Despedida de casada

Sinopsis: Dos años después de su boda, Marga se separa. Para animarla, sus amigos organizan una comida en un restaurante en el que encontrarán un animal que hará recordar a Mireia lo sucedido durante la despedida de hace dos años (relatado en Despedida de soltera).

Capítulos publicados de la serie:

  1. Despedida de soltera
  2. Despedida de casada

Todo había pasado tan rápido que Marga no había sido consciente del daño hasta que ya estaba hecho y era demasiado tarde. Ya no había marcha atrás, su matrimonio se había acabado tras dos míseros años.

La cosa empezó bien, pero ella no se daba cuenta de que, a los pocos meses, las tareas del hogar la saturaban y su marido cada vez llegaba más tarde a casa. Al año casi no hablaban, únicamente discutían el poco tiempo que se veían. Y ahora se había quitado la venda de los ojos y había reaccionado. ¿Cómo había podido pasar todo eso en tan poco tiempo?

Le quería, pero sabía que no podía continuar con esa espiral de desidia y monotonía en la que se había convertido su matrimonio. Su esposo no era mala persona, no le había sido infiel, pero estaba jodiéndole la existencia. Pasados los 30, aún era joven y le quedaban demasiados años de vida como para poder aguantar ese infierno tanto tiempo.

-¿Por qué no vamos a dar una vuelta mientras nos preparan la mesa? – propuso José, la pareja de Mireia, sacando a Marga de la ensoñación en la que se había visto envuelta debido a sus pensamientos.

-Sí, los alrededores del restaurante son una pasada – convino Jonathan.

-¿Estás bien? – preguntó Mireia afablemente, preocupándose por su amiga Marga.

-Sí, es solo que… bueno… son muchas cosas y una no puede dejar de darle vueltas a la cabeza.

-Es normal – intervino Laura – Venga, vamos, ya verás cómo te despejas y te olvidas de ese gilipollas.

-¡Laura! – se quejó Marga.

-Vale, vale… ese divertido y dicharachero señor que te ha hecho la vida imposible – bromeó, sacando una sonrisa a la mujer recientemente separada.

Laura seguía soltera. Durante los dos últimos años había conocido algún que otro chico, pero no había mantenido una relación seria con ninguno de ellos. La mujer disfrutaba de la vida sin compromiso y le jodía sobremanera por lo que estaba pasando su amiga.

Jonathan no era habitual entre las amistades de Marga. Sin embargo, hacía tiempo que le había recomendado el restaurante a José y, al enterarse de que habían organizado una comida, no dudó en apuntarse con el beneplácito de su amigo.

La siempre cautivadora Mireia no podía creer que el primer matrimonio del grupo de amigas acabara siendo un fracaso. Se suponía que la siguiente debía ser ella, pero lo ocurrido con Marga no hacía más que echar leña al fuego de dudas que se cernía sobre su relación. Los dos últimos años no habían sido fáciles precisamente.

Aunque a José le caía bien la amiga de su novia, se sentía un poco fuera de lugar. Se suponía que habían organizado la comida para animar a la recientemente separada, pero ¿qué podía aportar él? Aquello debía ser una cosa de chicas. Si no fuera por Mireia, sin duda, él no estaría ahí.

Marga estaba satisfecha. Sus amigos estaban ahí para apoyarla en esos momentos difíciles. Aunque no habían podido asistir todos, lo importante era la intención. Y la postal firmada por todos y cada uno de ellos le había hecho romper a llorar. Después de tanto tiempo, un llanto de emoción, de felicidad, de desahogo.

Los cinco comensales se levantaron de la mesa de la terraza en la que habían degustado el aperitivo previo a la comida y se dispusieron a dar una vuelta por el enorme recinto que albergaba el restaurante al que los había llevado Jonathan, el amigo de José.

Al lado de la terraza de donde venían había un pequeño parque infantil con toboganes y columpios para los más pequeños. Más allá, un cuidado camino de tierra se extendía entre los frondosos jardines que rodeaban el restaurante. Caminando por el sendero, el grupo se topó con un corral lleno de gallinas y un pequeño lago con cisnes, ocas y algún pato. Lo cierto es que era un lugar tan bonito como acogedor. Idílico.

Más adelante, un nutrido grupo de personas se arremolinaba alrededor de una pequeña valla para acariciar a uno de los caballos que había al otro lado. Los cinco amigos se dirigieron para allí y pudieron contemplar la pareja de equinos que mansamente aguantaban las miradas, gritos, fotos y caricias de las personas que los admiraban. El animal de color castaño claro con trazos blancos parecía más gentil, dejándose tocar por los allí presentes. Sin embargo, el imponente equino de piel negra azabache parecía más orgulloso y esquivo, alejado unos metros de la valla.

Cuando la gente se marchó, el grupo de amigos pudo acercarse a los caballos. Laura, José y Jonathan, más atrevidos, acariciaron al joven de pelo moteado, mientras que Marga y Mireia parecían más reticentes.

-Ven, cariño, ¿no te atreves a tocarlo? – se dirigió José a su novia.

-No, es que a mí me gusta más el negro – bromeó, provocando que su chico llamara la atención del otro animal.

-¿Será macho o hembra? – preguntó Marga ingenuamente.

-Es macho – le contestó Mireia, sin pensar, con seguridad y cierta picardía.

La pareja de José no había podido evitarlo, casi sin fijarse en otra cosa, lo primero que había visto del animal era la enorme tranca que parecía estar a media asta.

-Debe estar contento de que lo acaricien – bromeó Marga al divisar, ahora sí, los atributos del caballo.

El resto de amigos, al darse cuenta de la situación, dejaron de tocar al equino y se volvieron hacia el restaurante. Su mesa debería estar lista en seguida.

Durante la comida, la conversación comenzó de forma distendida. Pero, inevitablemente, se fue tornando más seria hasta acabar hablando irremediablemente de la separación de Marga.

-¿Y sabes algo de él? – preguntó Mireia.

-Sé que está jodido, pero lo ha asumido con entereza. Vamos, que estamos más o menos igual.

-Entonces, ¿lo dejaste tú? – preguntó Jonathan, que no sabía toda la historia.

-Fue de mutuo acuerdo. Ninguno de los dos estaba bien. El problema es que ambos nos guardamos mucho cariño y no es fácil. Pero también es verdad que los dos tenemos bien claro que se ha acabado.

-Es que es una tontería intentar forzar las cosas – intervino José.

-¿Y ahora qué vas a hacer? – insistió Jonathan.

-Pues disfrutar de la vida – contestó Laura por su amiga – De momento, olvidarse de los malos rollos y sonreír. Que yo te vea… - miró a Marga, obligándola a forzar una sonrisa.

-¿Y por qué no te vas a casa de tus padres una temporada? – se preocupó Mireia - ¿O te vienes unos días con nosotros?

-Lo último que quiero ahora es ponerme a hacer mudanza. Solo con pensarlo se me revuelve el estómago – sonrió.

-¿Y no te sentirás sola? – preguntó inocentemente José.

-¡Qué va! Tango me hace compañía – mantuvo la sonrisa.

-Ya, pero hay cosas que no puede darte un perro… - insistió él, metiendo aún más la pata.

-O sí – le salió a Mireia del alma, sin pensar, provocando la cara de estupefacción del resto – Seguro que Tango es más espabilado que muchos de vosotros – bromeó, refiriéndose a los hombres en general y dirigiéndose a su novio, al darse cuenta de lo mal que había sonado su contestación.

Marga, con seriedad y la mirada perdida, contestó a José:

-Un hijo, por ejemplo. Nosotros queríamos tener uno.

El silencio se adueñó del momento, instaurando la tristeza en el rostro de los comensales.

-Y la habríais cagado pero bien – concluyó Laura, transcurridos unos segundos.

-Sí, ¿cuántas parejas tienen un bebé para intentar ocultar sus problemas? – continuó Mireia.

-Por cierto, a ver cuándo os animáis vosotros, parejita – Marga, ahora más dicharachera, se dirigió a los novios.

Mireia y José se miraron. Ella, pasada la treintena, comenzaba a sentir cómo su reloj biológico la empujaba a la necesidad de ser madre. Sin embargo, las dudas que arrastraba desde hacía dos años ponían freno a sus instintos maternales. Él, aunque asustado, esperaba ansioso el momento de tomar la decisión de ser padres.

-Bueno, volviendo al tema – dijo al fin Mireia, esquivando el espinoso asunto – Tú lo que necesitas es una buena colección de porno – bromeó rompiendo el momento y provocando las carcajadas de su amiga.

-Y Jonathan te puede dejar lo que necesites – perseveró en la broma José.

-Eso es cierto – rio jocosamente el aludido.

-¡Es verdad! Tú eras el de los videos de caballos, ¿no? – se sorprendió Mireia, haciendo el paripé.

-Bueno… - se defendió – solo tengo uno, ¡eh!

-¿Y te parece poco? – forzó una mueca de rechazo – Es que no puedo llegar a entender cómo te puede gustar eso.

José se reía, acostumbrado a las reticencias que su chica siempre había mostrado desde que se había escandalizado al conocer que un amigo suyo se había bajado un video porno en el que una mujer tenía sexo con un caballo.

-A ver – intentó explicarse – no es que me guste, pero… me parece morboso que una chica guapa pueda llegar a excitarse con un animal. No es el acto en sí, sino los motivos que puedan llevar a la mujer a hacerlo.

-Pues no lo entiendo – afirmó Mireia, engañándose a sí misma.

-Claro, por eso lo primero que has hecho ha sido fijarte en los atributos del caballo que hemos visto fuera… - la sorprendió Jonathan, que se había quedado con la copla de lo que había pasado.

-¡Bah! – la novia de José concluyó la peligrosa conversación con un gesto gracioso de desprecio hacia el amigo de su novio, indicando la discrepancia con su comentario.

La comida siguió su curso. Los cinco amigos continuaron departiendo sobre diferentes temas, consiguiendo que la velada fuera satisfactoriamente reponedora para Marga, que había tenido su sesión de desahogo, risas y distracciones.

Esa noche, mientras José roncaba, sumido en un profundo sueño, a su lado, Mireia no podía dejar de darle vueltas a lo ocurrido hacía dos años en la despedida de soltera de su amiga Marga. La visión de los equinos del restaurante le había devuelto un recuerdo apartado, el del boy disfrazado de caballo por el que había perdido los papeles, liándose primero con su amiga Mabel, de la que se había distanciado, y tirándose después a la jauría de machos que aquella noche actuaba. Y lo que más le asustaba, el descubrimiento del motivo por el que rechazaba la idea de que alguien pudiera excitarse con un video porno con caballos.

