Un verano con mis primos

Sinopsis: Unas vacaciones tranquilas con mi marido se convierten en un verano con mis primos pequeños.

Ya lo teníamos todo organizado. Habíamos alquilado un apartamento en la costa con piscina propia pues a Alejandro, mi marido, no le gustaba demasiado la playa. En un par de semanas, en cuanto empezara las vacaciones de mi trabajo como responsable del departamento de Tesorería de una de las empresas más importantes del país, cogeríamos el coche para recorrer los aproximadamente 300 kilómetros que nos separaban de nuestro idílico lugar de veraneo.

Lamentablemente Alejandro acababa de cambiar de trabajo y aún no le pertenecían vacaciones con lo que únicamente podría hacerme compañía los fines de semana. El resto de días los pasaría sola, tomando el sol tranquilamente en la playa o disfrutando de alguno de los muchos libros que tenía pendientes. En definitiva, los festivos de verano me iban a servir para relajarme y desconectar por completo de mi estresante vida laboral.

Sin embargo, no esperaba para nada la llamada telefónica que acababa de recibir, trastocando nuestros planes por completo.

—Hija, ya sabes lo preocupada que está tu tía. ¿Qué te cuesta? —insistió mi madre a través del móvil que tenía pegado a la oreja.

—Pues me cuesta cambiar unas vacaciones para estar relajada y disfrutar de mi marido, que bastante poco podemos disfrutar el uno del otro normalmente, por tres semanas teniendo que hacer de niñera.

—Hablas como si fuera un bebé, que Dilan ya tiene 20 años.

—Sí, pero sabes perfectamente que no es ningún santo. Si la tía lo que quiere es apartarlo de su grupo de amistades es precisamente por algo.

—Mira, Verónica, tú verás lo que haces, pero el chico necesita alguien que le influya positivamente. Y él siempre te ha tenido mucho respeto. ¡Eres su prima mayor! —soltó como si eso lo resolviera todo.

Lo cierto es que a pesar de los más de 10 años que nos llevábamos, Dilan y yo siempre habíamos estado muy unidos. Él había sido el hermano pequeño que nunca tuve y, como tal, había cuidado de él, aconsejándole, haciéndole de confidente y ayudándole siempre que se metía en algún lío. Sin embargo, en los últimos años, desde que nuestra relación se había enfriado debido a mi matrimonio y a su acercamiento a la mayoría de edad, el más grande de los tres hijos de mi tía se había empezado a torcer.

El pequeño Dilan había crecido y ahora era un joven asiduo a salir de fiesta, que empezaba a andar con malas compañías, titubeando con las drogas, y a sentirse atraído por aficiones no demasiado recomendables. El chico se había convertido en un precoz delincuente y nos tenía a toda la familia preocupada.

Muy a mi pesar, cuando terminé la conversación telefónica ya tenía una decisión tomada. Pero lo peor aún estaba por llegar. Debía contárselo a Alejandro y procurar que no se lo tomara mal. Mi madre me había convencido y mi primo Dilan pasaría el verano con nosotros.

—Tú sabrás lo que haces —me dijo mi marido cuando le conté el cambio de planes.

—Alejandro, sabes perfectamente el problema que tenemos con Dilan. Si no lo sacamos de su círculo habitual durante estas vacaciones podemos arrepentirnos de por vida.

—Lo sé, cariño, soy perfectamente consciente de ello. Lo que te quiero decir es que yo solo voy a estar los fines de semana y eres tú la que vas a tener que estar sola lidiando con el problema.

—Ya…

Alejandro me hizo dudar. Tenía la esperanza de que las vacaciones sirvieran para recuperar al mejor Dilan, al chico afable que siempre había sido mi primo pequeño. Pero no sabía si sería capaz de contener al macarra en que se había convertido. En cualquier caso no tenía otra opción.

—Si tú estás segura de que es lo que quieres, a mí me parece bien —me sonrió, transmitiéndome su confianza.

Me alegró que mi esposo me comprendiera. Era un hombre maravilloso del que estaba completamente enamorada. Su bondad no tenía límites y a veces me enfadaba conmigo misma por olvidarlo, como era el caso, pensando que se podía llegar a disgustar porque mi madre nos hubiera encasquetado a Dilan. Sin embargo, a él lo único que le preocupaba era yo. Cosas como esa eran las que me volvían loca de Alejandro.

Dos semanas después, un sábado a primera hora, mi marido y yo estábamos en el interior del coche, aparcado en frente de casa de mi madre, conversando relajadamente mientras esperábamos, tal y como habíamos quedado, a que mi primo saliera del portal que teníamos justo delante.

Cuando se abrió la puerta vi salir disparado a Siscu, el más pequeño de mis primos, sorprendiéndome, pues no sabía que también estaba en casa de mi madre. Salí del coche para saludarle.

—¡Hola, peque! —usé el apelativo con el que toda la familia le llamábamos antes de que el niño, de 13 años recién cumplidos, me diera un afectuoso abrazo.

—¡Tata! —me recibió alegremente.

Mientras le daba el achuchón, vi aparecer a Fernando, mi otro primo, un introvertido adolescente de 15 años. Me extrañó ver que salía arrastrando una maleta.

—¿Qué tal, Fer? —le saludé haciéndole una simple carantoña. Sin duda era menos efusivo que su hermano pequeño.

—Ay, hija, ayúdame con esto —me soltó mi madre, saliendo del portal ataviada con una maleta pequeña y varios bultos más, haciendo que empezaran a saltar mis alarmas.

—¿Dónde está Dilan? —pregunté con el ceño fruncido.

—Ahora baja. Ayúdame —insistió.

—Déjeme a mí —se ofreció Alejandro, cogiendo los bártulos para meterlos en el coche.

—¿De quién son las maletas? —pregunté, temiéndome la encerrona.

—¡Nuestras! —respondió Siscu, que ya estaba correteando de un lado para otro, tan revoltoso como siempre.

—Peque, ten cuidado con los coches —le advirtió su tía.

—¿Cómo que de ellos? —bajé el tono de voz, agarrando a mi madre del brazo para que solo ella se percatara de que no me hacía ninguna gracia lo que estaba sucediendo.

—Ay, Vero, que los niños quieren ir con su hermano…

—¡Mama, no me jodas! —alcé la voz más de lo que pretendía, pero es que comenzaba a hervirme la sangre.

Había aceptado llevarme a Dilan por el evidente problema familiar, aún a riesgo de joder las vacaciones que había organizado con Alejandro. Pero llevarme a los otros dos mocosos sí que no entraba en mis planes y menos sabedora de que había sido vilmente manipulada por mi madre. Estaba a punto de estallar cuando el hermano que faltaba hizo acto de presencia.

—Hola —saludó con una voz firme.

Miré hacia Dilan, dejando por un momento la discusión a un lado y encontrándome con un pequeño hombre hecho y derecho. A pesar de su corta edad, la larga melena rubia, los aros que le agujereaban ambas orejas, el brazo completamente tatuado y la ropa juvenil, el rostro del veinteañero era el de un hombre maduro. Me gustó mucho volver a verlo después de unos cuantos meses. En el fondo seguía siendo el mismo niño que siempre había sido para mí.

—Hola, guapo —le sonreí como una tonta, incapaz de calcular cuánto podía querer a ese crío.

Mientras Dilan se acomodaba en el coche y sus dos hermanos jugaban a chincharse el uno al otro, continué la discusión que había dejado a medias. Aunque desde un principio no pretendía ceder, era inútil negarme. Mi madre había jugado demasiado bien las cartas y yo lo único que podía hacer era desilusionar a mis primos, cosa que no quería que pasara. Pero tampoco pretendía darle el gusto a la mujer que me había traído al mundo.

Por suerte intervino Alejandro, apaciguando la tensión que se había generado entre nosotras. Me escudé en él, quien hizo ver que me convencía para que finalmente accediera a que los tres pequeños se vinieran al apartamento. Sin duda me costaba mucho menos darle la razón a mi marido. Y así fue como unas vacaciones tranquilas y en pareja se convirtieron definitivamente en un verano con mis primos.

Día 1. Sábado.

El recorrido en coche hacia el apartamento fue agradable, incluso divertido. Lo cierto es que yo siempre había tenido mucho feeling con los chicos y me alegraba descubrir que no lo había perdido. Alejandro también ponía de su parte, pues desde que había conocido a mis primos se había llevado bien con ellos. Siscu y Fer parecían contentos por pasar las vacaciones con nosotros y, aunque Dilan intentaba mostrarse más distante en ese sentido, estaba convencida de que en el fondo también le apetecía.

Tal y como se podía apreciar en las fotos de la web, el apartamento se trataba de una casa adosada de un único piso que, junto a las colindantes, formaban parte de todo un bloque de viviendas de alquiler. La entrada daba a un pasillo con dos puertas en la pared de la derecha. La primera era el cuarto de baño común y la otra una habitación doble con dos camas pequeñas que se agenciaron Siscu y Fernando. Al final del corredor estaba la estancia más grande del apartamento, un amplio salón separado de la cocina por una barra americana, justo al otro lado del acceso a la habitación de matrimonio, que tenía lavabo propio y usaríamos Alejandro y yo. Dilan tendría que dormir en el sofá cama del salón.

Pero lo que nos había hecho elegir ese apartamento era la parte de atrás. Al fondo de la vivienda había una enorme puerta corredera de cristal que daba a un patio para uso particular en el que había una piscina de 8 metros de largo por 3 de ancho. El pequeño terreno tenía un camino de piedra que cruzaba el césped, desde el adosado hasta la piscina, pasando junto a un frondoso pino. Estaba delimitado por unas vallas de brezo lo suficientemente altas como para que los vecinos no pudieran ver lo que pasaba en las parcelas colindantes con lo que la intimidad estaba asegurada.

Tras descargar el coche y acomodarnos cada uno en sus respectivas estancias, nos dispusimos a preparar algo para comer pues ya se nos había hecho tarde. Mientras comíamos en el salón viendo algo en la única televisión que había en el apartamento, conversamos sobre cómo nos organizaríamos durante las vacaciones.

Yo no pensaba ser la chacha de nadie. Alejandro y yo solíamos compartir las tareas del hogar, pero después de estar toda la semana trabajando no iba a permitir que mi marido también tuviera que pringar durante los fines de semana así que exigí a los chicos que colaboraran. Mis primos aceptaron, pero con condiciones.

Dilan quería libertad para poder salir por las noches, mientras que Siscu pidió ir todos los días a la playa. Fernando, sin embargo, aceptó mis imposiciones sin rechistar.

—Bueno, Dilan, eso lo vamos viendo —le dije al mayor.

—A ver, Vero, es que si no me dejas salir, me iré igualmente —me desafió.

—Sabes perfectamente que por mí no hay ningún problema —aclaré—. Eres tú el que tiene que demostrar que podemos confiar en ti y que si te dejamos salir vas a ser responsable.

—Dilan, macho —intervino Alejandro—, es que tú te lo has buscado. Con nosotros sabes que vas a tener toda la libertad del mundo, pero…

—¡Que sí, pesados! —le cortó—. Prometo ser un niño bueno —rio abiertamente.

—Eso espero —le dediqué mi mejor sonrisa—. De todos modos, como te he dicho, lo vamos viendo.

Me giré hacia el más pequeño de mis primos y, sin perder el gesto alegre, procuré tranquilizarle sobre sus temores.

—Por supuesto que iremos a la playa. En cuanto te pongas con los deberes del cole iremos todos los días —bromeé, provocando la simpática mueca de protesta de Siscu y las risas de Fernando.

—¿Y tú de qué te ríes? —le preguntó Alejandro jocosamente.

—Del peque. Si se hubiera esforzado como yo durante el año ahora no tendría tareas de verano.

—¡Cállate, enano! —Dilan agarró a su hermano, restregándole los nudillos por la cabeza— ¡Empollón! —le chinchó.

En seguida Siscu se apuntó a la gresca y volvió la algarabía típica y habitual que normalmente rodeaba a mis primos. Alejandro y yo nos miramos y nos entendimos sin hablar. Iban a ser unas vacaciones muy diferentes a las que habíamos imaginado.

Aprovechamos la tarde del sábado para ir a comprar todo lo necesario puesto que Alejandro se llevaría el coche para ir a trabajar y durante la semana únicamente podríamos desplazarnos a pie. El apartamento estaba en segunda línea de mar y el pueblo era lo suficientemente pequeño como para que la zona más céntrica y la estación de tren no quedaran demasiado lejos. Así que estar sin vehículo propio no debía suponer ningún problema.

Tras guardar la compra en el apartamento, dejándolo todo completamente organizado, nos dispusimos a preparar la cena. Ese día habíamos madrugado y estábamos cansados del viaje así que no tardamos demasiado en irnos a dormir.

—Siento mucho que estas no sean las vacaciones que habíamos soñado —me disculpé ante Alejandro, una vez a solas en la habitación.

—No digas tonterías. Las que habíamos planificado tampoco eran las mejores que podíamos tener. Ya tendremos ocasión el año que viene… —me sonrió.

—Tienes razón.

—Tendrías que tomártelo de forma positiva. Aburrirte no te vas a aburrir —me hizo reír.

—Es cierto. Pero tampoco tendré la libertad para irme a la playa a buscarme un chulazo con el que entretenerme —le chinché.

—Pues una de las compañeras del nuevo curro dice que se alegra de que este año no tenga vacaciones —contraatacó, consiguiendo divertirme.

—Serás idiota…

Me abalancé sobre mi marido, besándolo con pasión. Quién sabe si esa primera noche habríamos acabado haciendo el amor de haber estado los dos solos. Probablemente sí, pero no era el caso. La presencia de mis primos me cortó y no pasamos de unos cuantos morreos y arrumacos.

Día 2. Domingo.

Tal vez se podría decir que el domingo empezaron las vacaciones de verdad. Por la mañana estrenamos la piscina. Mientras veía a mis primos haciendo el burro en el agua junto a mi marido, pensaba en lo diferente que hubiera sido si hubiéramos estado Alejandro y yo solos. Intenté empezar uno de los libros que me había traído mientras tomaba el sol en bikini tumbada en una de las hamacas, pero el escandaloso follón no me permitía concentrarme en la lectura. Acabé zambulléndome en la piscina junto a los hombres de la casa.

Por desgracia, después de comer llegó el momento que había estado temiendo desde que organizamos las vacaciones. Alejandro se tenía que ir y eso me ponía realmente triste. Principalmente por él, pero también en gran parte por mí. Sabía que lo iba a echar de menos y, por primera vez, me alegré realmente de la presencia de mis primos. Supuse que de haberme quedado sola aún lo habría llevado peor.

Una vez que mi esposo se hubo marchado, decidí tener una conversación con los chicos. Sabedora de los diferentes gustos de cada uno pensé que debía dejar las cosas claras para no tener un desmadre cada día. Acepté que Dilan saliera por las noches, siempre que no llegara muy tarde y se comportara. El mayor de mis primos pareció aliviado por no tener que conseguir su propósito de malas maneras. Asumiendo que probablemente se levantaría tarde, aprovecharíamos las mañanas para estar en la piscina del apartamento una vez que Siscu terminara de hacer los deberes. El peque refunfuñó, pero aceptó de mala gana. Después de comer iríamos a la playa, evitando así las peores horas de calor y, cuando empezara a irse el sol, antes de cenar, pues improvisaríamos. Tampoco quería tenerlo todo demasiado atado. Mis primos estuvieron conformes con la espontánea planificación.

Esa misma noche fue la primera que Dilan salió después de cenar. Mientras, los otros dos hermanos y yo aprovechamos para ver una peli. Cuando Siscu y Fer se fueron a la cama yo me quedé despierta esperando a que el veinteañero regresara.

Estaba nerviosa y no dejaba de pensar si había hecho bien en dejarle salir, en darle tanta libertad. Tenerlo controlado no entraba dentro de mis ideales de educación, pero cómo debía tratar a un chico problemático como él era otra cosa. En el fondo, quería confiar en Dilan y mientras no me fallara a mí directamente no tenía por qué no hacerlo. Mi primo llegó un poco más tarde de la hora acordada, pero parecía sobrio y eso me tranquilizó.

—Has cumplido —le sonreí.

—No hace falta que hagas de niñera, quedándote a esperarme.

—Estaba preocupada. Y me gustaría no tener que estarlo. ¿Puedo confiar en ti?

—La verdad es que no.

—Vaya, me decepciona oírlo. En fin… buenas noches entonces —me despedí con cierto resquemor, dirigiéndome a mi habitación para dejarle el sofá cama libre.

—Buenas noches —soltó con frialdad.

Estaba acostumbrada a dormir acompañada así que me costó conciliar el sueño. Cuando finalmente lo conseguí, lo hice envuelta en dos claros pensamientos. Por un lado estaba triste por Alejandro, sin quitarme de la cabeza cómo llevaría lo de estar solo y sin poder disfrutar de vacaciones. Pero también estaba preocupada por Dilan y su carácter insolente que no le pegaba nada. Necesitaba volver a acercarme a él y no paraba de darle vueltas a cómo conseguirlo.

Día 3. Lunes.

Estaba soñando que nadaba en unas aguas cristalinas rodeada de delfines cuando unos gritos me despertaron. Me alcé y vestí rápidamente, deshaciéndome del pantaloncito corto y la fina camiseta sin nada debajo con los que solía acostarme. Salí al salón.

—¿Qué es lo que pasa? —pregunté.

—Este gilipollas, que no me deja dormir —vociferó Dilan, quejándose de Fernando.

—Es que quiero ver la tele —replicó.

—Uf —resoplé—, creo que vamos a tener un problema con esto.

No había caído en que el veinteañero no podía acostarse en el sofá cama del salón si se levantaba más tarde que el resto.

—Dilan, anda, ¿por qué no te vas a dormir a mi cuarto? —le propuse mientras cruzaba el salón en dirección a la cocina.

—¡No me jodas! —refunfuñó, alzándose de la cama para dirigirse a la habitación de matrimonio.

Me sorprendió ver a mi primo vestido únicamente con unos bóxers negros ajustados. Sonreí al comprobar que le hacían un culo muy bonito. Aunque lógicamente no le di ninguna importancia, lo cierto es que no me lo esperaba. Estaba acostumbrada a Alejandro, que solía dormir con pijama tanto en invierno como en verano, lo que no le confería de un gran atractivo precisamente.

—¿Qué son esos gritos? —apareció Siscu, frotándose los ojos, señal de que acababa de despertarse.

—Me parece que uno de los dos tendréis que cambiarle la cama a vuestro hermano —convine sin pensar demasiado.

—¡Ni de coña! —contestaron ambos al unísono.

—Pues qué bien…

Dejando momentáneamente de lado el problema de las camas, después de desayunar y de que el peque avanzara con los quehaceres de la escuela, nos dirigimos a la piscina tal y como habíamos acordado el día anterior. Volví a intentar leer un poco mientras mis dos primos jugaban en la piscina, pero pronto me desconcentré, observándolos.

Siscu, el menor de los hermanos, tenía una cara de pillo acorde a su carácter. Era un muchacho inquieto y mal estudiante, de piel morena y muy delgado. Aunque tenía el pelo corto, le gustaba dejarse una incipiente cresta que tan de moda se había puesto últimamente entre los jóvenes. Desde bien pequeño había sido siempre muy ocurrente y no le costaba mucho sacarme una sonrisa.

Fer, más fornido físicamente, era tremendamente guapo, incluso a pesar de los pocos granos típicos del acné juvenil que tenía en el rostro. Sin duda tenía los moldes para ser todo un triunfador con las mujeres. Lo malo era su personalidad. Normalmente parecía un muchacho reservado, pero en muchas ocasiones evidenciaba su timidez, sobre todo cuando se ponía rojo al verse en un aprieto.

—Tata, ¿no te bañas? —me preguntó Siscu desde la piscina, sacándome de mis pensamientos.

—¡Voy!

Estábamos los tres en el agua cuando Dilan apareció, ya vestido con el bañador. Se metió con nosotros y los cuatro disfrutamos de una divertida mañana de sol y piscina.

Por la tarde tuvimos el primer contacto con la playa, pero fue un poco decepcionante por lo masificada que estaba. Apenas había espacio para que los chicos jugaran con las palas y yo no podía tomar el sol tranquila sin que alguien pasara demasiado cerca a cada poco, salpicándome agua o arena.

Por la noche, Siscu, Fer y yo aprovechamos para echar una partida al Dead of winter. Intenté convencer al mayor de los hermanos para que se quedara con nosotros, pero prefirió volver a salir.

El día había transcurrido con normalidad hasta que llegó la hora de regreso de Dilan. La noche anterior se había retrasado ligeramente, pero en esta ocasión ya había pasado una hora y aún no había dado señales. Estuve tentada de llamarle al móvil, pero no quería que se sintiera atosigado y decidí esperar hasta que, pasadas dos horas, oí un ruido sospechoso procedente de la entrada del apartamento.

Al abrir la puerta me encontré a Dilan intentando insertar la llave en la cerradura con evidentes dificultades para conseguirlo, pues no paraba de tambalearse.

—¡Ya te vale! —le increpé, agarrándole de la pechera y arrastrándolo hacia el interior del apartamento.

—¡Eh! —se quejó—. Que puedo solo.

Estaba realmente enfadada. Había depositado la confianza en él y en tan solo dos días la había tirado por tierra.

—¿Qué has tomado? —le pregunté mientras lo llevaba al cuarto de baño.

—Nada. Será el agua que me ha sentado mal… —rio.

Abrí el grifo del lavabo y coloqué la mano en forma de cuenco bajo el chorro.

—Pues a ver cómo te sienta esta —le solté justo en el momento en que acercaba la palma hacia mi primo, restregándole el agua fría por toda la cara.

—¡Joder! —balbuceó.

—Calla, que vas a despertar a tus hermanos.

Dilan comenzó a reírse.

—¿Qué te hace tanta gracia? —me quejé.

—Mi hermano… —y siguió riendo, consiguiendo por un momento casi hacerme reír a mí también.

—¿Qué le pasa a tu hermano? —pregunté sin mucho interés, empujando a Dilan hacia el salón.

—¿No te has dado cuenta?

—No. ¿De qué?

—Está coladito por ti.

—¿Qué? —pregunté extrañada, mezcla de sorpresa e incredulidad.

—Fer. Lo tienes loquito.

—No digas tonterías. Estás borracho —me quejé—. ¿No habrás tomado algo más? —bromeé, quitándole hierro al asunto.

—No, oye, ahora en serio, que estoy bien. Le gustas de verdad.

—Tú lo que necesitas es dormir la mona. Por cierto, ya hablaremos más seriamente de esto…

—Lo que tú quieras, pero te juro que el pobre se desvive por ti.

—Ya, claro. Será que soy su prima mayor y me tiene cariño, nada más.

—No es esa clase de cariño…

—Bueno, ya vale —le quise parar, empezando a sentirme incómoda.

—Si no me crees, ponlo a prueba. Ya verás que lo te digo es cierto.

—Que sí, que sí —corté la conversación definitivamente—. ¡Ah!, tenemos que solucionar el tema del sofá cama.

—Te cambio la habitación —sonrió.

—Sí, claro… —ironicé.

—Entonces…

—Si quieres duerme conmigo esta noche. Ya mañana vemos cómo lo arreglamos. Aunque dudo que vuelvas a salir…

—¡Los cojones!

—Pues que te jodan. Duermes aquí y mañana que vuelvan a despertarte tus hermanos.

—No. Los cojones lo de no volver a salir. A tu cama voy encantado —me sonrió con cierta picardía.

En su gesto volví a ver a aquel niño al que hace años consideré como un hermano, aplacándome ligeramente el enfado por haberse emborrachado.

—Vaya peligro tienes… ¡anda para la cama! —le animé, más alegre de lo que me habría imaginado desde que había abierto la puerta del apartamento y lo había visto completamente ebrio.

Día 4. Martes.

Me desperté alegremente abrazada a mi marido. O eso pensaba hasta que me di cuenta de que el cuerpo al que estaba completamente pegada era el de mi primo pequeño. Inicialmente me dio mucha vergüenza pensar que Dilan se hubiera percatado de que le estaba restregando claramente las tetas por la espalda y de que mi pubis estaba en pleno contacto con su culo. Por suerte el veinteañero, que se había puesto un pantalón de deporte para acostarse, dormía como un tronco y no parecía haberse enterado de nada. Destrencé nuestras piernas y me separé con cuidado de no despertarlo. Misión cumplida.

—¿Dónde está Dilan? —me recibió Fer nada más aparecer en el salón.

—Hoy ha dormido conmigo.

—¡Jo! qué suerte —soltó, poniéndose rojo como un tomate al instante.

Normalmente no le habría dado mayor importancia y habría sonreído para mis adentros al ver cómo el adolescente se ruborizaba por soltar un comentario equivocado. Sin embargo, a mi mente vinieron las palabras de Dilan de la noche anterior. ¿Y si Fer realmente se sentía atraído por mí? Me parecía una auténtica locura, pero ¿y si lo ponía a prueba como me había sugerido su hermano? Al fin y al cabo los borrachos supuestamente siempre dicen la verdad.

—Buenos días —saludó Siscu, entrando al salón aún soñoliento.

—Como vuestro hermano mayor se levanta más tarde, no puede dormir aquí —les expliqué—. Y como vosotros no le queréis dejar la cama, pues ha tenido que dormir conmigo.

—Y si se la dejo yo, ¿podré dormir contigo? —me sorprendió Siscu con una de sus típicas salidas que siempre me hacían reír.

Me fijé en el rostro de Fer, que parecía más que interesado en la respuesta.

—No veo por qué tú no puedes dormir en el sofá cama.

—Pues entonces no le cambio nada —se enfurruñó, volviendo a hacerme reír.

—Bueno, no sé, igual sí podrías dormir conmigo —forcé la situación, intentando provocar a Fernando.

—¿Y yo? —saltó finalmente, incendiándosele la cara.

—Tú también, por supuesto —sonreí, alejándome hacia la cocina, sorprendida al descubrir unos posibles sentimientos inesperados de mi primo y, por qué no decirlo, ligeramente adulada.

Tras el desayuno y las tareas escolares del peque, los tres nos dirigimos a la piscina. Yo seguía dándole vueltas a lo de Fernando y decidí averiguar un poco más con la intención de no equivocarme sacando conclusiones precipitadas.

—Anda, Fer, ¿por qué no me ayudas a ponerme crema? —le sugerí, ofreciéndole el tubo que contenía el protector solar, para ver cómo reaccionaba.

—Sí, claro… —titubeó, agarrando el frasco con manos temblorosas y volviendo a ponerse rojo.

—Tata, no seas vaga, que los otros días te la has puesto tú sola —soltó Siscu de forma jocosa, descolocándome por completo.

Pero antes de que pudiera reaccionar, fue su hermano el que contestó.

—No te preocupes, Vero, que a mí no me importa.

¡Vaya con el chico tímido! Sin duda parecía no querer perder la oportunidad de tocar un poco de carne.

—¡Calla ya, peque! Lo que te pasa es que tienes envidia —solté, haciéndoles reír.

Me tumbé boca abajo en una toalla sobre el césped. Esa mañana me había puesto un bikini blanco que realmente me encantaba cómo me quedaba, realzando más si cabe mi ya de por sí bronceada piel. Sentí el primer chorretón de la fría crema entrando en contacto con mi caliente cuerpo y, acto seguido, la insegura mano de mi primo esparciéndomela por la espalda.

El chico parecía temeroso, pero poco a poco se fue animando y lo que empezaron como inexpertas caricias acabaron convirtiéndose en evidentes masajes. Fer se entretenía pasando desde mi cuello hasta la parte baja de la espalda, recorriendo cada centímetro de piel, incluso subiendo la tira del bikini para manosearme también por debajo. Ya tenía claro que estaba disfrutando más de lo debido así que pensé en pararlo, pero me divertía descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—¿Te importa continuar con las piernas? —le pregunté, conteniendo la risa que la situación me provocaba.

Mi primo pequeño no contestó y directamente me sobó el muslo derecho, restregándome los escasos restos que le quedaban en la mano.

—Pero échame un poco de crema primero, chiquillo —le recriminé cariñosamente.

Completamente obediente extendió dos largos chorros a lo largo de ambas extremidades. Pensé que para que mi piel absorbiera tal cantidad de crema debería estar un buen rato esparciéndomela. Al parecer Fernando era más pícaro de lo que me había imaginado y me lo confirmó definitivamente colocándose de rodillas entre mis piernas, obligándome a abrirlas para dejarle el hueco necesario.

—¿Estás cómodo? —le pregunté con socarronería.

—Sí. ¿Y tú?

Me hizo reír. Vaya preguntas tenía mi primo. Desde su posición debía tener una magnífica visión de mi entrepierna, únicamente cubierta por la escueta tela del bikini, lo que hizo que me sintiera ligeramente azorada.

Al igual que en la parte de arriba, el quinceañero no se dejó ni un mínimo resquicio de piernas sin tocar. Primero empezó con los muslos y luego fue bajando por los gemelos hasta los tobillos para volver a subir, sobándome a conciencia. Se estaba recreando, comenzando a adentrarse peligrosamente por la parte interna de mis piernas.

Iba a detener la situación definitivamente cuando empezó a rozarme la parte baja de las nalgas, entrando en contacto con el bikini y provocándome un ligero escalofrío de perplejidad. Escasos segundos después, acariciándome cautelosamente las ingles, introdujo con cierto disimulo un dedo debajo de la prenda, muy cerca de mi chochito.

—Vale, vale, tampoco te pases —le detuve, ya entre claras risas, alucinando con el descaro que empezaba a mostrar Fer y parándole completamente los pies—. Ya termino yo.

—¿Te has enfadado? —me preguntó con evidente preocupación.

—Claro que no —contesté mientras me daba la vuelta—. Lo que pasa es que me has puesto mucha crema y no ibas a acabar nunca —le sonreí—. Anda, vete a la piscina, que luego voy yo —le dije mientras me percataba de que Dilan nos observaba desde el interior del apartamento.

—Hola —me saludó con una sonrisa burlesca.

—¿Ha dormido bien el borrachuzo? —le recriminé, bromeando, tras ir a su encuentro.

—Deliciosamente. —No supe muy bien cómo interpretar su tono, que me descolocó ligeramente—. Entonces, ¿qué, tenía yo razón o no? —me preguntó sonriendo, ahora con la suficiencia del que conoce la respuesta.

—¡Jo! Pues parece ser que sí. Menuda sobada me ha dado tu hermanito. Y porque lo he parado… —reí jocosamente, demostrando una complicidad perdida que antaño había existido entre nosotros—. ¿Y tú cómo sabías…? —Pero no me contestó, simplemente sonrió nuevamente y se marchó hacia la piscina.

Me sentí extraña y algo torpe. No era la primera vez ni sería la última que un hombre se fijaba en mí. Alejandro siempre me decía que era normal debido a mi atractivo y, sobre todo, a mi buen cuerpo. Aunque es cierto que no me podía considerar precisamente fea, jamás me hubiera imaginado algo tan inesperado, que uno de mis primos se sintiera atraído por mí. Procuré no darle importancia y seguir comportándome como lo haría normalmente, convencida de que seguramente no era más que un capricho pasajero de Fer que no iría a mayores.

