Tabú

Sinopsis: Una madre cercana a los cuarenta es partícipe de la evolución sexual de su hijo adolescente.

¡Pi, pi, pi! ¡Pi, pi, pi!

El despertador de Zoe comenzó a sonar bien temprano, como cada día laboral, a la hora en punto. La mujer de 39 años se alzó sin demasiados problemas para darse una ducha y arreglarse antes de dirigirse a su puesto de trabajo en una importante empresa internacional como responsable de uno de los departamentos con más relevancia.

—¡Eric, vamos! —soltó Zoe con parsimonia, picando en la puerta del cuarto de su único hijo—. Que ya son y media.

El adolescente hizo caso omiso, revolviéndose en la cama para seguir durmiendo, ahora del otro costado. Mientras, Michel, su padre, recién levantado, entraba al cuarto de baño para orinar y lavarse la cara.

—¿Quieres hacer el favor de levantarte? —insistió la madre un rato después, entrando finalmente al dormitorio de Eric—. Tu padre ya está preparado.

—Cinco minutos más… —suplicó el chico.

Zoe levantó la persiana de la habitación, dejando entrar la claridad del día.

—¡Mamá! —se quejó.

—Va, no hagas esperar a tu padre —le instó, ignorando las quejas—. Tienes el desayuno listo. Levántate y vístete, que yo me marcho ya.

Eric oyó el portazo que evidenciaba que su madre se había ido a trabajar. Al sacar uno de los brazos fuera del agradable cobijo de la sábana y la colcha, notó el fresco de la mañana y volvió a resguardarse, maldiciendo todos y cada uno de los madrugones para ir al colegio.

—Eric, no hagas que me enfade, por favor —Michel le apremió, impacientándose al ver la hora.

Disgustado consigo mismo y con el mundo, como aproximadamente desde un año antes de haber cumplido los 14 que atesoraba, Eric se levantó a regañadientes. Se deshizo del pantalón corto y la camiseta con los que solía dormir, dejándolos tirados sobre la cama, y se vistió antes de dirigirse al cuarto de baño.

La familia vivía en las afueras de la ciudad así que, por las mañanas, Michel se encargaba de acercar con el coche a Eric al colegio mientras que, por las tardes, era Zoe quién pasaba a recogerlo para ir de vuelta a casa.

Como cada tarde, los compañeros de clase del adolescente se arremolinaron junto a su amigo para despedirlo con la pícara intención de observar al amor platónico de todos ellos, la madre de su compañero.

Eric era el primero en fijarse en las chicas y estar todo el día pensando en sexo, pero no acababa de entender lo que sus compañeros de clase veían en su madre. A pesar de estar rozando los cuarenta, la mujer era tremendamente atractiva, mas su hijo era incapaz de darse cuenta.

Zoe era morena y el pelo le llegaba hasta algo más abajo de los hombros. Solía ir ligeramente maquillada y vestía elegantemente, aunque en casa era todo lo contrario, donde era habitual verla con ropa cómoda como camisetas y pantalones cortos. Tanto en un ámbito como en otro, eran apreciables sus curvas: unos pechos generosos y bien puestos, una cadera muy ligeramente redondeada y unas piernas torneadas. Pero lo que más destacaba de ella era, sin duda, su magnetismo de mujer hecha y derecha, un atractivo que la había acompañado toda la vida y por el que muchos hombres habían suspirado.

—¡Eric! —Zoe llamó la atención de su hijo, haciendo sonar el claxon.

—Espera, no vayas aún —le rogaron los compañeros.

—¿¡Qué decís!? —reía Eric junto a sus amigos.

—Espera… espera… ¡ahí está! —Un suspiro generalizado se alzó entre el grupo de adolescentes.

Zoe se había bajado del coche. Llevaba un vestido granate de una sola pieza. El discreto cinturón de color negro conjuntaba con las altísimas botas que le llegaban por encima de la rodilla. Desde ahí hasta el inicio del vestido, a mitad de muslo, se apreciaban los pantis de color oscuro. El vestido no era escotado, pero la parte superior se ajustaba a las curvas femeninas, mostrando claramente el volumen de los pechos, que se balancearon con los gestos de la mujer intentando llamar la atención de su hijo.

—Bueno, me voy, capullos —se despidió Eric, pero los amigos, embobados, apenas le hicieron caso.

Tras la dura jornada laboral, a Zoe le quedaban por hacer todas las tareas del hogar. La compra, limpiar la casa, ayudar a su hijo con los deberes… Michel llegaba más tarde del trabajo y normalmente se encargaba de hacer la cena. Los horarios laborales y escolares les permitían organizarse de ese modo.

Después de cenar, Eric acostumbraba a irse a su cuarto para jugar a la consola, pasar el tiempo en Internet o leer algún libro antes de acostarse. Zoe y Michel solían aprovechar para charlar o ver juntos alguna serie o película en la televisión. En cualquier caso, ese era su momento, del cual siempre habían disfrutado.

La madre esperó a que su marido se adormilara y se fuera a la cama para ir a la cocina en busca de la caja de servilletas de papel que había comprado y el calcetín sucio que no había puesto a lavar. Seguidamente, se dirigió al cuarto de su hijo.

—¿Se puede? —preguntó, no queriendo invadir la intimidad del adolescente.

—Pasa.

Eric ya estaba en la cama. Zoe se fijó en él. Siempre había sido un niño muy guapo y la edad no lo había empeorado. Rubio, con el pelo corto y delgado, era la viva imagen de su padre pero en pequeño. Le dio pena pensar en lo mucho que había crecido y, aunque para ella siempre iba a ser su niño, debía aceptar que se estaba convirtiendo en un hombre.

—No es mi intención avergonzarte —empezó—, pero tenemos que hablar de un tema importante.

El adolescente se puso tenso, incapaz de saber a lo que su madre se refería.

—He esperado a que tu padre se acostara, así que puedes estar tranquilo porque nadie más va a escuchar esta conversación.

Eric frunció el ceño, empezando a sentirse ligeramente incómodo.

—¿Quieres saber por qué he traído este paquete de cajas de pañuelos a tu cuarto? —mostró las servilletas de papel—. Supongo que debes sentir curiosidad.

Efectivamente, Eric tenía ganas de saber a dónde quería llegar su madre y no tardó en averiguarlo, avergonzándose inmediatamente.

—Te presento el calcetín increíblemente rígido —bromeó, mostrando la pieza de tela acartonada, haciéndola crujir al estirarla—, que demuestra la necesidad de que tengas estos pañuelos en tu cuarto.

El adolescente había reconocido inmediatamente la prenda que había usado para masturbarse y que había quedado completamente llena de esperma. La había ocultado entre el resto de la ropa sucia, con la esperanza de que nadie la descubriera. Sin embargo, ahora su madre estaba dándole una charla por ello y, completamente abochornado, no sabía dónde meterse.

—Sé perfectamente el motivo del estado del calcetín —prosiguió—. Lo debes haber utilizado para limpiarte tras… —intentó buscar la palabra adecuada, pero descartó todas las que le venían a la mente— tocarte —concluyó—. Esto no puede ser. No puedo estar preocupándome cada vez que ponga una lavadora intentando averiguar si has manchado alguna de las prendas…

El estado de sofoco de Eric empezaba a transformarse. Inexplicablemente, mientras escuchaba el sermón de su madre, había comenzado a notar cómo el pene se movía ligeramente, de forma completamente ajena a su voluntad. Intentó concentrarse para evitarlo, pero eso aún le puso más nervioso.

—Tu padre y yo respetamos tu intimidad, pero no me parece bien que los restos de tus… —volvió a cavilar sobre la palabra pertinente y esta vez utilizó una de las descartadas anteriormente— masturbaciones pululen entre la ropa de los demás.

El adolescente se fijó en su madre. Llevaba un pantalón largo de pijama, de una tela fina de color rosa con estampados. En la parte de arriba, una camiseta azul de manga corta que se ajustaba a su fisonomía, marcando los considerables pechos de Zoe. La prenda era corta y dejaba asomar unos escasos centímetros de carne entre la cintura del pantalón y la parte baja de la camiseta.

—Sabemos que estás en una edad complicada y es por eso que debes aprender a ocultar mejor las evidencias de tus actividades manuales —sonrió, sentándose en la cama y mostrándole a su hijo una de las cajas con las servilletas.

Eric no lo pudo evitar, la empalmada ya era un hecho. No sabía cómo había empezado, pero era evidente que la presencia de su madre había tenido algo que ver. La sonrisa y cercanía de Zoe fueron lo que finalmente provocaron el definitivo descontrol sobre la erección. Por vez primera, Eric fue consciente del atractivo que su madre despertaba entre los compañeros de su clase.

—Así que espero que esto no vuelva a suceder —mostró una vez más el calcetín arrugado— y que sepas darle uso a los pañuelos de papel cuando necesites desfogarte.

Zoe volvió a sonreír, queriendo desdramatizar el asunto, al mismo tiempo que, instintivamente, señalaba hacia el sexo de Eric, calculando mal. Sin ser capaz de imaginar que su hijo pudiera estar empalmado, le rozó la entrepierna, llevándose una tremenda sorpresa al notar la dureza con la que se había topado.

—¡No me lo puedo creer! ¿Has tenido una erección? —preguntó sin terminar de creérselo—. ¿Es que acaso te has excitado con la conversación?

Eric estaba completamente acongojado, incapaz de reaccionar para responder a su madre.

—Está bien, no pasa nada —Zoe, percibiendo el mal rato que estaba pasado su hijo, quiso normalizar la situación—. Será mejor que me vaya a la cama. Aquí te dejo esto para que lo uses —colocó la caja de servilletas de papel sobre la mesita de la habitación—. Y no te preocupes. Es normal que te pasen estas cosas a tu edad —sonrió una vez más, alejándose definitivamente.

Imágenes de la primera escena
Imágenes de Taboo Handjobs
El menor de la casa se quería morir. Por un lado no creía haber pasado más vergüenza en toda su vida, pero, por otro lado, un tremendo cacao mental se había apoderado de sus pensamientos, incapaz de concebir cómo era posible que se hubiera excitado con la visión de su madre.

Por su parte, Zoe se acostó junto a su marido, risueña al pensar en lo surrealista que había resultado la escena en el cuarto de su pequeño. Sin embargo, tenía la sensación de que Eric seguía siendo demasiado joven e inexperto para los cambios que estaba experimentando y sintió la inexorable necesidad de que Michel tuviera una charla con su hijo. Y así se lo hizo ver al día siguiente, cuando la pareja, después de cenar, se quedó a solas en el sofá viendo la tele.

—Michel… —llamó la atención de su marido.

—¿Sí?

—Creo que deberías tener una conversación con tu hijo.

—¿Por? ¿Qué ha hecho ya?

—Nada —rio—. Es solo que… bueno, digamos que el pequeño ya no es tan pequeño.

—¿Dónde quieres ir a parar?

—Pues que el otro día… bueno, que tu hijo le da a la zambomba que da gusto —bromeó.

—¡Pues claro, está en la edad!

—Ya, pero precisamente por eso creo que deberíamos explicarle algunas cosas.

—Mujer, si hoy en día lo aprenden todo en el colegio.

—¡Michel, no seas ingenuo! En el colegio no les enseñan nada. Otra cosa es que lo aprendan de los compañeros. Y miedo me da.

—¿Y qué es lo que quieres que yo haga? ¿Qué le cuente la historia de las flores y las abejas?