Cerrando los ojos, Mireia recordó el asqueroso pene del ecuestre que se tambaleaba morcillón bajo el animal moteado que habían visto en el restaurante. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo, sintiendo el inicio de una inminente calentura. Pensó cuánto podría llegar a crecer aquel salvaje aparato y, asustada de sus propios pensamientos, abrió los ojos. Estaba completamente sudorosa, con las palpitaciones a mil por hora y una excitación que la sobrepasaba. Se esforzó por alzarse de la cama y darse una ducha de agua fría.

Más serena, tras salir del baño, mientras se arreglaba, Mireia intentó recomponer sus ideas del mismo modo que lo había hecho aquella noche de la despedida de soltera de Marga. Debía obviar aquel irracional deseo por los malditos caballos y pensar qué hacer con su vida. Quería a José, pero ¿era justo que mantuviera la mentira que había ocultado durante dos años? Aquello estaba erosionando su relación y él no tenía culpa de nada. Pero debía callar, de lo contrario, todo se acabaría igualmente.

Marga tenía días mejores y peores. A veces se acordaba con tristeza del fracaso que había supuesto su matrimonio y echaba muchísimo de menos a su ex marido. Otras, apenas pensaba en el pasado y se centraba en el momento, con la alegre y convencida esperanza de que las cosas iban a ir bien.

Habían pasado unas cuantas semanas desde que comiera con sus amigos en aquel magnífico restaurante al que los había llevado Jonathan. Era viernes y Marga se sentía apática. Observó la soledad del hogar, patas arriba, y le dio muchísima pereza arreglar el piso. Decidió ponerse cómoda, embutirse en la bata y tirarse al sofá, tapada con la manta. No daban nada en la tele, pero no se sentía con ánimo de levantarse para buscar una película. Aunque no le gustaban, se quedó viendo uno de los típicos programas de cotilleo de las noches de fin de semana. Finalmente, se quedó dormida en el sofá.

Al despertarse al día siguiente, con la claridad de la mañana que iluminaba el salón, Marga se sintió aún más abatida que el día anterior. No sabía si no había dormido bien o simplemente es que la desgana se había adueñado de sus actos. Se levantó únicamente para ir a mear al baño y coger un bollo y algo de beber de regreso al sofá. No se movió hasta la noche, para volver a orinar y comer algo. Nuevamente, descuidada y sin ganas de nada, se quedó dormida viendo otro programa de prensa rosa.

Marga estaba soñando con su ex. Como en los buenos momentos, el hombre que la había hecho feliz estaba besándola con pasión. Ella se aferraba a él, acariciándole el cuerpo. Sintió cómo la mano de su ex marido se aproximaba hasta su entrepierna, para empezar a jugar con su frondosa y descuidada mata de pelo púbico. Colmándola a besos, el hombre fue bajando hasta su sexo…

El hocico del dogo argentino husmeando su entrepierna la despertó. Tardó unos segundos en asimilar que era Tango y no su ex el que rondaba por ahí abajo. Decepcionada, apartó al chucho con desgana, pero el animal volvió a la carga.

-¡Tango, fuera!

Ahora lo echó con más ímpetu, pero el perro volvió a insistir.

-No me pienso lavar por mucho que huelas – se resignó a su desidia, retirando al can una vez más, sin éxito nuevamente.

Tango, sin dejar de husmear la entrepierna de su dueña, se estaba poniendo muy pesado. Marga, hastiada de apartarlo, le dejó hacer, pensando que ya se cansaría. Pero el perro no solo no se cansaba, sino que cada vez parecía más interesado en el olor proveniente del sexo de la mujer.

El hocico de Tango le había golpeado el pubis en un par de ocasiones y el perro había empezado a aumentar el ritmo de sus respiraciones, abriendo la boca y sacando la humedecida lengua. Marga no se podía creer la estampa, pero lo cierto es que aquellos leves roces no le habían desagradado precisamente. ¿Cuánto hacía que no tenía relaciones? Prefería no pensar en eso.

Ahora con el morro, Tango no dejaba de rozarle la entrepierna sobre el pequeño pantaloncito de color negro que usaba para estar por casa. Marga se había retirado la bata y había abierto ligeramente las piernas para que el perro pudiera acceder más cómodamente. ¿¡Qué coño estaba haciendo!?

La mujer observó el rostro del dogo argentino. Parecía fuera de sí, como su ex esposo cuando empezaban a salir juntos. Entre el calor que le habían provocado los malditos roces de Tango, aquellos maléficos pensamientos y el tiempo que llevaba sin sexo, una maquiavélica a la par que asquerosa idea le vino a la mente. Marga retiró el pantaloncito negro a un costado…

Parecía que aquel gesto era la señal que Tango había estado esperando. Instantáneamente, el perro sacó su lengua y la paseó rápidamente por las sucias bragas de su dueña. Llevaba un par de días sin lavarse y aquello parecía volver loco al animal, que siguió dando hábiles lengüetazos impregnando de babas la ropa interior femenina.

Marga no recordaba ningún amante que la hubiera comido con tal destreza y pasión. Su perro la estaba poniendo a mil y no tardaría en correrse. Intentó refrenar las ansias del animal, que estaba fuera de sí, retirándolo brevemente para deshacerse del pantaloncito y las bragas, colocándose más cómodamente, con las piernas bien abiertas. Tango no declinó el nuevo ofrecimiento y volvió a la carga con su enorme, húmeda y salvaje lengua, impregnando de babas el coño y la tupida mata de pelo que poblaba el pubis de su ama.

El éxtasis alcanzado por la mujer separada gracias a su perro le quitó toda la desgana que había acumulado durante el fin de semana. Aunque le costó asimilar lo que había ocurrido, el olvidado placer de un buen orgasmo le había durado lo suficiente como para no arrepentirse de la guarrada que había cometido. Observó con cariño a su dogo argentino y sonrió pensando que, al menos, tenía todas las vacunas en regla. Tras ducharse y comer algo, lo sacó a pasear. Se lo había ganado.

-El otro día estuve hablando con Alicia – comentó Mireia mientras removía el café que acababan de servirle.

-¡No me digas! ¿Y qué se cuenta? Hace un montón que no sé nada de ella – contestó Marga.

Las dos amigas habían quedado para verse. Habían aprovechado para hacer unas compras y ahora charlaban tranquilamente en la terraza de uno de los bares del centro comercial.

-Me ha dado muchos recuerdos para ti. Dice que nos echa mucho de menos a todas.

-Seguro que más a ti que al resto – respondió con pillería, haciendo reír a Mireia – Jamás pensé que se atrevería a irse sin que tú la acompañaras – sonrió.

-Pues mírala, ahí la tenemos, en Canadá.

-Por cierto, – recordó Marga – hace poco estuve con Leire.

-¡Anda! ¿Y eso? No tenía ni idea de que habíais quedado…

-Sí, a la pobre le sabía fatal haberse perdido mi despedida de casada – rio la mujer separada con alegría.

-¡Menuda es! Esta no cambiará nunca. Ya tenía que ser importante el compromiso para perderse uno de nuestros eventos.

-Sí, me dijo que a ver cuándo quedábamos todas y organizábamos una buena – las dos amigas sonrieron, con cierta nostalgia.

-Me temo que eso es cada vez más complicado. Alicia fuera, Mabel desaparecida…

-… yo recién separada… - la interrumpió Marga.

-¿Cómo llevas tu nueva vida? – le preguntó más seriamente.

-Hay días mejores y peores – sonrió.

-Ya…

-Pero ahora estoy bien – sonrió aún más.

-No hace falta que lo jures – Mireia se impregnó de la alegría de su amiga – Bueno, ¿me lo vas a contar o qué?

-¿El qué? – se extrañó.

-¡Vamos! Solo hay que verte…

-¿¡Qué!? – sonrió de pura incredulidad.

-Te veo más guapa, estás alegre… ¡radiante! Tú has conocido a alguien.

-¡Qué va! – Marga rompió a reír estrepitosamente – Será que me ves con buenos ojos.

-No, no es eso. Tú dirás lo que quieras, pero a ti te pasa algo. No me lo niegues – la chinchó clavándole un dedo en el costado, justo por debajo de las costillas.

-De verdad que no he conocido a nadie – confesó entre risas.

-Vale, no me lo cuentes si no quieres – se hizo la ofendida, poniendo una mueca mezcla de enfado y decepción.

Marga y Mireia se quedaron unos segundos en silencio, observándose. La recién separada era más que consciente de que su amiga tenía la certeza de que algo ocurría.

-Está bien – dijo al fin – Pero has de prometerme que esto no saldrá de aquí.

-¡Joder! Ahora estoy súper intrigada – Mireia sonrió, con serenidad – Claro que no voy a decir nada…

-Todo empezó un día de esos en los que me quería morir…

-Creo que esta historia me va a gustar – bromeó Mireia, antes de que su amiga prosiguiera.

-… Llegué a casa, cansada del trabajo y con todo el piso revuelto de toda la semana sin hacer nada (…)

La guapa amiga de Marga no podía creer lo que escuchaba. Jamás se habría imaginado que la siempre cabal dueña de Tango tuviera un escarceo con su propio perro. Aquella confesión le proporcionaba una mezcla de rechazo y amparo. El rechazo por algo tan sucio y opuesto a sus íntegros valores. Y el amparo por creer que alguien podría comprenderla, tenderle una mano ante sus maléficos pensamientos con caballos.

-(…) Y eso fue todo – concluyó Marga su confidencia, con cierta preocupación por lo que su amiga pudiera pensar de ella – Bueno, ¿qué me dices?

-¡Joder, tía! Creo que yo también debo confesarte algo – contestó Mireia, completamente seria - ¿Recuerdas los caballos que vimos en el restaurante donde hicimos la comida?

-Sí, claro. Recuerdo la tranca de aquel bicho – bromeó tímidamente, aún nerviosa por su confesión.

-Pues aquella noche no pude dejar de pensar en tu despedida de soltera.

-¡No me jodas!

-La visión de aquellos caballos me recordó a Phoenix. ¿Te acuerdas de Phoenix?