Aunque no las tenía todas conmigo, esa noche permití que Dilan volviera a salir. A pesar de lo ocurrido el día anterior, pensé que intentar retenerlo hubiera sido contraproducente. Primero porque temía que se revelara, incumpliendo mis órdenes. Y segundo porque probablemente lo que el muchacho necesitaba era que alguien confiara en él. Y yo, a fin de cuentas, era la persona adecuada para ello.

—Parece que hoy vas sereno —le increpé jocosamente cuando regresó al apartamento—, has podido abrir sin ayuda —le sonreí.

—Je je. Muy graciosa.

—¿Quieres irte a dormir o podemos charlar un poco? —intenté acercarme a él, algo que había sido muy fácil en el pasado y que ahora me parecía una quimera.

—¿Es que hoy no duermo contigo? —me sonrió.

—No, hoy le toca al peque. Tú duermes en la otra habitación con Fer.

—¿En serio? —forzó una mueca de decepción, haciéndome reír.

—Oye, ¿y se puedes saber a dónde vas por las noches? —procuré seguir intimando—. Si esto es un pueblucho de mala muerte…

—Vamos, Vero, será que tú no has salido nunca… Estando en la costa en pleno verano, la fiesta está asegurada.

—Uf —resoplé—. ¡Qué recuerdos! Pero ya no tengo edad para esas cosas…

—No digas tonterías. A mí no me importaría que me acompañaras.

—No lo dices en serio… —sonreí—. Además, no podría dejar a tus hermanos solos.

—Lástima. Si no hubieran venido…

—Ya…

El silencio se adueñó del momento. Los dos nos miramos, seguramente pensando en lo mucho que habíamos vivido juntos. Quise romper la incómoda situación, pero él se adelantó.

—Ha sido mi madre la que te dijo que me trajeras a pasar las vacaciones con vosotros, ¿verdad?

—Me lo dijo tu tía. Pero, vaya, me parece que te lo has ganado a pulso, ¿no crees?

—¿Quieres saber por qué me han mandado aquí, por qué no querían que me quedara en el barrio con mis amigos?

—Claro… —contesté, satisfecha, sabedora de estar consiguiendo justo lo que había pretendido.

Dilan me confesó algunas de las fechorías que había cometido. Sabía que su vida se estaba torciendo, pero no era consciente de hasta qué punto. Mi primo pequeño había robado, había propinado alguna que otra paliza tras intervenir en diferentes reyertas, se había metido todo tipo de psicotrópicos y había dejado embarazada a una menor de edad que había tenido que abortar. Su confesión me dejó helada. Pero, a pesar de eso, me alegró que se abriera conmigo, como antaño. No le juzgué y simplemente decidí ayudarlo.

Día 5. Miércoles.

La mañana transcurrió en la piscina sin mayores incidencias. Ahora que era consciente de los sentimientos de Fernando, pillé a mi primo echándome alguna que otra mirada disimulada. La situación me incomodaba un poco, pero no dejaba de gustarme en cierto modo. Aunque estaba acostumbrada a las miradas indiscretas de muchos hombres, lo de mi primo pequeño era novedad. Saber que podía atraer a chicos de tan corta edad hacía que me sintiera bien, joven, viva.

Por la tarde volvimos a ir a la playa. Ese día parecía estar menos masificada con lo que estaba disfrutando del sol irradiando sobre mi piel mientras me despreocupaba de los chicos que jugaban en el agua. Tenía la mente completamente en blanco, sin pensar en lo que estaría haciendo mi marido, en los problemas de Dilan ni en la novedosa situación con Fer. De repente, oí gritar al veinteañero.

—¡Vero!

Alcé la vista y lo vi, cual vigilante de la playa, corriendo hacia mí con alguien en los brazos. ¡Y ese alguien era Siscu!

—¿¡Qué ha pasado!? —me levanté rápidamente, preocupadísima.

—Le ha picado una medusa —aclaró Fernando.

El menor de los hermanos no hacía más que sollozar, quejándose de las manos que tenía completamente enrojecidas.

—¿¡No habrás intentado tocarla!? —le reprendí, dándole un leve manotazo en el brazo.

—Estábamos jugando cuando la hemos visto y ha querido cazarla… —confesó Fer.

—¡Chivato! —le recriminó Siscu.

—Anda, vamos para casa —indiqué— ¿Puedes caminar?

—No… —gimoteó.

—Tiene cuento —le reprochó Fernando.

—¿Podrás con él? —me dirigí a Dilan.

—Claro.

Supuse que mi primo se estaba haciendo el machito, pues todos sabíamos que el peque podía andar perfectamente. Dudaba de que el veinteañero pudiera aguantar el peso de su hermano hasta el apartamento, pero me hizo gracia que quisiera intentarlo.

—Pues vamos —les apremié.

Faltaba poco para llegar cuando me percaté de que Dilan comenzaba a rezagarse ligeramente.

—¿Seguro que no puedes caminar? —le pregunté nuevamente al malherido.

—Tranquila —gimió el mayor de los hermanos, con claros signos de fatiga—, que puedo con él.

—Vale, vale —le sonreí, divertida con lo que parecía un evidente intento de impresionarme.

El mayor de edad cumplió como un campeón y finalmente llegamos al destino. Mientras Fer se daba una ducha y Dilan recuperaba fuerzas en la piscina, yo me dispuse a atender a Siscu en el cuarto de baño de la habitación de matrimonio. Las heridas no eran graves, pero sí dolorosas y el pobre no podía tocar absolutamente nada con las manos.

—Hoy no me ducho —me dijo mientras le curaba.

—¿¡Cómo que no!? —me quejé.

—Así no puedo —extendió las manos, mostrando el sarpullido de tenía en ambas palmas.

—Va, no seas guarrete. Al menos tienes que quitarte la arena de la playa, que luego te va a picar todo.

—¡Es que no puedo! —sollozó nuevamente.

—Vale, no te preocupes. Yo te ayudo —solté sin pensar demasiado.

—¿Cómo?

—Pues te ducho yo —contesté por pura inercia.

—¿Ahora?

—Sí, claro. Venga, vete para la ducha —le insté.

Observé al pequeño Siscu alejándose cuando me di cuenta del aprieto en el que me había metido yo solita. ¿Qué demonios hacía yo duchando a mi primo? El niño estaba en plena pubertad y tal vez no había pensado bien en las posibles consecuencias que eso podía tener. De hecho podría haberle pedido a alguno de sus hermanos que le ayudaran, pero seguramente se negarían y ya era demasiado tarde para echarme atrás, así que decidí improvisar.

—¿Piensas ducharte con el bañador puesto? —le recriminé jocosamente al verlo bajo el agua del grifo aún vestido con la prenda.

Siscu volvió a mostrarme las maltrechas palmas para contestarme sin hablar.

—Está bien…

Puesto que el peque no podía desvestirse, tuve que hacerlo yo misma. Aún llevaba puesto el bikini así que me metí en la ducha sin problemas. Me agaché ante él, agarrando el bañador por la cintura con ambas manos y tiré hacia abajo. El niño, instantáneamente, se tapó para impedirme la visión.

—¿Te da vergüenza? —pregunté, divertida—. Anda, no seas tímido —le agarré uno de los brazos, intentando separárselos, pero el chico hacía fuerza para impedirlo.

—Es que… —parecía nervioso.

—A ver, peque, cariño —intenté calmarlo—, no tienes que preocuparte porque te vea, que soy tu prima y hay confianza. Te aseguro que no serás el primer hombre que vea desnudo —sonreí, consiguiendo que relajara ligeramente el gesto—. Además, si no me dejas que te limpie por todo el cuerpo, no vamos a poder deshacernos de toda la arena —intenté aparentar naturalidad.

—Bueno…

Parece que finalmente le convencí. Siscu separó los brazos, dejándome ver un pene que, sin ser muy alargado, era sin duda mucho más gordo de lo que me esperaba. Los huevos, desproporcionadamente grandes para lo pequeña que parecía la bolsa testicular, me dieron a entender que los genitales del niño aún estaban en pleno desarrollo. Me hizo gracia ver la pelusilla que tenía en el pubis, pero me corté un poco al comprobar el estado morcillón en el que se encontraba la entrepierna, señal de que la situación no le disgustaba precisamente. Me pregunté si mi primo ya habría tenido algún tipo de experiencia sexual.

—¿Te da vergüenza porque la tienes un pelín levantada? —pregunté melosamente.

—Sí… —me hizo reír.

—No te preocupes, eso es lo más normal del mundo —sonreí para transmitirle confianza.

Comencé a enjabonarle el torso, casi convencida de que, además de virgen, debía ser completamente novato en cuanto a relaciones con mujeres se refiere.

—Bueno, peque, ¿y ya tienes novia o no? —rompí el hielo.

—¡No! —respondió, ligeramente alterado.

—Pero… —hice una pausa— ¿no has estado nunca con ninguna chica? —le pregunté ya sin cortarme ni un pelo.

—¿Qué quieres decir?

—Va, Siscu, no te hagas el tonto…

A pesar de su tierna edad, estaba convencida de que mi primo sabía más de lo que quería aparentar. Me agaché, pasando las manos impregnadas de espuma por su cadera, llegando hasta sus piernas y dejando mi rostro a la altura de los órganos sexuales del niño.

—Bueno, alguna vez me he pajeado pensando en alguna…

Me hizo reír, tanto por su confesión como por la altivez que poco a poco iba adquiriendo su entrepierna.

—¿Y ya está? ¿Nunca te ha tocado ninguna amiguita? —insistí mientras paseaba las manos por la parte interna de sus muslos, casi rozándole el escroto.

El pene de Siscu ya estaba completamente erecto, apuntándome a la cara, desafiante. Era exageradamente grueso y debía rondar los 16 centímetros. Una buena herramienta, y más para un chico tan joven que aún estaba creciendo con lo que seguramente aún adquiriría mayor tamaño. Empezando a perder el rubor, estiré el brazo entre sus piernas, pasando por debajo de sus genitales hasta alcanzar el culo. Ladeé el rostro para evitar el contacto con su miembro viril, que casi me golpeaba en la mejilla.

—Mira cómo tienes esto lleno de arena —le mostré el reguero de tierra que había salido de entre sus nalgas.

Retiré la mano, regresando por el mismo camino, pero esta vez acariciando las bolsas testiculares para enjabonárselas.

—Tú eres la primera… —confesó, cohibido, haciéndome reír con su comentario.

La gracia de mi primo me animó a seguir adelante. De los enormes huevos pasé directamente a su pene, acariciándoselo con sumo cuidado, pues no quería provocar un estropicio. La herramienta poseía una dureza digna de estudio. No recordaba una verga tan rígida desde mis primeros escarceos sexuales. Cosas de la edad. No me recreé. Me alcé y me dispuse a seguir, frotándole la espalda.

—¿Quieres darte la vuelta? —le pregunté al comprobar lo tensionado que estaba.

—Mejor no… no puedo moverme.

Nuevamente me hizo reír a carcajadas. Mi primo pequeño era un encanto. Para alcanzar el dorso del enano tuve que acercarme a él, haciendo que nuestros cuerpos comenzaran a rozarse. Su polla golpeó contra mis muslos, provocándome una sensación extraña, pero para nada desagradable. A medida que mis manos bajaban por su columna, mi cuerpo se arrimaba al suyo, haciendo que mis pechos se restregaran contra su torso. Sentí cómo mis pezones se endurecían bajo el bikini mientras su erecto miembro viril no paraba de juguetear con la pieza inferior de mi prenda de baño. Inesperadamente estaba empezando a calentarme con la situación.

—¡Uf! —resopló mi primo.

—Ya acabamos, peque.

—¡Ah! —gritó, quejándose, cuando de repente lo metí bajo el chorro de agua fría.

—Te vendrá bien para bajar eso… —le señalé la erección que tardó en menguar más de lo que yo esperaba.

Unos pocos minutos después, tras perder la empalmada, usé una de las toallas de playa para secarlo. Tuve que manosearle todo el cuerpo otra vez, provocándole una nueva hinchazón en la entrepierna. Ya no le di mayor importancia. Cuando le coloqué los calzoncillos lo hice con cuidado para que la erección no le doliera.

—¿Así está bien? —le pregunté.

—Mejor para el otro lado…

¡Joder con el peque! Estaba claro que ya tenía poco de inocencia. De forma natural su pene se ladeaba ligeramente hacia un costado y era imposible que estuviera más cómodo con la polla recostaba hacia el otro lado. Sin duda quería que volviera a tocársela. La situación me divertía, pero no me parecía bien alargarla más de la cuenta.

—Anda, sal para afuera, pillín —le señalé la puerta mientras me disponía a recoger el cuarto de baño.

Mientras lo hacía no pude evitar una permanente sonrisa rememorando lo que acababa de ocurrir. Había visto a mi pequeño primo desnudo y él se había empalmado delante de mí. Además, había pasado de sentirme inicialmente avergonzada a, entre tanto toqueteo, que me subiera la libido ligeramente. Supuse que visto desde fuera debería parecer una locura, pero lo cierto es que me lo tomé con total naturalidad y no le di mayor relevancia.

Día 6. Jueves.

Al día siguiente me desperté ligeramente descolocada. Siempre dormía junto a mi marido y últimamente con alguno de mis primos, así que me desconcertó verme sola. Palpé el lado vacío de la cama y lo noté aún caliente. ¿Con quién me había acostado esa noche? Fer…

Me alcé de la cama y me dirigí al cuarto de baño pensando que el adolescente habría sido el primero en levantarse, como siempre. Pero para nada me esperaba la escena que vieron mis ojos. Arremolinado junto a la taza del wáter, mi primo rebuscaba entre el montón de ropa interior que supuse había sustraído de mi armario mientras aún dormía.

—¡Fer! —me alteré, procurando no alzar la voz.

El chico intentó reaccionar torpemente, dejando de sobar uno de mis tangas al tiempo que se giraba mostrándome el rostro más rojo que jamás le había visto.

—¿Se puede saber qué haces? —inquirí.

Pero mi primo pequeño estaba demasiado nervioso y no era capaz de articular palabra. Únicamente balbuceaba lo que me pareció una disculpa.

—Anda, sal del baño y espérame en la habitación —le reprendí.

Mientras recogía toda mi ropa íntima pensé que por suerte le había pillado antes de que hubiera empezado a cascársela, pues supuse que es lo que pretendía hacer con alguna de mis prendas. Un desagradable escalofrío recorrió mi cuerpo. En parte me sentí culpable, concluyendo que tal vez yo había precipitado la situación dándole pie a que me sobara la mañana que le había pedido que me pusiera la crema. Esa idea me hizo cambiar de actitud y lo que en un principio iba a ser una bronca se convirtió en una charla.

Intenté hacerle ver que sus sentimientos no eran algo malo y que me sentía halagada por ellos, lo cual no era ninguna mentira. Pero que lo que había hecho estaba mal. Éramos primos y, como tal, debíamos respetarnos, por no hablar de los años de diferencia. Le expliqué lo guapo que era y que no tendría ningún problema en encontrar una chica de su edad. Pero que no hacía falta que se obsesionara, que todo llegaría a su debido tiempo. Mientras, podía masturbarse todo lo que quisiera, siempre que lo hiciera en la intimidad y, sobre todo, sin usar mis prendas íntimas. Fernando pareció entenderlo, con lo que me quedé relativamente tranquila. Acordamos que lo sucedido sería un secreto únicamente entre él y yo.

Siscu había mejorado notablemente de sus heridas. A pesar de que seguía sintiendo cierto dolor, el peque ya volvía a ser autosuficiente. Me sentí aliviada ya que, aunque fue un momento divertido, no me apetecía volver a repetir la embarazosa escena de la ducha del día anterior. Sin embargo, el niño, escudándose en la picadura de medusa, quería evitar hacer los ejercicios de matemáticas, así que esa mañana, para convencerle, me tuve que poner con él para ayudarle. Las ecuaciones me transportaron a mi infancia. ¡De eso debía hacer como 20 años! Hacía tanto tiempo que ya no me acordaba de cómo se hacían las de segundo grado y finalmente Fer tuvo que echarnos una mano.

Debido a lo ocurrido el día anterior, a Siscu se le quitaron las ganas de volver a la playa con lo que por la tarde hicimos un cambio de planes y decidimos ir a dar un paseo por el pueblo para visitarlo. Aprovechamos para cenar fuera.

Por la noche Dilan salió de fiesta una vez más y yo me quedé despierta esperándolo como siempre. Pero esta vez me sorprendió, llegando al apartamento antes de tiempo.

—¡Huy! ¿Qué te pasa? Traes mala cara —advertí al observar el rostro adusto de mi primo.

—No me pasa nada —me contestó con cierta tosquedad, evidenciando que alguna cosa le había ocurrido.

—No me creo nada. A ti te ha pasado algo —insistí, convencida de ello.

—¡Nada, joder!

La brusca reacción me cohibió ligeramente. Observé a mi primo con atención y sentí lástima. Para mí no dejaba de ser el pequeño niño al que siempre tanto había querido y no me gustaba verlo sufrir, pasara lo que le pasara. Guardé silencio unos instantes, esperando a que se calmara.

—Siempre hemos confiado el uno en el otro… —proseguí.

—Me han dado calabazas, ¿vale? —confesó tajantemente, no dejándome acabar.

No pude evitar reír, pues me esperaba algo más grave. Pero a Dilan no le hizo tanta gracia y se enfadó conmigo.

—Vale, perdona —me puse seria—. ¿Y quién es la afortunada?

—De afortunada nada, porque ha pasado de mí.

—Bueno, no tenemos la culpa de que la chica sea idiota —le sonreí, procurando hacerle sentir bien.

—La conocí el lunes. Llevamos unos días tonteando pero a la hora de la verdad…

—Va, tío, si la conoces de hace tan solo unos días… no será para tanto.

—Ya, pero nunca es agradable que te rechacen…

—Dilan, en serio, no te preocupes por eso. Eres un chico tremendamente atractivo —fui sincera—. Evidentemente no todas te van a decir que sí, pero el porcentaje seguro que será muy alto —le sonreí nuevamente.

—Al menos sabes de lo que hablas…

—¿Qué? —me descolocó.

—Tú también habrás tenido un alto porcentaje con los hombres…

Me hizo reír como una tonta. No me esperaba el piropo, aunque lo cierto es que no le faltaba razón. Nunca había tenido problemas para enrollarme con quien había querido. Y, aunque llevaba unos cuantos años con Alejandro, no me habían faltado oportunidades para serle infiel. Por supuesto, nunca lo había sido.

—¿Con cuántos has estado? —me preguntó.

Me hizo gracia su atrevimiento, pero decidí dar la conversación por concluida, marchándome al dormitorio mientras le sonreía con picardía, sin contestarle.

Una vez en la habitación me dirigí al cuarto de baño para cambiarme. Me puse mi vestimenta habitual para dormir, pudiendo apreciar en el espejo cómo se me marcaban los endurecidos pezones bajo la fina tela de la camiseta. Volví a la cama y me tumbé, esperando a que mi primo apareciera.

—¡Dilan! —alcé la voz sin llegar a gritar para no despertar a los otros dos.

—¿Qué?

—¿Vienes a la cama?

—Estoy viendo la tele.

Me relajé al saber que mi primo pequeño aún tardaría un poco en acostarse. Instintivamente me acaricié uno de los pechos por encima de la camiseta, aliviando ligeramente las pequeñas punzadas de dolor que los pezones me estaban provocando. Bajé la mano a lo largo de mi vientre, en dirección al pequeño pantalón, empezando a pensar en Alejandro. Separé la cintura de la prenda de mi cuerpo, dejando un hueco por el que se coló mi mano, entrando en contacto con mis braguitas. Las retiré a un costado y sentí la viscosidad reinante. Estaba excitada.

Acaricié mi sexo, impregnándome los dedos mientras soltaba un leve gemido. Me mordí el labio inferior, temerosa de que Dilan me escuchara. Hice una ligera presión, sintiendo cómo el dedo corazón se adentraba con facilidad entre los humedecidos pliegues de mi vagina, buscando la entrada de mi coño. Suspiré con mayor vehemencia, retorciéndome sobre la cama, culpabilizándome por no poder ser más discreta.

Seguí masturbándome durante un rato, hasta que dejé de oír el sonido del televisor. Con las pulsaciones a mil por hora, saqué la mano de mis pantalones, recolocándome las bragas con premura. Escuché cómo el veinteañero se acercaba y me hice la dormida, sintiendo cómo el hijo de mi tía se sentaba en el otro extremo de la cama y, tras unos segundos en los que parecía desvestirse, se recostaba a mi lado.

No me atreví a moverme, ni siquiera un párpado. Me sentía ligeramente culpable por estar durmiendo al lado de mi primo pequeño cuando segundos antes me había estado haciendo un dedo pensando en mi marido. ¿Cuánto tiempo llevaba sin follar? ¿Un par de semanas? Pensé que era normal que empezara a rozarme por las esquinas.

Día 7. Viernes.

Me levanté contenta. Solo quedaban unas horas para volver a ver a Alejandro. Mi marido no saldría en dirección al apartamento hasta terminar su jornada laboral, así que no llegaría antes de la hora de cenar, lo que me impacientó aún más. Aunque hablábamos a diario no había dejado de echarle de menos en ningún momento.

Quería estar guapa para él, así que decidí pintarme las uñas mientras tomaba el sol en la piscina. Siscu estaba a mi lado haciendo uno de los cuadernillos veraniegos mientras Fernando chapoteaba en el agua.

—Qué pies más bonitos… —me soltó el peque, sorprendiéndome una vez más con sus ocurrencias y haciéndome reír.

—¿Te gustan? —bromeé con él, alzando la pierna para mostrarle mi extremidad más de cerca mientras movía arriba y abajo los pequeños dedos a medio pintar.

—¿Me dejas que te ayude? —Ahora me reí a carcajadas.

—Venga, vale, pero con cuidado…

Observé a Fer saliendo del agua y mirándonos con desdén. Pensé que seguramente le gustaría ocupar el puesto de su hermano.

Siscu me hacía reír constantemente. Entre los roces que me hacían cosquillas y sus incesantes e ingeniosas contestaciones a cada una de mis instrucciones, tardamos un montón en terminar de pintar las uñas del primer pie.

—¿Quieres continuar tú? —le propuse al quinceañero, que no dejaba de mirarnos envuelto en una de las toallas de playa.

El adolescente no dijo nada, pero no pudo evitar una sonrisa de oreja a oreja. Me hizo sentir bien. Era tan fácil hacerlo feliz…

Al contrario que Siscu, Fernando no estaba para bromas. Mi primo me asió la pierna con total delicadeza. Aunque procuraba hacerlo disimuladamente, eran demasiado evidentes las sutiles caricias que me estaba regalando en la planta del pie. Al parecer no renunciaba a ningún tipo de roce conmigo. Menudo crápula estaba hecho. Cuando ya me había coloreado de rojo el mismo número de uñas que su hermano, terminé de pintarme yo, pues no quería seguir dándole alas para que se acabara masturbando a mi costa.

El resto del día estuve como distraída, esperando con ansía la llegada de mi esposo. Incluso los chicos se percataron, recriminándome que estuviera más distante que de costumbre.

Le pedí a Dilan que esa noche no saliera, pues al día siguiente queríamos madrugar para coger el coche e irnos todos juntos a pasar el día a una cala más alejada, donde podríamos estar más tranquilos sin tanta aglomeración de gente. Me alegré de que mi primo me hiciera caso sin rechistar. Sin duda estaba recuperando parte de la relación tan íntima y fraternal que antaño habíamos tenido. Eso o es que aún seguía dolido por el rechazo de la noche anterior.

Cuando Alejandro llegó al fin, me dio un subidón. Mis primos también parecieron alegrarse, pues mantuvieron una distendida conversación con él durante un buen rato mientras yo esperaba ansiosa el momento en el que se fueran a la cama.

—¿Cómo te ha ido la semana? —me interesé, una vez a solas con mi marido en el dormitorio, mientras le besaba labios, mejillas y barbilla repetidamente.

—Aburrida… —contestó, reaccionando a mis besos regalándome un breve morreo—. ¿Y vosotros qué tal por aquí?

—Te he echado mucho de menos… —comencé a acariciarle el pecho introduciendo una mano bajo la camiseta del pijama.

—Se nota… —me sonrió, sabedor de que quería sexo.

No tardé demasiado en quitarle el pequeño pantalón 100% algodón y los calzoncillos. La polla de mi marido salió a saludarme, completamente empinada.

—¿Tú también me has echado de menos? —sonreí, comenzando a acariciar el erecto falo.

Alejandro tenía un pene más bien normalito, tirando a pequeño, que a duras penas sobrepasaba los 13 centímetros en erección. Nunca había necesitado más para disfrutar del sexo, aunque por supuesto antaño había gozado con hombres mucho mejor dotados. Comencé a masturbarlo, haciéndole gemir.

—¡Chis! —le chisté, sonriente, pidiéndole silencio mientras le colocaba el dedo índice en los labios.

Hacía apenas una semana había declinado hacer el amor con mi marido por pudor al estar rodeada de mis primos pequeños. Esta vez estaba desatada y no pensaba renunciar a echar un buen polvo. No obstante, tampoco quería montar un espectáculo.

Deshaciéndome de mis pantalones cortos y retirando a un costado la tela de las bragas, me puse a horcajadas sobre Alejandro. Acerqué mi pubis al suyo, haciendo que mi lubricada raja entrara en contacto con el tronco de su caliente verga. Me froté contra ella, gozando de los roces mientras observaba la desesperación en el rostro de mi hombre. Se notaba que se moría de ganas por clavármela. Le besé apasionadamente.

—¡Joder, Vero! —pareció sorprenderse por mi inesperada ímpetu.

Yo también estaba ligeramente asombrada por mi comportamiento. Aunque solíamos tener relaciones con frecuencia, nuestros mejores momentos ya habían quedado atrás. Ni él ni yo teníamos la misma pasión que en los inicios de la relación. Sin embargo, esa noche estaba actuando como una auténtica loba. Cabalgué sobre Alejandro, ya con la polla en el interior de mi coño, comiéndole la boca para ahogar los irremediables gemidos de ambos mientras nuestros cuerpos no dejaban de sudar debido a la terrible humedad típica de la zona de la costa.

Alcancé el orgasmo al fin. Placer, puro placer. Amor. Quería al hombre que tenía entre mis piernas. Feliz. Sonreí, ya más relajada. Poco a poco reduje mi desacompasado ritmo hasta detenerme completamente, sintiendo cómo la polla de mi marido palpitaba entre mis labios vaginales. Me alcé, separándome de él.

—¿Quieres que te la chupe? —le susurré lascivamente, sabedora de lo mucho que le gustaba que se la mamara.

—Sí, cariño… —balbuceó.

Agarré el pequeño falo y me agaché para saborear mis propias mieles que aún se deslizaban por el tronco de la verga. Alejandro suspiró aún con más vehemencia y a mí me entró un ataque de risa. Los dos comenzamos a reír como locos.

Cuando se nos pasó la tontería, a mi esposo se le había bajado la erección. Yo ya no tenía muchas más ganas de juerga, pero no quería dejarlo a medias, así que me dispuse a masturbarle. Tardó en recuperar la empalmada con lo que cuando estuvo a punto ya me dolía la muñeca y me fallaban las fuerzas. Él mismo se agarró la polla y terminó la paja, corriéndose ante mi divertida mirada.

—Anda, ves a limpiarte —le ordené mientras me volvía a colocar el pantalón corto y me giraba, dándole la espalda—. Buenas noches, amor mío.

—Buenas noches, cariño.

Cerré los ojos. Estaba satisfecha. Me dormí.

Día 8. Sábado.

Tal y como habíamos quedado, nos levantamos a primera hora de la mañana.

—Gracias —le dije a Alejandro mientras nos cambiábamos, antes de salir del dormitorio.

—¿Por? —se extrañó.

—Por proponer el plan de hoy. Sé que no te hace mucha gracia…

—Me hablaron de esta cala en el trabajo y pensé que os gustaría ir a pasar el día…

¿Acaso se podía ser más adorable? Me abalancé sobre él para abrazarlo.

—Te quiero…

—Yo también te quiero —sonrió antes de besarme.

El destino no estaba demasiado lejos con lo que no tardamos en llegar. Lo agradecí, pues los chicos, sentados en la parte trasera del coche, estaban más revoltosos que de costumbre. Aparcamos en un descampado cercano a la cala, pero para llegar a ella debíamos caminar atravesando una tupida arboleada a través de un sendero. Al final del camino había un pequeño terraplén, último escollo para llegar a la playa que, debido a su dificultoso acceso, estaba prácticamente vacía.

El lugar era bastante idílico. Estábamos al pie de una montaña. La arena era blanca, fina y quemaba como el mismísimo infierno. Al fondo delimitaba con un montón de piedras de tamaños varios. Y al otro lado estaba el mar, de un color azul intenso en el que se reflejaba el ardiente sol del más que caluroso día veraniego.

Nos acomodamos cerca de las rocas, relativamente lejos del agua. Pero podríamos haber elegido cualquier otro lugar, pues en la cala únicamente había una pareja que tomaba el sol relajadamente sobre sus toallas.

—Bueno, chicos, aquí podréis jugar a lo que queráis, que nadie os va a molestar —afirmé, contenta de que mis primos pudieran divertirse.

—Sí, vamos a jugar a fútbol —gritó Siscu.

—Saca el balón.

—¿Te apuntas, Alejandro? —le ofrecieron—. Así somos dos para dos.

—Venga.

Los cuatro hombres se marcharon y yo aproveché para acomodarme en mi toalla. Saqué el libro con intención de darle por fin una buena lectura mientras escuchaba de fondo cómo se alejaban.

—Tú y yo contra ellos…

Llevé ambas manos a la parte de atrás del bikini, deshaciéndome del cierre y liberando mi generoso busto. Íbamos a pasar todo el día en la playa, así que pensaba darle un poco de color a la zona.

Habría transcurrido aproximadamente una hora cuando un grupo de media docena de chicos apareció en la cala. Irrumpieron haciendo más ruido del que me hubiera gustado y dedicándome evidentes miradas indiscretas que me incomodaron ligeramente. Eran todos italianos y debían rondar los veintitantos. No tardaron en hacer migas con mi marido y mis primos, apuntándose al partido. Había avanzado bastante con el libro, así que dejé la lectura momentáneamente para ver cómo jugaban a fútbol.

—¡Gol! —gritó uno de los jóvenes tras anotar un tanto, mirándome descaradamente mientras se exhibía con poses chulescas.

El desconocido no tardó en llevarse una dura entrada de Dilan. Reí, satisfecha con el comportamiento sobreprotector de mi primo pequeño. Sin embargo, la cosa no quedaría ahí y el grupo de italianos lo rodeó, increpándole, pero él no se amilanó precisamente. No me gustó cómo se estaba caldeando el ambiente. Por suerte, Alejandro puso paz y las cosas no fueron a más. Dieron el partido por concluido.

Observé a mis cuatro hombres mientras se acercaban a las toallas. Me hizo gracia ver el rostro perplejo de Fer cuando me vio las tetas al aire. Alejandro no se sorprendió, pues no era la primera vez que hacía topless. Mis otros dos primos no parecieron darle mayor importancia.