A Zoe no le gustó la actitud de su marido y menos esa contestación, pero intentó no sacar a relucir su fuerte temperamento.

—Creo que sería bueno que le hables sobre el sexo seguro y su importancia. Puede que sepa cómo usar su herramienta, pero probablemente no sepa todas las posibles consecuencias.

—¡Anda, Zoe! Yo no le voy a hablar de esas cosas a Eric…

—¿Lo estás diciendo en serio? —El enfado de la mujer iba en aumento.

—Sí.

—¡Está bien! —se mosqueó definitivamente—. Un gran trabajo como padre. Ya le explicaré yo al niño lo que tiene que saber.

—No lo llames niño, que ya es un hombre —bromeó Michel, pero Zoe ya no estaba de humor.

—Vete a la mierda. —Y se marchó a la cama, enojada.

La mujer no solía tener queja de la actitud de su marido como padre. Normalmente tenían ideas muy similares en cuanto a la educación de Eric y, precisamente por eso, más le había descolocado el ver cómo Michel se había desentendido de un tema que para ella era tan importante.

El pequeño incidente entre madre e hijo no tuvo mayores consecuencias y los días pasaron con normalidad hasta el fin de semana, en el que Eric tenía una fiesta de aniversario en casa de un amigo. Mientras, los padres del chico, que seguían peleados, no se dirigieron la palabra en toda la tarde.

—El cumpleaños debe estar a punto de terminar —manifestó Michel—. Yo he de marcharme para ir al campo de fútbol. ¿Pasarás tú a recogerlo? —le preguntó a su esposa.

—Pues claro —afirmó en tono de reproche—. Yo hablaré con él, yo pasaré a buscarlo…

—Zoe… no podemos enfadarnos por esta tontería.

—No es ninguna tontería.

—Está bien. Mira, cuando vuelva del partido lo aclaramos, ¿vale?

Michel se acercó a su mujer para besarla, intentando acercar posturas. Aunque Zoe, orgullosa, seguía molesta, no le quiso hacer el feo y le correspondió, sin cambiar el semblante serio.

La madre de Eric pensó que tendría tiempo de sobras para hablar con su hijo mientras el padre de familia asistía al estadio para ver jugar en directo al equipo de la ciudad, así que cogió el coche para ir a buscarlo.

—¿Qué tal la fiesta? —preguntó al adolescente en cuanto subió al vehículo.

—Bien, aunque has venido muy pronto —evidenció su fastidio.

—Bueno, hay un motivo —aclaró mientras conducía de camino a casa.

—¿Cuál?

—¿Recuerdas la conversación que tuvimos la otra noche en tu cuarto?

—¡Mamá! —se quejó—. ¡Te juro que no he vuelto a manchar la ropa!

—No es eso —rio Zoe—. En el último año has hecho una transformación importante —empezó—. Has pasado de ser un niño hogareño a un adolescente inquieto. Antes te pasabas el día pegado al ordenador y ahora ya sabemos lo que haces a solas en tu dormitorio —sonrió, incomodando a su hijo.

Eric siempre había tenido mucha confianza con su madre, una complicidad especial que, tal vez, se había visto mermada en los últimos tiempos, en los que se había vuelto más reservado, justo desde que el adolescente había comenzado a experimentar los típicos cambios corporales y mentales de la edad.

—Así que me gustaría tener una charla contigo sobre algunas cosas relacionadas con el sexo —concluyó la mujer.

—¡Mamá! —se volvió a quejar, sintiendo vergüenza por la conversación. —Si yo ya sé todo lo que hay que saber… —afirmó con la cabeza gacha, provocando las carcajadas de su madre.

—Vamos, Eric… —le reprochó.

El diálogo se cortó durante unos segundos, en los que el silencio se adueñó del momento, hasta que Zoe reanudó la conversación, explicándole al adolescente todo lo que creía que debía saber. Aunque Eric se mostraba timorato, escuchó con atención todas las lecciones que su madre le estaba dando.

—Y… ¿cómo se coloca un preservativo? —la cortó.

—Pensé que lo sabías todo relacionado con el sexo —bromeó ella.

—Mucha teoría y poca práctica… —se sinceró, más tranquilo, haciendo reír a su madre.

—Se me acaba de ocurrir una cosa…

—¿El qué? —preguntó, con una mezcla de ilusión y nervios.

—Pues que podemos practicar.

—¿En serio? —inquirió, completamente acongojado.

Eric no se podía creer que su madre estuviera insinuando que le iba a enseñar a colocarse un condón. Pensó si tendría que mostrarse desnudo ante ella, incluso si sería la propia Zoe quien se lo pondría para mostrárselo. Solo los nervios impidieron que tuviera una inminente erección, pues se había puesto cachondo solo con imaginarlo.

Una vez en casa, la mujer de Michel se dirigió a la habitación de matrimonio, como si no pasara nada. Su hijo, sintiéndose ignorado, se marchó a su cuarto, no viéndose capaz de preguntarle a su madre si harían lo que habían comentado en el coche.

—Eric… —le llamó Zoe.

—¿Sí? —le subieron las pulsaciones.

—Ven.

Tembloroso, el chico se acercó a la habitación de sus padres, preguntándose si debía desnudarse de camino. No lo hizo.

—Mira, vamos a usar esto —sentenció ella, sentada sobre el sofá que había en la habitación de matrimonio.

Eric se fijó en el pene de goma que Zoe sujetaba con una mano, sintiéndose estúpido al haber pensado que su madre iba a tocarle para enseñarle cómo debía ponerse un preservativo.

—Principalmente —comenzó la mujer—, tanto a tu padre como a mí nos preocupa que puedas dejar a una chica embarazada. Además de las enfermedades de las que ya hemos hablado. Por eso es tan importante esto —mostró un profiláctico, aún en su envoltura.

El chico se fijó en su madre. Le había dado tiempo a cambiarse así que vestía ligeramente cómoda. Llevaba una camiseta ceñida de tirantes que dejaba ver ligeramente la parte superior del sostén, de color morado y con encajes. Aunque tapado por la blanca y fina blusa sin mangas que llevaba sobre la camiseta, se podía apreciar parte de la rosa tatuada que Zoe lucía encima de su pecho derecho. Era una visión tremendamente atractiva.

—El procedimiento es muy simple —comenzó la explicación—. Sacas el preservativo, lo colocas sobre el glande y, sujetándolo por aquí —presionó la parte superior del condón—, lo desenrollas a lo largo del pene —bajó la mano acariciando la polla de silicona.

Nuevamente, Eric no lo pudo evitar. Observar a su morbosa madre sobando el consolador para enseñarle cómo colocar un preservativo fue una imagen demasiado turbadora, provocándole la tremenda hinchazón que tenía en la entrepierna y la cara de susto por si Zoe le descubría.

—¿Lo has entendido?

—Sí —contestó con voz temblorosa.

—Entonces, ¿a qué viene esa cara? —preguntó la mujer al observar el rostro desencajado de su hijo.

Eric no sabía qué responder. Temía que su madre descubriera el motivo de su erección y los nervios impedían que se relajara, evitando que su verga también lo hiciera.

—Vamos, hijo —se quejó—, entre nosotros siempre ha habido confianza. Aunque estés experimentando estos cambios me gustaría que la siguiéramos teniendo y que pudieras explicarme lo que te preocupa. Me gustaría que me siguieras considerando como un amigo al que le puedes contar tus cosas.

Esas palabras tranquilizaron a Eric que, a pesar de sentirse incapaz de confesar lo de su empalmada, decidió ser sincero con su madre.

—Bueno… es que… —no acababa de estar seguro de su confesión.

—Puedes decirme lo que sea —sonrió ella.

—Yo pensaba que me ibas a enseñar, pero con un pene de verdad.

Zoe, descolocada, tardó unos segundos en reaccionar, riéndose a carcajadas. Jamás se habría imaginado la ocurrencia de su hijo.

—¿Con el de tu padre, quieres decir? —bromeó entre risas.

—No…

—¡Ay, cielo!

El ataque de risa se fue de repente y la madre de Eric empezó a cavilar sobre la propuesta. Pensó si realmente era una locura lo que su hijo le estaba pidiendo. Recordó lo mucho que hacía que no lo veía completamente desnudo y sintió cierta curiosidad por los cambios que pudiera haber experimentado. Concluyó que no era algo tan grave pues, al fin y al cabo, no era más que su hijo, el niño que siempre había sido.

—Está bien, supongo que siempre será mejor que lo aprendas con una experiencia lo más cercana a la realidad posible —aceptó—. Ven aquí, acércate y túmbate a mi lado.

El chico, tan excitado como asustado, hizo caso a su madre. No obstante, no sabía cómo iba continuar la cosa. Dudó si desnudarse, si sería Zoe la que haría todo el proceso o si sería él, siguiendo las instrucciones pertinentes.

—Supongo que sabes que —prosiguió—, primero de todo, debes tener una erección. Aunque me imagino que eso no debe ser problema —sonrió, tocando levemente el paquete de su hijo y cerciorándose de la empalmada al sentir la dureza de la entrepierna.

Zoe desabrochó el botón del tejano y bajó la cremallera. Tirando de los costados, deslizó la prenda hacia abajo, desnudando a su hijo y dejando al aire un pene completamente flácido, recostado sobre un pubis imberbe en el que se notaba la pelusilla típica de los adolescentes.

—Lo siento —balbuceó el chico, completamente atormentado por haber perdido la erección.

—No es necesario que estés avergonzado —sonrió, consciente de que Eric estaba muy nervioso—. Ponte cómodo —sugirió mientras se deshacía por completo de los pantalones de su hijo.

Zoe había estado segura de que Eric se había empalmado con la explicación en la que había usado la verga de goma y no se había equivocado. Aceptó darle una nueva lección usando su propio pene pensando que sería algo rápido. Sin embargo, no se esperaba el contratiempo de que el adolescente perdiera la erección debido a los nervios. Se convenció de que dejarle con las ganas sería contraproducente y pedirle que se masturbara delante de ella le pareció completamente fuera de lugar.

—Como te comentaba, es imprescindible que el pene esté completamente duro antes de colocar el preservativo. Así que voy a tocarte un poco, ¿vale?

—Vale.

Eric no se podía creer lo que estaba sucediendo. Sintió el cálido tacto de la mano de su madre, primero acariciándole la entrepierna y luego rodeándola para alzarle la verga. Zoe usó ambas manos para tocarle. Le acariciaba con una, recorriendo toda la longitud del laxo falo y, acto seguido, era sustituida por la otra, hasta que, con una de ellas, comenzó a presionar con más fuerza, desde la base del miembro hasta el glande. El chico notó cómo la polla se le iba hinchando cuando sintió una humedad cayendo en su bálano y deslizándose por su tronco.

El roce con el joven falo era demasiado seco y Zoe se había aproximado para dejar caer un reguero de saliva sobre la punta para humedecerla, pudiendo deslizarse con mayor facilidad a lo largo del miembro de Eric. Con una mano seguía masturbándolo y, con la otra, le masajeaba el glande, cada vez más abultado. La verga del niño no tardó en endurecerse por completo.

La madre estaba gratamente sorprendida por el tamaño de la polla de su hijo. Recordaba que no la tenía pequeña, pero no era consciente del cambio tan espectacular que había experimentando en los últimos tiempos. Eric estaba bastante bien dotado.

—Listo —afirmó Zoe, soltando la empalmada para coger un nuevo preservativo.