-Sí, claro, el stripper vestido de caballo.

-Pues… menudo calentón pillé. ¿Y sabes qué es lo peor?

Marga se quedó callada, expectante, esperando a que Mireia se contestara a sí misma.

-Que la excitación me la provocaba la maldita tranca del caballo…

La mueca de sorpresa en el rostro de la recién separada duró tan solo unos segundos, hasta que rompió a reír, mezcla de asombro y alivio por el testimonio de su guapísima amiga.

-¡Menudas dos! – soltó Marga entre risas, a las que se unió Mireia rápidamente.

Desde que se había enterado de que a su amiga le había hecho un cunnilingus su propio perro, Mireia estaba obsesionada. No podía evitar fijarse en cada uno de los animales que veía mientras en su mente se dibujaba la escena de Marga siendo devorada por Tango. Aunque aquellos pensamientos eran completamente involuntarios e irrefrenables, lo cierto es que le gustaban, pero no dejaba de sentirse culpable por tenerlos.

Un día, paseando con su pareja de camino a hacer la compra, se detuvieron un momento en el parque. José se había encontrado con un compañero del trabajo y, mientras los dos hombres hablaban, Mireia observó a un garboso pastor alemán marcando su territorio en uno de los árboles. La mujer no pudo evitar fijarse en el peludo pene y las protuberantes bolas testiculares que le colgaban mientras alzaba la pierna para mear. Sintió un indómito escalofrío mientras recordaba la anécdota de Marga.

Otro día, Mireia, viendo la tele arremolinada en el sofá junto a su novio, observó con perplejidad como José dejaba de hacer zapping al sintonizar un documental de animales. La mujer se quería morir al ver cómo el enorme y gallardo rey de la selva copulaba entre rugidos con una leona. No podía evitar que aquellas imágenes la excitaran. Con la libido al máximo, buscó a su pareja, acariciando primero su depilado torso y bajando después hasta la cintura. Allí deslizó la mano bajo los pantalones, alcanzando el normalito pene de José, que se puso rígido al instante. Sin dejar de observar al vigoroso macho que aparecía en pantalla, Mireia comenzó a masturbar a su pareja.

Completamente descolocada, la novia de José reflexionó sobre lo que le ocurría. Era una mujer tremendamente atractiva, con una vida estable en pareja. No tenía en absoluto la necesidad de tener deseos sexuales con animales. Entonces, ¿qué es lo que le pasaba? Angustiada, decidió llamar a Marga.

-Tenemos que vernos – le reclamó Mireia, con cierta desesperación.

-¿Pasa algo? – se preocupó la mujer separada.

-No, es solo que… bueno, ¿puedes quedar?

-Sí, claro.

-¿Dónde el otro día te va bien?

-Allí nos vemos.

Mireia no sabía cómo afrontar la situación ni si quería explicarle a su amiga por lo que estaba pasando, pero tenía la necesidad de hablar con ella.

-Bueno, ¿me vas a contar ya a qué se debe tanta urgencia por verme? – sonrió Marga, tras unos primeros minutos de conversación intranscendente, intrigada por la actitud de la novia de José.

-Está bien – Mireia se puso completamente seria - ¿Has vuelto a…? Ya sabes… con tu perro.

Marga rompió a reír a carcajada limpia.

-Así que es eso…

-Sí – confesó – No puedo dejar de pensar en ello… desde que me contaste lo que te hizo Tango…

-Estás obsesionada – seguía riendo.

-¡Pues sí, joder! Te juro que no puedo ver un puto bicho sin pensar en lo que me explicaste. Es que me parece muy fuerte…

-Pues sí. Y he hecho más cosas – dejó de reír, mas dibujó una amplia y atractiva sonrisa llena de picardía.

-¿En serio?

-Tía, lo que he hecho es muy fuerte. Júrame que esto se queda entre nosotras.

Mireia estaba completamente enajenada. No podía comprender cómo la simple insinuación de su amiga, que aún no le había contado nada, la podía alterar tanto. Sentía el calor abrasando su cuerpo y los latidos del corazón aporreándole el pecho.

-Te lo juro.

-Le he hecho una paja.

Aquellas palabras la trastornaron. ¿Era admiración por la valentía de su amiga de hacer algo a lo que ella no se atrevería jamás, rechazo por ese comportamiento tan soez y vulgar que Mireia siempre había repudiado o deseo por conseguir desinhibirse lo suficiente como para llegar a comportarse de una forma tan primitiva y salvaje? En cualquier caso, aquello era demasiado. Demasiado guarro, demasiado excitante. Demasiado.

-¡Ostia, Marga! – fue lo único que Mireia pudo decir.

-Se lo merecía – bromeó – que siempre me deja bien satisfecha – sonrió con pillería.

-Pero… ¿lo estás diciendo en serio?

Marga, sonriente, afirmó con la cabeza. Las dos amigas comenzaron a reír una vez más.

-Regalarme un perro fue lo mejor que hizo mi ex por mí en mucho tiempo. Deberías comprarte una mascota, no veas cómo alegran la vida – bromeó.

-Ya, pero no sé yo dónde iba a meter un caballo en mi salón – Mireia continuó de cachondeo, provocando nuevamente las risas de ambas mujeres.

Una vez más calmadas, Marga, aunque con cierta picardía, se dirigió con seriedad a su amiga.

-¿Te gustaría probar con Tango?

-¡No! – contestó la mujer instintivamente, sorprendida por aquella proposición.

-¿Seguro? Creo que te vendría bien probarlo y así te quitas esa obsesión enfermiza que te está consumiendo por dentro.

-Tal vez tengas razón. Pero es una guarrada.

-¡Oye! – se quejó con gracia la aludida.

-Entiéndeme… Además, no creo que José se lo merezca después de lo que le hice en tu despedida de soltera.

-Nena, que soy tu amiga, conmigo no tienes que hacerte la estrecha. Y con Tango tampoco, que no te va a juzgar. Es lo que tiene que sea un perro.

Mireia rio con sinceridad y cierto nerviosismo ante aquella jocosa argumentación de su amiga.

-Está bien – dijo al fin – Voy a probar, pero esto que no salga de aquí, por dios.

-Ambas tenemos mucho de lo que callar – sonrió Marga.

-Eso también es verdad.

Antes de entrar al piso de su amiga, Mireia ya podía escuchar los llantos y gemidos de Tango, al otro lado de la puerta. El perro parecía ansioso por recibir a su dueña.

Cuando Marga abrió la casa, Mireia observó al precioso dogo argentino de piel completamente blanca. Sin ser gigantesco, el animal era de considerable tamaño, pero armonioso gracias a la poderosa musculatura que se transparentaba a través de su elástica piel. La cola, larga y gruesa, se movía alocadamente, señal de lo contento que estaba de ver a su ama y recibir la inesperada visita. Su forma de andar, siempre sosegada, se aceleró de repente y Tango corrió como loco al encuentro de la invitada.

Aquel recibimiento repleto de desbordante alegría que le profesó la mascota de su amiga hizo que Mireia se sintiera ligeramente halagada, albergando un extraño e inesperado placer al contemplar aquella entusiasta bienvenida.

-Parece que se alegra de verme – Mireia sonrió con picardía.

-Eso es que intuye que le traes algo sabroso y piensa comérselo todo – bromeó Marga traviesamente, provocando una sonrisa nerviosa en su amiga.

Seguidas por Tango, más calmado, las dos amigas se adentraron hacia el salón. Mireia estaba increíblemente cachonda. Ahora comprendía perfectamente las explicaciones de Jonathan. No era el perro quien le provocaba aquella excitación, era la situación tan sucia y alejada de sus fuertes convicciones, con las que había crecido y sus padres la habían educado.

Expectante, Marga observó como su amiga, tras preguntarle, titubeaba deshaciéndose de los pantalones primero y el pequeño tanga después. La hermosa Mireia se acomodó en el sofá, claramente indecisa, abriendo las piernas e invitando a Tango a comerle el coño, bien abierto. Pero el perro pasó completamente de la novia de José.

-Es que vienes muy limpia – apuntó la mujer separada al ver el rostro de desesperación de su amiga.

-¿Qué pasa, que a ti te canta el chocho?

-Contra más huela, más rápido lame – sonrió con pillería.

Debido a la mezcla de tensión, lujuria y nervios, aquel comentario le pareció extraordinariamente gracioso a Mireia, que se moría de la risa. Más calmada, se fijó en su amiga. Marga, segura de lo que hacía, se deshizo en un solo gesto de los tejanos y las bragas, colocándose en el sofá al lado de la invitada y alzando las piernas para abrirlas. El perro, instintivamente, se acercó con parsimonia y comenzó a lamerle la raja.

-¡Jooooder! – flipó Mireia al ver la escena – ¿Y por qué pasa de mi chochete? – bromeó haciéndose la indignada – Eso es que lo tienes amaestrado.

Aunque no había dejado de imaginárselo, la novia de José no daba crédito a lo que veían sus ojos. Estaba completamente absorta, enajenada, observando con deleite cómo el ansioso animal chupaba con desproporcionada pasión el sexo de una Marga que parecía disfrutar sobremanera con aquel cunnilingus. Lo estaba viendo, pero no se lo creía, le parecía irreal. Los primeros jadeos de placer de la dueña del perro la transportaron nuevamente a la realidad.

-¿Y yo qué, voy a buscar un poco de mermelada? – bromeó haciendo referencia al extendido rumor sobre la aparición de Ricky Martin en el programa Sorpresa, Sorpresa.

Marga giró el rostro para observar a la mujer que había soltado el comentario. Una amplia sonrisa mezcla de diversión y gozo se dibujó en su cara. Sin dejar de mirar a Mireia, se llevó un par de dedos a la entrepierna. Tras deslizarlos por su chorreante coño, impregnándolos de su fuerte aroma, los dirigió al hocico del chucho. Tango olisqueó y, atrapado por aquel excitante olor, siguió los dedos que Marga guió hacia al coño de su amiga, restregándoselos con dulzura.

Mireia no se esperaba que la mujer separada hiciera aquello. Sentir los dedos de su amiga hurgando en su sexo la transportaron a tiempos pasados, cuando Mabel le hizo algo parecido, provocándole una inusitada ola de placer. Pero cuando sintió la gruesa, ardiente y mojada lengua del dogo argentino paseándose por su coño, creyó morir. Una dolorosa punzada se instauró en la parte baja de la espalda de la mujer, que rápidamente se convirtió en un estallido de placer visitando cada uno de los rincones de su cuerpo. Convulsionándose, con los dedos de los pies agarrotados, se corrió mientras Tango no dejaba de chuparle la entrepierna.