Antes de comer aprovechamos para darnos un baño. Desde la orilla, donde se habían acomodado, los jóvenes italianos no dejaban de comerme con la mirada. Yo procuraba arrimarme a Alejandro, dejándoles bien claro que no tenían nada que hacer conmigo.

Tras el chapuzón preparamos la comida que habíamos traído en la pequeña nevera portátil. La tortilla de patatas nos sentó de miedo. Aprovechamos la sobremesa para echar unas partidas de cartas, antes de que Alejandro y Dilan se marcharan en busca de las colchonetas que nos habíamos dejado olvidadas en el coche.

De repente, la algarabía entre el grupo de italianos llamó mi atención, la de mis primos y la de la pareja de desconocidos. Mientras todos les mirábamos, los chicos empezaron a desvestirse, sin dejar de bromear, quedándose finalmente en pelota picada.

—¿Es una playa nudista? —preguntó Fer.

—No. Solo están haciendo el tonto —respondí mientras los veinteañeros se lanzaban al agua.

—Tata, tendrías que llevarnos a una —convino Siscu.

Me hizo gracia su comentario, como siempre.

—¿Por? —inquirí, sonriente.

—Ahí triunfaríamos —añadió, haciéndome reír.

—¡Que va! —repliqué—. Seguramente haríais el ridículo —le chinché jocosamente, sin pensar demasiado.

—¿Por qué? —Fernando pareció ofenderse.

—Porque no sois más que unos críos —bromeé con cierta malicia.

—Pero la tenemos grande —saltó el peque, provocando que me atragantara de la risa.

—¿Sí? ¿Los dos? —pregunté con picardía, observando cómo Fer volvía a ruborizarse—. Bueno, no sé, entonces tal vez no haríais el ridículo —admití, recordando lo bien dotado que estaba el más pequeño de mis primos de cuando lo había tenido que duchar hacía tan solo unos días.

El grupo nudista no tardó en salir del agua. Esta vez, de frente, en dirección al reguero de toallas y bañadores desperdigados que habían dejado por la orilla, me regalaron un bonito espectáculo: un muestrario de pollas italianas, de varios tamaños y formas. Había de todo. Lo cierto es que no me desagradaba lo que estaba viendo, pero concretamente me fijé en el chico que me había dedicado el gol con sus gestos chulescos.

El muchacho tenía una considerable tranca, gruesa y larga. Estaba circuncidado, lo que le profería aún mayor vistosidad, pues el glande, rosado y abultado, resaltaba en comparación con la blanquecina piel del resto del miembro. Además, estaba completamente rasurado, dando la sensación de tener un auténtico pollón. El afortunado veinteañero era guapo y tenía buen cuerpo, lo que hizo que, unido a las insinuaciones que me había proferido, me pusiera ligeramente cachonda.

—¿Qué hacen estos gilipollas? —soltó Dilan al regresar junto a mi marido y ver que los italianos se habían desnudado.

—Pues eso… —solté, restándole importancia, queriendo borrar de mi mente mis últimos pensamientos.

—Yo la hincho —afirmó Fernando, cogiendo una de las colchonetas, antes de que mis primos salieran corriendo para volver a meterse en el agua.

Alejandro se quedó conmigo en la arena, haciéndome compañía. Aprovechamos para conversar más detenidamente sobre la semana que habíamos estado separados. Aunque ya se lo había contado por teléfono, le detallé la noche que Dilan llegó borracho o la vergüenza que pasé cuando tuve que duchar a Siscu. Sin embargo, no le dije lo que había ocurrido con Fer. Había hecho una promesa a mi primo y no pensaba romperla ni siquiera con mi marido, para el que no tenía secretos.

Cuando regresamos al apartamento ya era tarde. Estábamos realmente cansados de pasar todo el día fuera, en la playa, así que ni siquiera cenamos. Vimos un rato la tele y no tardamos en irnos cada uno a nuestra cama.

Día 9. Domingo.

No me podía creer que ya fuera domingo. El fin de semana llegaba a su fin y me daba la impresión de que no había podido disfrutar de mi marido lo suficiente. En unas horas se volvería a marchar y estaríamos otros cuatro largos días sin vernos.

Tras pasar la mañana en la piscina del apartamento, Alejandro se fue después de comer. Yo aproveché para tener una charla con Dilan en la habitación de matrimonio mientras mis otros dos primos veían la televisión en el salón.

—¿Me harías un favor? —le pregunté, sentada en la cama frente al veinteañero, que estaba de pie con la cabeza gacha.

No me contestó. Simplemente alzó el rostro para mirarme, quedándose a la expectativa.

—Quisiera pedirte que hoy no salieras —continué, viendo cómo Dilan comenzaba a dibujar una sonrisa ladina—. Alejandro acaba de irse y estoy algo tristona… Esta noche no quiero quedarme sola cuando tus hermanos se acuesten.

Aunque era cierto que la marcha de mi marido me apenaba, en realidad lo que quería era pasar más tiempo con mi primo para seguir acercándome a él y alejarle de las tentaciones de la noche, haciendo todo lo posible para continuar recuperando al buen chico que siempre había sido.

—¿Otra noche sin salir? —contestó con cierto desprecio, sorprendiéndome, pues no me lo esperaba—. Hoy pensaba pillarme una buena turca —prosiguió solemnemente, haciéndome callar con un gesto cuando intenté replicar—. Sin embargo, mi querida prima mayor —hizo notar el tono sarcástico de su discurso—, a la que estaba tan unido hasta que decidió apartarme de su vida —me culpó claramente—, me pide que me quede en casita con ella para ver dibujos animados… —satirizó con desdén.

—Dilan…

—¡No, calla! —alzó la voz más de lo que me hubiera esperado, temiendo que sus hermanos se asustaran—. Hoy pienso salir —volvió al tono sosegado y perturbador.

—Pero…

—¡Que te calles, joder! —me puso la piel de gallina—. Ahí fuera me esperan mujeres con las que me divierto más que contigo —sonrió con una mueca burlesca—, puedo pillar unos gramos para olvidarme de que estoy pasando unas vacaciones de mierda —consiguió hacerme sentir mal— y con un poquito de suerte me encuentre con algún gilipollas al que partirle la cabeza para entretenerme —se le hincharon las venas del cuello, llegando a asustarme—. Tú no tienes nada que ofrecerme.

—Quédate y…

Ciertamente, no tenía nada que ofrecerle.

—… nos emborrachamos juntos —le propuse sin pensar, a la desesperada, queriendo evitar cualquiera de las horribles cosas que había dicho y que me habían revuelto el estómago.

El veinteañero rio a carcajadas. Temí que se estuviera cachondeando de mí. Pero, tras unos segundos de una tensión brutal, inexplicablemente aceptó. El temblor de piernas que aún tenía me hizo dudar, cavilando si me estaba equivocando y todo este tema se me estaba yendo de las manos. Había jugado a ser la hermana mayor del niño descarriado y empezaba a pensar que tal vez no debía haber asumido tanta responsabilidad.

—¿Qué quieres tomar? —me preguntó Dilan cuando sus hermanos se fueron a la cama.

—Lo mismo que tú —quise ponerme a su altura.

Aunque seguía bebiendo de forma esporádica, mis años de juventud en los que solía salir de fiesta y toleraba el alcohol bastante bien habían quedado atrás. Si además le sumaba la mezcla de distintas bebidas que Dilan se encargó de preparar, no era de extrañar que me emborrachara mucho más rápido que él. Lo bueno es que nos desinhibimos. Reímos muchísimo recordando viejos tiempos y no paramos de hacer bromas a cada rato. Pasamos una noche realmente divertida.

—¿Y qué me dices de cuando fuimos de viaje a Italia? —recordé—. ¿Tú qué tendrías, 8 años? —reí.

—Más o menos… ¡vaya pillo estaba hecho!

—Sí —ahora solté una carcajada—, ¡cómo intestaste ligar con aquella chica que debía sacarte por lo menos 10 años! —se me saltaban las lágrimas.

—Sería de tu quinta —él también reía.

—Es que realmente era guapa… pero qué gracia nos hizo a todos cuando te fuiste todo decidido a hablar con ella.

—Y casi me la ligo.

Me desternillé de la risa. Todos recordábamos como la chica lo rechazó sutilmente, dándole un beso en la mejilla y alejándose rápidamente. Pero él siempre había dicho que se fue porque tenía prisa, pero que a cambio le dio un beso por si luego volvían a verse.

—Hablando de italianos… quiero confesarte una cosa —anunció Dilan.

—Vaya, esto se pone interesante —sonreí.

—Si ayer en la cala no me llega a parar Alejandro, mato al Mario Bros ese que te dedicó el gol.

Me hizo reír, pues no me esperaba que la confesión fuera esa.

—No será para tanto.

—Te lo digo en serio. Estaba encendido…

—¿Pero te habrías enfrentado a todos?

—No lo dudes. Y me los habría llevado por delante.

Sabía que estaba exagerando, pero dudaba de si mi primo realmente lo habría intentado. Me lo imaginé peleando con el grupo de italianos y se me puso mal cuerpo, incluso tuve una ligera náusea. Pero dibujé en mi mente que conseguía darles una paliza mientras mi marido miraba sin mover ni un dedo y me sentí un tanto abrumada. Ese pensamiento me excitó levemente, supuse que ayudada por el alcohol ingerido, así que lo borré de mi cabeza rápidamente.

—Hablando de confesiones… —repliqué—. A qué no sabes lo que me pasó con Fer.

Estaba borracha y no recordé que lo sucedido con mi primo pequeño era un secreto entre ambos. Le conté a Dilan que había encontrado a su hermano a punto de masturbarse usando una de mis prendas íntimas.

—¡Pero eso es buenísimo! —soltó, entusiasmado.

—¡Chis! —le pedí silencio, sin dejar de reír.

—¿Sabes lo que podrías hacer?

—¿El qué?

—Calentarle un poco…

Creo que en toda la noche no había reído más que con ese comentario. Mi primo me estaba proponiendo una locura y, a pesar de eso, a mí me pareció divertido. Aunque era consciente de que no debía hacerlo.

—No puedo…

—Vamos, mujer. Es solo para reírnos un rato.

—¿A su costa? —me enfadé.

—¿Crees que él no lo va a disfrutar?

—Eso es verdad —reí, recordando todas y cada una de las miradas y caricias que me había dedicado Fer en tan solo una semana que llevábamos de vacaciones.

—Venga, juegas un poco con él y ya está. A ver cómo reacciona…

—Pero es solo un juego… —aclaré.

—Sí, claro. Pero espera a que me haya levantado que no quiero perdérmelo.

—¡Uy! ¿Qué hora es? —reaccioné, pensando que debían ser altas horas de la madrugada.

Se nos había pasado el tiempo volando entre recuerdos, risas, bromas, confesiones y un acuerdo que jamás hubiera sido posible de no haber estado bebida. Decidí que ya era demasiado tarde y di la fiesta por concluida. Nos fuimos a la cama. Esa noche volvía a acostarme con Dilan y, aunque no sé quién de los dos se durmió primero, imaginé que ambos caímos en un profundo sueño en tan solo unos segundos.

Día 10. Lunes.

Me desperté con un ligero dolor de cabeza. A mi lado, roncando como no lo había oído nunca, estaba Dilan. Supuse que debido a la borrachera de la noche anterior no llegó a ponerse los pantalones de deporte que había usado anteriormente para dormir conmigo, pues la única prenda que llevaba era uno de sus típicos bóxers ajustados. Me fijé en cómo el calzoncillo le marcaba claramente la silueta de su miembro. Aunque parecía estar flácido, no me dio la impresión de que fuera un pene precisamente pequeño. Me intrigó el extraño bultito que parecía tener en el glande.

¡¿Pero qué narices hacía mirándole el paquete a mi primo?! Arrepentida, rápidamente me alcé de la cama con intención de ponerme el bikini y salir a la piscina donde seguramente ya estarían los peques, pues me había quedado dormida y era más tarde que de costumbre. Un ligero mareo me sobrevino al levantarme demasiado deprisa.

—¡Buenos días, tata! Vaya horas… —rio Siscu.

—No grites, por favor… —le pedí.

Como había supuesto, mis dos primos ya estaban metidos en el agua. Me dirigí a la tumbona que estaba bajo la sombra del pino y me senté, recogiendo el pote de protector solar.

—¿Quieres que te ayude? —me preguntó Fer.

—¿Cómo? —No sabía a lo que se refería.

—Puedo ponerte crema, si quieres —se puso rojo una vez más.

Aún con la mente obnubilada por los efectos de la resaca, sonreí cautelosamente. Iba a rechazar su propuesta cuando recordé el estúpido acuerdo al que había llegado con su hermano mayor. No había sido más que una consecuencia del alcohol ingerido por ambos, así que pensé que tampoco tenía porqué cumplir. Sin embargo, también me vino a la mente la promesa que había roto, sintiéndome completamente culpable por ello. Esa sensación de traición hacía que me sintiera en deuda con Fer así que…

—Venga, vale —acepté finalmente.

Esta vez en la tumbona, volví a ponerme de espaldas a la espera de que mi primo empezara la nueva sesión de masaje para esparcirme la crema por todo mi cuerpo. Las manos de Fernando comenzaron a estrujarme el cuello, haciendo que su fuerza se aplacara a medida que sus dedos se deslizaban a través de mi cremosa piel, provocándome un agradable gustito. Sin duda parecía más ducho que la semana anterior. Cerré los ojos y le dejé hacer.

—¿Brazos también?

—Sí… —le contesté sin pensar, ligeramente en trance.

Mi primo pequeño bajó por mis hombros, expandiéndome la crema hasta llegar a las manos, donde se entretuvo jugando con mis dedos, entrecruzándolos con los suyos. Me hacía sonreír.

Regresó a mi espalda, esta vez empezando por la parte de abajo. Con ambas palmas en completo contacto con mi piel, inició el camino desde la cintura, comenzando a subir hasta llegar a la tela de la parte de arriba del bikini. Fer metió ambas manos bajo la tira y se desplazó hacia los laterales, entrando en contacto con el inicio de mis pechos, regalándome un delicioso masaje en los costados de mis tetas, que sobresalían más de lo debido al estar aplastadas contra la tumbona.

—Uf —resoplé sutilmente, acalorada—. Ya puedes pasar a las piernas —le insté, despertando de mi estado de letargo para detener sus aviesas intenciones.

Nuevamente sumiso, mi primo me hizo caso. Colocando disimuladamente una mano en mi trasero, con la otra recogió el frasco de crema para volver a echarme un par de cuantiosos chorros a lo largo de mis piernas.

—Apóyate bien, no te vayas a caer —bromeé.

—Perdona —se disculpó con voz temblorosa, retirando la mano rápidamente.

No le pude ver la cara, pero estaba convencida de que debía estar completamente ruborizado. Al que sí tenía controlado era al peque, que seguía en el agua, a su bola, ajeno a lo que estaba pasando.

Fer volvió a posar ambas palmas sobre mis muslos y comenzó un extraño movimiento de dentro a fuera que hacía que mi vagina friccionara contra la tela del bikini, provocándome un ligero gustito inesperado. Por un momento temí que media raja se saliera fuera de la prenda, quedando a la vista de mi primo pequeño. Por suerte el chico se fue desplazando hacia mis pies, donde comenzó un masaje similar al que me había regalado en las manos.

—No creo que ahí me vaya a quemar —le reproché jocosamente.

El adolescente rio y dejó de tocarme. Aproveché para darme la vuelta y quedarme boca arriba, de cara a mi primo. Me fijé en él, que parecía alterado. Estaba ligeramente encorvado y no me equivoqué al suponer el motivo. Fer intentaba disimular el sospechoso bulto que claramente se atisbaba en su entrepierna. Sin duda, lo tenía completamente cachondo.

Pensé en parar la situación, pero ya que había conseguido calentar a Fer cumpliendo el acuerdo con su hermano mayor, me pareció una estupidez que Dilan no fuera testigo. Miré hacia el apartamento con la esperanza de ver al veinteañero, pero no había nadie. Tras unos segundos de duda, finalmente decidí alargar el momento un poco más.

—¿Quieres seguir por delante? —le ofrecí continuar con los toqueteos.

—Claro. —Me hizo sonreír al ver que el rubor volvía a pintarle el rostro.

Ya que estaba junto a mis pies, el chico prosiguió con mis piernas. Prácticamente no hizo falta que me echara más crema, pues aún sobraba toda la que mi piel no había podido absorber. Se recreó en las fricciones, sobre todo en la parte alta de mis muslos, ya muy cerca de mi entrepierna. Sentí cómo en un par de ocasiones rozó la tela de mi bikini, con lo que se podría decir que prácticamente estaba acariciando mi sexo. Con cierto disimulo, cerré las piernas con parsimonia, obligándole a apartar los brazos.

—Échame un poco por aquí y ya está —le insté a que terminara con la parte que le faltaba.

Mientras Fer lanzaba un chorretón de crema sobre mi ombligo, observé a Dilan acercándose a la cristalera del salón, mirando en dirección a la piscina. Era el momento que había estado esperando. Sin querer pensar demasiado, con la adrenalina chorreándome a borbotones, me aventuré a llevarme las manos a la espalda.

El quinceañero estaba restregándome la crema por los costados de mi vientre cuando me deshice de la parte de arriba del bikini. Fue súper gracioso ver cómo abría los ojos, se le desencajaba la mandíbula y se le incendiaban las mejillas al observar mis pechos descubiertos tan de cerca. Las manos del chico comenzaron a temblar y se quedó paralizado.

—¿Estás nervioso? —le pregunté con cierta picardía.

Fer no dijo nada, solo tragó saliva, provocándome una ternura inusitada.

—Me imagino que ya has visto otras tetas antes —inquirí con cierta malicia.

El chico movió la cabeza afirmativamente, sacándome una sonrisa.

—¿Y alguna vez has tocado unas? —me lancé, ya completamente metida en el papel.

Ahora negó, nuevamente con un gesto de cabeza, haciéndome reír.

—Pero, a ver, dime, ¿tú has tenido novia alguna vez? —le pregunté sin dejar de sonreír, haciendo que hasta las orejas de mi primo se pintaran de rojo.

—Me he en… en… rrollado con una, pero nad… nada más. —se trastabilló un par de veces, aunque me sorprendió, pues no esperaba que me respondiera.

—Hacemos una cosa —propuse, casi susurrándole—, si quieres puedes aprovechar para ponerme crema —le sonreí con dulzura—. Y así practicas, ¿vale?

—Vale.

—Pero esto ha de quedar entre nosotros. No puede enterarse nadie. Ni tus hermanos ni, sobre todo, el primo Alejandro. Formará parte de nuestro secreto.

El adolescente no hacía más que afirmar moviendo la cabeza de arriba abajo con una expresión asustadiza que poco a poco se iba tornando pícara. Eché un rápido vistazo hacia atrás, asegurándome de que Siscu seguía metido en el agua.

—Pues corre, aprovecha que el peque está despistado —le insté, sonriente, mientras seguía controlando cómo Dilan nos observaba.

Fer, con un tembleque más que evidente, apenas me rozó uno de los pechos.

—Guau… —suspiró, haciéndome reír.

—¿Y la crema? —pregunté en tono de reproche, pero divertida con la situación.

Yo misma cogí el frasco y deposité un poco en cada pecho, dejando el resto de la tarea para mi primo. El chico se recreó, esparciendo el protector solar con el dedo índice, deslizándose en círculos alrededor de mis pezones, ya completamente rígidos, siguiendo el camino que mis oscuras areolas le marcaban. No tardó en sobarme toda la extensión de mis considerables senos con las palmas completamente abiertas, olvidándose de la crema para simplemente meterme mano descaradamente.

—¿Te gusta? —pregunté con malicia, sabedora de la respuesta.

—Sí… —balbuceó, momento en el que aprovechó para pellizcarme ligeramente uno de los pezones.

—¡Eh! —me quejé, apartándole con un manotazo en el brazo.

—¿Ya está? —soltó sin darle mayor importancia—. Gracias, Vero. —Y se marchó hacia el agua corriendo, aunque ligeramente encorvado, antes de que pudiera recriminarle el gesto, dejándome con cara de tonta.

Miré una vez más hacia el apartamento y vi a Dilan riéndose a carcajadas. Me alcé, molesta, y fui para él.

—¡Apoteósico! —concluyó sin dejar de reír.

—Ya te has divertido bastante —le reproché, marchándome hacia mi cuarto y dejándole claro que simplemente había cumplido con el trato que alcanzamos la noche anterior.

De frente al espejo del lavabo, me lavé la cara con agua fría. Estaba molesta conmigo misma puesto que, por mucho que quisiera obviarlo, era más que evidente que la situación con Fer mientras Dilan nos miraba me había gustado demasiado. No sabía si habían sido los toqueteos del quinceañero o el juego con el mayor de edad, pero lo cierto es que me había calentado. Tenía ganas de sexo. Pensé en Alejandro y lo duros que podían ser los siguientes días antes de volver a verle.

El resto de la jornada la dediqué a intentar normalizar la situación. Recapacité, dándome cuenta de que, al fin y al cabo, no había pasado nada del otro mundo. Tal vez debía asumir que los chicos ya no eran tan niños y que yo tampoco era de piedra. Esa idea me hizo sonreír, sintiéndome orgullosa de tener unos primos pequeños tan guapos y, por qué no decirlo, de ser capaz de atraerlos.

Por supuesto, no le conté nada de lo sucedido a Alejandro.

Día 11. Martes.

Me levanté con energía. Había aparcado todo posible rastro de culpabilidad por lo ocurrido el día anterior con Fer y Dilan y me disponía a organizar una jornada de limpieza. Aunque mis primos eran bastante cuidadosos y yo solía tenerlo todo organizado, lo cierto es que llevábamos más de una semana en el apartamento y algunas tareas del hogar comenzaban a ser indispensables.

En principio los chicos protestaron ante mi iniciativa, pero finalmente colaboraron sin mayor problema, tal y como habíamos quedado al comenzar las vacaciones. Baños, cocina, suelo, polvo… entre los cuatro nos lo ventilamos todo relativamente rápido.

Tras una mañana ajetreada, pasamos la tarde relajados echando unas partidas a la Wii. Dilan incluso aprovechó para echar una siesta en una de las hamacas del patio. Cuando llegó la noche, después de cenar unos bocadillos en el apartamento, nos dirigimos a la playa, donde el ayuntamiento del pueblo había organizado una serie de sesiones de cine al aire libre. Ese día era la inauguración y pensé que sería divertido ir con los chicos.

Me alegré de que también se apuntara Dilan, pero el veinteañero desapareció en cuanto tuvo ocasión y no volví a saber de él hasta que regresó al piso, cuando sus hermanos ya dormían.

—Me has dejado tirada en el cine —le reproché de buenas maneras, no queriendo importunarlo.

—Pues ya somos dos —se quejó.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, olvídalo.

Solté un chasquido de disgusto.

—¿Ya estamos otra vez? —forcé un gesto de hastío, casi poniendo los ojos en blanco.

—Quieres que te lo cuente, ¿no? —sonrió.

—¿Tú qué crees?

—Me he encontrado con mi amiguita en la playa, que también había ido a ver la peli…

—Lo suponía… —le sonreí.

—Ya sabes que la carne es débil… y no he podido resistirme…

—Uhm… ¿y qué ha pasado? —pregunté, intrigada.

—Ahora tendrás que ponerle dos rombos a la conversación.

Me hizo reír y, sin perder la sonrisa, gesticulé juntando los dedos de ambas manos para crear la forma de un rombo.

—Pues digamos que no tengo ni idea de qué va la película.

Ahora me hizo reír a carcajadas.

—¿Y para eso necesitabas los dos rombos? —me quejé, haciéndole sonreír.

—Digamos que la tía se ha ido calentita a casa…

—¿Y tú? —pregunté espontáneamente, sin pensar.

—¿Tú qué crees? La hija de puta me ha dejado a medias.

No sabía si reír, mosquearme con la chica, con mi primo o cortar la conversación. Pero antes de tomar una decisión, Dilan prosiguió.

—La tía ha comenzado a hacerme una paja, pero luego no sé qué cojones le ha dado que se ha pirado antes de que acabara la peli poniendo una excusa de mierda. O sea que sí, vengo con el calentón.

—Vaya, vaya… así que vienes con dolor de huevos —bromeé—. ¿Los tienes cargaditos? —me cachondeé de él, acercándome a mi primo mientras alargaba un brazo simulando que iba a agarrarle el paquete.

Él se retiró, evitándome, no queriendo entrar al trapo. Tras un par de bromas más por mi parte, se hizo el silencio.

—Bueno, me voy a la cama —afirmé mientras me dirigía a la habitación de matrimonio, donde me esperaba Fer—. Te dejo solo —le guiñé un ojo, insinuándole que si quería podía masturbarse para quitarse el calentón.

Dilan no me contestó, solo sonrió con cierta picardía.

Acostada junto al adolescente, un ligero cosquilleo en la entrepierna me impedía conciliar el sueño. Tenía ganas de juerga una vez más. No sabía si era el calor, las vacaciones o la ausencia de mi marido, pero lo cierto es que últimamente iba más salida que de costumbre.

Me removí, inquieta, quedándome de costado frente a mi primo. Sin duda me habría masturbado si no fuera por su presencia. Pensé en Dilan. ¿Se estaría haciendo una paja? Esa idea no ayudaba a relajarme. Observé detenidamente a Fernando y lo vi incluso más atractivo que de costumbre. Fue entonces cuando dudé si lo que me tenía alterada también podía ser la presencia de mis primos.

Cerré los ojos, obligándome a pensar en Alejandro, hasta que me dormí, construyendo imágenes en mi mente que, unas tras otras, se juntaron para acabar formando una historia. Un sueño húmedo, lleno de sexo. Una dulce pesadilla en la que me liaba con el chico italiano de la cala.

Sin duda, necesitaba follar imperiosamente.

Día 12. Miércoles.

Cuando me desperté me di cuenta de que estaba sola. Aunque era temprano, no me pareció raro, pues Fer siempre era el primero en levantarse. Me alcé y, tras cambiarme, me dirigí al salón. No había nadie. Extrañada, salí al exterior atravesando la puerta corredera y me encontré a los dos menores cuchicheando en la piscina.

—¿No habéis desayunado? —inquirí, ligeramente desconcertada.

—Sí, nos hemos preparado unas tostadas —contestó Fer.

—¿Y los deberes? —me dirigí a Siscu, que gesticuló haciéndose el tonto.

Los dos hermanos se separaron, comenzando a nadar cada uno por su lado. Tuve la sensación de que pasaba algo raro, pero no le di mayor importancia.

—Está bien —me resigné mientras volvía al apartamento para prepararme un café.

Pocos minutos después me encontraba en el agua junto a mis dos primos pequeños.

—¿Hoy no haces topless? —me descolocó Fernando, ruborizándose como siempre, mientras el peque reía a carcajadas.

—¿Por?

—No sé…

Si tenía alguna estratagema, no se la había currado demasiado. Me hizo reír interiormente.

—¿Solo haces cuando está Alejandro? —me preguntó Siscu.

¡Menudas ocurrencias tenía mi primo!

—No —le contesté, sonriendo, totalmente desconcertada con la conversación.

—¿Entonces? —insistió Fer.

—Pues no sé…

—¿Es que no quieres delante de nosotros? —me presionó Siscu.

—No es eso…

En parte sí lo era. Normalmente no habría tenido ningún problema en hacer topless delante de mis primos, pero después de todo lo que había pasado con Fer prefería no hacerlo. No obstante, no me gustó que los chicos se quedaran con esa impresión. Decidí rebajar el tono de la conversación con una broma.

—A ver —sonreí, traviesa—, me quito la parte de arriba si vosotros también os desvestís.

Ni me había planteado la posibilidad de que se lo tomaran en serio. Sin embargo, los dos hermanos me sorprendieron.

—¡Vale! —aceptaron al unísono, sacándose los bañadores y lanzándolos fuera de la piscina.

Mi rostro debió reflejar la tremenda perplejidad por la reacción de mis primos. Tras unos segundos de incredulidad total, fui consciente de estar en el agua junto a dos niños totalmente desnudos y no pude evitar reírme descontroladamente. ¡Vaya tela con los dos pequeños!

—Bueno, supongo que entonces debo cumplir —sonreí, procurando no darle mayor importancia, mientras me sacaba la parte de arriba del bikini, entretenida con la situación.

Alcé la prenda con una mano y, tras un par de vueltas para coger impulso, la lancé junto a los bañadores masculinos.

—¡Olé! —vitorearon Siscu y Fer, divirtiéndome.

—Oye, pero no es justo que nosotros estemos desnudos y tú no —apuntilló el peque.

—Os habéis quitado los bañadores porque habéis querido —me quejé.

—No, porque tú nos lo has pedido —matizó Fer.

¿Yo se lo había pedido? Qué mal sonaba eso. No tenía la sensación de que realmente hubiera ocurrido de ese modo, pero tal vez tenía un poco de razón. Tuve la impresión de que la cosa comenzaba a descontrolarse ligeramente. ¿Qué hacía medio desnuda metida en una piscina junto a mis primos pequeños completamente en pelotas? Y lo peor era que me lo estaba pasando rematadamente bien a pesar de las circunstancias.

Pensé una vez más en mi marido y en las tremendas ganas que tenía de volver a verlo para echarle un buen polvo. Pero eso tendría que esperar aún. Mientras, no me pareció tan mal divertirme un poco para amenizar la espera. Eso o me volvería loca. Después de todo, estaba claro que no iba a pasar nada.

—Vale —acepté.

No me lo creía ni yo, pero ni corta ni perezosa tiré de la única prenda que me quedaba, deslizándola a través de mis largas piernas para finalmente quedarme íntegramente desnuda bajo el agua.

Mis primos se comportaban con total naturalidad. Parecía que lo de desvestirse en la piscina con una treintañera como yo lo hacían todos los días. Comenzamos a jugar como normalmente. Aguadillas, empujones, carreras y agarrones. Pero, claro, estábamos desnudos y los roces eran tan inevitables como constantes.

—¡Oye! —me quejé con la primera sobada de teta totalmente descarada.

Siscu solo reaccionó sonriendo con pillería y alejándose rápidamente a nado del lugar del crimen, como si no hubiera sido nada más que una chiquillada. Mas esa solo fue la primera metida de mano. A medida que los chicos se iban envalentonando, a pesar de mis jocosas reprimendas, yo más me iba acostumbrando. Pero lo que más gracia me hacía era cuando en alguno de los forcejeos me golpeaban sin querer con sus grandes y duros miembros. Sabía que Siscu estaba bien dotado, pero me dio la impresión de que Fer no tenía absolutamente nada que envidiarle.

De repente, divisé la figura de Dilan al otro lado del cristal de la corredera, observándonos. El corazón me dio un vuelco, tanto por el susto al no esperármelo como por la sensación de haber sido pillada haciendo algo malo.

—Bueno, chicos, creo que ya es suficiente —les corté el rollo.

Los dos hermanos se quejaron. Sin duda se lo estaban pasando mucho mejor que bien.