Mientras explicaba cada uno de los pasos que iba a haciendo, la mujer de Michel repitió los mismos gestos que ya hiciera anteriormente, pero sustituyendo el consolador de látex por la carnosa polla de su hijo. Abrió el envoltorio, sacó el condón, colocándolo sobre el glande y, con total parsimonia, lo desenrolló a lo largo del tronco, deslizándolo con dos dedos de cada mano hasta llegar a la base de la verga.

La lección había concluido. Zoe no tenía más que retirar el profiláctico, pedir a su hijo que se vistiera y esperar a que Michel regresara de ver el partido de fútbol. Sin embargo, sin dejar de sujetar el tieso falo de Eric, observando el encapuchado miembro, se lo acarició nuevamente, de forma instintiva. Pensó si se había excitado manoseando la buena polla de su hijo y temió encontrar una respuesta.

—Una vez colocado el preservativo —reanudó la masturbación, excusándose en prolongar las explicaciones—, puedes tener relaciones sin riesgo de contraer enfermedades o de no saber dónde va a acabar tu semilla —sonrió.

—Los calcetines ya pueden estar tranquilos —bromeó Eric, más relajado, provocando las risas descontroladas de su madre.

Zoe empleó ambas manos para pajear a su hijo, pero esta vez al mismo tiempo. Con una presionaba toda la longitud del tronco y aún quedaba espacio para que, con la otra, le amasara el glande.

—Llegados a este punto —intervino la madre—, no me parece bien dejarte en este estado. Así que voy a terminar lo que he empezado. Pero esto que no salga de aquí —solicitó con una sincera sonrisa.

—Gracias —Eric, en una nube, no acababa de creérselo.

—Pero solo hoy y porque ha sido una situación especial —advirtió—. ¿Estamos?

—Sí, sí, claro. Lo entiendo.

—Está bien. Puesto que hay confianza —sonrió—, creo que podemos deshacernos de esto —comenzó a tirar del condón—. Será más placentero para todos —concluyó, terminando de quitarle la goma que le había colocado a su hijo.

Eric nunca había experimentado tanto placer. El roce de los dedos de su madre no se podía comparar con las numerosas pajas que se había hecho durante el último año y medio. Pero el descubrir que Zoe también estaba disfrutando, fue lo que le permitió comenzar a gozar plenamente de la masturbación. Se había relajado y, no teniendo que estar pendiente de si su madre se enfadada por algo que pudiera hacer o decir, empezó a concentrarse en cada una de las caricias maternales.

La esposa de Michel ya se había desatado. Con una sola mano, comenzó a subir y bajar a lo largo de toda la longitud del miembro viril, disfrutando de la terrible dureza juvenil y del gesto de satisfacción que estaba provocando en su pequeño.

—Mamá…

—¿Sí?

—¿Podrías quitarte eso?

—¿La blusa? ¿Qué es lo que quieres verme, pillín? —sonrió.

—Nada.

—Seguro…

A pesar de la respuesta, Zoe le hizo caso. Supuso que Eric quería verle mejor las tetas, pero, al fin y al cabo, no iba a mostrar nada que no enseñara normalmente.

—¿Mejor?

—Me gusta el tatuaje —respondió el chico, haciendo reír a su madre.

—¿Y lo que hay debajo? —preguntó con picardía, deseosa de escuchar el piropo de su hijo.

—También —sonrió con timidez.

Zoe, sin bajarse los tirantes, deslizó el escote de la camiseta hacia abajo, dejando a la vista el sujetador que tapaba sus considerables senos. Se los amasó ligeramente, dejando patente el volumen de los mismos.

—¿Te gustaría verme las tetas? —le preguntó.

—¡Claro! —contestó con un entusiasmo desmedido.

La madre de Eric solía hacer topless con lo que, si hubiera querido, su hijo se podría haber deleitado con sus pechos en más de una ocasión. Así que enseñarlos no le pareció algo demasiado grave después de lo que ya estaba haciendo. Además, pensó que de ese modo la paja aún sería más placentera para el adolescente.

La mujer se llevó las manos a la espalda para deshacerse del cierre del sostén y, sacándose también los tirantes de la camiseta, ante los desencajados ojos del niño, aparecieron unas tetas voluminosas, nada caídas, con unos pezones tiesos y rodeados de unas areolas grandes y claras.

—¡Guau! —soltó Eric, enalteciendo la autoestima de su madre.

Zoe se acarició los senos, sintiendo un evidente placer al hacerlo, antes de volver a agarrar la verga de su hijo para terminar de hacerle la paja. La mujer se inclinó nuevamente, acercándose a la entrepierna juvenil, para escupir una vez más. Esta vez dejó caer una abundante cantidad de saliva. Unos hilillos se quedaron entre su boca y el glande mientras el resto de babas se deslizaban a lo largo del tronco y entre sus dedos.

—¡Me encanta, mamá!

—Gracias —se lo agradeció, sonriente, mientras absorbía el espumarajo que le colgaba de los labios.

La madre de Eric aumentó el ritmo dedicándose a masturbar la zona del frenillo, haciendo que su hijo comenzara a temblar de gusto. Tras unos segundos, bajó las revoluciones, volviendo a pajearle con una mano a lo largo de toda la polla, con suavidad, mientras con la otra le masajeaba los testículos. Poco a poco fue deslizando la mano, desde los huevos hasta el pubis, donde se apoyó para sujetarle la base de la polla y aumentar la presión que ejercía con la que lo estaba masturbando. Eric se retorcía, intentando evitar una eyaculación que era inminente.

A cada nueva acción con la que su madre le sorprendía, Eric descubría un grado más de placer que desconocía. Era la primera paja que le hacían, la primera vez que una mujer le tocaba, así que no tenía referencias, pero estaba convencido de que Zoe era toda una maestra. Llevaba un rato luchando contra las ganas de correrse, pero cuando la experta mano inició las enérgicas últimas embestidas, no pudo más. Se dejó llevar y, durante unos segundos, fue completamente inconsciente de lo que sucedía. Solo sentía gozo, un punto de placer que se extendía, desde la punta de la polla, a lo largo de todo su cuerpo y más allá, llenándolo todo de una dicha inconmensurable.

Zoe sintió la polla de su hijo convulsionándose y observó el primer brote de semen alcanzando unos centímetros de altura antes de precipitarse sobre el propio glande, deslizándose hacia los dedos de femeninos que, sin dejar de masturbar al chico, quedaron impregnados de la tibia leche que Eric, con el rostro desencajado, siguió emanando. La madre exprimió la verga, masturbándolo con fuerza y lentitud hasta sacar la última gota de esperma de los huevos del adolescente. Miró a su hijo y lo vio renacer de entre los muertos.

—¿Te ha gustado, cariño?

—¡Uf! —no tenía palabras para expresar lo mucho que había sentido.

—Menuda corrida —le enseñó la mano llena de semen—. No me extraña que dejaras el calcetín como lo dejaste —sonrió, sin dejar de acariciar la verga que, aún en erección, poco a poco iba perdiendo su dureza.

Imágenes de la segunda escena
Imágenes de Taboo Handjobs
Antes de intentar olvidarse para siempre de lo sucedido, Zoe le hizo ver a Eric lo especial de las circunstancias en las que había ocurrido. Sin querer negar que le había hecho una paja a su hijo, sí que le quitó toda la importancia que pudiera tener a ojos de cualquiera que no fuera ellos dos. La madre creyó que el pequeño de la casa lo había entendido y se quedó relativamente tranquila.

Sin embargo, el hijo de Michel y Zoe, a pesar de aceptar las explicaciones de su madre, no pudo evitar que la obsesión por su progenitora creciera hasta límites insospechados. No había momento en que no se figara en ella, en su deslumbrante atractivo, ni ocasión que no aprovechara para interpretar cualquier gesto de Zoe como si fuera un acto lascivo dentro de su imaginación. Si ella le sonreía, él inventaba que se insinuaba. Si ella le hablaba, él fantaseaba con que le estaba invitando a repetir sesión onanista. Si ella le tocaba, él se empalmaba, y eso sí era real.

Durante los siguientes días, los padres de Eric arreglaron sus diferencias. Michel le pidió perdón a Zoe, admitiendo que se había equivocado en la forma cómo había encarado la situación y ofreciéndose a charlar con su hijo. Sin embargo, ella le explicó que ya había hablado con el muchacho, al que le había quedado todo bastante claro.

Dos semanas después, el equipo de la ciudad volvió a jugar de local y Michel, socio del club, fue a ver el partido como siempre que jugaban en casa. Zoe aprovechó para darse una ducha mientras Eric jugaba a la consola en su cuarto.

El adolescente, que había estado esperando ese momento durante todo el día, corrió a esconderse debajo de la cama de la habitación de sus padres. En silencio, esperó a que su madre saliera del cuarto de baño. No tardó mucho en hacerlo.

Zoe volvió de la ducha sin nada de ropa, aproximándose a la cama donde había dejado las prendas con las que pensaba vestirse. Su hijo pudo observar su perturbadora desnudez. Volvió a ver los magníficos senos que no había podido sacarse de la cabeza desde que se los mostrara haciéndole la paja y, por primera vez, su sexo.

El coño de la madre de Eric quedó a escasos centímetros de su hijo. El chaval pudo contemplar su primera vagina en vivo y en directo y creyó que no podía haber nada más excitante. Observó el pubis femenino, con una arreglada capa de pelos cortitos y oscuros. Más abajo, lo que le pareció una ostra con la concha ligeramente abierta. Se había cansado de ver rajas en Internet, pero la de su madre le pareció la más bonita de todas.

Zoe cogió las bragas blancas de encaje y alzó una pierna, mostrándole a su hijo, sin querer, cómo los labios menores del coño se abrían paso entre los recatados labios mayores. Tras alzar la otra pierna, colocándose la prenda, se acabó el espectáculo para Eric. Acto seguido, la mujer se enfundó el sencillo vestido verde claro, de tirantes y tela fina, que podía hacer las veces de camisón. La prenda le llegaba hasta la mitad del muslo y, en la parte superior, lucía unas tiras que se cruzaban en diagonal, desde el pecho hasta la cintura, dándole un aspecto elegante.

Cuando la mujer se agachó para recolocarse las bragas correctamente, observó que algo se escondía debajo de la cama. Se inclinó aún más y se sorprendió al descubrir la presencia de su hijo.

—¿Eric? —preguntó, aún con la boca abierta debido al asombro—. Anda, sal de ahí —le instó, gesticulando con el dedo índice, indicándole que saliera de debajo de la cama.

El muchacho se sintió fatal. Lo había pasado mal cuando su madre descubrió lo del calcetín o cuando él mismo confesó que pensaba que le iba a enseñar a ponerse un preservativo colocándoselo en su propio pene, pero la humillación que experimentó al pillarle espiándola no era comparable. El sentimiento de vergüenza y culpabilidad fue atroz.

Madre e hijo se sentaron en la cama de la habitación de matrimonio y Zoe, aún descolocada, comenzó el sermón.

—Supongo que todo esto viene a raíz de lo que pasó la otra vez. —Tragó saliva, temerosa de lo que estaba ocurriendo con Eric—. No sé si me has espiado con anterioridad o si esperas a que no esté tu padre para hacerlo, pero debes tener muchas ganas para arriesgarte tanto —argumentó—. Estoy un poco perturbada al pensar en lo que eres capaz de hacer solo para verme desnuda.

—Lo siento… —bajó la cabeza, completamente avergonzado.

—Eric, tienes que aprender algunos límites. Tú eres dueño de tu imaginación y ni yo ni nadie podemos hacer nada contra eso, pero ¿meterte debajo de mi cama para espiarme? ¿En serio? —alzó el rostro de su hijo, observando la congoja que le afligía, rompiéndole el corazón a su madre.