Tras reponerse del orgasmo, mientras Marga calmaba las ansias del perro, apaciguándolo con caricias en el lomo, Mireia se acercó a su amiga, sorprendiéndola con un cariñoso pico.

-¿Y eso? – preguntó la dueña del animal.

-No sé, me apetecía. Supongo que tenía que agradecérselo a alguien – sonrió.

-A mí no me des las gracias. Todo el mérito es de Tango.

Sin dejar de sonreír, Mireia buscó con la mirada al artífice de su corrida. Agradecida, se agachó en busca del perro para acabar dándole un tierno achuchón que el animal correspondió lamiendo el rostro de la mujer.

-Tango, no seas guarro – bromeó Mireia, haciendo que las dos amigas rieran divertidas.

Tras aquella sesión de sexo oral perruno, Mireia se sentía mejor. Estaba más calmada y sus ansias de experimentar se habían refrenado tal y como Marga había sospechado. Aunque le sabía mal por José, se sentía bien consigo misma. Era agradable no sentirse continuamente atormentada por un lujurioso y prohibido deseo irracional. Todo marchaba de maravilla hasta que a su novio se le ocurrió planificar un fin de semana de aventura.

-Rafting, quads, descenso de barrancos y paseo a caballo – confirmó José las actividades a su novia.

-¡Estás loco! ¿Qué quieres, matarme? – se quejó Mireia, risueña, no del todo convencida.

-Vamos, mujer. Luego te quejas de que no hacemos nada. Para una cosa que se me ocurre…

-Está bien… - aceptó finalmente, sabedora de que lo había hecho con toda su buena intención – Al menos no vamos a hacer puenting.

-Pues porque el monitor no estaba disponible este fin de semana…

-¡Vaya! Entonces aún he tenido suerte – sonrió, mostrando toda su belleza.

José observó a su chica. Estaba completamente enamorado de ella y no podía evitar el malestar de saber que la estaba perdiendo. ¿Qué había ocurrido para que su relación se hubiera vuelto tan distante? Pensó que un fin de semana solos, haciendo algo divertido y emocionante, podía ayudar a que las cosas volvieran a ser como hacía más de dos años. Recordaba ese tiempo con nostalgia, cuando Mireia era completamente feliz a su lado. Estaba seguro de que ahora no lo era.

La sesión de rafting fue muy divertida. El monitor se lo había currado y había conseguido que el grupo de novatos que ocupaba la embarcación se lo pasara en grande. Todos y cada uno de ellos habían acabado en el agua en alguna ocasión.

Por la tarde, la pareja dio unas cuantas vueltas con los quads a un circuito lleno barro. Mireia no se lo pasó demasiado bien pues no sabía cómo, pero siempre acababa atrapada en uno de los enormes charcos de fango, sin poder moverse, hasta que el encargado de la actividad acudía en su auxilio.

A última hora, la pareja estaba descansando en la zona al aire libre dispuesta para los clientes de la agencia que se encargaba de las actividades. La jornada había sido ajetreada y aún les quedaban cosas por hacer al día siguiente. Los novios estaban en silencio, relajados, cuando comenzaron a escuchar el alboroto que se estaba montando en el mismo recinto, un poco más allá.

-¡Quita chucho! – se quejó uno de los hombres con los que habían hecho la actividad de rafting, provocando las risas y algarabía de sus compañeros.

El pequeño fox terrier se había enganchado a la pierna del hombre y había intentado montarlo. Tras su fracasada tentativa, el perro lo había probado con una nueva víctima, obteniendo el mismo resultado. El animoso grupo de gente que se había concentrado en el recinto se lo estaba pasando en grande bromeando con el pobre animal en celo que iba de un lado a otro buscando algo con lo que aparearse.

Mireia, como el resto, estaba risueña gracias al cachondeo que se había montado. Sin embargo, cuando vio al pequeño chucho acercándose rápidamente, se puso intranquila. Esperaba que el animal pasara de largo, ignorándola, pero no fue el caso. El perro pegó un pequeño saltito y con sus patas delanteras se aferró con fuerza a la pierna de la guapa treintañera. Con un divertido gesto, el fox terrier comenzó a bombear al aire, provocando las risas de José observando el rostro de desconcierto de su chica.

La mujer no lo pudo evitar. Agachando disimuladamente la cabeza, observó el diminuto pito del perro que intentaba restregarse contra su pierna. Irremediablemente, Mireia se acordó de Tango y el buen rato que la mascota de su amiga le hizo pasar. ¿Cómo sería la polla del dogo argentino?, caviló mientras observaba aquel erecto, aunque ridículo pene. Imaginativamente comparó, sintiendo un ligero deseo de comprobar si Tango cumplía sus lascivas expectativas. De repente, maliciosamente recordó que al día siguiente tenía una actividad con un animal ciertamente interesante, un paseo a caballo.

Esa noche le costó conciliar el sueño. Y cuando lo hizo, una pesadilla la atormentó durante su descanso. Mireia soñó con Phoenix. Era él el caballo que la esperaba al día siguiente para alejarla, al galope, de José, llevándola a una tierra paradisiaca en la que estaba solo ella, rodeada de animales, junto al boy disfrazado de corcel negro, cuidando de su mascota Tango.

-¿Quieres verme la polla? – le preguntaba el apuesto dogo argentino – La tengo bien hermosa – reía en la pesadilla de la mujer.

Mireia ansiaba vérsela pero no quería decírselo. Sufría por ello. El astuto perro parecía saberlo y jugaba con ella alzando ligeramente la pata para después bajarla antes de mostrar sus encantos.

-Tendrás que dejarme que te coma el coño nuevamente si quieres verme empalmado – Tango sonreía con suficiencia, mostrando su portentosa dentadura.

De repente, en sus sueños, la mujer estaba tumbada y desnuda. A merced de la voluntad del chucho, la novia de José se abrió de piernas. Y entonces el perro alzó la pata, pero ella no pudo ver nada. Mireia se había despertado.

Estaba impregnada de sudor, con las pulsaciones aceleradas y un tremendo calor. Se llevó la mano a la entrepierna y palpó sus humedades. Se había corrido durante la pesadilla. Una lágrima se deslizó por su mejilla. No sabía si lloraba por lo que sentía o por lo que creía que era capaz de hacer.

Al día siguiente, José se extrañó del repentino cambio de su pareja, que había insistido en volver a casa y dejar a medias el fin de semana de deportes de aventura. Decía que no se encontraba bien y se esforzó por creerla, aunque ya no solía hacerlo. Por suerte, la agencia insistió en invitarles otro día a concluir las actividades que no habían podido disfrutar.

Mireia, asustada de lo que pudiera pasar, quería evitar a toda costa volver a encontrarse con un equino. Su enfermiza obsesión había vuelto y ya no se sentía capaz de luchar contra ella. Esa sensación la crispaba. ¿Sería capaz de cometer una locura, de hacer una guarrada, de romper a martillazos sus resquebrajadas convicciones?

A última hora de la tarde, durante la semana siguiente, Marga recibió una inesperada visita. Al sonar el timbre, Tango comenzó a ladrar mientras la mujer se dirigía a la entrada.

-Llevo todo el día sin limpiarme ahí abajo, me pica todo – confesó Mireia cuando su amiga le abrió la puerta.

-Pasa, anda, – sonrió Marga debido a la sorpresa y el inesperado ímpetu de la novia de José – que ahora te rasca Tango – descubrió las intenciones de su amiga.

Mireia había luchado durante un par de días contra la tentación de ir a ver a Tango para rematar lo que no había podido en su pesadilla. Pero esa mañana había decidido dejar de asearse, con la excitante esperanza de tener el valor de hacer una visita a la dueña del perro. Finalmente había sucumbido a sus más indignos anhelos.

Ante la atenta mirada de Marga, como ya hiciera la otra vez, pero ahora con mayor seguridad, la novia de José se deshizo de la parte de abajo de su vestimenta, dejando al aire su pringosa raja. Mirando fijamente el rostro del macho que la observaba con impaciencia, se subió al sofá, abriéndose de piernas como la primera vez. Esta vez el perro se acercó con parsimonia, olisqueando al aire. Al llegar a su destino, sin titubeos, comenzó a lamer el coño maloliente con desenfrenada energía. “Cómemelo todo, y luego te veré empalmado”, sonrió, dejándose llevar por el placer, el cual le dibujaba la leve y picaresca sonrisa.

Tras el nuevo y gustoso orgasmo alcanzado por Mireia, la anfitriona estaba calmando al perro, acariciándole mientras el animal se estiraba en el suelo.

-Te importaría… - la novia de José parecía dudar, cohibida por la propuesta que quería hacerle a su amiga.

-¿El qué? – preguntó al notar la indecisión de la invitada.

-Pues… ya sabes… - gesticuló imitando el gesto de una paja.

Marga rompió a reír.

-¿Quieres que lo masturbe?

-Me gustaría verlo – sonrió con falsa timidez.

-Está bien – rio pícaramente, volteando a Tango para ponerlo boca arriba, con las patas al aire, dándole un aspecto de vulnerabilidad.

Mireia observó con creciente interés el pito del chucho. De la peluda bolsa de color blanco surgía un pequeño trozo de polla de un pálido color rosáceo. Era evidente que Tango disfrutaba chupando coños. Marga asió la parte baja de aquella bolsa de piel y comenzó a masajearla. Poco a poco, el trozo de verga que sobresalía era mayor, pero no parecía crecer demasiado.

-¿Sabes qué? – comenzó Marga una nueva conversación mientras masturbaba a su perro.

-¿Qué? – respondió Mireia, aún obnubilada por la ensoñación que le provocaba la visión de aquel sucio acto de zoofilia.

-El fin de semana le hice una mamada – confesó.

-¡No jodas! – se sorprendió Mireia, que miró a su amiga con una mezcla de rubor y admiración – No me lo creo.

La mujer separada rio con estruendo, observando el rostro de incredulidad de la novia de José.

-Te lo juro. Supongo que estaba falta de polla… – le guiñó un ojo, sin dejar de sonreír.