Les pedí que salieran ellos primero, pues no quería mostrarme en cueros, y no pareció importunarles emerger del agua completamente empalmados como estaban. Era la primera vez que veía a Fer desnudo y, aunque no pude fijarme bien debido a la abundante pelambrera que tenía en el pubis, me dio la impresión de que poseía una polla tremendamente grande. Aún así, no tenía del todo claro si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, pues empezaba a excitarme pensar que, con lo guapo que era, mi primo adolescente tuviera una buena verga. Comenzaba a sentirme ligeramente descontrolada.

Observando a los pequeños alejarse, instintivamente, me llevé una mano a la entrepierna. Estaba nuevamente excitada, pero mucho más que los últimos días. Tenía la impresión de que, mientras no me desahogara, los calentones parecían acumularse, aumentándome la libido un poco más cada vez. Me apeteció muchísimo tocarme, pero en seguida me di cuenta de que el mayor de edad no me quitaba ojo. A duras penas reprimí las ganas de masturbarme bajo el agua. Por supuesto, no quería hacerlo mientras Dilan me miraba.

Aunque le conté lo ocurrido a Alejandro esa misma tarde cuando hablé con él por teléfono, lo cierto es que obvié los detalles más escabrosos. Como si todo hubiera sido una broma, le narré cómo habíamos acabado desnudos bajo el agua de la piscina, pero me callé lo que había pasado dentro y, sobre todo, lo que había sentido y experimentado en mis propias carnes.

Si algo bueno tenía todo lo que estaba sucediendo con mis primos, era que mi relación con ellos incluso había mejorado. Había más confianza y complicidad entre nosotros. Sin que las cosas se salieran de madre, se había vuelto habitual que me soltaran piropos sin rubor o que, con cierto disimulo, buscaran sutiles roces conmigo. Yo disfrutaba de la situación procurando no darle mayor importancia. Había pasado de sentirme extraña e incómoda debido a los inesperados acontecimientos a sentirme como flotando en una nube gracias a la juvenil testosterona de los críos. De hecho, ¿a qué mujer no le gusta sentirse deseada?

Día 13. Jueves.

—¡No me jodas! —reaccioné a la mala noticia.

Tras pasar la mañana en la piscina, estaba preparando la comida cuando recibí la llamada de mi esposo. Al parecer había surgido un problema en la empresa y Alejandro debía trabajar el viernes hasta tarde.

—Pero vendrás aunque sea de noche, ¿no? —quise saber, ciertamente preocupada.

—No me apetece darme el palizón. Saldré el sábado por la mañana, temprano.

—¡Mierda! —mascullé.

Estaba cortando una cebolla para el sofrito cuando, supongo que debido al disgusto, se me escapó el cuchillo y me llevé un buen tajo en el dedo. La sangre comenzó a emanar a borbotones y tuve que dejar la conversación a medias, casi sin despedirme y colgando repentinamente.

—¡Dilan! —grité.

El veinteañero corrió en mi auxilio, ayudándome a detener la hemorragia con servilletas de papel. Mientras me presionaba la herida, pensé en Alejandro. Estaba ansiosa esperando su llegada y se me hizo duro asumir que debía aguantar un día más sin el alivio de un orgasmo. Me mareé ligeramente, dejándome caer y encontrando apoyo en el cuerpo de mi primo.

—¿Estás bien, Vero? —pareció preocuparse.

—Sí, es solo que… estoy bien —procuré forzar una sonrisa.

Dilan me curó, poniéndome un pequeño pero aparatoso vendaje en el dedo de la mano derecha, imposibilitándome terminar de hacer la comida. Por suerte los chicos se encargaron.

Por la tarde teníamos previsto ir a la playa, pero a mí no me apeteció debido a las molestias que sentía en el dedo por el corte que me había hecho. Puesto que Siscu insistió, dejé que los tres hermanos se fueran mientras yo me quedaba en el apartamento reposando.

Una vez a solas, pensé en hacerme una paja para aliviarme al fin. Pero maldije mi suerte por tener maltrecha la mano hábil. Intenté hacerme un dedo con la izquierda, mas no me sentí cómoda y lo dejé estar, ligeramente malhumorada. Estaba enfadada conmigo misma por ser tan torpe, pero también con Alejandro por retrasar su llegada. Incluso, aunque no tenían ninguna culpa, la tomé con mis primos pequeños. Simplemente estaba molesta con el mundo.

—¡Hola tata! ¿Cómo estás? —me saludó efusivamente Siscu, entrando directamente a mi encuentro cuando volvieron de la playa.

—Bien, cielo. —Su cariño aplacó ligeramente mi mal humor.

Les pregunté por cómo había ido y, tras una conversación en la que me explicaron lo que habían hecho en la playa, les pedí que se fueran a la ducha. Mientras Fer ocupaba el baño común, Dilan usó el de mi dormitorio. Siscu y yo nos quedamos charlando un rato más.

—¿Podrás bañarte con eso? —me preguntó el peque, refiriéndose a la herida.

—Pues tendré que probarlo —dudé.

—¿Te duele?

—Sí. Y es molesto —me quejé.

—Si quieres, puedo ayudarte.

—¿A qué? —pregunté, completamente desconcertada.

—A ducharte.

Reí a carcajadas debido a la completamente inesperada proposición de mi primo pequeño.

—Te lo debo —me sonrió con picardía, haciendo que aún riera con más ganas.

—Gracias, pero creo que mejor no —me negué.

—¿Qué pasa, te da vergüenza?

¡Joder con el mocoso! Sin duda me estaba poniendo a prueba. Me sentí tentada a entrar en su juego, pero no quise picar. Iba a rechazarle definitivamente, cuando prosiguió con la argumentación.

—No tienes que preocuparte porque te vea, que soy tu primo y hay confianza —dibujó una mueca de suficiencia.

No me podía creer que el peque estuviera usando mis mismas palabras para convencerme, tal y como hice yo con él la semana anterior. Sin duda, al menos me estaba divirtiendo y había conseguido despertarme la curiosidad.

—La diferencia es que yo sí seré la primera mujer que verás desnuda. ¿Me equivoco?

—Vero, que tengo internet en casa…

Reí nuevamente a carcajadas. Mi primo tenía un don para eso.

—Vale, está bien —acepté finalmente, risueña, sin saber muy bien hasta dónde pretendía llegar con todo esto.

Con la estúpida excusa de cambiarme el vendaje mientras Siscu se duchaba, conseguí colarme en el cuarto de baño junto a mi primo pequeño sin levantar mayores sospechas entre los otros dos hermanos. Lo cierto es que la sensación de estar cometiendo una travesura me estaba provocando un nerviosismo placentero que hacía que me lo estuviera pasando exageradamente bien.

—¡Joder, peque! —me sorprendió al bajarse repentinamente el bañador, mostrándome su lustroso cipote completamente erecto.

—¿Te ayudo a desnudarte? —me preguntó mientras se deshacía de la prenda, pateándola para lanzarla a un lado del lavabo.

—¿Hacía falta que te desnudaras tú? —le recriminé con parsimonia, mientras comenzaba a desvestirme sin mayores problemas a pesar de las molestias en el maltrecho dedo.

—Vamos a ducharnos juntos, ¿no? —fue bajando el tono de su voz a medida que veía cómo me desprendía de la camiseta y luego de los pantalones.

Sin tener muy claro lo que estaba haciendo, me planté en ropa interior frente a mi primo, que se había quedado sin habla, completamente embobado, observándome. Aunque no le estaba enseñado más de lo que había visto durante todos los días de vacaciones, estaba claro que la situación era mucho más morbosa y lo había impresionado. Eso me animó a seguir adelante.

Me deshice del sostén y comprobé cómo la verga del peque se estremecía, dando un respingo y pareciendo adquirir aún un mayor volumen, si es que eso era posible. La cara se le puso blanca. Supuse que toda la sangre se le había ido a la entrepierna y por un momento temí que se desmayara. Cuando me bajé las bragas, mostrando la fina y cuidada línea de vello que cubría mi pubis, la rechoncha polla del niño ya babeaba, haciendo oscilar un colgante hilo de abundante líquido preseminal.

Me dirigí a la ducha. El menor de edad me siguió con la mirada, pero no se atrevió a mover un solo músculo. Lo tenía hipnotizado. Y esa sensación de control me hacía sentir tremendamente poderosa.

—¿Vienes? —le pregunté mientras dejaba caer el agua de la ducha sobre mi cuerpo.

Mi primo balbuceó un monosílabo incomprensible, provocándome una oleada de ternura. Al fin y al cabo, no era más que un crío.

—Vaya, ayer en la piscina eras más valiente —le piqué, a ver si reaccionaba.

—Ya… —soltó, aún con el rostro pálido debido al susto de verme completamente desnuda.

—¿Me ayudas? —le propuse, enseñándole el bote de gel.

Pero el chico no me sorprendió, negando con la cabeza. Como supuse, debía estar aterrado. Dejé caer un chorro de jabón entre mis pechos y le di una última oportunidad.

—¿Estás seguro? —le insistí mientras el gel se deslizaba por mi cuerpo, en dirección a mi vagina.

El chico no se atrevió. Volvió a balbucear y yo me llevé una mano a la entrepierna para aseármela. Observé cómo los enormes huevos de Siscu se retraían, haciendo que el mástil se retorciera, dejando caer al suelo del baño el copioso hilo de líquido preseminal. Esa visión y mis propios roces estuvieron a punto de jugarme una mala pasada. Estuve muy cerca de dejarme llevar, masturbándome delante del peque. Pero me contuve. Seguí enjabonándome el resto del cuerpo, acariciándome disimuladamente para darme placer, pero nada más.

—Te toca —le advertí una vez concluida la ducha mientras pasaba a su lado, en dirección a la ropa para volver a vestirme.

No tardé en dejarlo solo. Ya no sé si se hizo una paja pensando en mí, pero sospeché que sí. Y, ciertamente, me gustaba pensar que así había sido.

Día 14. Viernes.

Me desperté completamente empapada en sudor. Prácticamente no había pegado ojo, pues la llegada de Alejandro se acercaba y empezaba a no parar de darle vueltas a todo lo que había pasado durante la semana. Aunque le había contado a mi pareja la borrachera que pillé con Dilan o parte de lo acaecido el miércoles con los dos pequeños en la piscina, por supuesto le había ocultado el resto de acontecimientos.

Si bien es cierto que tenía asumido lo que había sucedido con Fer, quedando como un secreto entre Dilan y yo del que Alejandro jamás se enteraría, lo ocurrido con Siscu me tenía preocupada. No es que me sintiera culpable, pues tampoco consideraba que hubiera pasado nada grave, pero no sabía cómo se lo podría llegar a tomar mi marido si decidía contárselo.

Miré la hora. Aún era temprano. Probablemente ni Fernando se habría levantado. Observé al más pequeño de mis primos, que dormía a mi lado, y le di un liviano golpe para despertarlo. El niño siguió durmiendo, con lo que probé a zarandearlo levemente.

—Peque… —susurré— Siscu… —insistí, alzando la voz ligeramente, hasta llamar su atención.

—¿Qué pasa? —sollozó, desperezándose.

—Tenemos que hablar.

Le di una pequeña charla con el objetivo de asegurar que lo que pasó el día anterior en el cuarto de baño quedaba como una anécdota sin mayor importancia de la que nadie tenía por qué enterarse. El chico aceptó sin rechistar. Imaginé que ayudaba que estuviera soñoliento. Me quedé más tranquila.

Tanto por la mañana en la piscina como por la tarde en la playa, evité meterme en el agua con la excusa del vendaje en el dedo. Lo cierto es que ya no me dolía, pero procuré evitar más situaciones embarazosas con mis primos. Lo bueno es que pude dedicarme a la lectura y acabé el primero de los libros que había empezado a leer la anterior semana.

Esa noche Dilan volvió a salir. Yo mandé a los dos pequeños a la habitación doble con la idea de dormir en el salón. El veinteañero se acostaría en mi cuarto para que nadie le molestara al día siguiente por la mañana.

Tumbada en el sofá cama, viendo la tele mientras esperaba a mi primo, comencé a reír yo sola, como una tonta. Pensaba en cómo habían cambiado mis preocupaciones en tan solo unos días. La semana pasada estaba triste porque Alejandro no pudiera estar con nosotros de vacaciones, angustiada por la mala vida de Dilan e incómoda por los sentimientos de Fer. Y ahora prácticamente lo único que me atormentaba era que mi marido se enterara de algunas de las chiquilladas que había vivido con mis primos.

No era tarde cuando el mayor de edad regresó al apartamento. Al escuchar el ruido de la puerta, me incorporé, quedándome sentada en el sofá cama.

—Hola —me saludó con evidente mal humor.

—Huy, huy, huy… a ti han vuelto a dejarte con las ganas. —Comenzaba a interpretar perfectamente las caras de mi primo, como antaño.

Dilan no contestó. Solo gruñó, sentándose a mi lado y confirmando mis sospechas.

—¿Otro calentón? —inquirí.

—Sí. Llevo demasiados días sin descargar —se quejó.

—Pero, ¿la otra noche no…? —gesticulé, imitando el gesto de una paja.

—¡Qué va!

Me reí a carcajadas.

—Entonces debes estar subiéndote por las paredes —me cachondeé.

—¡Ya te digo!

—¿Qué ha pasado esta vez?

—Es una calientapollas.

—¿En serio? —bromeé irónicamente, quedándome a la expectativa.

Dilan comenzó a explicarme lo sucedido y no tuve más remedio que darle la razón. Lo cierto es que, según lo que me contaba, la niñata estaba calentándolo descaradamente. Sonreí para mis adentros, recordando alguna de las veces que yo misma me había comportado de un modo similar, jugando con los chicos que eran capaces de cualquier cosa solo por tener la esperanza de conseguir algo conmigo. Supuse que la calientabraguetas de mi primo debía estar bastante buena.

—¿Hoy no piensas dejarme solo? —me preguntó, sin lugar a dudas, con toda la intención.

—¿Qué pasa, me estás echando? —me hice la ofendida, divertida con la conversación.

—No es eso… es solo que pensaba que me dejarías desfogarme —me sonrió.

—¿Hoy sí piensas…? —volví a cerrar el puño, sacudiéndolo arriba y abajo—. Pues lo siento, esta noche duermo aquí. Además, estoy viendo la peli —no mentí, aunque hacía rato que había perdido el hilo del argumento—. Si quieres puedes irte al lavabo, a la habitación… o hacerlo aquí mismo —bromeé.

—Vale…

Dilan se recostó sobre el sofá cama, echándose ligeramente hacia atrás. Yo, sin moverme, de cara al televisor, le miraba de reojo. ¡No me lo podía creer! El veinteañero se abrió la bragueta y, sin cortarse un pelo, se sacó la verga. ¿Es que nunca iba a aprender a dejar de hacer según qué clase de bromas con mis primos?

Aunque no tenía una visión clara, me dio la impresión de que no estaba empalmado. Aún así, como ya intuí la mañana que le vi el paquete, tenía una buena tranca. Estaba alucinando, sobre todo al descubrir que el bultito del glande que entreví mientras dormía parecía ser un piercing. ¿Mi pequeño Dilan se había agujereado la punta del pene? No sabía si esa idea me provocaba rechazo o admiración, no lo tenía claro.

Empecé a escuchar el característico sonido de la masturbación. Toda digna, de frente a la caja tonta, decidí no decir nada, manteniendo la compostura, aunque lo cierto es que no dejaba de observar de reojo, contemplando cómo la polla de mi primo se endurecía y crecía hasta lo que supuse era su máximo esplendor. El corazón me palpitaba a toda velocidad mientras a mis fosas nasales comenzaba a llegar el inconfundible olor a polla. Lógicamente, estaba completamente excitada una vez más.

—Si quieres puedes mirar —me sorprendió, rompiendo la mezcolanza de sonidos provocados por el televisor y el chapoteo que producía su mano al deslizarse a lo largo del tronco de la verga.

Casi como una autómata, sin poder de decisión, me giré ligeramente, recostándome junto a mi primo y adquiriendo una visión privilegiada de la paja que se estaba haciendo. El veinteañero retiró completamente los pantalones y los calzoncillos, dejándolos a la altura de sus rodillas, pudiendo fijarme en sus genitales con detalle.

Dilan tenía unos huevos bien gordos enfundados en unas prominentes y rugosas bolsas testiculares. Estaba totalmente rasurado con lo que incluso daba la sensación de que su vigorosa polla medía más de los 20 centímetros por los que debía rondar. Estaba circuncidado y se apreciaba claramente el ampallang, una barra recta que cruzaba horizontalmente a través de su grueso glande. Visto más cerca ya no tenía dudas. Ese piercing me ponía cachondísima.

Al veinteañero también pareció gustarle que le mirara, pues comenzó a estremecerse. Le pedí silencio con un suave chistido, sin poder evitar una sonrisa temblorosa por lo morbosa que me parecía la situación. Estábamos a una sola puerta y unos pocos pasos de pasillo de ser descubiertos por alguno de los hermanos pequeños de Dilan.

—Tranquilo… —murmuré, intentando calmar sus gemidos, que iban en aumento.

A continuación, todo pasó muy rápido. Mi instinto me hizo reaccionar y, sin pensar, con la idea de que no se manchara nada, cogí un par de servilletas del rollo de papel que había en la mesa del salón, cubriendo con ellas el rechoncho y ardiente bálano de mi primo pequeño. Sentí el frío acero del piercing clavándose en mi palma y cómo se me humedecía la mano a medida que el semen impregnaba los escasos paños.

—Chis… chis… —le susurraba, procurando aplacar los suspiros de placer de Dilan.

Tuve que restregar las empapadas servilletas por parte del tronco de la enorme verga para recoger los brotes de esperma que la improvisada contención no había podido retener. Lo cierto es que disfruté del brevísimo pero intenso masaje de polla. Me alcé.

—Creo que al final duermes tú aquí —me despedí sin decir nada más, dirigiéndome a la habitación de matrimonio.

Entré al cuarto de baño y lancé las pringosas servilletas al wáter. Me observé en el espejo y contemplé mis mejillas completamente sonrosadas. Estaba muy caliente. Me bajé de golpe el pantalón corto y las bragas. Estas últimas quedaron enrolladas a la altura de la mitad mis muslos. Apoyándome con una mano en el lavabo, con la otra me acaricié la empapada entrepierna, escuchando el casi imperceptible sonido de mis pliegues separándose levemente debido a la viscosidad que los mantenía unidos. Gemí. Me mordí un labio, tratando de no hacer demasiado ruido.

Cerré los ojos, procurando pensar en Alejandro, pero a mi mente vino Dilan. No podía quitarme de la cabeza a mi primo pequeño y la magnífica polla que hacía tan solo unos minutos había estado entre mis dedos. Luché brevemente contra mi imaginación, pero no tardé en dejarme llevar por la fantasía. Era una de las pocas veces que iba a masturbarme sin pensar en mi pareja y, por supuesto, la primera vez que pensaba hacerlo soñando con mi primo, el pequeño al que siempre había considerado como un hermano.

Introduje un par de dedos en mi raja, soltando un sonoro gemido imposible de evitar. Tenía claro que Dilan me había escuchado, pero no pude parar. Aumenté la presión de mis dedos, metiéndomelos hasta el fondo y haciendo que parte de los cuantiosos flujos vaginales que me inundaban se deslizaran por mis muslos. Volví a gemir. Y esta vez temí que me escucharan los dos menores.

No tardé en correrme. Lo hice con la imagen de la polla de Dilan grabada en mi cabeza. Pero durante el éxtasis hubo un momento para acordarme de mis otros dos primos. Aunque muy brevemente, mientras explotaba de placer, me gustó recordar todo lo vivido con ellos durante las dos primeras semanas de vacaciones de verano. Fue un orgasmo demasiado bueno, muy por encima de la media de los que solía tener con Alejandro.

Saqué los dedos completamente empapados de mi coño, con las piernas aún temblorosas debido a la reciente corrida. Me lavé las manos mientras observaba las perlas de sudor que recorrían mi rostro. Me limpié los muslos y la entrepierna con un poco de papel higiénico, antes de recolocarme las bragas y subirme los pantalones. Me dirigí a la cama y me tumbé. Pero no me dormí. Estaba absolutamente arrepentida.

Día 15. Sábado.

Me costó levantarme. Una mezcla de remordimientos y cansancio hacía que me apeteciera quedarme en la cama. Mi marido había salido en dirección al apartamento temprano, con lo que no debía tardar en llegar. No tenía claro si eso me tranquilizaba, pues con lo ocurrido hacía tan solo unas horas ya eran demasiadas cosas que ocultarle. Y eso no me gustaba en absoluto.

A pesar de mis temores, cuando Alejandro llegó todo transcurrió con normalidad. Aprovechando que entre semana no teníamos coche, decidimos pasar el día haciendo un poco de turismo por los alrededores. Recorrimos algunos de los pueblos cercanos, visitando las zonas más emblemáticas. Comimos fuera y, a petición del peque, por la tarde pasamos un rato en la playa.

Mientras mis primos se bañaban en el mar, Alejandro y yo nos quedamos solos, tomando el sol en la arena. Aunque quería escuchar a mi marido, que me detallaba algunos de los acontecimientos transcurridos durante la semana en su trabajo, estaba distraída, no pudiendo evitar la inquietud que me reconcomía por dentro.

—Los chicos están un poco salidos —reconduje la conversación, haciendo reír a Alejandro.

—¿Y eso? —preguntó, risueño.

—Creo que los tengo un poco revolucionados —confesé, forzando un tono más bien de queja.

Ahora Alejandro rio a carcajadas.

—Bueno, es normal. Con la edad que tienen y la pedazo de hembra con la que están compartiendo vacaciones… —le quitó hierro al asunto, haciéndome sentir un poco mejor.

—Tal vez tengas razón…

—Claro. No te preocupes. Probablemente fantaseen contigo y se hagan alguna pajilla esporádica. Eso lo hemos hecho todos con alguna prima mayor en nuestra infancia —confesó, haciéndome reír—. ¡Ojalá hubiera tenido yo la oportunidad de bañarme desnudo en una piscina con una prima que tenía en el pueblo! —bromeó, ahora sí, reconfortándome definitivamente al ver que se tomaba tan bien la idea de que los niños pudieran estar tonteando conmigo.

Aunque no le había contado prácticamente nada, la escueta conversación había servido para desahogarme. Observé a mi marido y, como siempre, su actitud entusiasta acabó por tranquilizarme. Recordé una vez más por qué lo quería tanto y dejé en un segundo plano lo ocurrido con mis primos.

—Tengo ganas de llegar a casa —le besé, sonriente, dejándole bien claro que quería sexo.

—Y yo.

Alejandro se tocó el paquete disimuladamente, mostrándome la erección que se le marcaba bajo la tela del bañador. Sonreí, satisfecha. Parecía que le había hecho gracia saber que mis primos andaban revoloteándome. Aunque me sentía más aliviada debido al dedo que me hice la noche anterior, me entraron unas repentinas y enormes ganas de volver al apartamento.

—Vámonos —concluí, alzándome para llamar a los chicos.

De regreso a casa paramos para tomar un helado por petición expresa del peque. Era tarde así que, una vez en el apartamento, ya no cenamos. Alejandro y yo aprovechamos para acostarnos los primeros, dejando a mis primos viendo la televisión en el salón.

No hizo falta ningún tipo de preliminares. Estaba completamente lista cuando comenzamos a desnudarnos. Me tumbé en la cama boca arriba y, procurando no hacer mucho ruido, mi marido me penetró. El hombre parecía más fogoso que de costumbre. No habían pasado un par de minutos cuando ahogó los gemidos contra la almohada, descargando toda su simiente en mi interior.

Con el cuerpo sudoroso de Alejandro encima de mí, chafándome, me quedé a cuadros. Vale que mi marido nunca había sido una máquina en la cama, pero al menos tenía aguante, lo suficiente como para que habitualmente me diera tiempo a alcanzar el orgasmo. Mi cara debía ser un poema. Se retiró a un costado, resoplando.

—Estaba muy excitado —se excusó—. ¿Tú…?

—Sí —mentí, no sabiendo muy bien cómo reaccionar—. Yo también.

—Está… bien… —bufaba.

¿Cómo podía estar asfixiado si prácticamente no había hecho nada? Llevaba una semana como loca esperando ese momento y, a la hora de la verdad, mi marido me había dejado a medias. Resoplé, hastiada, pero no dije nada, no queriendo importunarle. Me levanté para echarme un agua en el cuarto de baño, dejándolo en la cama medio muerto.

Una vez acostada junto a mi pareja, que ya dormía, me costó conciliar el sueño. Por fin había follado, pero había sido el peor polvo que recordaba en mucho tiempo. Sin duda, me había quedado con ganas de más.

Quise ser positiva. Lo bueno era que Alejandro no se había enterado de nada de lo sucedido con mis primos durante la semana. Además, mis remordimientos por haber tocado a Dilan y haber fantaseado con ello habían remitido. Intenté concentrarme en esas ideas, procurando olvidar lo sucedido, para finalmente acabar cayendo en un sueño, por desgracia, extremadamente ligero.

Día 16. Domingo.

Día de mercadillo. Me gustaba ir de compras y los puestos típicos de los mercados de pueblo me encantaban. Sin embargo, a pesar del plan mañanero, me levanté de mal humor, pues no había pasado buena noche. Le había dado demasiadas vueltas al momento eyaculación precoz de mi marido, despertándome con mal cuerpo.

Acompañada de Alejandro y los chicos, recorrimos los diferentes pasillos del rastro, atestados de gente. Tener que abrirme hueco entre la muchedumbre no ayudaba a que me relajara. Tampoco me entusiasmaba que Siscu se parara cada dos por tres para pedir que le compráramos alguna de las gilipolleces que se le antojaban.

—Anda, píllale algo, a ver si se calla de una vez —le comenté a mi marido por lo bajo, procurando que no me escuchara el aludido ni sus hermanos.

Tras comprarle una muñequera al niño, llegamos a un puesto de ropa. Era el típico que vendía camisetas, bikinis, pareos… básicamente prendas de verano.

—Necesito un bañador —Siscu volvió a pedir.

—¡Tres bañadores, 10 leuros! —gritó la gitana que estaba atendiendo.

Me fijé en el género, que no me pareció gran cosa.

—¿Qué le pasa al tuyo? —pregunté.

—Va, Vero, que están tirados de precio —argumentó Alejandro.

—¿Vosotros queréis uno? —me dirigí a mis otros dos primos, que asintieron, aceptando sin más.

—¿Tres bañadores? —preguntó la dependienta, que ya estaba cogiendo unos para mostrarlos.

—A ver qué tienes… — le reclamé.

No me gustaba ninguno de lo que nos había enseñado y mis primos no se decidían. Estaba empezando a hartarme de la situación. Así que, tras diez minutos de mi vida perdidos frente al puesto de la gitana, exploté.

—¡Venga ya, chavales! Que no puede ser tan difícil escoger unos malditos bañadores.

Observé el rostro perplejo de mi marido y los dos pequeños. Sin embargo, Dilan me miraba sonriente.

—A ver… estos mismos —cogí tres al azar—. Si son todos igual de feos.

—¡Cucha la paya! —se quejó la calé.

—Verónica, ¿estás bien? —se preocupó Alejandro.

—Sí. Paga. Os espero en el coche. —Y, ni corta ni perezosa, me marché sin dar opción a réplica.

Tras mi enfado, aprovechamos para comer fuera, en la plaza mayor del pueblo. Eran los últimos momentos de la semana acompañada de mi esposo antes de que volviera a irse nuevamente. Aunque seguía sabiéndome mal que nos separáramos, sabedora de que volvería a echarle de menos, ya estaba acostumbrada y no me lo tomaba tan a pecho.

Antes de marcharse, Alejandro nos dejó en la playa. Yo me quedé tomando el sol mientras mis primos se bañaban en el mar. Estaba relajada, prácticamente dormida, cuando me salpicaron, llenándome el vientre de agua, que me pareció helada.

—¡Dilan, joder! —me quejé al descubrir que había sido mi primo, que se reía a carcajadas.

—Vaya día llevas. ¿Se puede saber qué te pasa?

—¿A mí? Nada.

—¿Entonces por qué te enfadas? —volvió a salpicarme, alterándome.

—Vete a la mierda —le reprendí seriamente.

—¿Qué pasa, que Alejandro no te ha dado lo tuyo?

Me dejó a cuadros. Supuse que únicamente se estaba cachondeando de mí, pero había dado en el clavo.

—No te pases —le quise frenar.

—¡Vamos! Resulta que yo tengo que explicártelo todo y tú no puedes decirme qué te pasa…

Dilan tenía razón. No solo era injusto que él me contara sus intimidades y yo no lo hiciera, sino que ahora no podía poner en riesgo todo lo que había conseguido, acercándome a él nuevamente. Además, debía reconocer que me había comportado como una idiota durante todo el día. Vale que estuviera decepcionada por lo que había pasado con mi marido, pero tampoco era para ponerme como me había puesto.

—Está bien…

Me abrí ante mi primo, detallándole cómo me sentía y los motivos que lo habían provocado. Cuando conocí a Alejandro acababa de salir de una relación complicada. Mi anterior pareja era un macho con mayúsculas. Guapo, con buen cuerpo, tremendamente bien dotado y muy, muy bueno en la cama. Mas era un gilipollas, el típico chulito con el que pasas muy buenos ratos pero que sabes que no es para toda la vida. Aún así, consiguió hacerme el suficiente daño como para necesitar un cambio radical en mi vida. Y ese vuelco sentimental me lo ofreció mi actual marido. Alejandro supo darme todo lo que me faltaba. Y, a pesar de que no podía compararse sexualmente hablando, a mí me valía, aunque la fogosidad inicial fue menguando con el tiempo, convirtiéndose en un gustoso tedio. Los encuentros amorosos con mi esposo eran puras matemáticas, tan exactas y funcionales como frías y aburridas. Para mí, suficiente. Hasta lo ocurrido el día anterior.

—Estoy mal follada —confesé definitivamente, desahogándome al fin.

Dilan me miró fijamente sin decir nada, sonriendo con cierta picardía. No me pareció la reacción más adecuada, decepcionándome ligeramente. Supuse que la mala hostia aún no se me había pasado del todo.

—Pues menudo desperdicio —soltó finalmente, piropeándome mientras marcaba aún más la sonrisa, con evidentes intenciones seductoras.

Aunque me lo tomé a broma, mi primo lo había arreglado. Me sentí adulada.

—¡Tata, he visto una medusa y he salido por patas!

El peque, que había llegado corriendo, nos cortó. Pero su comentario me hizo tanta gracia que se lo perdoné. Mi mal humor había desaparecido.

Día 17. Lunes.

—Dilan, cariño… —le susurré, acariciándole la mejilla.

De costado, tumbada en la cama frente a mi primo, observé cómo abría los ojos, cruzándose nuestras miradas.

—¿Qué hora es? —me preguntó.

—Temprano.

Nos quedamos unos segundos mirándonos, sin decir nada. Recordé la conversación que tuvimos el día anterior y me invadió una nueva oleada de amor por ese hombrecillo.

—¿Qué te parece si nos levantamos pronto y vamos a la playa?

—¿Tú y yo solos? —me hizo reír.

—¡Qué va! No seas idiota —sonreí, dejándome lisonjear.