—Yo… solo quería verte desnuda.

—¿Y por qué no me lo dices? Escucha, no es algo muy normal, pero siempre será mejor que hacerlo a traición, ¿no crees? —intentó ser todo lo comprensiva que pudo.

—Entonces… —Zoe no pudo evitar sonreír, expectante por lo que su hijo le pudiera pedir— ¿me darías unas bragas tuyas?

La madre se aguantó una carcajada. Que su hijo fuera fetichista no era algo tan grave. Pensó si realmente era lo único que quería y decidió averiguarlo.

—¿Eso es lo que quieres? Está bien. —Se incorporó, introduciéndose las manos bajo el vestido al mismo tiempo que se ponía de rodillas sobre el colchón, bajándose la prenda interior—. Te daré las que llevo puestas ahora mismo. Pero, ¿estás seguro de que no quieres nada más? —preguntó con pillería—. Aprovecha ahora, pues no tendrás otra ocasión.

El corazón de Eric iba demasiado acelerado mientras observaba a Zoe cómo volvía a sentarse, con las bragas a la altura de las rodillas. Por la cabeza le pasaron mil cosas para pedirle a su madre, pero ninguna parecía dentro de los límites razonables con los que ella no se escandalizara. Así que se quedó con las ganas y respondió que era suficiente. Sin embargo, no esperaba el regalito que la esposa de su padre le tenía preparado.

Zoe alzó las piernas sobre la cama, abriéndolas lo suficiente como para que su hijo pudiera verle la entrepierna. La mujer jugó con la enrollada tela de la ropa interior ante la atenta mirada de un impresionado Eric, que no espera ese comportamiento por parte de su madre.

—¿Y para qué quieres mis braguitas? —preguntó melosamente mientras pasaba la mano por la parte de la prenda que había estado en contacto con su vagina hacía tan solo unos segundos—. ¿Para olerlas? —continuó, acercándose a la ropa interior para olfatearla—. Estas huelen bien —sonrió.

Eric estaba más cachondo de lo que podía recordar haber estado y, evidentemente, con una tremenda y dolorosa erección. Incapaz de tomar la iniciativa, estaba como loco porque aquello no concluyera, desesperado pensando en no perder la oportunidad para aprovecharse de la situación.

Zoe se sacó la prenda definitivamente, cerrando las piernas nuevamente. Agarró las bragas con una sola mano y, haciendo un ovillo con ellas, se las ofreció a su hijo.

—Entonces, ¿las quieres finalmente? —jugó con el muchacho.

—Sí.

—¿Y que gano yo a cambio? —siguió haciéndolo sufrir.

—Puedes volver a masturbarme —soltó de forma espontánea, sorprendiendo a su madre.

—¡Eric! —se quejó.

—Lo siento… —reaccionó tímidamente, asustado al creer que la había fastidiado.

Zoe se sentía tremendamente halagada. Pero también muy culpable. Había sido ella la que había permitido que su hijo se hiciera ilusiones y la que no había sabido pararle los pies porque, en el fondo, ella también disfrutaba con todo lo que estaba ocurriendo.

—Está bien, toma —le tendió la ropa interior, que Eric recogió gustosamente—. Entonces, ¿te gustó lo que hicimos aquel día? —sonrió.

—¡Uf, fue maravilloso! —provocó las risas de su madre.

—Túmbate, como la otra vez.

Eric le hizo caso y Zoe volvió a desnudarlo. En esta ocasión, la verga del adolescente se mantuvo erecta en todo momento. Antes de pajearlo, la madre volvió a abrirse de piernas, acariciándose el sexo, dándose cuenta de que estaba ligeramente mojada. Sin dejar de tocarse, se alzó, nuevamente de rodillas, acercándose a su hijo para mostrarle el coño abierto.

—Supongo que es el primero que ves —inquirió, recibiendo la respuesta afirmativa del menor, que únicamente gesticuló con la cabeza—. Esto son los labios vaginales. Y esto, el clítoris —gimió al rozarlo.

Eric se fijó en el inflamado botón con el que su madre se había provocado placer. Guardó en su mente la idea de que esa información le sería de utilidad y observó cómo ella seguía acariciándose, cada vez con más pasión y brío.

La mano de Zoe estaba completamente pringosa debido a sus propios flujos vaginales. Pensó que era lubricación más que suficiente para masturbar al muchacho, así que le agarró la verga con la misma mano con la que se había estado masajeando el coño y comenzó la paja, empezando con suaves caricias en el glande para acabar meneándosela a dos manos. La longitud del miembro daba para ello.

—¿Es grande? —preguntó el muchacho, descolocando a Zoe.

—¿Cómo?

—Que si la tengo grande —insistió.

La mujer rio a carcajadas. En los últimos meses las conversaciones de Eric prácticamente se limitaban a monosílabos o, con suerte, frases sueltas. Pero cuando era espontáneo como en esa ocasión, el chico le recordaba a su madre cómo era en realidad y eso la satisfacía.

—Es más grande que la de tu padre —confirmó, risueña, observando el semblante orgulloso de su pequeño.

El vestido de Zoe era suficientemente escotado como para que el menor de edad se deleitara con el canalillo de su madre. También era apreciable el tatuaje de la rosa, que tanto le gustaba admirar. Esa visión, sumada al placer de la paja, hacía que el adolescente estuviera a punto de correrse. Eric supuso que ella lo intuyó, pues dejó de masturbarlo.

El chico no se podía creer que Zoe se alzara, levantándose el vestido con una mano mientras se acercaba a la polla, que la agarró con la otra mano. Intranquilo, se preguntó si su madre se la iba a meter en el coño. Por un lado deseó perder la virginidad, pero, por otro lado, temió no estar a la altura. Ella, apuntando la verga hacia su raja, volvió a pajearlo. Eric notó cómo, con el movimiento, el glande rozaba los labios menores de su madre. Fue una sensación tremendamente placentera.

Estaba a escasos milímetros de follarse a su hijo, pero se contuvo. La magnífica polla adolescente era muy apetecible, pero no quería llegar tan lejos. Volvió a sentarse, ahora con las piernas completamente abiertas, cruzándolas con las de Eric, y continuó haciéndole la paja, con el coño abierto, muy cerca de los jóvenes testículos.

Zoe exprimió la polla de su hijo hasta que sintió cómo volvía a acercarse al orgasmo. Nuevamente dejó de masturbarlo, dejando caer la verga sobre el bajo vientre masculino, acariciándosela cariñosamente. La mujer se alzó ligeramente, acercando la raja a la entrepierna de Eric y, entonces, restregó el mojado coño a lo largo del tronco.

El niño sintió primero el calor del coño de su madre, muy cerca de los huevos, y, luego, el placentero y viscoso tacto de los labios vaginales adhiriéndose a la verga. Zoe le agarró el bálano para que el falo no se moviera y tuvo que esforzarse para no empezar a escupir chorros de semen debido a los deliciosos roces.

La mujer cada vez se movía con más brío sobre la polla de Eric, buscando el roce del clítoris con la dura verga. Cuando lo lograba, no podía evitar gemir de placer. Cada vez que el coño se aproximaba al glande, estaba tentada de ir un poco más allá, introduciéndose toda la polla de su hijo. Pero se contuvo.

Cuando Zoe dejó de restregarse, Eric pudo observar a su madre completamente abierta de piernas, mostrándole la vagina con total claridad. El coño se veía viscoso. Los oscuros e inflamados labios menores parecían aún más prominentes, descansando sobre los mayores, que quedaban casi ocultos. El clítoris estaba más hinchado que antes y el vestíbulo vaginal parecía dilatado.

A cada poco, la madre ensalivaba la polla de su hijo, soltando regueros de babas sobre el glande que luego esparcía por el tronco con los dedos. Volvió a masturbarlo a dos manos y, luego, con una solo, aumentó la velocidad y presión de las sacudidas, comenzando a estrujar al máximo la joven verga.

—¿Podrás limpiarme con ellas? —balbuceó Eric, entregando las bragas a su dueña, que utilizó la tela para rodear el falo a la altura de su base.

El pequeño adolescente no pudo más. Sintiendo las fuertes caricias de su madre, presionándole la parte baja del bálano, comenzó a eyacular borbotones de denso semen que cayeron directamente sobre los dedos femeninos.

La mujer reaccionó en seguida, agarrando la prenda que rodeaba el miembro viril, y apuntó para que el resto de la corrida fuera a parar a sus bragas. Cuando el chico dejó de eyacular, usó la tela para recoger el último lechazo que se había quedado adherido en la punta de la polla. La ropa interior de Zoe quedó completamente impregnada con el semen de su hijo.

Mientras terminaba de limpiar los restos con la sucia prenda, la mujer aún exprimió más la verga, haciendo que apareciera un último y pequeño brote de esperma. Zoe se agachó y, pasando la lengua por la punta de la polla, se llevó a la boca la postrera simiente del niño.

Eric sintió un último pinchazo de placer al percibir la húmeda lengua de su madre deslizándose por su uretra. Pero no supo qué fue más excitante, si el discreto lengüetazo o la morbosa visión del acto. En cualquier caso, gracias a ese gesto, se convulsionó una vez más.

—Va, vístete —le instó Zoe.

—Muchas gracias, mamá.


Zoe resopló, no sabiendo muy bien cómo afrontar la situación. Estaba tremendamente contrariada. Era evidente que no estaba contenta con lo sucedido, pero no podía negar lo mucho que había disfrutado de los dos encuentros con su hijo. Viéndole la cara de satisfacción, fue incapaz de dejarle claro que no volvería a pasar nada del estilo. Supuso que de momento era suficiente que con que ella no lo volviera a permitir. Mientras, controlaría el comportamiento de Eric para que no se desmadrara.

Imágenes de la tercera escena
Imágenes de Taboo Handjobs
Extrañamente, tras el nuevo encuentro sexual con su progenitora, el pequeño de la casa seguía fantaseando con ella, pero ya no se obsesionaba. Lo aprendido con su madre le daba cierta ventaja sobre el resto de compañeros y, sintiéndose más seguro de sí mismo, había empezado a experimentar con algunas chicas del colegio, calmando sus inevitables ansias, típicas de la pubertad.

La esposa de Michel se sentía ligeramente incómoda. Notaba a Eric más desinhibido, cosa que le alegraba, pero no podía evitar echar de menos que su pequeño volviera a agasajarla. Últimamente los encuentros sexuales con su marido los encontraba tediosos y tenía miedo que fuera por culpa de las dos morbosas masturbaciones que le había hecho a su hijo.

Pasados un par de meses, un día entre semana, Zoe no se dirigió a la empresa como cada mañana, quedándose a trabajar desde casa. Tenían que hacerles la revisión anual de la caldera y, puesto que ella era la que tenía un horario más flexible, consensuó con Michel que se quedaría para atender al técnico, que llegó a media mañana y no tardó demasiado en marcharse. Antes del mediodía, Zoe ya se pudo concentrar totalmente en el informe presupuestario que estaba redactando.

Oculto en el interior del armario, con la puerta entornada, Eric observaba a su madre. Tenía el pelo recogido y se había arreglado como si hubiera salido fuera, como hacía siempre que trabajaba desde casa. Vestía un vestido sencillo, de color azul. En esta ocasión no era ceñido ni escotado, pero nuevamente la tela le llegaba hasta la mitad de los muslos, permitiéndole a Eric observar de vez en cuando las bragas de color lila claro cuándo la mujer abría las piernas muy ligeramente.