La descolocada a la par que excitada invitada observó nuevamente el pito ligeramente erecto de Tango. Tenía tantas preguntas, sentía tanto deseo, contenía tantos prejuicios…

-Pero… ¿se la chupaste así, con la piel esa llena de pelos?

-No, mira…

Marga asió el pene del animal, retirando poco a poco hacia abajo la piel que lo recubría. Ante la atenta mirada de Mireia fue apareciendo todo el pito del perro. La rara pero excitante polla de Tango acababa en punta, en forma de flecha, tras unos 12 centímetros de miembro. Las gónadas del macho quedaban un poco más allá de la base, recubiertas de la peluda piel blanca.

Fijándose detenidamente en el sexo del animal, Mireia se llevó una mano al coño. Lo tenía nuevamente empapado. Deslizó sus dedos por los lubricados labios vaginales y, mientras se introducía un par, cerró los ojos. En su imaginación divisó a su amiga chupando la inhiesta polla del animal. Un gutural gemido salió de lo más profundo de la garganta de Mireia. Cuando abrió los ojos, pudo contemplar la estampa tal y como la había imaginado. Nuevos suspiros, al ritmo de la masturbación de sus propios dedos, acabaron haciéndola gemir tras una nueva corrida. Tango aulló, acompañándola en su éxtasis.

Marga tenía agarrada la salvaje polla justo por debajo de la misma, entre la base y los testículos, impidiendo que la retirada piel volviera a su posición natural. Estaba agachada, recostada sobre el animal, con la repulsiva verga en la boca.

Como cuando la vio devorada por su perro la primera vez, Mireia no era capaz de asimilar lo que estaba viendo, aunque se lo acababa de imaginar. Ahora era la dueña la que devoraba a su mascota. Sin pensar, viendo aquella escena tan irreal como la de su pesadilla, se acercó a Tango. Enajenada, alargó el brazo y deslizó un dedo por la áspera polla del chucho mientras comenzaba a asumir lo que estaba ocurriendo.

-¿Te gusta? – preguntó Marga, retirándose del miembro del animal.

-No sé, me la esperaba más grande – se sinceró.

La dueña del perro rio estrepitosamente mientras Mireia comenzaba a sobar la endurecida verga.

-Aún está lejos de correrse – afirmó Marga con picardía.

-¿En serio? Pues habrá que poner remedio – sonrió, iluminando su propio rostro, aderezado con su espectacular belleza.

Completamente fuera de sí, ansiosa por comprobar las dotes de Tango, Mireia se inclinó sobre el animal mientras Marga guiaba el miembro masculino hacia su amiga. El primer lametón le supo horrendo, pero la lascivia le hizo dar un segundo. El nauseabundo sabor y el fuerte olor a perro no la importunaron. Abrió la boca y se introdujo la polla del animal, succionándola con esmero.

La desagradable e inmoral situación empezaba a verse recompensada. Mireia notaba cómo la verga de Tango crecía a medida que la chupaba. Paulatinamente, la polla no paraba de alargarse e hincharse. La mujer comenzaba a sorprenderse por el tamaño que parecía adquirir la verga del perro entre sus labios. Se retiró momentáneamente del animal y alucinó al observar la enorme polla que había adquirido un radiante tono rojizo debido a la sangre que la había hinchado hasta alcanzar aquel contundente grosor y los 20 centímetros que debía medir.

-¡Menuda morcilla! – bromeó sin poder evitar una tímida risa nerviosa.

-¿Ahora entiendes por qué acabé haciéndole una mamada? – Marga sonrió con picardía – Lo tienes a punto.

Mireia volvió a las andadas. Solo necesitó un par de lametones para que Tango comenzara a eyacular pequeñas, pero numerosas ráfagas de semen que se depositaron en la desprevenida boca de la novia de José. La mujer saboreó el transparente líquido. No le supo ni mejor ni peor que el semen de los strippers de la despedida de soltera de Marga.

La dueña del animal ya había pasado por todo lo que ahora estaba experimentando su amiga. El placentero recuerdo de las situaciones vividas con su perro y el ver a la guapísima Mireia arrastrada hasta la mayor bajeza disfrutando de aquel indeseable acto de zoofilia, le habían puesto a mil. Jamás creyó dar el paso definitivo con su bondadosa mascota, pero ahora era el momento. Pensó que con la complicidad de su amiga todo sería más fácil.

Cuando Mireia acabó de limpiarse la corrida de Tango que le resbalaba por la barbilla, para su sorpresa, divisó a su amiga, que se había deshecho de la ropa, a cuatro patas, mostrando su lagrimoso coño.

-¿Me ayudarás? – preguntó melosamente, buscando el amparo de la novia de José.

-Claro – contestó rápidamente – Pero, ¿estás segura de…?

De repente, el dogo argentino comenzó a lamer la entrepierna de su ama, que empezó a gemir debido a los enérgicos lengüetazos del animal.

-Claro que estás segura… - se contestó a sí misma Mireia, aproximándose a Tango para agarrarle la polla mientras giraba al animal para acercar el miembro a la entrada de su amiga.

Aunque algo menos vigorosa, la verga del dogo argentino seguía erecta. Suficiente para la penetración. En la base de la canina verga habían aparecido unos considerables bultos, los cuerpos bulbares del pene, debido a la reciente eyaculación. Mireia no le dio mayor importancia y aprovechó para masturbar al perro antes de doblar el salvaje cipote hacia atrás, restregándolo por la raja de la anfitriona. El grueso pollón volvía a estar al rojo vivo.

El primer contacto había sido placentero para Marga, pero sentir el inicio de la penetración de su amado Tango la hizo gemir como una perra, nunca mejor dicho. Aunque se había dado placer durante un tiempo gracias a los cunnilingus del animal y las ansias de polla se las había calmado la verga que ahora la penetraba, echaba mucho de menos sentir que una buena tranca la follaba.

Aunque el instinto animal de Tango no era precisamente malo, Mireia no dejaba de guiar al can para que siguiera embistiendo a su dueña, que ya no gemía, gritaba. Cuando el descontrolado chucho se salió bruscamente del interior de su ama, salpicando a las dos mujeres con su nueva corrida, Marga chilló de placer, alcanzando el orgasmo más placentero que recordaba. La gran polla de su mascota, la presencia de su amiga y lo despreciable que era el hecho de tener sexo con un perro tenían la culpa.

En silencio, con el remordimiento sobrevolando por encima de sus cabezas, las dos mujeres se arreglaron. Aunque a esas alturas el arrepentimiento no era una opción, les avergonzaba haber cometido aquel acto de zoofilia en presencia de una amiga. ¿Qué estaría pensando la otra?, se preguntaba cada una.

-Nos han invitado a un par de actividades gratis por haber dejado lo de este fin de semana a medias – rompió Mireia el silencio.

-¡Ah! Está bien. Es un detalle.

-Creo que una actividad es no sé qué de barrancos…

-¿Y la otra?

-Montar a caballo – Mireia se detuvo, observando con seriedad a su amiga – Creo que no debería ir – confesó, sin poder evitar un ligero temblor en los labios.

-¿Por qué no?

-¿Tú qué crees? – soltó, indicando lo evidente que resultaba la respuesta – No quiero cometer más locuras.

-¿Seguro? – sonrió, provocando un gesto de desaprobación en Mireia – ¿Y qué excusa le pondrás a José para no ir?

-Aún no lo sé – sollozó con intranquilidad.

-Si quieres puedo apuntarme, para que no te sientas sola – sonrió afablemente.

-¿Harías eso por mí?

-Pues claro, tonta.

Mireia dibujó una sonrisa, quitándose un peso de encima. Las dos amigas se abrazaron con ternura, sin dejar de sonreír, liberando la tensión que habían acumulado tras la sesión de sexo con Tango. Tras unos segundos, Marga rompió a llorar, soltando toda la pesada carga que sentía desde la ruptura de su matrimonio.

-Sé que lo has pasado mal…

La mujer separada, con el rostro lleno de lágrimas, miró a su comprensiva amiga e, instintivamente, la besó. El morreo fue correspondido. Las dos mujeres, sin dejar de abrazarse, se comieron la boca durante más de medio minuto.

-Estamos locas – rio al fin Marga, aún entre lágrimas, cuando se separaron.

-Entonces, ¿no te parece mal que vaya a montar a caballo? – insistió Mireia, con dulzura.

-Mientras no sea él quien te monte a ti…

Ahora las dos mujeres rieron a carcajadas.

-Tango – la dueña se dirigió a su perro – vamos a conocer a un nuevo animalito. No quiero que te pongas celoso – bromeó.

Ambas rompieron a reír nuevamente mientras el dogo argentino, completamente relajado, las miraba con indiferencia.

Aunque José entendía los motivos por los que Marga se apuntaba a concluir el fin de semana de deportes de aventura, según Mireia para que se animara desconectando de su actual vida de separada, el hombre no podía evitar sentirse decepcionado. Esperaba poder volver a ir a solas con su pareja, con la intención de mejorar su relación. Pero puesto que no podía ser, había propuesto invitar a Jonathan. Así no estaría solo si a su novia le tocaba consolar a su amiga o las dos mujeres se ponían a hablar de sus cosas.

El descenso de barrancos para principiantes fue divertidísimo. Los cuatro amigos se lo pasaron en grande haciendo saltos, practicando rápel o superando obstáculos bajo el agua. Incluso hubo algún momento de tensión que sirvió para dotar a la aventura de cierta épica.

Aunque Mireia nunca había visto a Jonathan más que como un aficionado al porno amigo de su novio, resultó ser un hombre más que interesante. Atlético, aventurero y ciertamente ingenioso, el chico, envuelto en el traje de neopreno, parecía tener un atractivo que jamás había sospechado pudiera poseer. Se lo estaba pasando en grande con él.

Mientras, José empezaba a sentir algo que jamás había experimentado, los celos. Y lo más extraño es que se los estuviera provocando su propio amigo, al que jamás habría considerado rival para conquistar a una mujer. Pero Jonathan parecía conseguir de Mireia lo que él ya no obtenía, su alegría.

De camino a la segunda actividad del día, los cuatro amigos habían hecho un par de grupetos. Mientras José y Marga iban conversando algo más adelantados, unos metros más atrás, Jonathan y Mireia caminaban juntos.

-No sé cuánto hace que no monto a caballo… - confesó Jonathan a la novia de su amigo.