—Lástima… —se desperezó.

—¡Venga, arriba! —le animé, activándome yo también.

Exceptuando la jornada de la cala, no habíamos ido a la playa por la mañana ningún día, así que me apeteció cambiar un poco de aires. Para poder coger sitio era preciso ir pronto. Aún así, cuando llegamos ya había bastante gente en la arena. Nos colocamos en un hueco lo suficientemente amplio que había a unos cuantos metros del mar, cerca de una tumbona con sombrilla que estaba momentáneamente sin dueño.

Llevaba un buen rato metida en el agua con mis primos cuando decidí salir, dejando a Siscu y Fer en la orilla, jugando a dejarse empujar por las olas. Dilan se había marchado hacia el fondo del mar y estaba tan lejos que casi ni le veía. Al llegar a la toalla, me fijé en el hombre que ocupaba la tumbona junto a la sombrilla. Debía rondar los 45 años, con pelo y barba canosa, lo que le confería una atractiva madurez. Tenía buen cuerpo.

—Encantado de que me mires —me sonrió, supuse que auscultándome a través de las gafas de sol.

—Disculpa —sentí cómo me ruborizaba—, ha sido un lapsus.

—No tienes de lo que disculparte —no perdió la sonrisa—. ¿Estás de vacaciones?

—Sí —contesté escuetamente, procurando no darle pie a continuar.

—¿Primer día? No te había visto antes.

—Solemos venir por las tardes —sonreí amablemente.

—¡Vaya! Me equivoqué de horario. —Esta vez me sacó una sonrisa sincera.

Comencé a mantener una agradable conversación con el hombre. Era evidente que intentaba ligar conmigo, pero parecía caballeroso y no me importunaba.

—¿Estas toallas son de tus hermanos?

—Primos —le corregí.

—Estaba seguro de que no eran tus hijos.

—¡Claro que no! —reí coquetamente, comenzando a sentirme ligeramente atraída por la cautivadora expresión del apuesto desconocido.

—¿Sabes lo que creo?

—¿El qué?

—Que tus primos son afortunados.

—¿Por? —me hice la tonta.

El hombre no me contestó. Se removió en la tumbona, quedándose sentado frente a mí, con las piernas ligeramente abiertas. Se llevó una mano al bañador y, disimuladamente, separó una de las perneras, dejando a mi elección echar un vistazo a lo que había al fondo.

—Por pasar las vacaciones contigo a solas —respondió finalmente, como si nada.

—No estamos solos —sonreí con malicia—. Estoy casada —le quise frenar definitivamente.

—Y yo —rio, abriendo aún más el hueco del pantalón, casi obligándome a verle los genitales.

—¿Estás intentando enseñarme algo? —le desafié, segura de mí misma.

—Vero, ¿te está molestando este gilipollas? —Dilan apareció al rescate, aunque realmente no necesitaba que nadie me salvara.

—Deja hablar a los mayores, mocoso.

—A que te inflo a hostias, subnormal…

—Niñato… —soltó con desprecio.

Dilan levantó el puño, acercándome a la taquicardia.

—Eh, eh… —intenté disuadirlo, poniéndome delante—, que solo estábamos hablando.

—Ya… —mi primo, malhumorado, no pareció conforme, pero se calmó, sentándose en una de las toallas, a mi lado, entre el desconocido y yo.

El hombre me miró, risueño, y gesticuló como aceptando la situación. Me guiñó un ojo y yo, instintivamente, le sonreí. Ciertamente el cuarentón estaba bastante bueno y la conversación que habíamos tenido había sido agradable. Pero la cosa quedó en eso, uno más de la larga lista de oportunidades para ser infiel que había rechazado.

Cuando mis otros dos primos salieron del agua, el sol empezaba a picar de lo lindo. Decidimos recoger y volver para el apartamento.

—Nosotros nos vamos ya —me despedí del hombre de la tumbona.

—Un placer. Espero volver a verte. Pero la próxima vez sin críos de por medio —volvió a guiñarme un ojo.

—Aún te vas calentito a casa —le amenazó Dilan, comenzando a caminar en dirección a las duchas de la playa.

—Discúlpale —le solté en voz baja—, es que me ha salido un poco rebelde —bromeé con cierta complicidad.

Una vez en el apartamento preparamos una refrescante ensalada de verano y, tras la comida, hicimos la sobremesa en el salón.

—¿Qué ha pasado con el señor ese de la playa? —se interesó Siscu.

—Pues que estaba molestando a la tata —afirmó Dilan.

—¡Eso no es cierto! —me quejé.

—Ah, ¿no? —parecía ofendido—. O sea que el tío te enseña la polla como si nada y a ti no te molesta.

—¿¡Pero qué dices!? —No sabía que mi primo se hubiera percatado de ese detalle.

—¿Te la ha enseñado? —preguntó Fer, que parecía descolocado.

—No. Bueno sí. A ver…

—¿Se la has visto o no? —insistió el peque.

—Me la ha enseñado, pero no he visto nada —confesé, hastiada—, ¿contentos?

Tras unos segundos de silencio, los dos menores se miraron y comenzaron a reír. Su risa era pegadiza y Dilan y yo no pudimos evitar sonreír viendo cómo se descojonaban.

—¡Era tan chica que ni se la has visto! —carcajeó Siscu, haciendo que el veinteañero y yo también acabáramos riendo.

—No es eso… bueno, o sí, porque he mirado y no he visto nada.

A los cuatro nos entró un ataque de risa, que nos duró unos cuantos minutos.

—Pero, a ver, tata, ¿a ti te gustan grandes? —el peque continuó la conversación, una vez calmados.

—Bueno… —pensé la respuesta—. El tamaño no importa. Lo que importa es…

—Claro —me cortó Dilan—, mientras sea grande no importa —me hizo sonreír, pues no le faltaba razón.

—A ver, lo que quiero decir es…

—¿Con cuántos tíos has estado? —me volvió a cortar el veinteañero.

—Pues… trece —respondí sin pudor a la cuestión que días atrás había rechazado contestar.

—Y de esos trece, ¿cuántos tenían una buena polla?

—¡Dilan! —me quejé de la pregunta.

Pensé que la conversación había subido de tono más de lo que debería para estar hablando con unos críos. Y más si esos niños eran mis primos. Pero, por otro lado, me estaba divirtiendo.

Recordé que ya había tenido pequeñas charlas sobre sexo con Siscu y Fer en las que me habían confesado su escaso bagaje sexual. Sin embargo, aunque suponía que Dilan debía tener una dilatada experiencia, no tenía detalles.

—Y tú, ¿con cuántas has estado?

—¡Uf! —resopló—. Supongo que entre cincuenta y sesenta, más o menos.

—¡Hala! —Sus hermanos, haciendo gestos de admiración, se asombraron, sorpresa a la que me sumé.

Estaba convencida de que, con lo guapo que era y la vida que llevaba, mi primo habría follado mucho, pero nunca pensé que tanto en tan poco tiempo. Recordé que hacía tan solo unos pocos años no era más que un mocoso virgen al que trataba como si fuera mi hermano pequeño. Una sensación escalofriante me recorrió el cuerpo, provocándome un incipiente ardor en la entrepierna.

—Oye, tata, podríamos ir a una playa nudista mañana —propuso Siscu, insistiendo en el tema que ya sacó el día de la cala.

—¿Lo dices en serio? —sonreí, sorprendida, pues estaba convencida de que la primera vez lo había dicho de broma.

—¡Claro!

Por un momento lo pensé. Sin duda sería divertido y, por qué no decirlo, incluso podía apetecerme ver a los chicos desnudos. Pero precisamente por eso no me pareció una buena idea. Decidí desviar la atención con cualquier excusa.

—Yo pensaba veros mañana estrenando los bañadores nuevos —sonreí, recordando que estaban tendidos después de haberlos lavado y dándome cuenta al instante de lo estúpida que sonaba la evasiva.

—Podemos ir con ellos hasta la nudista —intervino Dilan, descolocándome.

—¿Tú también? —le miré, asombrada—. Además, vosotros no sabríais comportaros —me dirigí a los dos menores.

—¿Por? —preguntó Fer.

—Poneros de pie —les insté.

El adolescente se ruborizó mientras su hermano pequeño sonreía nerviosamente.

—¡Vamos! —les apremié.

Los chicos me hicieron caso, alzándose torpemente y quedándose ligeramente encorvados, sin poder disimular las empalmadas bajo los pantalones. Dilan rio.

—No podéis estar así en una playa nudista —les aleccioné.

—Es que nos falta práctica —aseguró Fer.

—¿Qué quieres decir? —me intrigó.

—Tenemos que acostumbrarnos a estar desnudos.

Siscu me hizo reír a carcajadas una vez más. ¿Estaba sugiriendo que querían desnudarse delante de mí? Sin duda el pequeñajo era mucho más pillo de lo que me podía imaginar. Aunque estaba claro que no iba a permitirlo, la sola idea de que lo hicieran, quedándome rodeada de los dos menores en pelotas como el día de la piscina pero sin agua de por medio, me hizo mojar ligeramente las braguitas, provocándome un pequeño descontrol.

—Si queréis podéis probaros los bañadores ahora. Así os vais acostumbrando —les insinué que podían hacerlo delante de mí.

No había terminado de decir la frase cuando los dos niños salieron corriendo. Dilan me miró, sonriente.

—¿Yo también? —me preguntó.

—Por supuesto.

Observé al veinteañero marchando con parsimonia en busca de la prenda mientras comenzaba a pensar en lo que estaba permitiendo. Tenía claro que no iba a ser más que un juego, pero nada me impedía disfrutar del festín visual que iba a pegarme. Me relamí, empezando a dibujar en mi mente las vergas de mis primos. Y tenía especialmente ganas de ver una, la única que aún no había contemplado con detalle, la del tímido Fernando.

Los tres hermanos no tardaron en regresar. Se pusieron frente a mí, uno al lado del otro, y se bajaron los pantalones. Los dos pequeños seguían completamente empalmados mientras que Dilan la tenía ligeramente altiva. Yo les observaba, ensimismada, viendo cómo las pollas de mis primos bailaban de un lado a otro a medida que gesticulaban para quitarse una prenda y ponerse otra. Mi nivel de excitación iba en aumento.

Aunque estaba claro que la verga de Fer era más alargada que la de Siscu, me quedé con las ganas de vérsela con mayor detenimiento. Los bruscos movimientos para cambiarse de bañador no me habían permitido cuantificar lo que realmente tenía entre las piernas.

—Los vais a reventar —me quejé, observando los paquetes de mis primos tensionando la tela de los bañadores, que sin duda eran más prietos que los que solían llevar—. Mejor quitároslos.

Sin cortarme ni un pelo, decidida a contemplársela de una vez por todas, me acerqué a Fer, arrodillándome frente a él para asirle la prenda por los costados. Comencé a bajarla hasta que de golpe salió disparado un pedazo de rabo que casi me golpea en el rostro. Me retiré instintivamente, asombrada. Intuía que mi primito la tenía grande, pero no me había percatado del auténtico pollón con el que en esos instantes me estaba apuntando directamente a la cara.

La monstruosa verga debía rondar los 23 centímetros. De entre los rizados y oscuros pelos del pubis emergían un par de gruesas venas que recorrían casi todo el tronco hasta desaparecer cerca de la punta, incomprensiblemente aún cubierta por el prepucio. Me entraron ganas de agarrársela para estirarle la piel y observar el glande, pero me contuve.

Me retiré ligeramente, tremendamente cachonda, y observé a mis otros dos primos que también se habían desnudado. La verga del peque seguía tiesa mientras que la de Dilan estaba completamente flácida. Me invadió una sensación de gratificante satisfacción por lo extraordinariamente bien dotados que estaban los tres niños.

—¡Madre mía, chicos! —les adulé, sonriendo lascivamente.

—¿Te gustan? —me preguntó Siscu.

—Pues claro —sonreí, haciendo que las vergas de los menores respingaran y que la polla de Dilan comenzara a cobrar vida—. No son precisamente pequeñas. Y a las mujeres nos gustan grandes —confesé finalmente, con cierto coqueteo.

Los dos pequeños sonrieron, supuse que satisfechos con mis palabras de alabanza.

—Tú también nos gustas —el peque me hizo reír por enésima vez.

—¿Sí? —me hice la ingenua—. ¿A todos?

—A mí sí —cercioró Siscu moviendo la cabeza afirmativamente.

—Uhm… supongo que entonces habrá caído alguna pajilla pensando en mí… —solté sin cortarme ni un pelo, recordando el día que me duché delante de él, dejándolo en el cuarto de baño con una erección de aúpa.

—Varias —me hizo reír a carcajadas.

—¿Y tú? —le pregunté a Fer.

El chico se puso rojo como un tomate y movió la cabeza ligeramente.

—¿Eso es que sí?

—Sí… —balbuceó.

—Vaya… —reaccioné, más que satisfecha, girando el rostro hacia Dilan.

—¿Sinceramente? No.

Lo cierto es que me cortó un poco el rollo. Me había encantado saber que era la inspiración onanista de mis primos menores y no me hubiera importado serlo del pequeño hombrecillo al que antaño había considerado como mi hermano. Me sentí ligeramente decepcionada.

—¿Y tú te has masturbado alguna vez pensando en alguno de nosotros? —me soltó el veinteañero, con todo el descaro.

Sí, me había tocado pensando en Dilan y él lo sabía, pero no podía confesarlo. Eso no.

—Yo no hago esas cosas. Soy una señorita —mentí jocosamente, provocando los abucheos de mis primos.

Se nos hizo de noche entre bromas picantes y conversaciones íntimas en la que los chicos, siempre desnudos, se llevaron alguna que otra anécdota sexual por mi parte. Me gustaba observar cómo la verga del mayor de edad iba creciendo y menguando según las circunstancias. Siscu y Fer no perdieron la erección en ningún momento.

Disfruté muchísimo de la morbosa situación y, aunque lo sucedido no era inconfesable, decidí que era mejor que a partir de ese momento Alejandro no se enterara de nada de lo que ocurría en el apartamento durante su ausencia. Esa noche no dejé que ninguno de mis primos durmiera conmigo, pues empezaba a temer que acabara pasando algo de lo que realmente debiera arrepentirme.

Día 18. Martes.

—¿Qué hacéis levantados? —me sorprendí al salir al salón y encontrarme con mis tres primos despiertos.

—Vamos a la nudista, ¿no? —soltó Dilan, dejándome a cuadros.

—No habíamos quedado en nada —cercioré.

—Bueno, pues lo decidimos ahora —insistió.

—Además, que no. Que no puede ser —me cerré en banda.

La tarde anterior ya había llegado a la conclusión de que era mejor evitar pasar un día en la playa todos desnudos, pero mis primos insistieron.

—Primero —argumenté—, no tengo ni idea de dónde hay una playa nudista. Y segundo, no podemos ir y que vosotros dos os empalméis —le recriminé a los dos menores.

—Podríamos ir a la cala que fuimos con Alejandro —soltó Fer—. Hoy es martes, supongo que habrá menos gente que el fin de semana.

—Cierto. Seguramente no haya nadie —añadió Dilan—, con lo que podremos desnudarnos. Y si viene alguien pues nos vestimos y ya está.

Mis primos me estaban haciendo el lío. Por suerte no teníamos vehículo propio con lo que su propuesta tampoco era viable.

—Lo siento, chicos, pero me temo que sin coche eso es imposible —sonreí, satisfecha.

—Eso lo resuelvo yo —soltó el veinteañero antes de salir pitando, sin opción a que pudiera replicarle.

Dilan no tardó en regresar y lo hizo conduciendo un Ford Focus de color azul. ¿De dónde lo habría sacado? Lo cierto es que, debido a las insistencias, empezaba a saberme mal no darles el capricho. Pensé que seguramente habría alguien en la cala y me aferré a esa idea para no acabar desnuda junto a mis primos pequeños tal y como mi tía los habían traído a este mundo, es decir, en pelota picada.

—Está bien —acepté finalmente—, pero conduzco yo —hice valer mi condición de adulta y responsable de los críos.

Tras cargar el coche con todo lo necesario para pasar el día en la playa, me senté en el asiento del conductor. Extrañamente mi primo había dejado el motor encendido, pero en seguida averigüé el motivo. No había llave. ¡El pequeño delincuente lo había robado haciéndole el puente! Instantáneamente me invadió una sensación de rechazo, pero rápidamente se transformó en un agradable gusanillo en el estómago, provocado por la adrenalina de saber que, sin querer, estaba siendo cómplice de un delito. Me temblaban hasta las manos.

—Mejor llévalo tú —le ofrecí a Dilan de mala gana, no queriendo descubrirlo ante sus hermanos.

El muy cabrito me respondió con una sonrisa burlesca. Sin duda no era la primera vez que hacía algo parecido.

—No te preocupes —me susurró en secreto al pasar a mi lado, sin dejar de sonreír—, que cuando volvamos lo devuelvo.

No serenó mi irremediable mal estar. Sin embargo, me sentí tranquila al percibir la seguridad con la que actuaba el macarra. Empezaba a descubrir una parte del nuevo Dilan que extrañamente me gustaba y no quería que se perdiera. La mezcla de bondad del pasado y de chulería del presente era explosiva. Atrás había quedado su inocencia y lo cierto es que ya no la echaba de menos.

Recorrimos el trayecto en coche, atravesamos el sendero de la arboleda y descendimos el terraplén para llegar a la cala. Al descubrir que estábamos completamente solos me invadió una sensación de zozobra. Había aceptado llegar hasta ahí con lo que ahora ya no podía dar marcha atrás. Tuve que asumir lo que iba a pasar. Siscu y Fer corrieron para escoger sitio y comenzar a desnudarse.

—¡Chicos, acordaros de poneros crema en vuestras cositas! —grité, observando el contraste de la piel morena de los críos con el color blanquecino que predominaba en sus entrepiernas.

Los dos pequeños me hicieron caso mientras su hermano y yo caminábamos por la caliente arena en dirección al lugar en el que habían depositado las toallas.

—¡¿Cómo se te ocurre robar un coche?! —me quejé, ahora dirigiéndome a Dilan, aprovechando que los otros no nos escuchaban.

—¿A qué no sabes de quién es? —¡Y qué importaba eso!, pensé, exasperándome—. De mi amiguita —confesó con un gesto malicioso, sorprendiéndome y provocándome una estúpida sonrisa que, muy a mi pesar, no pude evitar.

—Se lo merece —concluí.

Los dos menores, con las vergas brincando en estado morcillón, ya reían y jugaban, bromeando sobre su desnudez, cuando Dilan y yo llegamos junto a las toallas. El veinteañero comenzó a desvestirse.

—Es una suerte que estemos solos —inició una nueva conversación.

—Anda, no te olvides de ponerte crema —le ignoré, acercándole el frasco.

—¿Por qué no me ayudas a ponérmela? —me propuso, sonriente, rechazando el pote que le extendía.

Eché un rápido vistazo al sexo de mi primo, que estaba en completo reposo. Recordé brevemente la noche que se lo toqué y un pequeño impulso me empujó a hacerle caso. De todas formas, ya tenía asumido que ciertos roces iban a ser ineludibles. Giré el rostro rápidamente y, depositando un poco de crema sobre los dedos de mi mano, mientras controlaba con la vista a sus dos hermanos, unté el protector solar sobre el pubis masculino. Sin decir nada, bajé la mano, extendiendo la crema a lo largo de la polla de Dilan, acariciándosela.

Era un tacto más que placentero. Noté el ligero alzamiento del carnoso miembro al mismo tiempo que escuchaba el incremento de la intensidad en la respiración de mi primo. Observé a los dos pequeños dirigiéndose hacia nosotros y solté rápidamente la verga.

—Termina de ponértela tú —le insté, echándole un nuevo vistazo para comprobar que se le había empinado levemente.

—Tata, ¿tú no te desnudas?

—Claro —sonreí, con unas inusitadas ganas de dejarlos patidifusos.

Al sentir cómo todas las miradas se clavaban en mí, me invadió una tremenda e inesperada sensación de regocijo. Empecé a desnudarme. Me deshice de la camiseta, mostrando la parte de arriba del bikini de color negro especialmente escogido para tal ocasión. Me quité el pareo, descubriendo la parte de abajo a juego, en forma de tanga, dejando a la vista gran parte de mis nalgas.

Eché una ojeada a mis primos, que me admiraban absortos, sin decir ni mu. Comprobé que ya había alzado las vergas de Siscu y Fer, mientras que la de Dilan seguía a media asta.

—¿Me ayudas con esto? —me dirigí al quinceañero, el único del que me fiaba, dándome la vuelta para permitir que me desabrochara la parte de arriba como excusa para ofrecerles un primer vistazo de mi culo.

Oí los cuchicheos de los chicos mientras, de reojo, observaba a mi primo, tímido como siempre, dando un paso inseguro al frente. Sin hablar y con el rostro pintado de rojo, se acercó hacia mí. Antes de que sus temblorosas manos alcanzaran mi bikini, hubo otra parte de su cuerpo que llegó antes. Su pollón me golpeó en una de las nalgas.

—¡Fer! —me quejé, risueña.

—Lo siento…

—Controla esa cosa tan larga, machote… —le reprendí jocosamente, pues tenía claro que había sido sin querer.

El adolescente tiró del cierre del bikini, haciendo que se deslizara por mi cuerpo hasta caer en la arena. Me giré, quedándome nuevamente frente a los chicos para mostrarles la ostentosa libertad de mis tetas.

—¿Puedo quitarte yo la parte de abajo? —soltó Siscu con voz de pena, haciéndome reír a carcajadas, lo que provocó que mis senos bailaran ante la atenta mirada de mis primos, que no me quitaban ojo.

Tras rechazar la propuesta del peque, con sumo cuidado de no enseñar más de lo debido, me deshice de la única prenda que me quedaba, agachándome con el culo en pompa para bajar el tanga hasta mis tobillos. Si alguien hubiera estado a mi espalda habría disfrutado del espectáculo, un bonito primer plano de mi coño ligeramente humedecido.

—Si quieres, puedo ponerte crema ahí —me sorprendió Fer, con el rostro incendiado mirando en dirección a mi bajo vientre.

 —Gracias, mejor me la pongo yo misma —le sonreí con dulzura.

Ya estábamos los cuatro desnudos. La mañana transcurrió llena de miradas indiscretas, divertidas insinuaciones y alguna que otra metida de mano durante el rato que estuvimos en el agua. Yo disfrutaba tanto de la visión de mis jóvenes primos como de los intencionados roces que nos regalábamos mutuamente. Pero lo que más me sorprendió fue el descubrimiento de que me gustaba mucho más de lo que me hubiera imaginado el sentirme observada.

Durante la comida nos sentamos formando un círculo alrededor de los tuppers que habíamos preparado antes de salir. Yo, imitando la postura de una sirena, sentada medio de lado con las piernas ligeramente estiradas y completamente selladas para no mostrar más de lo debido, ya comenzaba a estar acostumbrada al paisaje y no me incomodaba comer mientras observaba las vergas de mis primos.

La de Dilan estaba reposada sobre uno de sus muslos y, de vez en cuando, según cómo se moviera, el piercing reflejaba los rayos del sol, deslumbrándome. El pollón de Fer, que estaba en frente mío, se encontraba en estado morcillón, pero de vez en cuando ganaba cierto volumen, coincidiendo con las miradas lujuriosas que me pegaba disimuladamente. El peque seguía empalmado y, con las piernas completamente abiertas, tenía los enormes testículos incrustados en el ardiente suelo. Me sorprendía que no se quemara y reí para mis adentros pensando que tal vez debía tener los huevos más calientes que la propia arena.

Incómoda por la postura, me removí, fijándome en el pequeño respingo que dio la verga del quinceañero. Me di cuenta de que el motivo había sido el mínimo instante en el que había separado ligeramente las piernas. Pensé que era imposible que el chico hubiera vista nada e intuí que le podía la imaginación calenturienta. Traviesa, volví a moverme, repitiendo el gesto, con idéntico resultado. La enorme polla de Fer volvió a tambalearse. Sonreí, cambiando de posición. Me coloqué recta frente a mi tímido primo, que contemplaba mis maniobras con expectación. Seguía sentada con las piernas completamente cerradas, pero ahora las tenía recogidas con las rodillas más o menos a la altura de mis pechos.

Disimuladamente, muy poco a poco, comencé a separar los pies. La verga del niño crecía al mismo tiempo que mis muslos se distanciaban. Pasados unos largos segundos, comencé a sentir la ligera brisa refrescándome los labios vaginales, señal de que mi lubricada raja debía estar a la vista de mi primo, que ya tenía el pollón a punto de reventar. Junté las rodillas de golpe, impidiéndole la visión y contemplando el susto impregnado en el rostro de Fernando. Me lo estaba pasando pipa.

Por la tarde decidí quedarme tomando el sol mientras los chicos se daban un baño. Fue en ese momento, tumbada de espaldas, cuando empecé a darle vueltas a todo lo que estaba sucediendo. Era consciente de que mi comportamiento no era el más adecuado, pero el constante hormigueo que tenía en el estómago me decía todo lo contrario. Estaba volviendo a experimentar sensaciones vividas en mis primeros años de pubertad, cuando comenzaba a descubrir el sexo.

Me di la vuelta, colocándome boca abajo, mientras mi cabeza seguía echando humo. Me puse en la piel de mis primos y, haciendo mías las palabras de Alejandro, pensé que no se habían visto nunca en una así, al menos los dos menores de edad. No creía que para ellos nada de lo que se llevaran ese verano fuera algo precisamente malo, más bien lo contrario. Esa idea me reconfortaba. Yo me divertía y ellos disfrutaban de la mejor experiencia de sus vidas.

Envuelta en mis pensamientos, no me di cuenta de que los chicos habían regresado y, sentados en sus toallas, contemplaban mi desnudez.

—¿Estaba buena el agua? —pregunté, girando el rostro para echar una mirada hacia atrás, donde estaban mis primos.

—No tanto como tú —me piropeó Siscu, provocándome una sincera sonrisa.

—Tonto…

—Ha sido un día fabuloso —afirmó Fer.

—Pero si aún no ha acabado… —me sorprendí a mí misma con la contestación.

Se hizo el silencio. Volví a girar el rostro, recuperando la posición natural. Aunque no los veía, sentía las miradas de los niños clavándose en mi culo. Momentáneamente me corté, pues hasta ese instante no habían tenido una visión tan directa de mi anatomía femenina. Pero a los pocos segundos comencé a sentir un subidón de autoestima, provocado por la sensación de sentirme tan deseada.

Comencé a jugar con los pies, enterrándolos en la arena antes de doblar las rodillas, alzándolos. Subrepticiamente, separé un poco las piernas, dejando que los pequeños comenzaran a intuir lo que había entre medio. Las abrí aún más, sin pasarme de guarra, pero lo suficiente como para que pudieran verme el coño, que ya babeaba. Las supuestas aviesas miradas de mis primos me ponían a mil.

Estuve un rato en esa postura, sin dejar de jugar con los pies en el aire para disimular, cuando un curioso sonido rompió el silencio que acompañaba al sonoro mar de fondo. Me concentré en el ruido, comenzando a intuir que probablemente uno de mis primos se la estaba cascando. Me giré al instante.

—¡Siscu! —me quejé al ver al peque haciéndose una paja.

Me alcé rápidamente, confusa y ligeramente molesta.

—Ya te vale. ¡Nos vamos! —me enfadé.

Antes de recoger las cosas para vestirme observé que mis otros dos primos estaban empalmados. Lo de Fer era normal, pero me halagó saber que a Dilan le había gustado el bonito espectáculo que les había regalado.

—¡Venga! —les apremié.

—Vero, ahora no te vayas a hacer la mártir —me replicó el veinteañero, levantándose con desgana.

Le iba a contestar, pero no tuve cuerpo. Lo cierto es que tenía razón. Yo les había provocado y eso había hecho que el peque comenzara a masturbarse. Aún así, debía mantener las formas. Por lo tanto, continué haciéndome la ofendida, pues para ellos debía aparentar ser toda una dama. Reí con esa idea. La verdad es que estaba siendo más bien un poco puta.

Una vez en el apartamento, por la noche, antes de meterme en la ducha, volví a mandar a cada uno de mis primos a sus respectivas camas, pues pensaba volver a dormir sola. Sin embargo, al salir del cuarto de baño de la habitación de matrimonio, me encontré al peque acostado en el lugar de Alejandro.

—¿Se puede saber qué haces? —le recriminé.

—No puedo dormir…

—¿Y qué quieres que yo haga? Anda, vete a la otra habitación.

El chico, que estaba de costado, mirándome, se movió, colocándose boca arriba.

—¡Madre mía, peque!

Aunque le había visto desnudo durante todo el día, me sorprendió comprobar la erección que se apreciaba claramente bajo la fina sábana. ¿No se le había bajado en ningún momento? ¿Cuántas horas seguidas llevaría empalmado? Empecé a preocuparme ligeramente.

—¿Puedo quedarme? —insistió.

Pensé en pedirle que fuera a aliviarse, pero sospeché que si no lo había hecho ya es porque no quería. Me acosté en la cama, a su lado.

—Si me prometes cerrar los ojos e intentar relajarte. Ya verás cómo se te pasa…

—Vale.

Apagué la luz, girándome para quedarme de costado, dándole la espalda.

—Tata…

—¿Qué?

—No me relajo.

—Es pronto. No pienses en nada. Deja la mente en blanco. Ya verás… —fui bajando el tono de voz poco a poco.

—Tata…

No contesté. Y, tras aproximadamente cinco minutos de silencio, pensé que Siscu por fin se habría calmado.

—Tata…

Me estaba poniendo de los nervios. Seguí sin contestar.

—Vero…

—Peque, duérmete —reaccioné imperativamente.

—No puedo dormir…

—¡Ay, dios!

Hastiada, encendí la luz, me giré hacia mi primo y retiré la sábana que le cubría. Agarré el pantalón de deporte por la cintura y tiré de él, descubriendo el erecto falo del niño. Solté la prenda e, impulsada por su cansina actitud, rodeé el tronco de la verga con la mano, comenzando a cascársela para aliviarlo definitivamente. ¡Pero qué gorda la tenía! Casi no podía abarcarla completamente. Los ojos de mi primo se pusieron en blanco.

Seguramente, de haberlo pensado durante un instante, no lo habría hecho. Pero ya no había marcha atrás. Había conseguido desquiciarme y lo único que quería es que el peque se callara y se durmiera. La polla de Siscu estaba tan dura como la primera vez que se la toqué en la ducha. La diferencia es que esta vez pude recrearme en el tacto, aunque no tanto como me hubiera gustado. En tan solo unos segundos, el niño comenzó a temblar.

—Chis… tranquilo —le calmé, dejando de tocarle el cipote, que respingaba descontroladamente mientras le masajeaba con delicadeza los desproporcionados testículos.

Pero el inexperto muchacho no aguantó más. No pudo controlar el placer que le había provocado y comenzó a eyacular sobre su propio cuerpo. Me quedé absorta viendo cómo el pequeñín se corría, soltando cantidades ingentes de semen, acordes al tamaño de sus enormes pelotas. Cuando mi primo empezó a recuperar la acompasada respiración, me alcé de la cama, retirándome hacia el cuarto de baño.