Zoe llevaba un buen rato frente al ordenador sin descanso alguno. Decidió hacer una pausa para relajarse. Bostezó y estiró la espalda, agarrándose de las lumbares. Giró el asiento, reclinándose hacia atrás, quedando de frente al armario. Y entonces lo vio. Una sombra. Con el gesto fruncido, se inclinó hacia delante, intentando mirar en el interior del mueble.

—¿Eres tú, Eric? —preguntó sin saber qué clase de respuesta prefería escuchar.

Siguió observando con determinación, viendo cómo la puerta se abría poco a poco y, en silencio, aparecía su hijo desde la penumbra del interior del armario.

—¿Otra vez? —se quejó—. Anda, ven aquí —volvió a gesticularle con el dedo índice del mismo modo que cuando lo pilló debajo de la cama.

Eric se aproximó con lentitud, temeroso de cómo pudiera reaccionar su madre. No había vuelto a espiarla desde su último encuentro y había pasado demasiado tiempo. No sabía si estaría nuevamente receptiva.

El chico iba ataviado únicamente con una camiseta interior de color caqui y unos bóxers ajustados de color sepia. La erección era más que evidente. Zoe se fijó en el paquete de su hijo, pero procuró no darle mayor importancia.

—¿Se puede saber qué haces en casa? Deberías estar en el colegio —le riñó, usando un tono afable—. Esta mañana te has ido con tu padre. ¿Me explicas lo que ha pasado?

—No he llegado a entrar en clase. He cogido el autobús de vuelta en cuanto papá me ha dejado en frente del colegio.

—Vaya, así que te espabilas cuando te interesa… ¿Y cómo has entrado en casa?

—He esperado hasta que ha llegado el de la caldera y, cuando ha entrado, lo he hecho con él.

—Ya veo. Lo tenías todo planeado…

—No exactamente. Ha sido todo un poco precipitado.

—¿Y cuál es el motivo?

—Ayer estuve con una chica —confesó.

—Vaya…

Zoe se sintió extraña. Una mezcla de sentimientos de toda índole se agolpó en su mente. Se alegraba por su hijo, al mismo tiempo que temía por su candidez e inexperiencia. Pero tampoco podía negar unos leves pero reales incipientes celos.

—Y te he echado mucho de menos —concluyó Eric, alegrando enormemente a su madre.

—Es todo un halago, cariño —sonrió con sinceridad.

—Me gustaría verte el tatuaje —prolongó la sonrisa de Zoe.

—Ya empezamos… —se quejó, pero le hizo caso.

La mujer se agarró la parte superior del vestido, desplazando la tela hacia abajo para mostrar, tan solo unos segundos, la rosa tintada sobre la piel, tiempo suficiente para que el chico viera el sujetador que iba a juego con las bragas que observara desde el armario.

—Estaba a punto de tomarme un descanso —explicó ella—, así que… adelante, toma asiento —acercó un escabel junto al escritorio en el que estaba trabajando.

Mientras el chico se sentaba en frente de su madre, observó cómo ella abría ligeramente las piernas, dejándole ver las bragas. Zoe guardó silencio, mirándolo fijamente sin dejar de sonreír. Una mano se acercó a la entrepierna femenina, pero no se tocó, solo se acarició uno de los muslos. Sin dejar de sonreír, la esposa de Michel se deshizo de la pulsera que rodeaba su muñeca.

—Anda, déjame ver ese joven y enorme pollón de nuevo —pidió de forma soez, perdiendo las formas por primera vez delante de su hijo—. Casi no puedo esperar para ponerme de rodillas —bromeó, inclinándose hacia delante para sobar la abultada entrepierna del niño.

A través de la tela de los calzoncillos, agarró el mástil, recorriendo y marcando toda su longitud. No tardó en desprenderse de la butaca en la que estaba sentada para arrodillarse frente a su hijo, tal y como había anunciado, justo antes de agarrar la cintura de los calzoncillos para deslizar la tela a través de las piernas del adolescente. La enorme verga quedó colgando, completamente tiesa, apuntando hacia la mujer de Michel, que, tras lanzar la ropa interior masculina a un costado, acarició el falo de su hijo.

—Tengo por aquí una cosa que nos puede venir bien —se detuvo.

La mujer se giró, abriendo uno de los cajones del escritorio para sacar un pote de lubricante. Se roció un poco en la mano y, agarrando el miembro viril con la otra, echó el líquido sobre el glande para acabar acariciándole la polla y esparciendo el líquido por todo el tronco.

—Yo también te he echado de menos —confesó finalmente, aprovechando las caricias para comenzar a masturbarlo.

Tal y como le gustaba, volvió a usar ambas manos al mismo tiempo, de modo que no dejaba ni un milímetro de verga sin masajear. El desplazamiento a través de la humedecida piel era suave gracias al lubricante. Zoe aumentó el ritmo poco a poco, pasando a usar una única mano, con la que ejercía una mayor presión que al principio. Sin embargo, Eric parecía aguantar más que en la anterior ocasión. Su madre supuso que había ganado en experiencia.

—Me gustó cómo terminó todo la última vez —reveló el chico entre jadeos.

—¿Cómo terminó? —preguntó, sin saber realmente a lo que se refería.

—Con tu lengua… —no pudo concluir la frase.

Zoe sonrió, recordando el gesto con el que recogió los últimos restos de semen de la corrida de su hijo. Como si fuera un acto de homenaje a aquel momento, repitió la maniobra, sacando la lengua para saborear brevemente la punta de la polla. Una segunda vez. Y una tercera de forma consecutiva. A la cuarta, rodeó el glande con los labios, succionándolo.

Eric no creyó que su madre pudiera regalarle más placer del que ya le había dado. Pero no sabía hasta qué punto estaba equivocado. Una sensación de desbordante gusto creció de forma desproporcionada alrededor de los labios femeninos, desplazándose desde su verga hasta todos los rincones de su cuerpo.

—¡Uf! —resopló, incapaz de transmitir una mínima parte de lo que estaba experimentando.

La experta mujer dejó de chupar para rodear el bálano con la lengua. Tras un par de vueltas completas, volvió a meterse la punta de la verga en la boca. Todo ello sin dejar de pajear al mocoso. Zoe alternaba movimientos y cada vez se tragaba más trozo de polla.

Eric ya tenía controlada la masturbación, pero la mamada de su madre le descolocó completamente, empujándolo al borde del orgasmo. Estaba a punto de correrse cuando Zoe dejó de chupársela. Estaba convencido de que sabía exactamente lo que hacía. Sin dejar de meneársela, la atractiva mujer acercaba el rostro a la polla, sacando la lengua brevemente, haciendo ver que iba a volver a lamérsela, pero solo era un amago que lo ponía a mil. Tras un par de intentonas, a la tercera volvió a succionarle el glande, haciendo que se retorciera de placer.

Mamándole la punta de la polla y pajeándole a dos manos, Zoe sintió los esfuerzos de su hijo por evitar correrse. Esta vez decidió no aflojar, y siguió chupándosela, aumentando el ritmo y presión de las sacudidas manuales, mientras deslizaba los labios a través del enardecido glande y jugaba con él saboreándolo con la lengua en el interior de su boca.

—Mamá… —imploró clemencia.

Zoe dejó de masturbarlo, concentrándose en la mamada, recorriendo una y otra vez la verga de su hijo con la boca, desde la punta hasta la mitad del tronco, rasgando la lubricada piel con los labios, sin dejar de pasear la lengua por el volcán a punto de entrar en erupción. Pero antes de que su niño explotara, dejó de chupársela, volviendo a masturbarlo a dos manos, desesperándolo, provocándole un éxtasis sin igual.

Eric no podía más. El placer lo desbordaba. No quería que esa sensación acabara jamás al mismo tiempo que necesitaba imperiosamente alcanzar el orgasmo que, estaba convencido, sería el más brutal de todos los que había experimentado.

La madre del chico volvió a mamársela una vez más. En esta ocasión, con los dedos de ambas manos entrelazados alrededor de la base de la verga, volvió a recorrer el tronco, saboreándolo con los labios, pero introduciéndose el mayor trozo de polla que podía en la boca, sin ser capaz de alcanzar sus propias manos.

—Por favor… —suplicó Eric una vez más.

Zoe, compasiva, dejó de tragarse el falo de su hijo, lamiéndolo con sumo cariño y acariciándoselo con suavidad y ternura. Entre la lengua y el glande se había formado un hilo espeso de saliva, que la madre esparció con la mano a través del tronco de la polla.

—Ya va siendo hora de que te corras, machote.

—Si me dejaras verte las tetas…

La mujer volvió a sentirse halagada ante la petición, a la que no se pudo negar. Dejó de sobar la entrepierna masculina y usó los bóxers de su hijo para limpiarse las manos, pringadas del lubricante y sus propias babas.

Zoe se agarró la parte superior del vestido con sumo cuidado, usando únicamente la punta de los dedos pulgar e índice para no mancharse. Se sacó las mangas, mostrando nuevamente el tatuaje y el busto, aún cubierto por el sostén, del cual se deshizo en seguida, descubriendo una vez más sus fabulosas tetas. Se masajeó los pechos, perdiéndose en los placeres de las caricias, esforzándose en dejar de tocarse para terminar lo que había dejado a medias.

La madre de Eric volvió a rodearle la polla con ambas manos. Sin dejar de masturbarlo, apuntó hacía sus senos, aumentando la fiereza de las sacudidas. Al chico le gustó el gesto y, visualizando la rosa tatuada y las tetas de su madre llenas de su leche, comenzó a correrse, pintándolas tal y como se las había imaginado.

Zoe sintió el cálido esperma resbalando por su piel. Sin dejar de masturbar a su hijo con una mano, con la otra se esparció el semen a lo largo de los pechos. Se arrimó a la escocida verga y se la restregó contra los senos, desplazando la blanquecina leche.

—Con la boca —oyó balbucear a su hijo, casi sin aliento.

La mujer le hizo caso, levantando la polla en estado morcillón para, sonriente, lamer la punta del glande, saboreando los restos amargos de la corrida.

—Más tarde besaré a tu padre con la boca oliendo a esperma de su hijo —bromeó, para acto seguido volver a lamerle el bálano, succionándolo y terminando con un pegajoso beso en la punta.

Un par de lametones más, cuatro sacudidas con la mano y Zoe soltó la verga de su hijo, que quedó colgando a media asta, mientras se acariciaba nuevamente los senos llenos de esperma. Ya había concluido todo.

Imágenes de la cuarta escena
Imágenes de Taboo Handjobs
La esposa de Michel mandó a Eric que se marchara mientras ella se duchaba. Durante el aseo, no dejó de darle vueltas a todo lo sucedido, pensando la mejor manera de encauzar la situación que, por otro lado, comenzaba a ser inadmisible. Tras terminar de arreglarse, aún con un cacao monumental en la cabeza, se fue en busca de su hijo.

—Escucha, Eric. Tenemos que hablar muy seriamente —comenzó la conversación—. Esto no puede volver a pasar, ¿de acuerdo?

El semblante del chico se tornó serio. Sabía que su madre cortaría la situación tarde o temprano, pero tenía una ligera esperanza de que aún no llegara ese momento.

—Han sido tres veces y las tres han estado muy bien —confesó, ruborizándose al escucharse—, pero jamás tendría que haber permitido que pasara. Tú no tienes la culpa de nada —excusó a su hijo—, toda la responsabilidad es mía.