-No me digas que también sabes montar a caballo – soltó Mireia con asombro, ciertamente fascinada.

-Pues sí – sonrió con orgullo.

-¿Que has aprendido, viendo los videos porno? – bromeó intentando picarle, pero el hombre rio, divertido.

-Siempre se aprende algo viendo esa clase de videos – replicó jocosamente y con pillería – Pero lo cierto es que he montado a caballo desde bien pequeñito.

-Supongo que la misma época en la que empezaste con el porno…

-Nunca me perdonarás que una vez me bajara un video con un caballo, ¿no? – hizo ver que se resignaba.

-No, no, estás perdonado – siguió bromeando.

-Creo que estoy completamente de acuerdo con la opinión de tu novio.

-¿Sobre qué? – se hizo la tonta.

-Creo que rechazas esos videos porque realmente te gustan las pollas grandes, como las de los caballos.

-¡Oye! – se quejó por esa desfachatez, golpeándole ligeramente en el hombro – Eso es una tontería – se defendió de la certera acusación.

-Lástima, porque me imagino una tía buena como tú dejándose llevar por sus más bajos instintos, perdiendo los papeles hasta el punto de excitarse con un caballo por su enorme rabo y…

-¿Estás intentando ligar conmigo? – se hizo la sorprendida – Porque lo haces fatal – sonrió irradiando su tremenda belleza.

Mientras, José intentaba desesperadamente sonsacar información a la amiga de su novia.

-¿Sabes si le pasa algo a Mireia?

-No, ¿por?

-No sé, hace tiempo que la veo algo distante conmigo. ¿Tú no sabes nada?

-No, de verdad. Supongo que estará pasando por una mala época.

-¿Tú crees? No sé… yo creo que lo nuestro no funciona.

-Tal vez deberías sorprenderla.

-¿Cómo? Se supone que organicé esto para que estuviéramos solos y…

-… y os he jodido los planes – le interrumpió.

-No quería decir eso.

-Tranquilo – sonrió – Podrías hacer alguna locura…

-¿Cómo qué?

-No sé… podrías regalarle un traje de Caperucita…

-¿De Caperucita? – se sorprendió.

-Sí. Tú te disfrazas de lobo feroz y a ver qué pasa – sonrió maliciosamente.

José rio, pensando que Marga estaba de cachondeo. De repente, sintió cierto aprecio por la amiga de su novia. Se supone que debía estar jodida por su separación y, sin embargo, era ella la que le estaba consolando a él.

Cuando Mireia observó la hilera de caballos dispuestos a ser montados para la excursión, un ligero temblor de piernas la hizo tambalearse y, temerosa, buscó con la mirada a Marga. Su amiga comprendió la silenciosa llamada de auxilio y se acercó a la novia de José para acompañarla y que no se sintiera sola ante la tentación animal que se extendía ante su vista.

Aunque ninguno desmerecía, el caballo que le tocó a Mireia era un equino de apariencia espectacular, de gran elegancia y porte orgulloso. De color tordo y una alzada de casi 170 centímetros, el animal tenía un cuello fuerte y arqueado, cubierto de una crinera larga y colgante. La cabeza era ligeramente convexa y los ojos vivaces. La mujer se fijó en el pecho amplio y la fuerte grupa redondeada y potente. El animal poseía unas armoniosas proporciones.

Mientras uno de los monitores encargados de la actividad ayudaba a subir a la gente a los caballos, otro comenzó a dar las pertinentes instrucciones a los jinetes. Cómo espolear a los equinos, hacerlos detenerse, que giraran a un lado u otro…

Cuando Mireia se subió a lomos de su elegante caballo, sintió una sensación de poderío. Le gustaba sentir entre sus piernas aquel portentoso animal. Intentó refrenar sus más sucios deseos, obviar lo que aquel bicho escondía entre sus patas y se esforzó en, simplemente, disfrutar del paseo que iban a hacer.

-Este macho es un caballo andaluz, pura raza española – la sacó de sus pensamientos el monitor que la había ayudado a subirse al animal.

-¿Y tiene nombre el semental? – preguntó con picardía.

-Sansón – contestó mientras golpeaba cariñosamente al caballo tordo.

“Sansón…” repitió Mireia maliciosamente en su cabeza mientras acariciaba la crin del equino, recordando la historia del hercúleo personaje, e hincaba ligeramente las rodillas contra el lomo del caballo, sintiendo la fornida musculatura que se extendía entre sus piernas. Una repentina oleada de placer la sobrevino, removiéndose sobre el ensillado animal.

Uno tras otro, en fila de a uno, los caballos comenzaron a desfilar siguiendo al monitor que encabezaba la excursión. Lo cierto es que los animales parecían saberse el camino de memoria y no era necesaria mucha destreza para dominarlos. O eso pensaba Mireia hasta que se detuvieron a la espera de poder cruzar una de las carreteras secundarias que se extendían entre los bosques por los que pululaban.

La novia de José intentaba domar al animal como buenamente podía, pero Sansón no estaba por la labor de hacer caso a la inexperta jinete y prefería comer los hierbajos que crecían a uno y otro lado del camino.

-Maldito bicho – maldijo Mireia intentando no ser la única que se saliera de la fila.

Sansón no hacía ni puto caso a la mujer que lo montaba, que encima recibió la reprimenda de uno de los encargados de la actividad por no saber mantener a raya al animal. El cachondeo de Jonathan fue lo que le faltaba. Le dio rabia que el vivaracho amigo de su novio se riera a su costa. Y toda la culpa la tenía el desagradecido caballo. Por suerte, no tardaron mucho más en moverse y Sansón, por cuenta propia, decidió unirse al grupo para seguir en procesión.

-Estúpido caballo… – le susurraba Mireia, enojada con el animal por haberla puesto en evidencia.

Jonathan había hablado con uno de los monitores, quien le permitió quedarse algo más rezagado para poder galopar con su corcel debido a su experiencia previa montando caballos. Así, mientras el grupo avanzaba al paso, el amigo de José se alejada al trote para después acercarse al galope.

La actividad estaba llegando a su fin cuando la mala fortuna les sobrevino. El caballo de Jonathan estaba mal ensillado y, en uno de los trotes, el jinete salió despedido al soltarse la montura. El golpe del hombre fue considerable, provocando el pánico en el resto del grupo.

Aunque Jonathan estaba mal herido, no era demasiado grave. Una ambulancia venía de camino para llevarlo a un hospital donde sería adecuadamente atendido. José se quedó con él junto a uno de los encargados mientras el resto daba por concluida la actividad.

-Pobre Jonathan… - se quejó Mireia a Marga mientras las dos amigas daban una vuelta por la zona, a la espera de noticias desde el hospital.

-¡Vaya! Qué cariño le has cogido de repente… - la chinchó.

-No digas tonterías. Me cae bien, nada más.

-Pues creo que José no piensa lo mismo. Me ha estado preguntando…

Mireia resopló. Su relación de pareja estaba cada vez más estancada. ¿Tendría solución o ya era un callejón sin salida? Ella quería hacerla funcionar, pero con eso no bastaba…

-¿¡Qué es eso!? – se sorprendió Marga al escuchar un relinchar.

La mujer se acercó al lugar de donde provenía el sonido.

-Noooo… - se quejó Mireia con desgana, siguiendo a su alborozada amiga.

La puerta del establo no estaba cerrada y Marga pudo abrirla sin dificultad empujando ligeramente, lo justo para que cupiera el cuerpo de ambas mujeres. Cuando sus vistas se adaptaron al cambio de luz…

-¡Sansón…! – Mireia se sorprendió al divisar el caballo tordo que esa misma tarde había montado.

-Qué casualidad… - sonrió Marga pícaramente, adentrándose en la cuadra.

-¿De verdad quieres que nos metamos aquí? – preguntó Mireia, descolocada.

-¡Vamos! ¿No te apetece darle una reprimenda por dejarte en evidencia?

-Eso es cierto – sonrió tímidamente, recordando sus frustrados intentos por domar al caballo andaluz.

Mireia se acercó al animal, acariciando su suave piel, ganándose su confianza, mientras le susurraba dulcemente al oído.

-Ahora no pareces tan indómito aquí atado, eh… - Sansón bufó.

La mujer deslizó la mano desde la crin hasta la grupa, pasando por el lomo. Sin temor a ser juzgada, restregó con firmeza el cuerpo animal, sintiendo la fuerte musculatura del caballo.

-Que te pierdes, Dalila… - bromeó Marga, haciendo reír a su amiga.

-No me digas que no te apetece ver lo que Sansón guarda entre las patas.

Marga rio. Mireia le acababa de dejar sin argumentos.

Ambas mujeres se agacharon al unísono, observando la gorda, pero encogida polla del equino. La enorme bolsa testicular abultaba más que la retraída verga del animal.

-¡Vaya huevos! No me extraña que no me hicieras ni puto caso – bromeó Mireia, con cierta indignación.

La mujer se alzó, acercándose a los cuartos traseros del equino. Con delicadeza, deslizó el brazo bajo el animal y manoseó los abultadísimos testículos del caballo, cuyo volumen no podía abarcar con una sola mano. El tacto era suave y tierno. Sansón comenzó a mover la cola, señal de que aquellas caricias le gustaban.

-Parece que ahora sí me haces más caso… - le reprochó.

-Mireia, ¿estás segura de querer hacerlo?

-Solo quiero ver cuánto le crece… Nada más. No quiero quedarme con la decepción de ver algo tan pequeñito de un supuesto semental llamado Sansón – sonrió, haciendo referencia a la, por ahora, tímida verga del animal.

Tan solo fueron necesarios unos segundos de masajes testiculares y a lo largo de la grupa del equino para que la polla de Sansón comenzara a recobrar vida, empezando a aumentar de tamaño. Completamente flácidos, empezaron a colgar unos 30 centímetros de cipote. Mireia se agachó, sin dejar de masajearle los huevos, para ver cómo aquello seguía creciendo rápidamente. Ya colgaban 40 centímetros de carne aún inerte. Cuando la mano de la mujer se deslizó desde la bolsa testicular hasta la enorme verga, aquello comenzó a adquirir cierta rigidez, alcanzando los 50 centímetros. En cuanto la hermosa Mireia asió aquel manubrio con la mano, el miembro alcanzó los 60 centímetros aún morcillones. En tan solo unos segundos había superado los prácticamente rígidos 70 centímetros, asombrando a una ensimismada Mireia que jamás creyó que aquello pudiera crecer tanto y tan rápido. Pero no fue hasta los 85 centímetros cuando el pollón alcanzó toda su longitud y firmeza. La novia de José comenzó a masturbar a Sansón sin rubor alguno.