Volví con una caja de toallitas húmedas. Me senté junto al peque y comencé a limpiarle. La mayoría del acuoso esperma se había acumulado en su bajo vientre, así que con una mano retiré la verga, ya ligeramente menguada, colocándola hacia su lado natural, y con la otra aseé toda la zona.

—¿Ya estás más relajado?

—Sí. Gracias, tata.

—Esto ha sido solo para que pudieras dormir. ¿Está claro? —Siscu afirmó con la cabeza.

Pero ahora la que no podía dormir era yo. Diez minutos después me encontraba acostada junto a mi primo, con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad de la noche veraniega.

—Peque…

Pero el niño ya dormía.

Día 19. Miércoles.

—¿Qué haces, amor mío?

—Pues qué voy a hacer, trabajar —contestó Alejandro con claros signos de desgana.

—¿Y cuándo vas a venir?

—Ya lo sabes. El viernes, cuando salga de currar.

—¡Jo! ¿Y no puede ser antes? —me quejé, forzando un tono de pena.

—Ojalá pudiera —imitó mi entonación.

—Sabes lo mucho que te quiero, ¿verdad?

—Pues claro, cariño.

—Te echo de menos…

—Y yo a ti.

Aunque no le pude ver, me lo imaginé sonriendo. Eso me dio cierta paz interior. Aún no me creía que la noche anterior le hubiera hecho una paja al más pequeño de mis primos. Pero es que el chico se había puesto muy pesado. O al menos eso me repetía a mí misma una y otra vez.

La conversación telefónica a primera hora de la mañana mientras Fer ayudaba a Siscu con los deberes, me sentó bien. Necesitaba hablar con mi marido para decirle lo mucho que le quería. Evidentemente eso no había cambiado por más que hubiera disfrutado de varios tonteos con los chicos.

Por suerte para mí, a pesar de lo vivido, mis primos actuaban con naturalidad. Parecía que nunca nos hubiéramos visto desnudos y eso me reconfortaba. Tampoco habíamos perdido la complicidad y confianza que habíamos alcanzado. Todo eso ayudaba a considerar que lo ocurrido con el peque no había sido más que un descuido al que no debía darle mayor relevancia.

Decidí que era preciso volver a la normalidad, así que pasamos la mañana en la piscina y por la tarde fuimos a la playa. Sin embargo, aunque Dilan volvió a salir, esta vez no pensaba esperarlo despierta y, al igual que los últimos días, mi intención era no acostarme acompañada.

—Hoy me toca a mí dormir contigo —advirtió Fernando.

—Lo siento, pero hoy duermo sola, que anoche el peque ya se coló en mi cama a traición —sonreí, procurando no darle importancia.

—Pues no me parece justo —se quejó el quinceañero.

—Fer, cariño —intenté ser afectuosa para que no se enfadara—, no hay ninguna norma escrita que diga que debáis dormir conmigo —procuré regalarle mi mejor sonrisa.

—¡Pues yo quiero! —se enfurruñó, ruborizándose y consiguiendo que finalmente diera mi brazo a torcer.

Aunque tenía miedo de volver a acostarme con alguno de mis primos por lo que pudiera suceder, por suerte Fer era mucho más parado que el peque y, una vez en la cama, no abrió la boca ni se movió un milímetro hasta que se durmió. Me quedé tranquila.

Debía ser de madrugada cuando me desperté. Estaba de costado, de espaldas a mi primo, que tenía una mano apoyada sobre mi cadera. Sonreí, imaginando en lo que Fer podría estar soñando. Iba a apartarle cuando, de repente, el quinceañero se movió, rozándome sutilmente. El inesperado gesto me hizo dudar de si realmente estaba dormido.

La caricia no se detuvo y decidí esperar a ver lo que ocurría. La mano de mi primo subió muy lentamente por mi costado, hasta toparse con mi brazo, muy cerca de mi axila. El chico cambió la dirección y se dirigió hacia mi pecho. ¡No me lo podía creer! ¿Iba a meterme mano? Y vaya si lo hizo. El mocoso me sobó con delicadeza una de las tetas.

Me quedé en shock. Si bien es cierto que yo misma le había permitido hacerlo con la excusa de ponerme crema, para nada me esperaba que lo hiciera a traición mientras dormía. Las alarmas se encendieron en mi mente cuando pensé si lo habría hecho otras veces durante las dos semanas que llevábamos compartiendo lecho de forma intermitente. Me invadió la extraña sensación de no saber si el sentirme violada en la intimidad me disgustaba o todo lo contrario.

El chico coló la mano bajo mi camiseta, devolviéndome a la realidad de lo que estaba sucediendo y entrando en contacto directo con mis senos. Me rozó la sensible piel de las areolas, haciendo que las caricias comenzaran a surgir efecto. Sentí cómo los pezones se me endurecían.

De repente, Fer se apartó con cierta premura, no sé si alertado por algo. Lo cierto es que mi corazón palpitaba a tantas pulsaciones que fui incapaz de percatarme si había ocurrido alguna cosa más allá de las incestuosas sobadas. Pasaron un par de minutos de tranquilidad cuando pensé que todo había acabado.

—Vero… —cuchicheó de una forma casi imperceptible.

Sentí la mano que se asentó sobre mis nalgas, masajeándomelas. Al parecer la sesión aún no había concluido. Oí a mi primo farfullar, pero no entendí lo que decía. Y de repente, noté un dedo rozándome la entrepierna. Reprimí el repentino grito debido a la impresión, pues no me lo esperaba.

—Quiero verte el chochito otra vez…

Ahora sí le entendí y para nada me esperaba el inaudito comentario soez de mi tímido primo, pero lo cierto es que el tono grotesco me incendió. Recordé cómo me abrí de piernas para él en la cala y me imaginé a Fer con el rostro descompuesto como entonces. Gemí levemente, sin poder evitarlo. El chico se detuvo instantáneamente, intuí que asustado por mi sollozo.

—¿Te gusta lo que te hago, prima? —musitó tras unos largos segundos de silencio, introduciéndose a través de la pernera de mis pantalones—. Eres muy zorra.

No me dio tiempo a sentirme mal por cómo me había calificado cuando noté el dedo de Fer hurgando en mis partes íntimas, hasta que consiguió engancharme las braguitas, tirando de ellas sutilmente. Pensé que debía estar demasiado excitado, pues ya se estaba arriesgando más de la cuenta. Con tanto roce mis ganas de marcha tampoco se quedaban atrás, así que decidí ayudarle antes de que tirara excesivamente fuerte de mi ropa interior, haciendo imposible que pudiera seguir haciéndome la dormida. Moví ligeramente la pierna, permitiéndole al fin alcanzar el objetivo. El niño me había desplazado el pantaloncito y las bragas, dejando a la vista mi entrepierna. Oí cómo inspiraba.

—Joder… —balbuceó más fuerte de lo debido—.  ¡Uhm… cómo te huele el coño!

Me ruboricé, sintiendo cómo mi raja hacía aguas. Mi primo se removió sospechosamente, así que, temerosa de lo que pensara hacer, decidí pararle definitivamente. Pero antes de hacerlo, noté que algo se restregaba contra mi culo. ¿Eso era el pollón de mi primo? Me acojoné, pues tenía mi lubricada vagina relativamente a tiro. Asustada y nerviosa, con el clítoris palpitando al ritmo de las sacudidas de mi corazón, dejé caer un brazo disimuladamente, interponiéndome en sus posibles intenciones y haciendo que mi mano entrara en contacto con la adolescente verga. Me quedé quieta, expectante, haciéndome aún la dormida.

Fer se quedó inmóvil, sospeché que nuevamente asustado por mi gesto, pero no tardó en aceptar mi sutil invitación. Me asió el brazo y, con suma delicadeza, me lo acercó a su entrepierna. Yo dejé la mano muerta, sintiendo cómo me la restregaba por su durísima verga. La tentación era tan grande como su polla así que, tras unos cuantos roces, no aguanté más. Se la agarré. Fer gimió.

—Ha… azme un pajote —me susurró al oído.

Dudé de si ya era consciente de que estaba despierta, así que me quedé nuevamente quieta, sin saber muy bien cómo actuar. Fue él quien comenzó a moverse, haciendo que su enorme falo se desplazara entre mis dedos, que poco a poco se iban acompasando a su ritmo, siguiéndole en las acometidas. No tardé en descubrirme, sobándole el pollón ya con total descaro.

Me giré, colocándome de cara a mi primo, que tenía una mueca desencajada. Casi daba miedo. Le sonreí, procurando transmitirle confianza, y comencé a masturbarlo. Sentí cómo las enormes venas del tronco se aplastaban debido a la presión de mis dedos. Estiré la piel, descubriéndole el glande. Fer comenzó a gemir demasiado fuerte y no tuve más remedio que taparle la boca mientras le chistaba.

—Si no te calmas no voy a poder seguir —le indiqué, deteniendo la paja.

El chico afirmó con la cabeza. Retiré la mano de su boca y proseguí la masturbación, haciendo que el niño volviera a sollozar efusivamente. Me detuve nuevamente, mirándole con cara de circunstancias.

—Es que… me gusta demasiado —me hizo sonreír.

Me invadió un sentimiento de ternura que, mezclado con el sucio olor a verga que comenzaba a llegarme a la nariz, me empujó a regalarle algo que nunca olvidaría.

—Pues si esto te ha gustado, ahora vas a flipar —le advertí.

Tapándole la boca nuevamente, me agaché en dirección a la entrepierna del menor de edad. El aroma a masculinidad de mi primo pequeño llegaba a mis fosas nasales con mayor intensidad a medida que me acercaba. Saqué la lengua y le di un primer lametón.

—¡Oh! —el descontrolado gemido de Fer se perdió entre mis dedos.

—Chis… —procuré calmarlo, antes de darle un segundo lengüetazo.

El falo sabía tan bien como olía. ¡Y era tan grande! Mi primo se retorcía de placer, babeándome la mano. Y a mí me encantaba que disfrutara tanto gracias a mi buen hacer. Sin duda, eso me animaba a continuar. Cerré los ojos, abrí la boca y se la comí.

Los centímetros de rabo iban pasando por mis labios hacia mi garganta. Nunca me había tragado una polla tan larga, así que busqué mi tope. Cuando el bálano me rozó la campanilla, provocándome una arcada, aún debía faltarme un cuarto de verga aproximadamente. Carraspeé. Aguanté en esa posición, paseando mi lengua a través del tronco para jugar con las enormes venas que se removían a un lado y a otro mientras algunos de los traviesos pelos púbicos del muchacho me cosquilleaban en la comisura de los labios.

Fer se retorció, golpeándome el fondo de la garganta con el falo y provocándome un colapso respiratorio. Abrí la boca, asfixiada, buscando un mínimo de resuello, cuando sentí el calor que comenzaba a inundarme la cavidad bucal. El copioso semen del menor de edad me hizo toser, haciendo que el lechoso líquido rebosara, saliendo de mi boca junto con mis babas, algunos pelos y la enorme verga que no dejaba de emanar esperma, salpicándome en la cara.

El estropicio no fue pequeño. Además del par de chorros de lefa deslizándose por mi rostro, manchamos la cama y el cuerpo de Fer quedó completamente pringado. El quinceañero se tuvo que dar una ducha. Mientras lo hacía, yo me encargué de cambiar las sábanas. También aproveché para ponerme unas bragas limpias, pues las que llevaba las había dejado empapadas.

Cuando mi primo salió del cuarto de baño yo ya estaba haciéndome la dormida. Sintiendo en mi boca el regusto agridulce de la corrida, se me caía la cara de vergüenza por lo que había hecho. De hecho, no sabía si podría volver a mirarme en el espejo. Sin embargo, al notar la presencia masculina acostándose a mi lado, las pulsaciones se me dispararon y volví a sentir los reclamos de mi clítoris. Quería follar. Me pregunté qué estaría haciendo Alejandro.

Día 20. Jueves.

Por suerte Fer ya se había levantado cuando me desperté. No había hablado con él sobre lo sucedido, así que me envolvía una tremenda desazón. Intenté convencerme de que el chico no diría nada, pues tampoco me veía con el valor de afrontar una nueva charla con el quinceañero. ¡Es que le había hecho una mamada! No me lo podía creer. Atormentada, dejé pasar el tiempo, levantándome más tarde que de costumbre.

Cuando salí al salón, me topé con Dilan, que estaba viendo la tele. Los dos pequeños jugaban en el agua de la piscina. Me dejé caer junto al veinteañero, derrumbada, en completo silencio.

—Buenos días —me saludó sin dejar de mirar el televisor.

—Buenos días —contesté con cierto desánimo.

—¿Qué le pasa a la reina de la casa?

Sonreí ligeramente, sin muchas ganas.

—Dilan… ¿crees que he obrado bien estos últimos días?

Ahora fue él quien sonrió, pero no dijo nada.

—Tengo que confesarte una cosa… —proseguí, necesitada de quitarme de encima el mal estar que me reconcomía por dentro.

—A ver si lo adivino…

Me quedé expectante, incapaz de creer que pudiera saber lo que me provocaba la pesadumbre.

—Le has hecho una paja al peque y una mamada a Fer.

Me quedé a cuadros. Mi rostro debía reflejar el asombro al descubrir que probablemente mis primos se lo habían explicado todo a su hermano mayor.

—¿Te lo han contado ellos? —me quise asegurar.

—Los tienes impresionados —rio—. Cuentan maravillas de ti.

—¡Ay, madre mía, Dilan, pero qué he hecho! —Mis lamentos provocaron las carcajadas del veinteañero.

—Pues pasarlo bien. Y, sobre todo, hacerles pasar un buen rato a ellos.

Esa era la única idea a la que podía aferrarme para aceptar lo que había pasado. Me reconfortaba hablar con el mayor de mis primos, así que aproveché para explicarle los motivos que me habían llevado a hacer lo que había hecho. Ya le había confesado a Dilan que mi marido no me colmaba las expectativas sexuales, así que no le extrañó que le dijera que llevaba varios días más salida que de costumbre. Entre eso y la briosa testosterona de la que estaba todo el día rodeada me había dejado llevar, cometiendo las locuras de las que claramente me arrepentía.

—Y, dime, ¿cómo vas del calentón? —me preguntó sin rubor alguno.

—¡Dilan! —me quejé, golpeándole jocosamente en el hombro, pues ya me sentía mucho más animada.

—A ver, ellos se han desfogado, pero tú…

—Yo no —suspiré—. Aún espero a que Alejandro me deba lo que es mío —sonreí, empezando a comportarme con cierta picardía.

—¿Y qué pasa si no cumple?

—¡Uf! —resoplé—. Creo que me daría un ataque —puse una divertida mueca, procurando quitarle hierro.

—Bueno, si eso pasa igual podemos hacer algo.

¡¿Cómo?! ¿Mi primo acababa de insinuarse descaradamente? No supe reaccionar y, simplemente, sonreí como una tonta. Reflexioné unos instantes y… sí, la idea me calentaba. Así que procuré borrar esos alocados pensamientos y deseé que al día siguiente mi marido estuviera a la altura.

—Cumplirá —concluí finalmente, intentando aparentar una seguridad que no era tal.

Dilan rio.

—Si ves que se te hace larga la espera, lo vamos hablando —me guiñó un ojo antes de levantarse y salir a fuera con los dos menores.

Me dejó de piedra. Una roca por la que corría un riachuelo que me humedecía las bragas. Las insinuaciones de Dilan me habían puesto a tope una vez más, y no sé cuántas iban ya durante el verano. Resoplé y me alcé, poniéndome a hacer tareas del hogar para entretenerme. No quería salir a la piscina.

Por la tarde volvimos a ir a la playa. Allí estaba el cuarentón con el que coincidimos el lunes por la mañana. El muy adorable había cambiado el horario solo para volver a verme. Tras rogarle a Dilan que se comportara, disuadiéndole de su idea de mandarlo a casa a base de hostias, aproveché la presencia del desconocido para evitar meterme al agua con mis primos, quedándome en la arena charlando con él. El hombre me habló de varios temas, pero puso énfasis en dejarme claro lo arruinado que estaba su matrimonio. Yo no quise entrar en detalles sobre mi vida personal.

No sé por qué motivo había intuido que Dilan no saldría esa noche, pero me equivoqué. Me sentí ligeramente decepcionada. Tal vez había dado por hecho que, a falta de un día para la llegada de Alejandro, el chico pondría algo más de empeño en seducirme. No es que quisiera que lo hiciera, pero por algún extraño motivo me había hecho a la idea.

Lo bueno es que aproveché la ausencia del mayor de edad para tener una charla con los dos pequeños. Sin entrar en muchos detalles, intenté explicarles las razones por los que había ocurrido lo de las dos últimas noches. Centré mi argumentación en sus necesidades y en mi buena fe para hacerles un favor. Lógicamente obvié todo lo referente a mi disfrute personal. Los chicos parecieron entenderlo, así que solo me faltaba una cosa, la más importante tal vez. Nadie, absolutamente nadie más debía saber lo que había sucedido. El peque replicó, pero le convencí argumentando que en caso de que Alejandro se enterara, no podríamos volver a hacer nada parecido. No es que pensara hacerlo, por supuesto, pero me valía para mantenerlos con la boca cerrada.

Al parecer, había resuelto una crisis. Mis dos primos dormían en la habitación doble y Dilan aún tardaría en llegar. Estaba fatigada, más mentalmente que otra cosa, así que me fui a la cama. Pensé que era mejor evitar cualquier tipo de tentación con el veinteañero.

—Vero…

Estaba medio dormida cuando oí la voz del mayor de mis primos mientras entraba a la habitación.

—Vero, ¿estás despierta?

—No… bueno… ahora ya sí…

El chico se tumbó a mi lado.

—¿Sabes que…? Vengo con el calentón…

Sentí cómo se arrimaba a mi cuerpo.

—Dilan… —me quejé, apartándolo de mí sin demasiado esmero.

—Vamos, Vero, si estamos los dos necesitados…

No supe si bromeaba, pero me hizo reír. El chico comenzó a acariciarme la cadera, al parecer, sin mayores pretensiones.

—¿Pero no ves que no puede ser?

—Déjate llevar… tú no tienes que hacer nada —me sonrió, mostrándome un rostro tremendamente seductor.

—¿Y qué pretendes? —sonreí.

—Esta noche te hago yo el favor a ti, para que te desfogues de una vez.

Me hizo reír.

—Estás loco.

—Tú no tienes ni que tocarme.

Me estaba convenciendo. Con mis otros dos primos había sido demasiado proactiva y eso me había atormentado, sintiéndome completamente culpable de lo ocurrido. Pero Dilan me proponía otra cosa. Yo podía hacerme la muerta mientras él…

—¿Pero qué quieres hacerme?

—Quiero comerte el coño —soltó mientras pasaba a acariciarme la parte interna de los muslos.

¡Uhm! Ahogué el gemido. Solo escuchar la lujuriosa propuesta de mi primo hizo que comenzara a lubricar. Dudé un instante y mi momentáneo silencio debió tomárselo como un sí, pues Dilan me agarró los pantalones y tiró de ellos, dejándome en bragas.

—¡¿Qué haces?! —me quejé.

Era el momento clave. O le paraba ahora o no habría marcha atrás. Lógicamente iba a detenerle cuando de repente me agarró de la cintura, volteándome. Sin posibilidad de reacción, me quedé boca abajo, completamente despatarrada, con mi primo entre mis piernas. El chico me bajó la ropa interior, dejando la prenda a la altura de mis rodillas y metió la cabeza entre mis nalgas.

¡Oh, dios! ¿Cuánto hacía que no me hacían un cunnilingus? Alejandro lo había hecho en contadas ocasiones y únicamente en nuestros inicios. Sentí la lengua de mi primo adentrándose entre los pliegues de mi vagina y provocándome una placentera sensación de sometimiento. El ritmo de las lamidas era bueno. Incluso tal vez demasiado. En tan solo unos segundos me tenía al borde del orgasmo y creí que lo iba a alcanzar cuando me comió el ano. ¡Pero qué hijo de puta! Me tenía a su merced. En ese momento habría hecho cualquier cosa que me pidiera. Y él lo sabía. Por eso se detuvo.

—¿Por qué paras ahora…? —sollocé, ligeramente atormentada.

—La noche es larga.

Giré el rostro para ver cómo se relamía, sonriendo.

—No seas gilipollas…

Metí un brazo bajo mi cuerpo, buscando mi entrepierna para darme el empujoncito que me faltaba.

—Estate quieta —me detuvo, agarrándome la mano.

—¡Dilan, joder!

—Tranquila, que no te voy a dejar así…

Los ojos se me desencajaron al ver cómo se desabrochaba la bragueta.

—No, cariño, eso no…

Pero no me hizo caso. Se sacó la verga, completamente erecta, y volvió a voltearme. Esta vez me quedé sentada, completamente abierta de piernas. No me dio tiempo a recomponerme cuando Dilan me aferró de los muslos, atrayéndome hacia él. No tenía claro lo que iba a suceder ni si quería que pasara. Pero tampoco tuve oportunidad de pensarlo demasiado.

Mi coño, totalmente encharcado, estaba a escasos milímetros del sexo adolescente. El muchacho se agarró la polla y me dio unos golpecitos con el glande en la parte superior de la vulva, haciéndome vibrar y gemir. Me mordí el labio inferior, procurando no volver a soltar un suspiro que pudieran escuchar los dos pequeños.

Acto seguido, me restregó el cipote, haciendo que mis labios vaginales le lamieran el tronco. En un gesto acompasado, volvió a golpearme el clítoris con la polla. Ese fue el empujón que me faltaba. Me corrí. Comencé a gemir sutilmente durante unos cuantos segundos, lo que me duró el espectacular orgasmo que vino acompañado de un squirting. Sin dejar de darme golpecitos, cada vez que mi experimentado primo pequeño me rozaba con su falo, no podía evitar soltar un acuoso chorro debido al placer que me estaba provocando.

Aún jadeaba cuando comencé a recomponerme. Lo primero que pensé fue en apartarme del mocoso, pero debió intuir mis intenciones y me sorprendió con un morreo. Me cautivó la pasión con la que me besó y, desarbolada, poco a poco me dejé llevar por el gusto de sentir cómo me comía la boca y me saboreaba la lengua. ¡Qué bien besaba el niñato!

Dilan aprovechó el desconcierto para metérmela a traición. Estaba completamente absorta con el morreo con lo que no me esperaba ser penetrada. En seguida me sobresalté al notar cómo mi coño se adaptaba al enorme tamaño del inesperado invasor. Sin embargo, para lo que no estaba preparada era para sentir el ampallang rasgándome las paredes internas de mi vagina. Me volví a correr.

Pero esta nueva corrida fue más visceral, más salvaje. Se acumulaba el placer físico y el mental. Saberme dominada por mi primo pequeño al que le sacaba más de 10 años y al que siempre había tratado como un hermano me hizo explotar. Ahora sí me dejé llevar, regocijándome en el espectacular goce del orgasmo. Un orgasmo subrepticio. Y así debía ser a pesar de mis chillidos.

Asustada, en mitad del éxtasis, mordí a mi primo para aplacar mis descontrolados alaridos. Lo que tenía más a mano era su muñeca y ahí clavé mis dientes, tan fuerte que comencé a saborear la sangre de la herida que le hice. Mi primo aguantó estoicamente. A pesar de su juventud, su actitud varonil me ponía aún más cachonda. No había terminado de correrme cuando sentí las acometidas del chiquillo. Me estaba follando. Y lo hacía muy, muy bien.

Día 21. Viernes.

Me desperté ligeramente aturdida. A mi mente comenzaron a llegar imágenes de sexo. De sexo con Dilan. Por un momento pensé que lo había soñado, pero pronto comencé a recordar. Mi primo pequeño me había regalado un polvo como ninguno de los que había echado con Alejandro. No solo era su juvenil fogosidad, también era su espectacular miembro viril y su tremenda experiencia a pesar de sus escasos 20 años. No pude evitar sonreír rememorando alguno de los pasajes del maravilloso encuentro de la pasada noche.

Pero poco me duró la alegría. En seguida fui consciente de que en tan solo unas horas llegaría mi marido, el hombre al que amaba y al que, por primera vez, le había sido infiel. Además, le había puesto los cuernos con un niñato, que encima era mi primo. De repente me invadió un tremendo malestar y deseé dar por concluidas las vacaciones que comenzaban a convertirse en una auténtica pesadilla. Y eso pensaba hacer en cuanto llegara Alejandro. Lo peor era que aún debía pasar casi todo el viernes.

Tal y como solía hacer el peque cuando quería escaquearse del colegio, fingí encontrarme mal como excusa para no salir de mi habitación en todo el día. Esa misma mentira me serviría para convencer a mi esposo de que nos fuéramos del apartamento antes de tiempo. Me sentí orgullosa de mi estratagema.

Mis primos me atendieron como a una reina. No era para menos, pues gracias a mí se iban a llevar un inolvidable recuerdo de sin duda las mejores vacaciones de sus cortas vidas. Al mediodía, Dilan me trajo la comida a la cama y me hizo gracia ver que, para disimular la mordedura, llevaba puesta la muñequera que le compramos a Siscu en el mercadillo.

—Se la he pedido al peque —confesó al ver que me fijaba.

—Supongo que eso significa pacto de silencio —le interrogué con total seriedad.

—Siempre le puedo decir que ha sido una que me follé anoche y que disfrutó más de lo que la muy puta se podía imaginar —me vaciló.

Guardé silencio, avergonzada.

Lo peor de estar en la habitación sin hacer nada es que no paraba de pensar. Intenté leer, pero no me concentraba y acabé practicando en mi cabeza todas las posibles conversaciones con Alejandro que se me ocurrían. Tras pasar por multitud de estados de ánimo, mi marido llegó al fin.

—¿Cómo estás? Ya me han dicho los chicos que llevas todo el día en la cama.

—Mejor —forcé una sonrisa—. Pero aún no me encuentro muy bien.

Procuré hacerle ver que estaba lo suficientemente mal como para querer irme, pero sin pasarme demasiado pues no tenía nada y tampoco podía acabar alarmándole como para que decidiera ir de urgencias al hospital.

—Esto no tendrá nada que ver con tus primos, ¿no? —me sorprendió.

—¿Por? —pregunté cautelosamente.

—Por lo que me contaste la semana pasada. ¿Han estado muy pesados esta semana o qué?

—La verdad es que un poco sí —afirmé sin querer dar muchas más explicaciones, pensando que podía ser una buena excusa para que Alejandro aceptara que nos marcháramos.

—Vaya… ¿qué ha ocurrido?

Mi marido parecía más que interesado, lo que hizo que me arrepintiera aún más de todo lo que había pasado.

—Nada. Tampoco tiene mayor importancia —mentí.

—Vamos, cariño, ¿por qué no me lo cuentas? —insistió, descolocándome ligeramente.

—Pero ¿por qué tanto interés?

—Te lo digo, pero…

—Pero, ¿qué? —me estaba poniendo de los nervios.

—Pues… me pone un poco la situación —sonrió con cierto rubor.

—Que te pone… ¿el qué, que los niños se me insinúen? —me extrañé.

—Sí. No sé… imaginarme que los tienes todo el día detrás de ti, cachondos perdidos…

No me lo podía creer. Por un lado esa confesión me quitó parte del peso que tenía encima por lo ocurrido, pero por otro lado no me gustó que a mi pareja le diera morbo ese tipo de cosas. Era como descubrir una parte desconocida del hombre con el que llevaba años compartiendo mi vida.

—Oye —prosiguió—, ¿a ti te importaría…? —Le miré con el ceño fruncido—. ¿Qué te parece si fuerzas un poco la situación con los chicos? —me propuso con un entusiasmo más desmedido del que me habría esperado.

No supe cómo reaccionar. Si mi marido supiera todo lo que había pasado con mis primos…

—¿Pero qué dices, Alejandro? —me hice finalmente la ofendida.

—No te digo que los vayas a desvirgar, mujer —sonrió nerviosamente—, pero un poco de tonteo, insinuarte un poquito… ¡No sabes lo que me pone!

—Estás fatal…

—Vero, creo que esto le puede venir muy bien a nuestra vida sexual…

A la mía sobre todo, pensé con cierta malicia. Decidí no darle más vueltas. A pesar de que mi libido había desaparecido completamente después de la sesión multiorgásmica que me regaló Dilan la noche anterior, mi marido me estaba poniendo en bandeja la posibilidad de seguir divirtiéndome con mis primos, así que no me hice más la estrecha. Acepté.

—Pero que conste que esto lo hago por ti —me puse digna.

—Muchas gracias, cariño. Y, por favor, procura que no se enteren de que está todo premeditado —sonrió—. Me gusta la idea de que los mocosos se piensen que pueden ser capaces de llegar a atraer a toda una mujer como tú —concluyó, sonriente, antes de besarme y dirigirse al cuarto de baño—. Ingenuos…

—Son capaces, lo son —afirmé por lo bajo, cuando ya no podía escucharme.

Esa noche me costó conciliar el sueño. Estaba intranquila por el acuerdo al que había llegado con Alejandro y todo lo que le rodeaba. En primer lugar me desconcertaba descubrir a estas alturas ciertos gustos de mi pareja, sobre todo si era algo tan significante como para provocarle morbo. Aunque, por otro lado, me reconfortaba la remota posibilidad de que tal vez no le molestara tanto si alguna vez llegaba a enterarse de lo que había hecho con mis primos. Por último, me preocupaba si realmente iba a disfrutar tonteando con los chicos. No solo ya no me sentía necesitada sexualmente hablando, sino que además una cosa era lo que había pasado los días anteriores de forma natural y otra muy distinta el forzar la situación haciendo ver que mi marido no era consciente de nada. No tenía del todo claro si me gustaba lo que había aceptado.

Día 22. Sábado.

Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de mi esposo, que estaba despierto, acostado a mi lado.

—¿Cómo te encuentras? —me sonrió, aparentemente entusiasmado.

—Bien —respondí un tanto desconcertada.

—Perfecto —se alzó—. He pensado que mientras el peque hace los deberes en el salón, yo puedo irme a la piscina con los otros dos —me miró y sonrió—. Tú te quedarás a solas con él.

Estaba alucinando con Alejandro. Para nada me esperaba que reaccionara como lo estaba haciendo. Aunque le quería justo por tal y como era, a veces le había echado en falta el punto de maldad que ahora estaba demostrando al maquinar tal fechoría con total serenidad.

—¿Y qué quieres que haga exactamente? —pregunté, imaginándome que, después de haberle hecho una paja al crío, poco le iba a impresionar.

—No sé. Estará haciendo cosas del cole. Dale una lección que jamás olvidará —rio, alejándose hacia el lavabo, totalmente ilusionado.

La mañana transcurrió tal y como mi esposo había organizado. Él estaba en la piscina con Fer y Dilan mientras yo ayudaba a Siscu con unos ejercicios en el salón.

—Espero que las mujeres se te den mejor que la escuela —le chinché, intentando encauzar el tema y sintiéndome ligeramente fuera de lugar.

—No sé. Eso dímelo tú —puso una cara divertida, haciéndome reír como siempre.