—Pero…

—No hay peros que valgan —le cortó con seriedad—. Si quieres que esto siga siendo una familia, acéptalo sin condiciones —se mostró firme.

El chico estaba a punto de llorar de rabia e impotencia y, para evitar que su madre le viera flaquear, salió corriendo, dando la conversación por terminada. A Zoe se le escapó una lágrima, incapaz de cuantificar cuánto quería a su pequeño.

Un año después, la relación entre madre e hijo había cambiado sustancialmente. Durante los primeros meses, Eric intentó algún acercamiento, pero fue Zoe la que impidió que volviera a pasar nada entre ellos. Con el tiempo, el chico comenzó a asumir que lo que había pasado no se volvería a repetir.

—Papá, el sábado vendrá una amiga a casa para estudiar —Eric le hizo saber a su padre.

—Está bien —contestó sin darle mayor importancia.

—Ya, pero…

—¿Pero qué? —preguntó, completamente incapaz de percibir las intenciones de su hijo.

—Pues que nos gustaría un poco de intimidad.

Michel rio a carcajadas, dándose cuenta de que los chicos seguían quedando para estudiar por los mismos motivos que en su época.

—Ningún problema, campeón —confirmó, sonriente y orgulloso—. Yo me encargo de tu madre.

—Gracias.

El marido de Zoe esperó a la noche para, a solas junto a su esposa, contarle lo que su hijo adolescente le había pedido.

—El sábado Eric va a traer una amiguita a casa.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó, fastidiada.

—Me lo ha dicho él. Y nos ha pedido un poco de intimidad —sonrió.

—¿Y por qué no me lo ha contado a mí?

—Mujer, ya sabes, son cosas de hombres.

Zoe se mordió la lengua. Peor que el comentario de su marido, era la tristeza al descubrir que había perdido la complicidad y confianza con su pequeño.

—Bueno, hacemos algo para dejarlos a solas, ¿no? —insistió Michel.

—¡Que sí, pesado! —contestó de mal humor.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado?

—Nada —concluyó la conversación, marchándose a la cama.

Ahora era Zoe la que estaba enfadada consigo misma y con el mundo. Michel no la comprendía y Eric había cambiado demasiado, no solo porque había transformado su aspecto, rapándose el pelo o colocándose un aro en la oreja, sino porque también la trataba de un modo diferente. Pero lo que más le jodía era no poder evitar sentirse ligeramente molesta al saber que su hijo iba a traer una chica a casa.

Cuando Ashley llegó al piso, los padres de Eric ya se habían marchado. La chica, de la misma edad que el hijo de Michel y Zoe, era morena, con el pelo largo. No era la primera vez que los dos adolescentes se enrollaban o practicaban sexo oral, pero aún no habían consumado y estaban dispuestos a perder la virginidad ese mismo día. Ambos se dirigieron directamente a la habitación.

Disfrutando de su abultado paquete, la joven comenzó a sobar la entrepierna de Eric, que se había tumbado sobre su propia cama. La chica no tardó en bajarle los pantalones, liberando el flácido pene. Se lo agarró con una mano y empezó a balancearlo, sin demasiado estilo. Ashley soltó un escupitajo sobre la punta de la verga y comenzó a masturbarlo, consiguiendo que el chico se empalmara.

—¿Tienes condones? —preguntó retóricamente.

Eric se recostó hacia un lado, alargando el brazo para abrir la mesita de noche, sorprendiéndose al descubrir que no había preservativos.

—¡No están! —se extrañó.

—No me jodas —Ashley se desesperó—. ¿Y qué hacemos ahora?

—Pues… sin protección, nada —aseguró Eric, recordando con nostalgia la magnífica primera lección de su madre.

—Menuda previsión… —se quejó ella—. Voy a ver qué consigo por ahí. Tú espérame aquí, que vuelvo en cuanto pueda.

Zoe vio cómo la amiga de su hijo salía de la casa. Parecía apresurada. Se fijó en ella y, en un principio, le dio rabia que fuera tan guapa. Pero luego pensó que, al fin y al cabo, su hijo debía llevárselas a todas de calle.

Los padres de Eric se habían buscado planes separados para dejar todo el piso para el chico. Mientras Michel había quedado con unos amigos en el bar, su esposa, supuestamente debía irse de compras. Sin embargo, Zoe se había quedado por los alrededores, esperando el momento para poder volver a entrar en casa.

Haciendo tiempo hasta el regreso de Ashley, Eric estaba masturbándose en su cuarto. Tumbado en la cama, desnudo bajo la sábana, se sorprendió al ver que alguien abría la puerta de la habitación. Completamente descolocado, observó a su despistada madre, que iba escuchando música con unos auriculares mientras se adentraba en la habitación con un montón de ropa para colocar en el armario.

El adolescente cortó la sesión onanista inmediatamente y se fijó en Zoe, que no parecía haberse percatado de su presencia. La mujer vestía una camiseta rosa completamente ceñida y unos vaqueros cortos de color oscuro, que le hacían un bonito culo. No pudo evitar sonreír al ver cómo su madre se meneaba al ritmo de la música que estuviera escuchando.

Tras dejar la ropa colgada en el armario y cerrar la puerta corredera, Zoe se percató de la presencia juvenil.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó mientras se desprendía de los auriculares.

De frente, Eric se percató de que su madre iba sin sujetador. A través de la fina tela de la camiseta, se podía apreciar el contorno más oscuro de las areolas. Una visión tremendamente sugerente.

—¿No te dijo papá que había quedado con una amiga para estudiar?

—Sí, pero yo no veo a ninguna amiga por ningún sitio.

—Bueno, es que ha salido un momento…

—Y tú, mientras, ¿la esperas tumbado en la cama? —se extrañó—. No pensaríais hacer alguna cosa rara, ¿verdad? —inquirió, intentando fijarse en la entrepierna masculina, completamente oculta bajo la sábana.

—¡Claro que no!

—Entonces, no te importará levantarte… —se acercó a la cama y, ante la pasividad de Eric, cogió la sábana para descubrir lo que había debajo.

—¡No!

El chico peleó con su madre, intentando evitar que apartara la tela que lo cubría, pero no lo consiguió. Ante los ojos de Zoe apareció la desnudez de su hijo.

—¡Eric! —se quejó.

El adolescente volvió a fijarse en los pechos de su madre. Ahora eran claramente perceptibles los puntiagudos pezones marcándose en la camiseta rosa. Sin duda, a Zoe le había gustado descubrir su polla, aunque estuviera completamente flácida.

La mujer se sentía fatal. Un cúmulo de pensamientos contradictorios se agolpaba en su cabeza. Se sentía rara por no poder evitar los celos que habían ido creciendo desde que se enterara de la quedada de Eric con una amiga. Estaba ligeramente excitada al rememorar recuerdos de experiencias pasadas. Y se consideraba culpable por estar fastidiándole la cita a su hijo.

—¿Se puede saber qué es lo que pensabas hacer con esa chica? —preguntó, de más mal humor de lo que hubiera querido.

Zoe soltó la sábana de malos modos y Eric aprovechó para intentar volver a taparse, pero ella se lo impidió.

—¿Qué pasa, que ahora te avergüenzas delante de tu madre? —le reprochó, estirando de la tela nuevamente para descubrir el cuerpo de su hijo completamente.

—No, pero no creo que a Ashley le gustara que…

La esposa de Michel dejó de escuchar. «La maldita zorra de Ashley», pensó. Zoe sintió un tremendo malestar en su pecho, provocado por los incontrolados celos que se adueñaban de sus actos. Pensó cómo evitar que la joven mancillara a su hijo y solo se le ocurrió una cosa.

La madre de Eric, ya completamente decidida, se deleitó fijándose a conciencia en los atributos masculinos. El pene reposaba estirado hacia delante, sobre los testículos. La mujer se subió a la cama, arrodillándose entre las piernas de su hijo.

—A ver si la niñata esa sabe a hacerte lo mismo que yo… —aventuró, antes de agarrar el flácido pito y comenzar a pajear al adolescente.

Eric se dejó hacer definitivamente, reconfortado al rememorar los expertos movimientos que las sabias manos de su madre le proporcionaban. Sintió cómo la polla se le endurecía por momentos, al ritmo de las sacudidas de Zoe, que seguía amasando la verga, ahora en estado morcillón, desde la base hasta el inicio del glande, donde presionaba con más beligerancia.

La mujer tuvo la sensación de que la verga de su hijo había crecido desde su último encuentro, hacía un año. El menor de edad aún estaba en fase de crecimiento y su madre no descartó esa posibilidad. La gran polla de Eric no tardó en empalmarse completamente y ella tuvo la certeza de su aumento de grosor y longitud. Ahora, con las dos manos, únicamente abarcaba el tronco, dejando asomar un glande más rollizo y carnoso que nunca.

El adolescente no podía dejar de fijarse en los pezones que, marcados aún más claramente en la fina tela, parecían enardecidos al máximo. Eric se inclinó hacia delante, pasando un dedo por la camiseta femenina, rozando el sensible botón. Era la primera vez que tocaba a su madre y la sensación fue apoteósica.

Zoe no se esperaba el gesto del chico. Descolocada, pero más agradecida que otra cosa, disfrutó de la leve fricción. Observó a su hijo acercándose a ella para quitarle la camiseta. Nunca antes había tomado la iniciativa y se alegró al comprobar que su pequeño empezaba a estar más experimentado.

En cuanto se deshizo de la prenda, Eric se abalanzó sobre el pecho de su madre. Lo había tenido al alcance en otras ocasiones y ahora por fin podía disfrutarlo. Se amorró a uno de los pezones y lo succionó como si no hubiera mañana. Mientras sentía las caricias maternales en la cabeza, acercó una mano para sentir el gustoso tacto al amasar el seno. Sin dejar de saborear la teta, se deslizó por ella, hasta alcanzar la rosa tatuada, besándola con lujuria.

Primero un pecho, luego el otro. La mujer estaba disfrutando con las atenciones de su hijo. Se notaban las dudas de su inexperiencia, pero lo compensaba con un instinto fuera de toda duda. Zoe se quedó observando el rostro lleno de ansiedad del joven, hasta que ambas miradas se cruzaron. Madre e hijo se comieron la boca con lujuria, desatando las pasiones antaño reprimidas.

Mientras Eric no dejaba de manosear los pechos femeninos, ella se deshizo de las prendas que le quedaban, desnudándose completamente, incapaz de pensar en las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer. Incluso, el hecho de que estuviera considerado como tabú, hacía que fuera aún más tentador.

Esta vez el chico no tenía dudas de que iba a perder la virginidad. Iba a hacerlo con Ashley, pero le parecía tremendamente más apetecible hacerlo con su madre. Unos incipientes nervios se apoderaron de él, atenazándolo.

—No te preocupes —intentó tranquilizarlo, notando la preocupación que, de repente, había aflorado en Eric.

—¿Y si no te gusta…? —expresó su temor.

—Claro que me va a gustar, cariño.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque deseo hacerlo —sonrió, transmitiendo su serenidad al espantado muchacho—. Además, tú no debes preocuparte por eso. Concéntrate en disfrutar tú.

—Yo seguro que lo hago —no pudo evitar una sonrisa de oreja a oreja, contagiándola a ella.

—Túmbate y relájate —hizo que se estirara sobre el colchón—. Yo me encargo de todo.