-¡Ostia puta! – sollozó, más que impresionada, sin dejar de recorrer la enorme longitud del sexo del ecuestre.

-Lo cierto es que es espectacular – Marga estaba absorta observando a su amiga manosear aquel desproporcionado falo.

-Parece la trompa de un elefante – bromeó Mireia.

-Es cierto – sonrió su amiga, con un ligero nerviosismo debido a la inverosímil situación.

Los primeros centímetros del pollón eran de un color grisáceo más oscuro y correspondían al prepucio que habían visto antes de la empalmada. Los siguientes centímetros, los que habían aparecido tras la erección, eran de un color más rosado. Por último, la punta de la descomunal verga, nuevamente de un tono más oscuro, era como una especie de almohadilla, rechoncha, arrugada y esponjosa. Tanto por la forma colgante como por esa apariencia del glande, la polla se asemejaba sobremanera a una probóscide.

Mireia no se pudo resistir y le dio un lengüetazo a aquella punta, recorriendo con su ensalivada lengua la blandura de aquel rollizo trozo de carne que tanto contrastaba con la enorme rigidez del resto de pollón. Pero la excitada mujer no se quedó ahí, abriendo la boca para saborear el resto de la inmunda trompa.

-¡Joder, Mireia! Si tú flipabas con lo que yo hacía con Tango, ahora soy yo la que flipo contigo.

La aludida se separó momentáneamente de la descomunal verga animal que estaba mamando, sin dejar de agarrarla con la mano, para contestar a su amiga.

-Tranquila, que yo también estoy flipando –dibujó una divertida mueca de incredulidad, haciendo reír a Marga al ver el desencajado rostro de su amiga, con los ojos bizcos, como forzando la vista para observar toda la longitud de aquel desproporcionado miembro.

Mientras Mireia volvía a la carga, lamiendo el tremendo falo del semental, la mujer separada, con cautela, se acercó a la escena. Con sumo cuidado, alargó el brazo para entrar en contacto con el enorme tronco de la polla. Había espacio más que suficiente como para que ambas mujeres masturbaran al animal al mismo tiempo mientras una de ellas chupaba el enorme glande de la repugnante verga.

Sansón comenzaba a moverse inquieto. Aún así, el animal se estaba comportando demasiado bien para lo que le estaban haciendo. Si no hubiera estado domesticado seguramente ya se habría puesto nervioso y habría soltado alguna peligrosa coz, pero el animal parecía contener toda su salvaje energía, reprimiendo sus instintos más primitivos.

Degustando el fuerte sabor de la polla del caballo, Mireia recordó la tremenda sorpresa que se llevó al ver la enorme verga del boy que hacía de Phoenix. Con cariño, pensó en Tango y lo tremendamente excitante que había sido saltarse las reglas, pisotear sus ideales con la mascota de su amiga. Y ahora estaba chupando el grandilocuente pollón de Sansón, la mezcla perfecta, el cipote más grande y prohibido que jamás conocería.

Con esos pensamientos en su mente, haciendo realidad un reprimido sueño y sintiendo cómo su excitación se desbordaba, Mireia comenzó a masajearse los pechos, dejando en manos de Marga la masturbación ecuestre. Tenía terriblemente sensibles los delicados pezones. Se separó momentáneamente del caballo para desnudarse, mostrando sus perfectas tetas, aunque una fuera ligeramente más grande que la otra.

La mujer separada no creía que la novia de José fuera a llegar tan lejos, pero al observar su precioso cuerpo desnudo supo lo que pasaba por la mente de su amiga, lo mismo que pasó por la suya cuando dejó que Tango la penetrara. No hicieron falta palabras.

Mireia se colocó a cuatro patas bajo el semental que iba a empalarla con ayuda de su amiga. Marga asió el enorme cipote del animal y lo encaró a la entrada de la mujer que yacía a la espera, masajeándose el coño completamente empapado.

Sentir la viscosidad de la punta del salvaje pollón acolchándose contra sus acuosos labios vaginales la hizo estremecerse. Un temblor le recorrió las piernas, desde los esbeltos muslos hasta la punta de los dedos de los pies. Poco a poco sintió aquel esponjoso glande abriéndose paso por su raja, hasta sentir la rigidez que la acompañaba. Tuvo que ahogar miles de gritos de placer para no ser descubiertas. Un caballo se la estaba follando. Había tocado fondo, había llegado a lo más bajo. Y pensaba regodearse en el asqueroso barro, disfrutarlo. El primer y espantoso orgasmo la inundó. El gusto debido a aquello tan ferozmente enorme que recorría su interior fue apoteósico. Supuso que se arrepentiría de aquello, pero tuvo la certeza de que jamás se olvidaría de aquel indescriptible éxtasis.

Marga no dejaba de disfrutar del manoseo que le estaba dedicando a la hercúlea polla de Sansón mientras ayudaba a que el animal embistiera a su amiga, que parecía retorcerse de placer bajo el imponente caballo. Excitada por la visión de los calenturientos acontecimientos, se había llevado la mano libre a la entrepierna, por dentro del pantalón, para provocarse fruición haciéndose un dedo.

Tras los múltiples orgasmos alcanzados por Mireia y la única, pero placentera corrida de Marga, ambas mujeres se repartieron la labor de succionar el espléndido cipote del caballo tordo. A pesar de la inmensa longitud del pollón, las dos amigas se encontraron. Ambas bocas, animosas, se dedicaron tiernos besos que acabaron por convertirse en lametones que recorrían la amarga verga del equino y acababan en los labios de la otra mujer.

El macho, ansioso por fecundar a la supuesta yegua, comenzó a eyacular. Un único pero prolongado y cuantioso chorro de semen cayó sobre la boca de Mireia, sorprendiéndola. La novia de José retiró el pollón encarándolo hacia el rostro de su amiga. Los borbotones de espesa leche impregnaron el rostro de ambas mujeres, risueñas, jugueteando divertidas tras la experiencia sexual más alucinante de sus vidas, acercándose la una a la otra la inaudita trompa que rápidamente adquirió su inicial estado de flaccidez, encogiéndose en el interior del prepucio de Sansón.

Mientras José pasaba la noche en el hospital junto a su amigo, que se había quedado en observación, no dejaba de darle vueltas a su relación con Mireia. Cuando regresaran a casa tomaría la decisión más dura de su vida.

Marga aún no se creía la locura que había cometido. Lo de Tango había sido un recurso momentáneo para aliviar sus necesidades sexuales, últimamente desatendidas, pero lo del caballo había sido una experiencia completamente salvaje e irracional.

Por su parte, Mireia no podía evitar sentirse tremendamente satisfecha. Aunque había cometido el acto más guarro que jamás pudiera imaginarse, se había quitado esa represión que tanto la amargaba. A partir de ahora volvería la normalidad y se dedicaría a cuidar su relación con José. Quería recompensarle por todo lo que le había hecho.

El accidente de Jonathan no tuvo mayores consecuencias. Tras pasar la noche en observación, al día siguiente los cuatro amigos pudieron volver a casa sin mayores problemas.

-Se ha acabado – fueron las inesperadas palabras de José que cayeron como un jarro de agua helada sobre el desnudo cuerpo de Mireia.

¿Cómo era posible? Después de todo lo que había sufrido, ocultando lo que había sucedido en la despedida de soltera de Marga e intentando luchar contra la inconmensurable tentación del deseo animal, para mantener a flote una relación que se hundía, ahora era él quien decidía de dejar de remar. Pero por mucho que intentó quitarle la idea de la cabeza, José había tomado una decisión firme.

El novio de Mireia cogió sus cosas y abandonó el hogar que hasta ese momento habían compartido. Tras salir por la puerta, el teléfono móvil de la mujer abandonada comenzó a sonar, justo al mismo instante en el que José marcaba el número que había buscado en su agenda telefónica.

-¿Sí? – contestó Marga.

-Mireia, soy Jonathan. El otro día nos lo pasamos tremendamente bien y me preguntaba si…

-Hola Marga, soy José. Necesito hablar contigo.

-¿Sigues intentando ligar conmigo? – Mireia bromeó con desgana, aunque no pudo evitar sentirse adulada.

16 Response to "Despedida de casada"

  1. Anónimo 8 de febrero de 2014, 16:25
    Muy buenas Doctor!!!

    Como bien deduces en tu tuit y asi es en mi caso por lo menos, el relato me ha dejado frio, no me ha dicho nada. Es una temática nueva que has tocado y como siempre lo escribes de manera genial, pero mi impresión es que los que te seguimos incondicionalmente desde hace muchos años es pq llevas los relatos de infidelidad al séptimo cielo, por lo que creo que todos tus seguidores tenemos un patrón muy parecido de lo que buscamos: infidelidad de tia buenisima con alguien prohibido (chulo, viejo, mendigo, familiar... etc) y en cuanto mas se resista la protagonista mas nos busca.

    Entonces creo que la espera de un relato a otro nos genera una ilusión y unas expectativas muy grandes, y puede ser por el hecho de haber escrito otro tipo de relato que nos hayamos quedado de pasta de boniato jejejeje.

    No sé si me consigo explicar bien Doc, pero eso si, yo te agradezco que nos deleites con estas maravillas de relatos sean de lo que mas nos gusta o no pq escribes maravillosamente bien y da gusto leerte.

    Tambien te animo a que lo cuelgues en TR en el genero zoofilia para que veas que seguro que alli es un bombazo pq lo leera gnte con otro tipo de gustos.

    Un saludo y gracias una vez mas por tu arte
  2. doctorbp 8 de febrero de 2014, 21:27
    ¿Y qué hay más prohibido que un animal?

    No, ahora en serio, te entiendo perfectamente y te agradezco un montón tu comentario.

    Ya advertí hace tiempo en algún comentario que escribiría sobre zoofilia para que no pillara demasiado de sorpresa, pero encima lo publico justo cuando dejo de mostrar las categorías al inicio del relato xD

    En fin, que entiendo perfectamente que no os guste el relato, pero uno de mis retos como autor es escribir en todo tipo de categorías (algún día intentaré escribir un relato gay, por ejemplo).

