. No se hizo esperar. El hombre, tras la pausada penetración del glande, empujó con fuerza insertando el resto de la durísima polla en el interior de Montse provocándole uno de los orgasmos más placenteros que recordaba. Mientras se corría, Ricardo comenzó a meterle y sacarle la polla con una fiereza desconocida en él y, antes de terminar de correrse, otro orgasmo la inundó. El placer era infinito y eran casi los propios orgasmos los que le daban tanto gusto que casi sin necesidad de que aquel salvaje la follara aún se corrió por tercera vez consecutiva.
    Y ya para la traca final, cuando teóricamente se dan cuenta de que se aman, es cuando se separan y además ¿definitivamente?
    Y el novio de montse que pinta en esto, montse, ni siquiera le tiene en la cabeza a lo largo de los relatos, solo para contar las veces que ha sido infiel, pero no nos da ningún motivo para que sepamos porque sigue con él y no con Ricardo.

    No se, a mi me da la sensación que los personajes están (literariamente) dando continuamente tumbos sobre su forma de ser, como serie no la veo homogénea.
    Y en cuanto a la desesperanza que me provoca, supongo que también está influenciado este comentario por tu relato “noche descontrolada”, tus personajes parece que ven mal el ser infieles, pero no dejan de caer en ello, eso me provoca desesperanza porque puedo comprender que alguien sea hipócrita y lo que pretenda es ser infiel y que no le descubran, pero que alguien se sienta mal siendo infiel y que siga cayendo, es no tener esperanza en uno como ser humano.

    Un saludo.
  2. doctorbp 21 de septiembre de 2012, 23:27
    Para empezar, permíteme, sinceramente, agradecerte este comentario. Voy a intentar responder a cada una de las cuestiones que planteas sin ánimo de justificarme, simplemente dando mi opinión al respecto bajo mi punto de vista.

    Sobre la coherencia de la historia y de las actuaciones de los personajes, no puedo estar más de acuerdo. Es lo que siempre he buscado a la hora de leer un relato erótico y muy pocas veces he encontrado. Y, por lo tanto, es lo que procuro conseguir a la hora de escribir.

    Ahora bien, en mis relatos no suelen describirse situaciones cotidianas (por ejemplo, chico conoce chica, se gustan y se acuestan). Procuro contar algo que a priori pueda parecer inverosímil e intento, mediante situaciones lo más coherentes posibles, hacer que se produzca de una forma lo más real posible. Estoy seguro que no siempre lo consigo.

    Déjame hacer un paréntesis para contar algo sobre mis series. Cuando tengo en mente una historia que contar, casi nunca la concibo como una serie. Siempre tiene un principio y un final definido. De hecho, si alguna vez he de contar una historia excesivamente la larga, no la partiré en trozos. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que los tres relatos que forman esta serie fueron pensados como relatos independientes. ¿Por qué los uní para formar una serie? Supongo que porque los personajes encajaban, porque las ideas en las que están basados estaban influenciadas por unas hechos en común, porque a la lectores y a mí nos pareció bien seguir sabiendo cómo les iba a Montse y Ricardo, porque daba profundidad a los personajes por todo lo que habían vivido anteriormente... No sé, tal vez hubieran quedado mejor como relatos separados, yo sólo te doy algunos de los motivos por los que forman parte de una serie sin dejar de ser historias independientes, con un principio y un final definido y que comparten personajes, por supuesto.

    Respecto a la actuación de los personajes de esta historia, nada que decir. Entiendo que no te han gustado sus formas de actuar/pensar pues las consideras incoherentes. En absoluto era mi intención dar esa sensación, pero lo acepto e intentaré mejorar en ello.

    Por último, respecto al tema de la desesperanza... si esto no fueran relatos eróticos te daría la razón. Pero el personaje que se niega a ser infiel y finalmente acaba cayendo en las garras del adulterio no es más que un recurso para provocar morbo. Y un recurso muy bueno, si se hace bien, a mi parecer.

    De hecho, puedes leer los últimos comentarios del relato 'El trabajo de modelo' y verás que hay gente que elogia precisamente ese aspecto que a ti te produce desesperanza. En definitiva, que te entiendo perfectamente, pero no es más que la búsqueda del morbo, completamente lógica en relatos de este tipo y que uso continuamente en mis textos, motivo por el cual ya te dije que, desgraciadamente, no serán muy de tu agrado.

    Un cordial saludo! Y, aunque mis textos te produzcan desesperanza, si te apetece no dejes de pasarte y participar por aquí. Yo estaría encantado.

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