Zoe acarició la verga de su hijo, comprobando que no había perdido ni un ápice de su rigidez. Sin dejar de masturbarlo, pasó una pierna por encima del muchacho, colocándose a horcajadas sobre él. Guió la polla hacia su entrada y, encajando el glande entre los pliegues de su coño, se dejó caer, permitiendo la penetración.

Eric no sabía cómo actuar, qué hacer con las manos. Instintivamente acarició los turgentes muslos de su madre, deslizándose por su piel hasta alcanzar las nalgas, donde se detuvo, sintiendo el calor que se aproximaba a su entrepierna, una sensación que recordaba perfectamente, pero que, esta vez, no paró ahí como en la anterior ocasión.

El chico sintió los labios vaginales succionándole el sensible glande y cómo, acto seguido, la punta de la polla se adentraba en el flexible agujero femenino, desplazando las carnosas paredes del interior de la vagina de su madre. Una sensación tan placentera y extraordinaria como indescriptible.

Poco a poco, Zoe se metió toda la polla en el coño, descansando sobre los huevos de su hijo. Inició un ligero vaivén, introduciéndose y sacándose la verga, acelerando progresivamente y aumentando la intensidad de los roces y, con ellos, el placer que madre e hijo estaban experimentando.

Eric se fue animando paulatinamente, siendo un poco más activo a cada rato. Empezó a moverse para intentar armonizarse con Zoe en las penetraciones. Sintió el gozo acrecentarse y, temeroso de correrse donde y cuando no debía, abrazó a su madre, quedándose completamente inerte.

Tras unos segundos de arrumacos, la mujer regresó a la carga, aún con más intensidad que antes. Eric volvió a sobarle las nalgas, ayudándola en las embestidas. Ella movía la cadera, él alzaba el culo, ambos completamente acelerados y desacompasados, presos de una fogosidad descontrolada.

Zoe empezó a sentir el leve pinchazo de gusto previo al orgasmo. Lo buscó con desesperación, procurando aumentar los carnosos roces con Eric, inclinándose hacia delante, jadeante, dejando los pechos al alcance de su hijo, que no dudó en volver a amamantarlos, provocando el aumento de los gemidos femeninos.

—¡Dios mío! —sollozó, en plena corrida, la mujer de Michel.

Ninguna de las deliciosas sensaciones que Eric había experimentado hasta ese momento se podía comparar con el deleite de contemplar el rostro de su madre siendo invadida por el placer del orgasmo. El chico se hinchó de orgullo, sabiéndose capaz de satisfacer a toda una mujer como Zoe. Envalentonado, la agarró de la cintura, volteándola para intercambiar las posiciones.

Ella quedó tumbada boca arriba sobre el colchón. Él se inclinó sobre su madre y volvieron a besarse mientras la polla del muchacho rozaba el pubis y los muslos femeninos. Zoe se abrió de piernas, invitando a que su hijo la penetrara nuevamente. El chico se agarró la verga y, jugando con el deseo femenino, la restregó contra los labios del coño abierto de su madre, mezclando el líquido preseminal con los flujos vaginales.

Finalmente, Eric encaró la polla hacia la entrada de la esposa de su padre, introduciéndola poco a poco. Zoe apoyó una mano sobre el vientre de su hijo, guiándole en la penetración. El chico dobló las piernas de su madre y, apoyándose en sus muslos, comenzó a empujar hacia el interior uterino, desoyendo los consejos femeninos.

Cada vez más falto de fuerzas, el mocoso se fue precipitando hacia delante, hasta casi caer sobre el torso de la experimentada mujer. Sus embestidas eran cada vez menos impetuosas. Zoe le dio un morreo apasionado, imprimiéndole el vigor necesario para un último envite.

Con una potencia inusitada, el chico se folló a su madre. Los sudorosos cuerpos de ambos contendientes se restregaban entre sí, del mismo modo que los ardientes pubis, provocando un sonido de chapoteo que parecía reverberar en la cerrada habitación. Con las piernas de madre e hijo entrecruzadas, Zoe gemía de placer y Eric sollozaba debido al enorme esfuerzo.

Cuando el adolescente no pudo más, exhausto, se dejó caer sobre el morboso cuerpo femenino, eyaculando en el interior de su madre, que abrazó a su pequeño mientras sentía los borbotones de semen, expulsados por la palpitante polla que seguía en su interior, recorriendo el interior de su sexo, con millones de espermatozoides en busca de un óvulo al que fecundar.

Zoe estaba impresionada con el polvazo que le había regalado su hijo, que seguía encima suyo sin moverse. La mujer asió la cabeza del chico, que estaba como absorto. Con el rostro desencajado, aún marcado por la grata impresión, besó al niño en los labios con ternura, consciente de la incapacidad de corresponderle por lo mucho que le había hecho disfrutar.

Pero Eric tenía una sensación similar. Aunque estaba demasiado cansado como para reaccionar, tampoco creía ser capaz de hacerle ver a su madre lo especial que había sido perder la virginidad junto a ella. Creyó que jamás haría lo suficiente como para poder recompensárselo.

—¿Te ha gustado? —fueron las únicas palabras que el adolescente pudo articular.

La madre, con las pulsaciones aún aceleradas, no contestó, cerrando los ojos, arrimando el rostro a la cara de su hijo y acariciando su cuerpo, en señal de cariño y como demostración del éxtasis alcanzado.

De repente, sonó el timbre de la casa, haciendo reaccionar a los dos familiares. Mientras Zoe se limpiaba con las servilletas que el adolescente usaba para masturbarse, Eric recogió la ropa de su madre para que se vistiera lo más rápido posible. Casi sin poder despedirse, la mujer dejó a su hijo desnudo sobre la cama, con la polla aún incandescente, y se fue a abrir a Ashley, que volvió a picar.

—¡Ya va! —gritó Zoe.

Eric vio entrar a su amiga en el cuarto con una ilusión desmedida, mostrando el preservativo que le había costado tanto conseguir. La chica, alegre, avanzó hacia la cama donde su amigo se tapaba con la sábana.

—¿Qué hace tu madre aquí? —preguntó con desgana, sabedora de las pasiones que Zoe despertaba entre sus amigos—. ¿Y qué coño es esto? —se quejó al ver los pañuelos de papel llenos de esperma esparcidos por el cuarto.

—No he podido esperar —confesó Eric.

—¡No me digas que te has hecho una paja! —se enfadó, dándose cuenta de que, probablemente, había dejado pasar la oportunidad de perder la virginidad con uno de los alumnos más deseados del colegio.

—Tendremos que dejarlo para otro día —el muchacho intentó sonar amable.

Ashley le habría mandado a la mierda con gusto, pero pensó que valía la pena esperar. Se fijó en Eric y, una vez más, se sintió afortunada por estar tonteando con un chico tan guapo.

Imágenes de la quinta escena
Imágenes de Taboo Handjobs
Mientras, en su cuarto, Zoe cavilaba qué hacer con los preservativos que había robado de la habitación de su hijo. Confiaba en él y sabía que, sin protección, no haría nada con alguien que no fuera ella misma. Sin embargo, no esperaba que la amiga marchara en busca de un condón para poder follarse a su pequeño. Eso la había importunado y obligado a improvisar.

A solas en la habitación, la madre de Eric sonrió tontamente. Pensó, con desesperación, cuándo sería el siguiente encuentro con su hijo. Y caviló que debían ir con cuidado para que Michel no los pillara.

31 Response to "Tabú"

  1. doctorbp 5 de abril de 2015, 2:11
    Notas del autor:

    Relato homenaje a la actriz porno Zoey Holloway y sus participaciones en Taboo Handjobs (taboohandjobs.com/models/2), de donde se han sacado las imágenes que acompañan al texto.

    Evidentemente, las imágenes no tienen nada que ver con la historia que aquí se narra.
  2. ChTR 6 de abril de 2015, 1:35
    Bueno, pues se nota una clara relación entre las imágenes y la historia, sobre todo la última. Pues es tan válido como otras fuentes de inspiración. Sí que me quedo como loco ante el hecho de que muchos de ustedes les ha dado por escribir historias de filial, uf, me cuesta entrar en la lectura, ja ja ja.

    De hecho estuve a punto de soltarlo e ir a por el otro que aún tengo pendiente. Pero hay algo aquí que me ha llamado la atención y es que prácticamente nadie sufre sicológicamente como era de esperar de ti xD A mitad del relato comencé a acomodarme, ayuda muchísimo tu narración por cierto, e intenté disfrutarlo. Y de hecho lo hice.

    Me ha sorprendido para bien el revoltijo mental de la mujer. Esa evolución, esa persona que se pervierte por una verga de tamaño considerable, que ha jugado con fuego, hasta el punto en el que despierta un celo inusitado tras un año de "silencio" al saber que el chico va a intimar con una chica de su edad. De hecho cuando él no encuentra los condones, cualquier lector concluye quién es la responsable. Sencillamente sublime.

    Pues enhorabuena por el relato, contra todo pronóstico, la he pasado bien al final.
  3. doctorbp 7 de abril de 2015, 0:24
    Vieri, no me expliqué bien. La secuencia de imágenes es bastante fidedigna a lo que ocurre en el relato. Lo cual no quiere decir que los actores sean madre e hijo ni que tengan relaciones por los mismos motivos que se narran en la historia.
    Los actos sí que son calcados puesto que casi hago una descripción detallada de los videos en los que está inspirada la historia. De hecho, si no fuera así, no habría puesto las imágenes.
    Espero haberlo aclarado un poco más :)

    Por otro lado, me alegra que finalmente te haya gustado el relato aunque la temática no sea de tu agrado. Gracias por leer y comentar a pesar de ello.

    ¡Sí! Al padre no le he metido mucha caña. El hijo es un suertudo, el cabrón jajaja Y la madre es la que tiene más dilemas morales, pero finalmente parece contenta con la situación :P

    Gracias a ti. Como siempre, eres demasiado benévolo jaja A ver si se anima más gente a comentar, que es lo que mola de publicar.
  4. Miru Jaca 7 de abril de 2015, 15:45
    Qué difícil es hacer creíble el sexo entre familiares. Creo que lo conseguiste bastante mejor en "El trabajo de biología", también porque es más verosímil que ocurra algo así entre hermanos o primos que entre padres e hijos.

    Buen relato, pero no entre mis favoritos. Lo cierto es que es de tus relatos que menos me ha dado para comentar.
  5. doctorbp 8 de abril de 2015, 21:19
    Está visto que los relatos inspirados en videos porno no son lo mío :(

    Muchas gracias por la sinceridad, Miru Jaca.
  6. Anónimo 9 de abril de 2015, 2:37
    Bálano bálano bálano bálano, hoy pareces un niño que ha descubierto una nueva palabra xD
  7. doctorbp 9 de abril de 2015, 19:43
    ¡Jo! ¿Tan malo es que os dejo sin palabras? Lo siento :'(

    En realidad "bálano" la utilizo 5 veces. Mientras que "glande" un total de ¡¡¡21!!! Aún debería haber usado más veces "bálano" :P
  8. Anónimo 10 de abril de 2015, 5:06
    Muy mal por mi parte, ya que comento sin haberlo leído. Lo de familiar no me llamaba mucho, pero al leer en el resumen q era filial aún menos. Y que el chaval sea tan joven todavía me echó más para atrás. Pese a ello lo intenté y empecé a leer, por no decir q no le había dado una oportunidad (cosa q no hubiera hecho normalmente, lo de leer si ya no me resulta apetecible). Y no he leído mucho, la verdad, ya que la situación me ha parecido demasiado irreal o forzada.
    Seguro q está escrito con un estilo impecable, pero si el tema no me llama ya no hay mucho que hacer.
    Sigo esperando ansiosa el próximo, como siempre!
    :-)
  9. sonia06 12 de abril de 2015, 20:54
    me a sorprendido no es que no me guste, el incesto no va conmigo pero no a estado mal
  10. doctorbp 12 de abril de 2015, 21:09
    Pues muchas gracias por tomarte la molestia de comentar aún a pesar de no haber leído el relato. Se agradece también que lo hayas intentado :)

    Tengo la sensación de que este relato ha sorprendido casi más que el de zoofilia jajaja
  11. Daniel San 24 de abril de 2015, 0:05
    Hola buenas la verdad no estuvo mal el relato, yo escribo relatos desde hace 5 semanas en mi blog y me gustaria mucho compartirlo contigo para cambiar ideas y que me des tus impresiones con respecto a mis relatos, me han dicho que los relatos no son asequibles a mujeres y eso me gustaría cambiarlo, te dejo el enlace aqui de mi blog para que contactes conmigo, un saludo.
    http://relatoss3xuales.blogspot.com.es/
  12. doctorbp 1 de mayo de 2015, 12:07
    Hola Daniel,

    hay muchas otras formas de contactar conmigo (doctorbpblog.blogspot.com/p/contact.html) sin necesidad de hacer spam.