    Solo espero que al menos le guste a alguien. He intentado plasmar con toda la dignidad posible cómo unas mujeres pueden acabar teniendo sexo con un animal intentando que fuera verosímil.

    No quiero terminar el comentario sin agradecerte los elogios y diciendo que has definido bastante bien el patrón que pretendo plasmar en muchos de mis relatos.

    Por cierto, avanzo que un inestimable compañero está preparando una serie de entrevistas entre las que me ha incluido. En ellas conoceréis que mi relación con TR no es del todo satisfactoria, motivo por el cual descarto publicar allí. Espero que algún seguidor de los relatos de zoofilia acabe pasando por el blog y nos deje su opinión sobre el relato :P
  3. Anónimo 12 de febrero de 2014, 12:57
    Pues parece que no entra ningun amante de la zoofilia Doc. Una idea, pq no haces una encuesta para que la gente vote sus tres relatos preferidos. Cual crees que saldrían?

    1. Noche descontrolada
    2. Vacaciones a toda costa
    3. Las pozas
    4. Aquí si hay quien viva
    5. Todo por un error

    Y ya estaba pensando en los 5 que menos me han gustado XDDDDDDD

    1. Epic Story
    2. Un último deseo
    3. Despedida de casada
    4. ¿Y tú de quien eres?
    5. La oca erótica

    Se nota que hoy me aburro, no???
  4. doctorbp 13 de febrero de 2014, 0:16
    ¡Chis! ¡Calla! Que ya tenía en mente pedir vuestra opinión sobre vuestros relatos favoritos :) Pero de momento voy a pediros opinión sobre otro asunto que espero preguntar, como muy tarde, el fin de semana.
  5. Straccia Tella 16 de febrero de 2014, 13:24
    Hola!!
    Muchas gracias por otro relato!

    Al fin una secuela de mi relato favorito, con el que te descubrí. Cuando escribiste "viva la novia" esperaba que fuera la boda de Marga... pero hubiera sido una secuela demasiado típica.

    Es la primera vez que leo un relato de zoofilia, así que tiene merito. Me gusta mucho más la primera parte del relato que la segunda. Creo que la escena con todo lo que pasa con Tango es mucho menos forzado que con Sansón (aparte que un caballo, me parece demasiado bestia). El final tampoco me ha acabado de convencer... no se porqué me cae mal el Jonathan ese, y que el cruce de llamadas del final tengo la sensación de que no viene demasiado a cuento...

    Así que me quedo sobretodo con la primera mitad del relato, que hasta ahí era un relato diferente a lo que había leído hasta ahora, y que sí me había gustado.






  6. doctorbp 17 de febrero de 2014, 22:18
    La has clavado, Straccia. Creo que la primera parte del relato fluye bastante bien para ser una historia de zoofilia (mi mayor temor era no darle verosimilitud a lo que ocurre). Sin embargo, me quedé trabado en el final y lo que conseguí no me acabó de convencer (aunque tenía claro que quería incluir sexo con un caballo).

    No sé si me creerás cuando te diga que pensé en ti cuando escribí este relato. Sé que "Despedida de soltera" es el que más te gusta y pensé que igual te decepcionaba que hiciera una continuación tan diferente y bestia (nunca mejor dicho jeje). Aprovecho para pedir perdón a todos aquellos a los que les haya estropeado la serie con esta continuación.

    Ahora bien, me costaba mucho encontrar la trama para un relato de zoofilia y la continuación de "Despedida de soltera" se prestaba a ello por lo que cuento en el primer relato (son varias las referencias a los caballos). Además, la separación de Marga me pareció un buen punto de partida para abordar la parte del sexo con el perro.

    Bueno, un relato difícil, pero para mí era un reto escribir sobre zoofilia. Aunque nunca se sabe, no creo que lo vuelva a hacer.

    Espero que seguidor se pase por aquí y nos dé su opinión, que creo recordar que me animaba con el relato zoo :P
  7. ChTR 3 de marzo de 2014, 3:13
    La madre que te parió, te juro que le di a "Publicar" y mi comentario se borró al insantante, no tienes idea de cómo jode!!!!! Voy por algo de tomar macho veinte minutos a la basura...


    Bueno, aquí está el seguidor que mencionas. Concuerdo con dos puntos de los comentarios anteriores. Lo del caballo es demasiado bestia y que la primera parte del relato es sublime. Natural, creíble, morboso. Lo tiene todo. El desarrollo de los días posteriores al primer cunnilingus son brutales. Va emputeciéndose, va "quebrándose". Pajas, mamadas, y ya se veía venir lo último. Te cuento que has jugado con muchos sofismas de la dominación. Humillación y tal. Me ha parecido curioso: la protagonista se excita no solo por estar haciendo algo "prohibido" y "humillante", sino por hacerlo frente a una amiga suya, lo cual eleva las cotas de la humillación. Ahora mismo no recuerdo si tienes algo de "Dominación" pero lo cierto es que tienes una buena base para un relato de esa temática.

    El momento del dogo hablando me hizo llorar de la risa. Y no solo eso, ¿cómo carajo puedo imaginar a un perro riéndose? xDDD

    Creo que uno de los puntos negativos que escribí era que, aparte del caballo, que los diálogos entre las chicas me ha parecido soporífero en un momento dado (cuando cotillean). Pero es algo más personal, muy mío.

    Por último, lo de Ricky Martin también lo mencionó Machirulo en un relato suyo que tenía una cabra gay (no es broma).

    Buen relato, doctor. Me he divertido leyendo. Tengo que actualizarte la montañita. Ya hablaremos de la portada para tu Face.

  8. ChTR 3 de marzo de 2014, 3:16
    No sé ni de dónde saqué "sofismas"... Sorry, quise decir que tocas aristas que se asemejan a las que puedes encontrar en un relato de dominación.
  9. doctorbp 4 de marzo de 2014, 23:12
    Vieri, ya deberías estar acostumbrado a copiar el texto antes de enviarlo para evitar estas cosas... aunque reconozco que a mí a veces también me pasa.

    Bueno, en fin... sublime, natural, creíble, morboso... ¡joder! es justo lo que quiero conseguir con mis relatos (bueno, lo de sublime no, pero si alguien así lo considera, pues mejor jeje). Muchas gracias por tus elogios. Como ya dije, esa primera parte fluyó, me imaginé cómo se desarrollaría antes de ponerme a escribir. La parte final... bueno, como también ya dije, quería meter un caballo en el relato sí o sí. Ya sé que es bestia, pero... como en principio no tengo intención de escribir otro zoo pues no quería quedarme en el "clásico" perro y ya está.

    Lo cierto es que no tengo nada de dominación (aunque me hayan implorado mil veces que escriba la continuación de Noche descontrolada en esta categoría). Algún día tendré que explorarla para seguir escalando :P

    En un sueño podemos imaginar lo que despiertos seríamos incapaces. De ahí que pensara que la sonrisa de un perro pudiera ser completamente creíble sin necesidad de mayor explicación. De todos modos, ¿te suena Patán de los autos locos? Pues me imaginaba algo así jeje Tal vez más sensual y fiero, pero el mismo tipo de sonrisa.

    Por último, gracias por recordarme lo de la portada :) En cuanto vaya un poco más libre (haya terminado el maldito relato del Ejercicio), a ver si me pongo con lo del face y, tal vez, G+.

    Gracias por seguir leyéndome y comentando. Yo aún te debo la continuación de Legion.
  10. Anónimo 6 de abril de 2014, 0:56
    Perdon, cuando te quede poco para mandarnos un relato, comentanos lo por aqui, gracias y
    que sea pronto. Gracias Ermendasxxx79
  11. Anónimo 25 de noviembre de 2014, 2:45
    Jajaja, ya te valeeeeee!!! Que me he encontrado con que me faltaba este relato por leer y va y se lía con el perro!
    Mira, que yo me he reído mucho por la sorpresa, al principio creía que iba de broma pero no, no, zoofilia 100%!!
    Me uno a los que se han quedado fríos con esta trama, y también entiendo perfectamente a los que han estado esperando ansiosos tu publicación y se han encontrado con esto. A mí también se me hubiera caído el alma a los pies del chasco.
    Igualmente, tb hay que decir que desde el punto de vista literario eres insuperable. Tiene un increíble mérito que a pesar de escribir algo que no me motiva en absoluto no pueda dejar de admirar lo bien ligado que queda, vamos, que casi me replanteo a ver cómo es que no me pone la idea de que me chupe un perro! Otro como éstos y me veo de visita en la perrera, de voyeur, jajaja.
    Con el caballo no, ahí sí que ya no hay nada que plantearse...
    Resumiendo, que eres un genio del teclado, que como te lo propongas hasta puede parecer morboso el apareamiento de la mosca del vinagre. Aunque espero que no te lo propongas, que nos quedaremos sin entrega erótica!
    Marta
  12. doctorbp 25 de noviembre de 2014, 20:14
    xD

    Creo que ya comentaba que escribir un relato zoo era una especie de reto personal. Ya lo he cumplido y no creo que vuelva a tocar la temática, aunque nunca se sabe...

    jijiji estoy seguro de que la parte del perro es más común de lo que nos imaginamos. La parte del caballo reconozco que es una sobrada.

    Marta, muchas gracias por los elogios. Te debo unas contestaciones por email, lo sé, pero ando liadillo con el curro...
  13. Anónimo 7 de mayo de 2015, 3:44
    Bueno , es mi segundo relato que acabo de leerlo , ya que nunca antes lo hice leyendo este relato de su blog me encontré con varios cambios que personalmente me agrado , el morbo con todo lo leído me causo humedad... pero el final no me agrado en ninguna de las dos amigas ......lo veo algo irreal..... pero lo demás me agrado una vez mas su amiga .
  14. doctorbp 8 de mayo de 2015, 0:05
    Bueno, es que este es uno de los relatos más diferentes a lo que suelo escribir y es normal que te haya parecido irreal. No obstante, si he conseguido excitarte con un relato de zoofilia, me doy por satisfecho :)
  15. Leydiana 26 de noviembre de 2016, 22:39
    Me encanto tu blog. Ahora tienes otra seguidora mas

    Saludos
  16. doctorbp 27 de noviembre de 2016, 18:53
    Me alegro Leydiana. Te animo a que comentes los relatos y, en general, a participar en el blog todo lo que quieras :)

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