—A ver, tampoco te vengas arriba porque que yo recuerde el día que te duché te daba vergüenza enseñarme tu cosita —sonreí con malicia—. Y la primera vez que me viste desnuda casi te desmayas —me burlé—. Y las veces que me has metido mano en la piscina y la playa, lo hiciste a traición —gesticulé con el brazo como si le estuviera regañando—. Y la noche de la paja… —bajé el tono de voz— no es que me duraras demasiado.

—¡Jo! —puso cara de pena, volviendo a hacerme reír.

—Pero no te preocupes, son cosas de la edad. Ya irás aprendiendo.

—¿Y por qué no me enseñas tú?

Ya lo tenía justo dónde quería.

—¿Qué quieres saber? —cerré el cuadernillo del colegio.

—No —sonrió—. Necesito clases prácticas.

¡Madre mía! El niño no se cortaba ni un pelo y eso que mi marido estaba tan solo a unos metros, al otro lado de la puerta corredera de cristal.

—Vale —acepté—. ¿Qué tal si empezamos con un beso?

Mi primo no contestó, solo me demostró su entusiasmo con una exagerada mueca de alegría. Su actitud me divertida, haciendo que empezara a disfrutar de la situación.

—Pero lo hacemos con cuidado —le advertí—, que como nos vea el primo Alejandro se va a pillar un buen mosqueo.

—Sí, sí, tú vigilas, ¿vale? —parecía ansioso.

Me acerqué al rostro del mocoso, juntando su boca con la mía para darle un pico, pero el niño se apartó antes de que hubiera ningún tipo de contacto.

—¿Qué pasa? —pregunté extrañada.

—Es raro —puso una mueca de desconcierto.

—Si no te gusta lo dejamos.

—No, no. Es que… es como si me hiciera cosquillas —me hizo reír.

—Eso es mi aliento —mantuve la sonrisa—. Anda, saca la lengua y no la escondas —le ordené.

El peque me hizo caso. Volví a acercarme a su cara, observando cómo cerraba los ojos. Abrí la boca y le chupé la lengua. Sentí el leve gemido de mi primo y eso me animó a seguir, ahora lamiéndosela.

—¡Las manos quietas! —le recriminé al ver que comenzaba a sobarse el paquete—. ¿Te ha gustado?

—Sí —sonrió con cara de tonto, consiguiendo que me sintiera bien.

—Vale. Pues ahora vamos a hacer lo mismo, pero quiero que cuando te esté chupando la lengua, abras la boca.

—Vale.

Repetimos la secuencia para acabar dándonos un morreo de campeonato. Se notaba la inexperiencia del crío, pero lo suplía con total entusiasmo. Mi primo pequeño me comió los morros como si no hubiera mañana.

—¿Qué hacéis? —nos sorprendió Alejandro.

Yo me aparté de Siscu de inmediato, completamente alterada por la pillada. Me había metido completamente en el papel y mi corazón palpitaba a mil por hora cuando recordé que había sido todo una estratagema por parte de mi propio esposo. Me calmé, no así mi entrepierna, que comenzaba a humedecerse.

—Nada, ya hemos acabado. ¿Verdad, peque? Tira para la piscina —le animé.

El chico se marchó corriendo, supuse que asustado por si Alejandro había visto algo y ligeramente encorvado para disimular la empalmada. Mi pareja y yo nos miramos y no pudimos evitar reír.

—Cariño, no sabes cómo me has puesto… —confesó.

—¿Pero lo has visto?

—Solo os he pillado ahora, besándoos. ¡Joder, vamos a la cama!

—Espera un poco, torete —bromeé—. Mejor lo hacemos esta noche, que aún te queda mucho por disfrutar, ¿no crees?

—¡Uf! —resopló—. No sé si podré aguantarlo. Cuéntame lo que ha pasado…

A mí también me habían entrado ganas de hacer el amor con mi pareja, pero lo del peque me había hecho gracia y temía que si le quitaba el calentón a Alejandro se apaciguaran sus ánimos, concluyendo la travesura que nos habíamos inventado. Estaba intrigada por lo que mi marido tendría preparado para mis otros dos primos.

Después de comer decidimos ir a la playa como siempre. Pero antes de salir de casa recibí las instrucciones pertinentes para la segunda fase de nuestro juego.

—Le he dejado una revista porno a Fer y le he dicho que si quiere ponga una excusa para no venir a la playa, que yo me encargo de que se quede solo en el apartamento.

—Pero…

—Tranquila, tú volverás antes que nosotros —me guiñó un ojo.

¡Joder con mi maridito! Me estaba sorprendiendo cada vez más. Reí para mis adentros, divertida con la nueva propuesta. Si lo que Alejandro pretendía era que pillara a mi primo haciéndose una paja, me hacía gracia pensar que no tenía ni idea de que era algo que casi ocurre la primera semana de las vacaciones.

Nuevamente el plan urdido estaba funcionando a la perfección. En el último momento Fer dijo encontrarse mal y que prefería permanecer en el apartamento. Mi marido se quedó con él con la perfecta excusa de que no le gustaba la playa. No tardó en dejarlo solo para que yo pudiera regresar.

Entré al adosado sigilosamente, procurando no hacer ningún tipo de ruido. Si no hubiera sabido que estaba mi primo, habría jurado que estaba vacío. Me dirigí a la primera puerta y la abrí despacio, pero en el cuarto de baño no había nadie. Tampoco en la habitación doble. Eché un vistazo hacia fuera y vi la piscina en calma. Comencé a extrañarme. Solo me faltaba revisar la habitación de matrimonio.

El quinceañero no estaba en el cuarto, pero divisé el cajón de la cómoda abierto. Sonreí. Ya tenía claro dónde estaba y lo que estaría haciendo. Me dirigí al lavabo de la habitación. Empujé la puerta con suma suavidad, haciendo que se abriera levemente, ampliando mi zona de visión. Fernando estaba sentado en la taza del wáter. Con una mano aguantaba la revista de mi marido y con la otra se restregaba lo que supuse era una de mis prendas íntimas a lo largo de su fantástico pollón.

—¡Fer!

El chico apartó la mano para ocultar la tela, dejando su miembro completamente erecto tambaleándose. Balbuceó algo incomprensible y comenzó a ponerse rojo.

—¿En qué habíamos quedado? —le recriminé.

—Yo… Alejandro… él… —intentó excusarse.

—¿Y qué escondes ahí?

—Nada.

Me acerqué a él con parsimonia, sin dejar de mirarle la enorme verga que no paraba de respingar, la misma que hacía tan solo un par de días había tenido entre mis labios. Poco a poco comenzaba a calentarme.

—¿Se puede saber qué es eso? —le agarré del brazo que sujetaba la ropa interior.

El chico parecía asustado y no contestó. Le quité la prenda y comprobé que era uno de mis tangas.

—No me digas que estabas pensando en mí… —le recriminé con cierta dulzura.

—No. Bueno… es que…

—No me mientas —le reprendí serenamente.

—Sí…

—Sí, ¿qué? —alcé la voz.

—Sí… estaba pensando en ti —reveló al fin, agachando la cabeza.

Su confesión me satisfizo. Sonreí con picardía y le devolví la tela.

—Anda, puedes continuar.

—¿De… delan… te de ti?

—Claro. Quiero verlo —sonreí—. Pero ya sabes que Alejandro no puede llegar a saberlo nunca. Si se entera, te mata a ti primero y a mí después —observé cómo la polla se le ensanchaba aún más tras mi coacción.

El chico se marcó un pajote de aúpa. No dejaba de mirarme, gimiendo y sudando como un cerdo. Cuando se pasaba mis bragas por el frenillo se volvía loco, con la mirada perdida, hasta que explotó, inundándome el tanguita de abundante semen.

—Quédatelo —le ofrecí cuando empezó a recuperar el resuello.

Dejándolo nuevamente a solas, salí del cuarto de baño con la incómoda sensación de que mi caminar era antinatural. A cada paso que daba sentía cómo mis sensibles labios vaginales se restregaban entre sí, reclamándome atenciones que en ese momento no les podía ofrecer. La entrepierna me escocía.

Volví a la playa para contarle a mi marido lo que había visto. El hombre se puso tremendamente cachondo y tuve que refrenarle las ganas de llevarme a un lavabo público para follarme. Yo ya tenía un buen nivel de excitación así que la idea no me desagradó precisamente, pero preferí aguantar para que Dilan también pudiera entrar en juego.

—Esta noche podrías ponerte algo sugerente y vemos una peli —me comentó en la arena de la playa.

—¿Y cómo convencerás a Dilan para que no salga?

—De eso me encargo yo —sonrió—. Tú encárgate de sentarte a su lado —su mueca se tornó levemente perversa.

—Parejita, ¿vamos tirando? —nos cortó la conversación precisamente el veinteañero, que acababa de regresar del agua junto a su hermano.

No sé si fue decisión de mi propio primo o cómo coño le convenció Alejandro, pero el caso es que Dilan esa noche no salió y se quedó a ver la tele en familia.

—¡Vamos, cariño, que la peli está a punto de empezar! —me llamó mi marido.

Salí de la habitación un tanto avergonzada. Me había puesto unas mallas claras sin nada debajo que dejaban entrever mi anatomía femenina. Arriba no me quedé corta. Vestía una fina camiseta ajustada de color blanco, sin sostén, donde se marcaban mis pezones y se apreciaba el contorno oscuro de mis areolas.

Me fijé en la disposición de los hombres. Siscu y Fer, sentados en un par de pufs, se estaban peleando por el mando del televisor. Supuse que gracias a eso no se fijaron en mis pintas. En el sofá cama estaban Dilan y Alejandro, pero este último se levantó con la excusa de ir a por algo de beber, dejándome el camino libre. Me senté al lado de mi primo, que me dedicó una descarada mirada acompañada de una ladina sonrisa. Cuando mi marido regresó, cogió una silla para sentarse aparte.

—¡Que empieza! —me sonrió, mirándome de reojo antes de apagar la luz del salón.

Completamente a oscuras, iluminados únicamente por las escenas de la televisión, alcé los pies, acercándoselos a Dilan. Poco a poco me fui acomodando, recostándome en el sofá y dejando el culo en pompa, cada vez más al alcance del veinteañero, que no tardó en entrar al trapo. Empezó apoyando una mano sobre mi muslo. Nada escandaloso. Pero en seguida comenzó a acariciármelo muy lentamente, haciendo que mi libido, que ya venía caldeada, se encendiera.

Estiré una de las piernas, apoyándola encima de mi primo, que no rechistó. Supuse el motivo, pues noté claramente la hinchazón de su paquete. A esas alturas ya no me sorprendí, así que no me aparté. Me quedé quieta, rozándome con la fuerza de la naturaleza que se escondía bajo el pantalón del niño.

Estaba lo suficientemente oscuro como para que no viera a mi marido, pero me lo imaginaba espiándonos de reojo y eso hacía que aún me gustara más todo lo que estaba pasando. Pensé si los dos pequeños también estarían pendientes de mí y una oleada de lascivia me envolvió, justo en el momento en el que sentí la mano que me palpaba el culo. Solté un leve suspiro que no supe contener.

—¿Estás bien, cariño? —se preocupó Alejandro.

—Sí, es solo que me estoy durmiendo —mentí como una perra.

—Si quieres te llevo a la cama —me susurró Dilan, insinuándose claramente.

—¿Qué cuchicheáis? —inquirió el peque.

—Cosas de la peli —le espetó su hermano con cierta brusquedad.

Uno de los dedos de mi primo comenzó a jugar con mi agujero trasero, masajeándomelo por encima de la tela.

—No te pases —le musité, agarrándole del brazo.

Una cosa era tontear y otra cosa era que acabáramos repitiendo lo que pasó la noche anterior, pero con mi marido y sus hermanos de testigos. Alejandro confiaba en mí y debía estar convencido de que yo ponía los límites de las insinuaciones.

De repente, mi primo tiró de mis mallas, bajándomelas hasta descubrir mis nalgas, descolocándome por completo. No sabía si estaba más asustada o excitada. ¿Qué pensaba hacer el niñato? Para empezar, me palpó la vulva. Recé para que el chapoteo que yo oía claramente no fuera perceptible por encima del volumen de la tele.

Dilan me agarró la pierna que aún tenía encima de él, doblándomela para que la palma de mi pie entrara en contacto con su paquete. No pude evitar palpárselo, cerrando mis pequeños dedos sobre su entrepierna, buscando la punta de su polla. Mientras, el chaval comenzó a adentrarse entre mis labios vaginales, sintiendo cómo mi chochito le abducía hasta acabar follándome con un dedo. La situación no podía ser más peligrosa. Estábamos a una sola pausa para que alguno fuera al baño y seríamos pillados con las manos en la masa. Y estaba claro que mi esposo no se esperaría algo como lo que estaba pasando.

—¿A qué huele? —preguntó Fer.

¡Mierda! Mi sexo debía estar emanando efluvios suficientes como para que el salón apestara a coño durante una semana. Asustada, retiré a mi primo, subiéndome las mallas para volver a vestirme.

—¿Se puede saber qué os pasa? —reaccionó mi marido, encendiendo la luz y mirando hacia el sofá cama.

Aún medio recostada, yo ya estaba recompuesta, aunque tuve que mirarme las tetas para asegurarme de que los pezones no habían roto la camiseta de lo mucho que me dolían. Me giré hacia Dilan con la esperanza de que su empalmada no fuera demasiado notoria. Por desgracia lo era. Alejandro, que no sabía nada de lo que realmente había pasado, me miró con un gesto de satisfacción. Fer se alzó de su asiento y se acomodó entre su hermano y yo. Seguramente estaría celoso. Sonreí para mis adentros.

—Te has pasado siete pueblos —le recriminé a Dilan, a solas, una vez acabada la película.

—Has venido provocando —me sonrió mientras me daba un nuevo repaso con la mirada.

Me ruboricé ligeramente, tapándome los senos.

—Lo que ha pasado…

No podía dejar que el veinteañero se llevara esa imagen de mí. Vale que no había sido precisamente una santa durante los días anteriores, pero mi primo pequeño sabía los motivos. Sin embargo, lo que había hecho esa noche no tenía justificación. Así que se la di. Le expliqué todo lo que había pasado con Alejandro y el estúpido juego que nos llevábamos entre manos.

Tras la confesión fui consciente de que no tenía secretos para Dilan, exactamente igual que con mi marido antes de las vacaciones. Se podría decir que en esos momentos estaba mucho más unida al pequeño macarra, tanto física como mentalmente, que a mi esposo.

Cuando nos fuimos todos a la cama llegó el momento que Alejandro había estado esperando. Se abalanzó sobre mí, besándome con desesperación mientras farfullaba lo mucho que me quería. Yo reaccioné animosa, pero sin poder quitarme el temor de que volviera a fallar, dejándome nuevamente a medias.

—¿Qué ha pasado con Dilan? —inquirió mientras comenzaba a sobarme.

—Nada… —quise evadir el tema.

—¿Cómo que nada, no me lo quieres contar o qué? —sonrió.

—No es eso…

Con la intención de evitar que siguiera preguntando, le comí la boca, concentrándome en las ganas que tenía de que consiguiera volver a satisfacerme. Y la cosa iba bien, pues poco a poco me iba calentando. Empecé a pensar en lo mucho que quería a Alejandro. Tenía claro que todo lo que había sucedido con mis primos había sido por culpa de su ausencia y las necesidades que eso me había generado. Esa idea me reconfortaba. Estábamos llegando al punto de cocción cuando alguien picó a la puerta del dormitorio, cortándonos el rollo.

—¿Vero?

Era Dilan.

—¿Qué pasa? —contesté, apartándome de mi pareja momentáneamente.

—¿Puedes salir un momento?

—¿Ahora? —pregunté, ligeramente molesta por su inoportuna interrupción.

—No sé lo que habrá pasado en el sofá, pero creo que te echa de menos —se burló Alejandro, hablando lo suficientemente bajo para que mi primo no le oyera.

—¿Qué hacéis? —se escuchó desde el otro lado de la puerta.

—Espera, ya salgo —acepté con resignación, pues sabía que Dilan se estaba haciendo el tonto.

—No lo dejes demasiado caliente —bromeó Alejandro.

Recompuse mi vestimenta, pues mi marido me había medio desnudado, y salí al salón.

—¿Qué quieres? —inquirí, más seca de lo de esperado.

—¿Cómo va ahí dentro? —sonrió con cierta malicia.

—¿Para eso me has hecho salir? —me mosqueé.

—No te enfades… que estás muy guapa cuando sonríes.

No lo pude evitar. Sonreí como una tonta, como siempre que Dilan me hacía reír.

—Va, duérmete —le pedí—, que mañana te cuento como ha ido, ¿vale?

Le di un beso en la mejilla, pero el chico me sorprendió, girando el rostro para darme un pico.

—Dilan… —le reprendí con parsimonia, apartándome de él en dirección al cuarto donde me esperaba mi marido.

Antes de alejarme lo suficiente, el chico me dio un manotazo en el culo. Giré el rostro para recriminarle con el ceño fruncido, pero sin dejar de sonreír. Me quemaba la nalga dolorida, pero no podía negar que el gesto me había gustado.

—¿Qué quería? —indagó Alejandro en cuanto entré al dormitorio.

—Nada. Tenías razón, creo que lo tengo a tope —sonreí.

Mis palabras encontraron la reacción que buscaba. Mi marido pareció encenderse, despojándose de las ropas para mostrarse completamente desnudo ante mí. Ya estaba empalmado.

Pasaron unos minutos hasta que volvimos a escuchar a Dilan.

—Vero…

—¿Qué quieres ahora? —contesté, de rodillas, dejando de chuparle el pito a mi esposo, que estaba sentado en el borde de la cama.

—¿Puedo pasar? —preguntó mientras abría la puerta e irrumpía en la habitación de matrimonio.

—¡Pero, qué coño! —Alejandro se alzó, intentando taparse con uno de los cojines.

—¡Dilan! —me quejé, completamente desconcertada.

—Perdón, perdón —se excusó, sin dejar de adentrarse más en la estancia.

—Tío, ¿se puede saber qué haces? —le preguntó mi esposo.

—Vengo por si necesitas ayuda —sonrió, vacilándole y provocando que mis pulsaciones se dispararan por temor a lo que pudiera decir.

—Dilan, no digas tonterías —reaccioné.

—Vamos, Vero, no finjas ahora.

Debí quedarme pálida ante las palabras de mi primo. Miré a mi esposo, que parecía cohibido.

—No eres más que un crío que no se entera de nada —replicó Alejandro tras unos segundos de indecisión.

Me fijé en las gotas de sudor que comenzaban a deslizarse por la frente de mi pareja. Parecía acobardado.

—Por lo que me ha parecido ver, un crío que la tiene bastante más grande que tú —contraatacó con una sonrisa burlesca.

No me podía creer lo que pasó a continuación. Dilan comenzó a abrirse la bragueta, sacándose el cipote ante la mirada desencajada de Alejandro, que estaba paralizado y parecía haberse quedado sin palabras. A mí me dio un vuelco el corazón. Inesperadamente, ver cómo mi primo pequeño comenzaba a humillar a mi marido me estaba poniendo a mil.

—Ya… pero eso hay que saber usarlo… —soltó finalmente, con voz temblorosa.

Alejandro me miró, como esperando mi confirmación. Dudé y, sin decir nada, comencé a gatear hacia los dos hombres. Mi marido se destapó, dejando caer el cojín al suelo para mostrar su pene flácido. Ambas falos estaban en completo reposo, pero el de mi primo era el doble de grande. Ya no tenía dudas. Alcé una mano, agarré uno de las dos y masajeé el relajado miembro. Me dio la impresión de que me iba a costar que se empinara. Me fijé en el desafortunado perdedor, procurando darle explicaciones con la mirada.

—No todo es el tamaño —sonrió Alejandro, aunque aún parecía nervioso.

Observé cómo Dilan se guardaba la verga, abrochándose los pantalones antes de marcharse, sin rechistar. Me puse triste.

—Déjame hablar con él —le rogué a mi pareja.

—Sí, será lo mejor —no puso impedimentos—. Pero no tardes —me sonrió, más sereno una vez que el veinteañero se había ido.

No sabía lo que me estaba ocurriendo. En ningún caso quería hacerle daño a mi marido y por eso le escogí a él, pero no podía obviar que me había dado muchísimo morbo verlo acomplejado.

—¿Se puede saber qué pretendías? —le eché la bronca a mi primo en cuanto salí al salón.

Me acerqué a él y, antes de que pudiera contestar, le sobé el paquete.

—Me has puesto cachondísima —confirmé.

Dilan me contestó con una sonrisa de suficiencia. Era evidente que pretendía justo lo que estaba pasando. Se deshizo de los pantalones y los calzoncillos, mostrándome nuevamente sus preciosos atributos masculinos.

Le palpé la flacidez. Era tremendamente más placentero el carnoso tacto de mi primo que la pequeña picha de mi marido. Casi como atraída por su magnetismo varonil, me arrodillé ante el veinteañero. La verga ya tenía una leve altivez cuando me la metí en la boca. Era la primera vez que se la chupaba y me encantó sentir el frío sabor del ampallang. Mi lengua jugó con la barra de metal, percibiendo cómo poco a poco el glande se iba hinchando en el interior de mi cavidad bucal, hasta que degusté la juvenil dureza del miembro.

—Cariño… —oí a Alejandro llamándome desde la habitación.

Me dio un subidón. De repente fui consciente de que mi marido estaba en la estancia contigua, a una sola puerta de que me pillara haciéndole una mamada a mi primo pequeño. La mezcla de temor y morbo era tremendamente placentera. Le di un último repaso a la polla de Dilan, lamiéndosela desde la base hasta el bálano, y me alcé.

—Lo siento. Me tengo que ir —le susurré.

El macarra se despidió estrujándome un pecho. Gemí. Reaccioné rápidamente tapándome la boca, sin poder evitar reír junto al hijo de mi tía. Volvíamos a ser cómplices, como siempre fuimos.

—Lo siento —se disculpó Alejandro cuando regresé junto a él.

—¿Por qué, amor mío? —me hizo sentir mal.

—Por haberte hecho pasar este mal trago. Ha sido culpa mía. Yo te he dicho que calentaras a los críos y mira lo que ha pasado. Se me ha ido de las manos…

—¡Eh! —me quejé—. Nada de lamentos —procuré sonreír—. Ya está todo aclarado con Dilan, así que no tienes de qué preocuparte —fui consciente de mi cinismo.

Lamentablemente a mi marido se le había bajado toda la libido y, por más que intenté provocarle una erección, no fui capaz.

—Déjalo, cariño —me perdonó el suplicio—. Es imposible.

Me sentí tan impotente como él. Y ligeramente enfadada. Que no se le levantara era incluso peor a que me dejara a medias. Llegué hasta a dudar de mis capacidades para atraerle. Resoplé, disgustada.

—¿Estás bien? —se preocupó.

—Sí —mentí.

—¿Quieres… acabar tú sola? —parecía avergonzado.

—No, gracias —forcé una sonrisa—. Voy a salir a ver un rato la tele con Dilan. ¿Te importa?

Negó con la cabeza. Le di un tierno beso en la mejilla y me fui. Fue una despedida fría.

—Pensé que no volverías —dijo mi primo, que ya estaba tumbado en el sofá cama.

—¿Puedo? —pregunté mientras me recostaba a su lado.

—Mal, ¿no?

—Sí.

No hicieron falta más palabras para que Dilan se aventurara a colar una mano bajo mi camiseta, comenzando a jugar con el volumen de mis pechos.

—Ya está aquí tu primito para arreglarlo —se vanaglorió.

Su pasión por mí me reconfortaba. El deseo con el que me tocaba me hacía olvidar que me sintiera culpable por no haber sido capaz de excitar a mi marido y, después de todo lo que ya había pasado, no me pareció tan mal concluir lo que había dejado a medias. Me dejé llevar, rezando para que a Alejandro no le diera por salir de la habitación.

Me puse de rodillas sobre la cama, entre las piernas de Dilan. Le saqué la verga y se la meneé para ponérsela bien dura antes de comérsela. Totalmente descontrolada, no podía evitar los gemidos guturales de suma satisfacción cada vez que me metía en la boca la enorme polla de mi primo pequeño.

—Nos van a oír… —advirtió el veinteañero, aunque la situación parecía divertirle más que otra cosa.

—No, si ya os hemos oído hace rato —susurró el peque, asustándome.

Dilan comenzó a reír. Yo giré la cabeza y, avergonzada, me tapé la entrepierna. Aún tenía las mallas puestas, pero estaba con el culo en pompa y el rechoncho bulto que se adhería a la tela debía haber estado todo el rato a la vista de los dos menores.

—¡Madre de dios! —me quedé paralizada.

Siscu y Fer estaban de pie en la entrada del salón, completamente desnudos, con sus vergas completamente tiesas. Dudé un instante, tiempo que ellos aprovecharon para acercarse al sofá cama.

De repente me vi rodeada por mis tres primos pequeños y sus grandes pollas. No era una situación desconocida para mí, pero esta vez era distinto. Ya había tenido relaciones con cada uno de ellos por separado y, muy a mi pesar, mi marido estaba en la habitación de al lado incapaz de darme lo que los niños me ofrecían.

Completamente desatada, sin pensar, alcé ambas manos, agarrando sendos nuevos falos, y comencé a acariciarlos, escuchando el adulador sonido de los gemidos de los dos hermanos menores. Me detuve.

—¡Chis! —me quejé—. No podéis ser tan escandalosos —bajé el tono de voz—, que el primo se va a enterar.

—¿Pasa algo? —gritó mi marido desde la habitación.

—Mierda, mierda —susurré, alterada, al mismo tiempo que empujaba a los niños, echándolos de la cama.

—¿Estáis bien? —Alejandro asomó la cabeza por la puerta—. Me ha parecido oír un grito.

A Fer le había dado tiempo a ocultarse tras la barra americana de la cocina. Siscu estaba tumbado en el suelo, al otro lado del sofá cama. Dilan, con una pierna recogida para disimular la empalmada, había cubierto su desnudez con la sábana. Y yo, con el corazón a punto de explotar, tumbada en la cama al lado de mi primo, me puse de costado, dándole la espalda a mi esposo para que no se percatara de que tenía la camiseta medio subida.

—Ha sido la peli —afirmó Dilan.

—¿Vienes a la cama, cariño?

Sentí cómo el mayor de mis primos me agarraba la muñeca y tiraba de mi brazo, introduciéndolo cautelosamente bajo la sábana en dirección a su entrepierna. Mi corazón retumbaba en mi pecho.

—Aún tardaré un poco —contesté, comenzando a sentir los roces con el miembro de Dilan.

—¿Qué veis?

No tenía ni idea de lo que estaban dando en la tele. Miré disimuladamente y me fijé que en ese momento emitían anuncios. Me puse nerviosa y no supe qué decir.

—Agárralo como puedas —aseguró el macarra, haciéndome sonreír.

No lo pude evitar. Le agarré la polla y comencé a masturbarlo clandestinamente.

—Esas te gustan, cariño —concluyó Alejandro, intuí que sonriendo.

—Sí, me encantan —bromeé con un doble sentido que mi marido no pudo entender mientras estrujaba la durísima verga del veinteañero.

—Buenas noches, parejita —se despidió al fin.

—Buenas noches —contestamos al unísono Dilan, yo y… ¡el peque!

Por suerte Alejandro no se percató de la tercera voz. A mí me entró un ataque de risa, supuse que debido a la liberación del tenso momento vivido.

—¡Pasadlo bien! —se oyó desde la habitación de matrimonio, supuse que al percibir mis carcajadas.

—Venid —indicó Dilan en voz baja, alzándose de la cama.

El resto, cuchicheando entre risas, le seguimos sin rechistar, en dirección a la habitación doble. Los tres hermanos se sentaron en una de las camas mientras yo me aseguraba de cerrar las puertas, tanto del salón como del dormitorio para insonorizarlo lo máximo posible. Los chicos comenzaron a bromear sobre lo que acababa de suceder. Yo, sentada en la otra cama, los observaba.

Recordé lo bien que lo había pasado con mis primos pequeños durante todos los días de verano, pero especialmente la última semana en la que había intimado con ellos mucho más de lo que jamás me hubiera imaginado. A mi mente vinieron los últimos lamentos de mi marido. ¡Joder, si es que tenía razón! Si ahora estaba ahí, en esa habitación, era culpa suya. Dilan me dejó completamente satisfecha y si no hubiera sido por la maldita ocurrencia de Alejandro de obligarme a tontear con los chicos seguro que no estaría nuevamente necesitada. Y si encima él no podía cumplir como un hombre…

—Quiero que a mí también me la chupes —el peque me abstrajo de mis pensamientos.

—¿Estás seguro? —sonreí melosamente, desafiándolo, mientras me alzaba y, con parsimonia, me acercaba a los niños.

Nunca había estado con más de un hombre al mismo tiempo y, aunque jamás había formado parte de mis fantasías, lo cierto es que me resultaba muy apetecible. Así que, deleitándome la vista con las tres jóvenes vergas que me esperaban, lo tuve claro. Esa noche pensaba divertirme.

El mayor de edad, que tenía el falo a media asta, estaba sentado entre los dos menores. Me arrodillé ante ellos. Alargué los brazos para masturbar a Siscu y Fer, que estaban totalmente empalmados, y abrí la boca para volver a chupársela a Dilan.

La habitación se llenó de gemidos de placer. No tardé mucho en alternar, pasando a hacerle la mamada al quinceañero mientras no dejaba de pajear a los otros dos. Cuando le tocó el turno de recibir mi experimentado sexo oral al peque, acercando mi rostro a su entrepierna, contemplé cómo el enano se puso a temblar y, sin ni siquiera tocarlo, comenzó a balbucear escupiendo cuantiosos chorros de semen.

Me pilló por sorpresa, dándome un inesperado baño de lefa. El primer lechazo me alcanzó el rostro. Mientras sentía el caliente líquido deslizándose por mi mejilla, me dio tiempo a apartarme ligeramente para que el resto de la corrida me manchara la camiseta ajustada sin nada debajo que aún llevaba puesta.

—¡Joder, peque! —me quejé.

El esperma me caló. Pude apreciar la viscosidad empapándome las tetas, que ya empezaban a transparentarse claramente a través de la tela. Me deshice de la prenda. Aún no me la había sacado del todo cuando noté la mano de Dilan masajeándome los pechos una vez más. Fer le imitó. Me derretí de gusto.

Usé la camiseta para limpiarme los restos de la corrida del peque, que aún jadeaba con la polla casi totalmente empalmada, pues prácticamente no se le había bajado la hinchazón. Acababa de tener un orgasmo con lo que supuse que tardaría en volver a eyacular, así que aproveché para cumplir lo que me había pedido. Me acerqué nuevamente a su sexo, abrí la boca todo lo que pude y, con cierta dificultad, me tragué la rechoncha verga, que me rasgaba la comisura de los labios.

Escuchando cómo aumentaban los gemidos de mi primo, que se revolvía de placer, me fui introduciendo poco a poco mayor cantidad de carne en la boca, hasta que mi nariz chocó contra el barbilampiño pubis. Tenía poco margen de maniobra, pero procuré sacar la lengua para alcanzar los testículos del mocoso. Tosí, con ciertas dificultades para respirar, pero logré el objetivo, lamiéndole los huevos.