    Lo cierto es que prácticamente no tengo tiempo para dedicarme a los relatos por lo que aún menos para leer los de otros. No obstante le echaré un ojo a tu blog.

    Un saludo.
  13. Anónimo 6 de mayo de 2015, 14:16
    Es es primera vez que leo un relato.... y me he dado cuenta que son muy excitantes ... me agrado este relato gracias ..desearía saber si va a tener continuación.... por que con solo leerlo me quede con ganas de leer .... otra ... gracias tu amiga .
  14. doctorbp 8 de mayo de 2015, 0:00
    Me gusta saber que tengo una amiga en el blog :)

    Este relato no está pensado para tener una continuación, pero sí seguiré escribiendo nuevas historias que espero te gusten tanto o más que esta.

    Gracias a ti por comentar, amiga! jaja
  15. Anónimo 17 de mayo de 2015, 6:40
    Espero con ansias tu próximo relato, cada tercer día visitó a ver si ya hay novedad jaja gracias
  16. doctorbp 21 de mayo de 2015, 21:19
    jajaja muchas gracias, pero ya aviso que mi próximo relato no verá la luz hasta finales del mes de mayo.
  17. Anónimo 31 de mayo de 2015, 14:18
    Pues es una lastima que no tenga continuación por que es uno de los mejores relatos eróticos que he leído últimamente, además de que tengo la sensación de que la historia esta inconclusa.
    Pero de todas formas te felicito, me ha gustado y seguiré buscando tus otros relatos.
  18. Anónimo 31 de mayo de 2015, 14:33
    He leído muchos relatos eróticos y la gran mayoría parecen esas películas porno cutres donde un desconocido (vendedor, cobrador, etc) aparecía en la puerta y el ama de casa le esperaba desnuda y sin decir más de tres palabras se ponían en faena. En cambio, en esta historia hay un desarrollo, unas fases, te tomas tu tiempo para desarrollar la trama, los personajes, cosa que no hacen otros autores eróticos.
    A mí me ha gustado.Espero una 2ª Parte.
  19. Anónimo 31 de mayo de 2015, 19:32
    Mola es que has escrito para el Ejercicio pero creo que sigue cayendo con demasiada facilidad la pájara de turno. Si lograses cambiar eso tus relatos darian un salto de calidad bestial desde mi punto de vista.

    Un saludo Doc, maestro.
  20. doctorbp 31 de mayo de 2015, 21:40
    Uf! Tanto Anónimo que no sé cómo contestar :( ¿Sabéis que podéis comentar dejando vuestro nombre/seudónimo? Estoy planteándome la posibilidad de quitar la opción de comentar como Anónimo :P

    A ver, voy a intentar contestar de forma general, sin personalizar.

    Me alegra que este relato haya gustado a algunos, pero tengo la sensación de que no ha sido así para la mayoría. También entiendo que un relato sobre la relación de una madre con su hijo no es para todos los públicos.

    Precisamente, lo que intento que no falte en mis relatos es ese algo más que los diferencie del porno que se suele ver en Internet. Unos personajes creíbles, en situaciones reales, haciéndolos evolucionar poco a poco para provocar morbo. Aunque está claro que no siempre lo consigo.

    Respecto al último comentario. ¿Sabes cuál es el relato con el que participo en el actual Ejercicio? Piensa que cuando termine lo publicaré aquí, así que gracias por no desvelar tus sospechas :P Además, espero que te animes a comentarlo aquí tras su publicación.
    Respecto a que la protagonista femenina caiga con demasiada facilidad... pues seguramente tengas razón. De verdad que intento hacerlo lo mejor posible, pero llega un momento en el que no doy para más. Supongo que el mayor problema es evitar hacerme repetitivo, intentar que vaya cayendo poco a poco sin utilizar siempre las mismas situaciones o recursos y... bueno, no es fácil.

    Gracias a todos por los comentarios.

    Nota: creo que ya comenté que, por motivos personales, estoy de parón creativo. Pero os aseguro que tengo ganas de escribir. Espero ir encontrando huecos para hacerlo.
  21. Anónimo 31 de mayo de 2015, 22:26
    Bueno doc, aquí va la crítica constructiva después de leérmelo.

    No es para mí tu mejor relato en esta temática, y concreto en el qué refiriéndome a la escasa duración del tonteo.
    En mi caso, los relatos con menores de edad solo me producen morbo si el varón o los varones son los menores, supongo que será porque hace poco que salí de esa etapa y me hace ''empatizar'' con esa fase.

    Considero que los menores (virgenes) tienen tanta tensión acumulada que es lo único bueno de esa etapa (refiriendome al sexo).
    Por lo tanto, creo que de todos tus relatos con menores, los más morbosos son cuando los jovenes tienen la iniciativa. Cuando muestran ese punto de ''crueldad'' y abusan de la ''hembra'' en cuestión.
    Obviamente siendo sexo consentido pero con ese punto de resistencia que lo hace tan ''excitante''.

    Sí tu pones un menor de edad (como Eric) y una madre que esta ya desde el comienzo predispuesta a tener tocamientos con el (Repito, en mi opinión) te cargas lo mejor de la tematica.
    Será cuestión de gustos, pero en el mio ''la inocencia'' y la virginidad no son morbosos xD

    Sí tengo que destacar algo que no me haya gustado es la predisposición de la madre con el hijo. Lo normal es sentir rechazo mutuo y para ambos es algo plenamente natural. Quizás con un poco de resistencia por parte de la madre y un poco de ''agresividad'' sexual por parte del hijo, como si estuviese desesperado, darían ese toque morboso que le falta al relato.

    Por todo lo demás, maese Doc. Un 9/10.

    Zorrito
  22. Anónimo 1 de junio de 2015, 0:47
    Jajajaja claro que sé cual es, son incofundibles Doc ;)
  23. J.M. 1 de junio de 2015, 2:37
    Creo que sí que ha gustado tu relato, pero por mi experiencia sé que los críticos que hacen comentarios negativos son mucho más activos que los que los hacen positivos. Al parecer cuesta mucho más felicitar por tu trabajo que tirarlo por tierra. Pero la verdadera piedra de toque es el numero de entradas. Y te recomiendo que lo publiques en todorelatos. No sería tu 1ª vez y seguro que te llueven las criticas positivas.
  24. Pos yo 1 de junio de 2015, 7:36
    Para cuando el siguiente ? Quedaste a finales de mayo y se me esta haciendo corto el mes jaja
  25. doctorbp 1 de junio de 2015, 11:58
    Estoy de acuerdo en gran parte, zorro. Pero en este caso quise mostrar a un chico tímido, cuya ternura va ablandando a su madre que, poco a poco, se va quedando pillada hasta el punto de sentir celos y hacer lo que hace al final.
    En ese aspecto es más parecido a "La niñera" (sin relación incestuosa) que a "El trabajo de Biología", claro está.

    Pues ojo con mi relato del Ejercicio porque, de momento, hay un par que bien podría haber firmado y yo solo he escrito uno :P

    J.M. tienes razón. La gente se suele animar más a comentar cuando encuentran algo que les desagrada porque les gustaría que fuera de otra forma que al revés. Pero no solo en el ámbito del blog, sino en muchos aspectos de la vida (yo el primero).
    Respecto a las críticas positivas: no es lo que busco si el relato no es bueno. Yo lo que quiero es la sinceridad de los lectores. Por lo tanto, si un relato no es bien valorado, me interesa saber por qué, para valorar si me he equivocado en algo y no volver a cometer el mismo error.
    Y, siendo sinceros, valoro mucho más la opinión de los del blog, que más o menos tenéis gustos parecidos a los míos, que alguien que tal vez busque una paja rápida sin saber ni cómo se llaman los personajes :) No sé si me explico.

    ¿Finales de mayo? Tal vez me equivoqué porque el relato saldrá a la luz a finales de junio. Lamento la confusión.
  26. Anónimo 20 de septiembre de 2016, 23:00
    estoy de acuerdo con el zorro en que los relatos con menores varones son muy morbosos
  27. Anónimo 29 de octubre de 2016, 3:51
    Pues este sí que lo he leído y lo recuerdo perfectamente. ¿Ves lo que te decía? Acabo de comprobar que no te deje comentario, y es por lo que te comentaba en el de "Dos primos muy primos": lo dejé pendiente y luego se me olvidó. Pocas personas en el mundo hay tan despistadas como yo.

    Mira, precisamente esta mañana tenía que ir a Coslada a arreglar un asunto. Salgo de casa y me doy cuenta de que me he dejado las llaves del coche cuando voy a abrirlo. Vuelvo a casa para cogerlas. Veo que mi pareja sigue en la cama, me tiró encima para dar por culo, me cuenta el sueño piscotrópico que estaba teniendo cuando le he despertado y, como ni quiero llegar a Coslada más tarde de las 11:00, me voy. Bueno, pues cinco minutos después estaba volviendo a casa otra vez para coger las llaves.

    Pues que el relato no me gusta, me encanta. Yo leo en todas las categorías... Bueno, en casi todas, cosas como la zoofilia o el sado no me van nada, y creo que los relatos de investo son los que mejor se te dan. Quizás sea una percepción mía, pero de la cantidad de relatos buenos buenos que escribes, de la cantidad de relats tuyos que me encantan, los de amor filial son los que más me mojan... los ojos por las lágrimas de emoción, jaja.

    Un besazo. Sonia.
  28. Anónimo 29 de octubre de 2016, 3:57
    Acabo de leer tu último comentario en este relato. Comentas que hay dos relatos en el Ejercicio que bien podrían ser tuyos. Pues como el Ejercicio en cuestión habrá terminaod hace un porrón de tiempo, supongo que el tuyo es "Dos primos muy primos", ¿no? ¿Me podrías decir, si te acuerdas, cuál es el otro al que te refieres para leerlo?

    Otro beso, este más gordo. Sonia.
  29. doctorbp 2 de noviembre de 2016, 23:28
    jajaja esas cosas pasan cuando nos hacemos mayores... :P :P :P

    Pues yo encantado de humedecerte... los ojos, por supuesto. Gracias por tus palabras.

    Pues el otro relato era... "El canalla", del Ejercicio XXV. Lo he tenido que buscar, eh!

Publicar un comentario en la entrada