Con la boca totalmente colmada, no pude rechistar cuando Fer, siguiendo las instrucciones de su hermano mayor, me introdujo una mano dentro de las mallas para palparme las nalgas. No tardó en bajarme la prenda, comenzando a acariciarme muy cerca de mi ano. La excitación me hacía estar muy sensible con lo que casi instintivamente mi cuerpo se movió para facilitarle las maniobras. Me alcé, poniendo el culo en pompa y abriendo las piernas ligeramente.

Estaba convencida de que el niño de 13 años aguantaría más, pero no dejaba de ser un crío viviendo sus primeras relaciones sexuales. ¡Y no con cualquiera! Tenía la suerte de hacerlo con una experimentada treintañera que le estaba ofreciendo un curso intensivo en la materia. Empecé a sentir las convulsiones del volcán y la lava blanca deslizándose por mi paladar. Retiré la lengua y, separándome ligeramente de la verga, esperé a que la erupción concluyera sin dejar de succionarle el glande, recibiendo todo el magma en el interior de mi boca.

Con mi marido durmiendo en la otra habitación del apartamento, no me apetecía manchar nada que luego hubiera que limpiar ni estar saliendo y entrando cada dos por tres en dirección al cuarto de baño, así que decidí tragarme la lefa del peque. A pesar de ser su segunda eyaculación casi seguida había soltado una cantidad abundante y tuve que emplear tres buenos sorbos para engullir toda la leche. Tenía un sabor relativamente dulzón. Siscu se dejó caer sobre la cama, sollozando, exhausto.

—¿Dónde has aprendido eso? —giré el rostro, sorprendida por el buen hacer de Fernando, que me estaba masturbando, follándome con el pulgar mientras me masajeaba el clítoris con otro par de dedos.

—Me lo ha enseñado Dilan.

Miré al macarra. Le sonreí y él me regaló un morreo. Mientras nos comíamos la boca, arqueé la espalda, buscando facilitar que el quinceañero me tocara justo en el sitio exacto. No lo logró. El niño aún tenía mucho que aprender.

Dilan debió percibir mis necesidades, así que se separó de mí para apartar a su hermano y, sin darme tiempo a rechistar, me agarró de las caderas. Sentí cómo encaraba su verga, restregándome el glande a lo largo de la vulva, provocándome un escalofrío al sentir el frío metal del piercing rozándome los labios vaginales. Sin previo aviso, me partió el coño. La brutal penetración, acompañada de los suspiros de admiración de los dos menores, aumentó mi libido más allá de lo que creí que fuera posible. Comencé a moverme, procurando acompasarme a las acometidas de mi primo. Su pubis y mis nalgas chocaban con fiereza, provocando un sonido pegajoso, el de nuestros cuerpos sudorosos entrando en contacto una y otra vez.

Empujando a Siscu, Fer se sentó en la cama, dejando a mi alcance su exultante pollón, que parecía palpitar esperando mis atenciones. Por supuesto, no decliné la oferta. Se la chupé. Colmada de expectativas, salvajemente follada y con la boca llena de carne, no tardé en explotar de éxtasis, logrando un orgasmo tras otro, prácticamente seguidos, que me hicieron incluso perder la noción del tiempo, llegando a sufrir un ligero vahído debido al desbordante gusto que estaba experimentando.

—¿Estás bien? —oí al peque cuando comencé a recuperar el resuello.

—Uf… —suspiré, levitando aún en la esponjosa nube del placer.

Tirada en el suelo, me llevé una mano a la entrepierna. Una mezcla viscosa de mis fluidos y los de Dilan se adhirió a mis dedos. El chico se había corrido en mi interior. La otra vez no se lo permití. Desconcertada, miré al peque, que volvía a tenerla empinada.

—¿Estás bien? —insistió—. Fer y yo queremos que esta sea nuestra primera vez.

—Eres un cielo —sonreí.

Me incorporé, buscando con la mirada a Dilan. Estaba sentado en una de las camas, con la humeante polla en estado morcillón.

—¡Ya te vale! —le recriminé—. ¿Es que no tienes preservativos?

—Paso de gomas.

—Así vas dejándolas embarazadas por ahí —me enfadé.

—¿No te estás tomando la pastillita?

—Sí, pero… ¡es igual! —gruñí, dejándolo por imposible.

—¿Qué dices de lo nuestro? —preguntó Fer, ruborizándose.

—Cielo, ¿a estas alturas aún tienes vergüenza? —le hice una cariñosa carantoña.

—¡Pero di! —insistió Siscu.

—No condón, no party —bromeé.

—¡Jo! —se quejó el peque.

—¿Y los que hay en el cajón de la mesita de tu habitación? —preguntó Fer, descolocándome.

No era consciente de que mi marido tuviera profilácticos guardados, pero nadie mejor que el adolescente para saberlo después de haber estado rebuscando por nuestro cuarto en más de una ocasión.

—Lo siento, Alejandro está durmiendo —solté, convencida de que eso sería suficientemente disuasorio.

—Voy a buscarlos —soltó con entusiasmo el más pequeño de mis primos.

—¡Eh, alto ahí! ¿Dónde crees que vas? —le detuve.

Los chicos parecían dispuestos a arriesgarse a que mi marido nos pillara con tal de perder la virginidad conmigo. Era algo que me adulada sobremanera. Pero en ningún caso iba a permitir que el futuro de mi relación quedara en manos de unos críos, así que finalmente me ofrecí yo misma a cogerlos. Sospeché que eso implicaba aceptar el acostarme con los dos menores. Me sentí responsabilizada y eso me revolvió el estómago, pero era más por una placentera incertidumbre que por otra cosa. No tardé en asumir con gusto que iba hacerlos unos hombres.

A pesar de que mis mallas no estaban precisamente limpias, me las volví a poner junto a una camiseta que Dilan me dejó para no entrar con las tetas al aire a la habitación de matrimonio. Abrí la puerta con sumo cuidado mientras mis primos observaban mis maniobras desde el salón, completamente desnudos. Gesticulé para que se marcharan, pero me ignoraron. Escuché los ronquidos de Alejandro y, procurando ser lo más sigilosa posible, me adentré completamente a oscuras.

Había recorrido prácticamente la mitad del camino cuando trastabillé con uno de los cojines, golpeándome con la mesita de noche y soltando un pequeño quejido de dolor. Oí las risas de mis primos y las pulsaciones se me dispararon debido a la tensión.

—¿Qué pasa? —sollozó Alejandro.

—Nada. Sigue durmiendo, amor mío.

—¿Ha acabado ya la peli? —balbuceó, medio dormido.

—Sí —contesté sin pensar.

—Ven aquí —me agarró de la cintura, obligándome a caer sobre la cama.

Mi marido me rodeó con uno de los brazos, inmovilizándome. ¡No me lo podía creer!

—Se nos acaban las vacaciones, cariño… —balbuceó antes de volver a roncar.

Intenté zafarme, pero Alejandro me retenía con fuerza.

—Tata… —susurró el peque desde la entrada de la habitación.

—¡Largo! —murmuré, viendo cómo el niño se adentraba en la estancia.

—¿Dónde están?

—¡Mierda, peque! —me quejé.

De repente me llegó un ligero tufillo sospechoso. Me concentré en el hedor mientras oía la respiración desarmonizada de mi esposo, que se rascó la nariz con el antebrazo que no me retenía. Temí que el inusitado picor se debiera al sucio aroma que comenzaba a identificar claramente. La habitación apestaba a polla.

—¡Ahí, ahí! —musité, más que alterada, indicándole a mi primo el cajón de la mesita para que se marchara lo más rápido posible.

—¡Los tengo! —gritó, exaltado.

—¿Qué dices? —masculló Alejandro, dándome un susto de muerte, pero por suerte volvió a dormirse al instante mientras el peque se alejaba con las risas de fondo de sus dos hermanos.

Después del tenso momento vivido con pavor, cuando conseguí zafarme de mi marido, fui al otro cuarto con intención de abroncar a Siscu por la temeridad que había cometido.

—¡Mira lo que tengo! —me recibió el peque con entusiasmo, sonriendo con satisfacción mientras mostraba y agitaba los preservativos que había conseguido sustraer de la habitación de matrimonio.

Lo vi tan alegre que fui incapaz de enfadarme con él.

—A ver, entonces… ¿a quién desvirgo primero? —sonreí, divertida, decidiendo bromear para quitarle hierro al asunto.

—¡Yo, yo, yo!

—¡A mí, a mí!

—Tú —señalé al peque—, túmbate ahí.

—¡Bien!

—¡Jo!

De camino a la cama donde el niño se estaba estirando comencé a desvestirme. Dejándome la parte de arriba, me deshice de las mallas. Me fijé que la zona que había estado en pleno contacto con mi entrepierna estaba especialmente sucia. Abrí el envoltorio del profiláctico y puse la goma sobre la punta de la inhiesta polla.

—Huy, huy, huy…

—¿Qué pasa? —se preocupó mi pequeño primo.

—Pues que la tienes muy gorda, hijo mío, eso es lo que pasa.

No había pensado que los condones de mi marido no eran para penes precisamente grandes. Intenté ponerle la goma, pero no hubo manera, el peque se quejaba de lo mucho que le apretaba. No me podía creer que, después de todo, fuera a quedarme con las ganas de estrenar a mis primitos.

Lo volví a probar, pero tampoco ayudaban los lamentos de Siscu, que me estaba poniendo de los nervios. Hastiada de escucharle, deseché el preservativo, me subí sobre el colchón y me puse a horcajadas sobre el niño.

—¡Cállate ya, joder! —le recriminé mientras le agarraba la verga, encarándola.

Bajé mi cuerpo hasta entrar en contacto con la punta del cipote. Escuché los sollozos del peque al mismo tiempo que comenzaba a apreciar cómo mis carnes se abrían para hacer hueco al inconmensurable grosor. Me deslicé poco a poco, dejando que mis labios vaginales succionaran el tronco, hasta sentarme sobre los subdesarrollados testículos. Me removí, sintiendo cómo se desgarraban las paredes internas de mi vagina. Siscu, inquieto, balbuceó y comenzó a moverse compulsivamente, supuse que instintivamente, follándome con demasiado frenesí. Llené la habitación de gemidos de placer antes de que el pequeñín me rellenara el chocho de crema. Estuve a puntito de correrme, pero no lo logré por muy poco. Sin duda el chico tenía poco aguante debido a su juventud e inexperiencia.

—Siguiente —miré a Fer mientras me separaba de su hermano, dejando caer sobre el vientre masculino, con un ruido sordo, la flácida verga acompañada de los grumos de semen mezclados con mi propia lubricación.

De camino a la otra cama, me quité la camiseta de Dilan mientras me fijaba en el pollón del quinceañero. Definitivamente, descarté la posibilidad de volver a intentar usar preservativo. Una simple cuestión de tamaño. Empuñé la verga para atraerlo conmigo. Me tumbé en el colchón, abriéndome completamente de piernas, y me palpé el coño. Estaba más dilatado que nunca. El muchacho parecía indeciso, así que se la volví a agarrar, guiándole.

—Disfrútalo, cielo —se la sacudí para después masajearle los huevos.

Mi primo farfulló algo que no conseguí entender mientras comenzaba a penetrarme lentamente. Gocé de la sensación de cómo mis labios menores intimaban con las grandilocuentes venas del cipote que me empalaba. Gemí, momento en el que el chico comenzó las descontroladas embestidas.

—Calma, chis… —intenté refrenarlo, sabedora de que no aguantaría mucho a ese ritmo, pero no lo conseguí.

En una de esas, el pollón salió de mi interior, provocándome un estallido de placer. Tuve un nuevo orgasmo al mismo tiempo que mi primo comenzaba a eyacular sobre mi cuerpo. Escuché los sonoros lamentos del muchacho mientras enérgicos chorros de semen aterrizaban sobre mi cuello primero, mis pechos después y, finalmente, sobre mi abdomen.

Tras varios segundos despatarrada sobre la cama con el cuerpo lleno de ardiente leche, disfrutando del gusto del reciente éxtasis, lentamente recogí las piernas. Me alcé de la cama, buscando mi pringosa camiseta para limpiarme los nuevos restos. Observé a los chicos. Siscu seguía medio muerto en una cama. Debía estar bien sequito por dentro. ¡Se había corrido tres veces en muy poco tiempo! Fer, recién exprimido, tampoco estaba para más batallas. Sin embargo, Dilan se acercó a mí para cuchichearme.

—Aún me queda una bala en la recámara.

Pero le ignoré, dando la orgía por concluida. Adquiriendo nuevamente mi posición de adulta responsable, mandé a mis primos pequeños que arreglaran la habitación y, sobre todo, que abrieran la ventana para que se ventilara mientras yo me daba una ducha en el cuarto de baño común. Cuando salí del lavabo ya era tarde, así que me fui a dormir directamente, pero antes les pedí a los niños que no se acostaran sin lavarse.

Una vez en la cama junto a mi marido, llegó el turno de darle vueltas a lo sucedido. Había dado por hecho que me sentiría culpable, pero extrañamente estaba en paz conmigo misma. Amaba a Alejandro y eso nada ni nadie lo podría cambiar. Era el hombre de mi vida. Sin embargo, estaba claro que no podía estar sin sexo. Tal vez podía asumir estar mal follada, pero necesitaba unos mínimos. ¿Y qué decir de los chicos? Mis primos pequeños eran más que adorables. Los había visto crecer y ahora acababan de regalarme un verano que jamás olvidaría. Al fin y al cabo, todo quedaba en familia, concluí. Sonreí pensado en ellos, notando cómo se me generaba un nudo en el estómago.

—Mira cómo estoy, tenemos que hacer algo con esto —susurró Dilan.

Los ojos se me salieron de las cuencas. La enorme polla del niño, que había entrado en la habitación de matrimonio tan silenciosamente que no me había percatado, estaba completamente tiesa a escasos centímetros de mi rostro, con Alejandro durmiendo a mi lado.

—¡Largo! —grité silenciosamente.

Dilan me sorprendió, agarrándome del pelo para acercarme el rostro a su entrepierna. Pero yo sellé mis labios, molesta, sin dejar de aspirar el tentador aroma que su polla desprendía.

—Abre la boca, que se va a despertar… —advirtió.

Tenía razón. Estábamos siendo demasiado escandalosos debido al forcejeo. Noté cómo mi marido se removía y me asusté. Miré a mi primo con rabia y le hice caso. Sentí cómo me la metía hasta el fondo de la garganta, engulléndomela. Se la volví a mamar.

Aunque quisiéramos ser discretos, los vaivenes y los sonidos guturales eran inevitables. Mi marido nos iba a pillar en cualquier momento, pero la tensión me estaba poniendo cachonda una vez más. ¡Madre mía, era un no parar!

—¿Cariño…? —escuché a Alejandro.

El tiempo pareció detenerse, avanzando a cámara lenta. El corazón me latía tan fuerte que me retumbaba en el cerebro. Sentí el sabor de la polla de Dilan a medida que se deslizaba por mi paladar para acabar saliendo de mi boca, llenándome la barbilla de mis propias babas.

—¿Qué? —contesté con simpleza.

—¿A dónde vas? —preguntó, desperezándose, supuse que pensando que me estaba levantando.

Observé a mi primo alejándose sigilosamente en dirección al cuarto de baño, adentrándose en la penumbra.

—Al lavabo —mentí.

Alejandro pareció desistir del interrogatorio, quedándose dormido una vez más. Me acerqué a Dilan y, susurrando, comenzamos una disputa dialéctica. Me negaba rotundamente a practicarle el sexo oral que me reclamaba en la misma habitación donde dormía mi esposo.

Aunque me hacía la dura, lo cierto es que a esas alturas mi primo sabía que podía conseguir de mí lo que quisiera. Así que, sucumbiendo definitivamente a sus exigencias, me arrodillé ante él para acabar la furtiva mamada. No tardé en llevarme una mano a la entrepierna, retirando a un costado el pantaloncito corto para masajearme el coño por encima de las bragas mientras no dejaba de chupársela.

Dilan se apartó segundos antes de correrse, apuntándome a la cara. Cerré los ojos y esperé la descarga. Con la esperanza de que no fuera muy escandaloso, oí cómo mi primo sollozaba e intuí un primer lechazo volando por encima de mi cabeza. El siguiente cayó con fiereza sobre uno de mis pómulos, sobresaltándome. El resto siguieron depositándose sobre mi rostro, que acabó repleto de una cuantiosa cantidad de pegajoso esperma.

—Te quiero, prima. Siempre has sido como una hermana para mí —murmuró el veinteañero, subiéndose las ropas.

No le pude contestar, pues tenía los labios impregnados de esperma. Sin poder despedirme, vi cómo se alejaba a través de los hilillos blanquecinos que me colgaban de los párpados.

Tras lavarme concienzudamente la cara, volví a la cama para acostarme junto a mi marido y dormirme de una vez por todas. Alejandro estaba de costado, con el rostro frente a mí. Lo observé. Lo vi guapo y sonreí. Se movió para darse media vuelta y entonces me di cuenta. Pegado a la sien le colgaba un pegote de semen que hacía puente con la almohada, donde debía haber caído la primera ráfaga de Dilan. No pude evitar reír. Era una imagen ridícula.

Día 23. Domingo.

Cuando desperté, estaba sola en la cama. Me estiré, relajada. Sentí algunos de mis músculos doloridos y sonreí, satisfecha.

—Buenos días, cariño —me saludó Alejandro al entrar habitación—. Hoy te cuesta levantarte, eh.

Recibí con agrado la presencia de mi marido, el hombre al que quería como nunca. Me alcé para besarlo apasionadamente. De fondo, escuché el ruido del agua y los gritos de mis primos. Supuse que ya estaban despiertos, jugando en la parte trasera del apartamento. Volví a sonreír, estaba contenta. Me sentía feliz.

Como si nada hubiera sucedido, pasamos la última mañana de las vacaciones en la piscina. Los tres hermanos se comportaron como unos auténticos caballeros. ¡Si es que eran un encanto! Mientras tomaba los últimos rayos de sol del asueto veraniego, contemplaba a mi marido intentando ser uno más entre mis primos, pero no lo lograba. Sin que él se percatara, los niños no dejaban de dedicarme miradas y sonrisas cómplices que me henchían el orgullo.

Antes del mediodía comenzamos a recoger para, después de comer, regresar a nuestras vidas cotidianas. Siscu se enfrentaría una vez más a su día a día en el colegio. Fer seguiría ruborizándose a la mínima que pasara un poco de vergüenza. Dilan, por su parte, volvería al barrio con su grupo de amistades, pero comenzaría a cambiar su comportamiento tal y como me había prometido. Alejandro continuaría siendo el mismo buenazo de siempre y seguramente se olvidaría de juegos eróticos estúpidos que solo podían complicarle la vida. Mientras que yo aterrizaría con los pies en el suelo, recuperando el habitual estrés de mi puesto de trabajo como responsable del departamento de Tesorería de la importante empresa en la que trabajaba.

Y la relación con mis primos volvería a la normalidad. Una naturalidad de la que jamás tendría que haberse alejado. O al menos así sería en los próximos meses, hasta Navidad, cuando nos volvimos a reunir toda la familia. Pero eso ya es otra historia.

37 Response to "Un verano con mis primos"

  1. doctorbp 12 de agosto de 2016, 15:02
    Nota del autor:

    Esta historia es un clásico y, como tal, algunas frases o situaciones están inspiradas en varios de mis relatos favoritos del género Vacaciones con tías/primas/hermanas mayores.

    Espero que lo disfrutéis.
  2. AEK 12 de agosto de 2016, 17:25
    Pole!
    La verdad es que me ha gustado mucho, ha merecido la pena la espera
  3. Zorro Plateado 12 de agosto de 2016, 18:05
    Me ha llevado cerca de 2 horas leerlo, pero ha merecido la pena.

    He encontrado alguna palabra que pese a no estar mal escrita, si podria catalogarse como mal elegida.
    Por lo demas, la personalidad de los 5 personajes, el inicio, el nudo y el desenlace...

    Todo genial. Al final añadiría unas ''escenas'', no diferentes pero si con un desenlace distinto, pero el relato lo catalogo como 10 de 10, sin duda alguna en mi opinion, el mejor que has escrito.

    Es larguisimo, no se puede negar, pero es un relato que ENGANCHA y da motivos para seguir leyendo.

    Te has superado, Doc. Pero por mucho.

    Un abrazo...
    Zorrito.
  4. doctorbp 12 de agosto de 2016, 23:01
    Gracias. Temía que el relato se hiciera pesado al ser tan largo, así que me alegro de que os haya gustado.

    Soy consciente de que le faltan revisiones, pero es que mi idea era publicarlo a principios de agosto y no podía alargarlo más. Echando alguna ojeada he visto algún fallo que iré puliendo a medida que los detecte. Os pido perdón por ello.

    Zorro, ¿cuáles son esas palabras que te chirrían? A veces cambio expresiones mil veces hasta que doy con la que me gusta, pero la falta de revisiones puede que tenga que ver con lo que indicas, así que si te acuerdas de alguna y me la quieres decir, yo encantado.

    ¿A qué clase de "escenas" te refieres? ¿de sexo? ¿de despedida? Va, no me dejes con la intriga jaja
  5. Anónimo 13 de agosto de 2016, 13:26
    Sensacional, increíble, espatarrante, alucinante
    https://youtu.be/bB28lCoxGkU?t=1m23s

    Joder macho, erotismo y comedia. Eres el mejor...
  6. Anónimo 14 de agosto de 2016, 0:09
    estos 2 ultimos relatos no me han gustado amigo, son relatos que se han enrevesado mucho, tanta orgia y tantos personajes masculinos no me ha gustado nada y menos con chavales de 13 años no resulta ni un poco real, no se puede ni imaginar, con lo bien que hubiera quedado que en el anterior acabase con el cabron y en este con el primo mayor... Este relato empieza muy bien, a la mitad con los juegos y demás sigue bien pero ya no los 3 chavales y todo el rato lo empeora sobremanera, sigo diciendo que los mejores son tu primer relato que no me acuerdo como se llamaba ( el de la pareja que va al pueblo ), el de vacaciones a toda costa y la de la peli porno, espero que el siguiente relato vaya por ahi y no por el camino de estos 2 ultimos
  7. doctorbp 15 de agosto de 2016, 11:18
    Erotismo y comedia... ¿es ironía o lo dices en serio? :)

    Al último anónimo, siento mucho que no te haya gustado.
    No te voy a negar que lo que propones me gusta (el que acabe follando con uno y no con todos) para que el relato resulte menos previsible. De hecho aquí llegué a pensar en darle más protagonismo al italiano o al cuarentón para que los lectores pudieran llegar a dudar.
    Sin embargo ya tengo publicados unos cuantos relatos del estilo que dices y, sinceramente, ahora no me apetece escribir ese tipo de historias. Lo cual no quiere decir que cuando me ponga con el siguiente, que aún no tengo decidido (aunque algo ronda por mi cabeza), lo haga.
    Cuando terminé "Día de compras" mi idea era ponerme con un relato policiaco, incluso llegué a escribir un boceto, pero luego mira lo que acabé escribiendo.
    Ahora lo que tengo en mente es... digamos que me veo influido por lo que leo/veo por ahí :P

    Un saludo.
  8. Anónimo 15 de agosto de 2016, 12:20
    el mejor relato que he leido en mi vida! eres un grande! y ya sabes quien soy jejeje nuri...
  9. Anónimo 15 de agosto de 2016, 21:12
    Totalmente en serio. Exitarce y de paso reirse (lo de la lefa en la cabeza me mató). Sigue así.
  10. Miru Jaca 16 de agosto de 2016, 21:05
    Uno de los mejores que has escrito en mucho tiempo, doc. En parte porque la propia temática me llama mucho y en parte porque en general está muy bien llevado, y aunque es largo no se hace pesado para nada.

    Como única pega, aunque pequeña, el hecho de que en algunos momentos me ha dado la sensación de que la trama avanza de una forma no demasiado natural (sobre todo con las bromas de Vero que sus primos se toman en serio, esas me han parecido situaciones bastante forzadas). Aún así, apenas molesta.

    Lo que comentan por arriba de palabras mal utilizadas, yo es cierto que me he percatado de una (concretamente de "sodomizada", término que se refiere únicamente al sexo anal), pero no me ha chirriado ninguna otra.

    En cualquier caso, este relato es una doble buena noticia para mí, por el hecho de que la espera haya sido notablemente más corta que la última vez y por el hecho de que la calidad ha vuelto a ir hacia arriba. :D
  11. doctorbp 17 de agosto de 2016, 13:11
    No, no sé quién eres nuri :P

    jaja lo de la mancha de lefa en la sien no estaba pensado. Surgió sobre la marcha. Me alegro que te haya hecho gracia.

    Miru Jaca, muchas gracias por el comentario :) Como ya dije en anteriormente, me alegro de que el relato, en general, esté gustando. A ver si otros lectores se animan a dejar sus comentarios sesudos.
    Uf! "Bromas" de Vero me vienen a la cabeza que sus primos se desnuden si quieren que ella se quite la parte de arriba del bikini y que Dilan se puede masturbar donde quiera, incluso en el salón donde está ella. Mis intenciones eran dejar claro que la confianza y complicidad entre ellos es suficiente como para que ella pueda hacer ese tipo de bromas sin que pase nada. Y precisamente por esa confianza y complicidad ellos aprovechan para encauzar los acontecimientos. Me pareció una buena forma de hacer que la historia tirara para adelante jeje

    Respecto al término "sodomizada", tienes toda la razón. Lo que quería decir es "sometida", pero como ya utilizaba ese mismo verbo un poco antes supuse que buscando un sinónimo para no repetir, se me coló una palabra equivocada. Ahora lo corrijo. Gracias!
  12. Anónimo 18 de agosto de 2016, 6:00
    Como siempre, el relato tiene un nivel que pocos autores consiguen alcanzar, así que enhorabuena por hacerlo. Como crítica constructiva, creo que en esta ocasión el ritmo sexual ha sido un poco irregular o incluso por momentos lento. A cambio, esto permite un desarrollo más natural y creíble de las situaciones, corrigiendo la sensación forzada de los anteriores. Pero implica también que en muchos momentos, especialmente de la primera mitad, el interés baje un poco. Además, al menos a mi, la primera escena de sexo con Dilan me pareció demasiado breve, especialmente con el tiempo dedicado a cosas más "rápidas" como la paja de dos noches antes o la mamada de la noche anterior.

    Me ha gustado mucho el toque gracioso, especialmente en el peque, aunque quizás por el mismo a ratos daba la sensación de ser más pequeño de lo que realmente era (quizás 7-8 años) y en otras no, creando quizás al personaje menos sólido del conjunto. Y la escena casi final, previa al group-sex, en que Dilan la está liando mientras ella está intentando acostarse con su marido es excelente.

    Ah, y me ha encantado que en esta ocasión le hayas dado al menos una cierta conclusión al relato. Aunque dejas un poco abierto el resultado, muy de tu estilo, al menos parcialmente indicas por dónde van los tiros de lo que pasó después, dejando un buen broche al conjunto.

    En cualquier caso, como siempre, excelente.

    Requiem
  13. Anónimo 18 de agosto de 2016, 22:24
    Me a gustado un montón sigue asi
  14. doctorbp 21 de agosto de 2016, 13:16
    Pues, como siempre, muchas gracias Requiem.

    Es cierto que este relato tiene mucho más desarrollo y, por tanto, menos parte sexual. De todas formas intenté ir dando pinceladas casi desde el tercer día para que el interés fuera poco a poco en aumento.
    Ese tercer día es casi muy sutil, pero describo cómo viste en la cama Vero y hago que se fije en el culo de Dilan cuando descubre que duerme con ropa interior ajustada.
    A partir de ahí vienen los masajes de Fer, las duchas con Siscu, las conversaciones sobre Dilan... todo cada vez con tintes más sexuales.
    Incluso decidí meter días intercalados más tranquilos (como el día de la limpieza por ejemplo) por temor a que fuera demasiado a saco :P
    Mi idea era narrar un verano entre primos que acaba en orgía, pero sin olvidarme de que el punto de partida es ese, unas vacaciones en familia.

    Respecto a la primera escena de sexo con Dilan, te doy toda la razón. No es que se quede corta, es que casi no se narra pues cuando empieza a follársela de verdad se acaba el día. Sinceramente dudé si alargar la narración o no. Si la alargaba me iba a quedar prácticamente una escena "final" de sexo (y no es lo que quería), pero si la cortaba ahí corría el riesgo de que supiera a poco. Y preferí correr ese riesgo. De hecho, casi me gustaba la idea de dejar a medias al lector para aumentar las ganas de llegar al desenlace, no quería que un polvo previo le quitara fuerza a la escena final.
    Ciertamente, no sé qué hubiera sido mejor, pero te explico las razones de por qué está hecho así e, insisto, dudé mucho si alargarlo tal y como comentas.

    Bueno, también es verdad que yo soy mucho de jugar con los términos llamando niños, pequeñajos, etc. a los primos que igual tampoco son tan críos. Y, claro, en eso también juega el comportamiento de Siscu. Pero me alegro que en general hayan gustado las gracias del peque :P

    En el anterior relato fueron muchos los que dijeron que les gustó el momento en que la protagonista habla por el móvil con su pareja mientras se la follan. Así que se me ocurrió jugar con una idea similar en este relato.
    En un principio estaba pensado que el juego de Alejandro fuera a más y acabaran todos en una orgía (incluido el marido, con su beneplácito). Luego pensé que durante el sexo podía haber un poco de humillación con Vero haciendo comparación de vergas, pero no me acababa de cuadrar con la personalidad de los personajes. Y fue entonces cuando se me ocurrió lo de jugar a dos bandas con Alejandro por un lado y Dilan por otro viéndose la prota "obligada" a caer en las garras de su primo por la torpeza de uno y la avidez del otro.
    Mientras escribía se me iban ocurriendo cosas como lo de que el marido asomara la cabeza cuando estaban los cuatro en el salón (y unos tiene que esconderse y otros disimular), lo de ir a buscar los condones a la habitación mientras él duerme o lo de la mamada final con el pegote de semen en la sien de Alejandro.

    Síííí! Sé que siempre me lo recriminas jejeje Ya sabes que por un lado me cuesta cerrar los relatos, pero por otro lado me gusta que acaben bruscamente dejándolos abiertos. Aquí hay un término medio. A más no llego jaja

    Nota: aún nadie me ha pedido una segunda parte narrando lo que pasó en Navidad. Me temo que este relato lo debe estar dejando mucha gente a medias xD
    Procuraré que el próximo vuelva a una extensión más razonable. Aunque si por mí fuera... acababa escribiendo la novela que siempre quise escribir jeje
  15. Anónimo 23 de agosto de 2016, 1:50
    Es para que no se te acumelen las segundas partes! Hasta que no haya una de "Noche Descontrolada" no se piden más segundas partes :P

  16. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:04
    PRIMERO.-
    Un gusto volver a leerte.
    Como siempre tus historias están llenas de detalles, logras que apreciemos a los personajes, además son creativas y divertidas.
    Gracias por compartirlas con nosotros, las disfrutamos.
  17. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:08
    SEGUNDO.-
    Pero…?
    Sentimos, que lo bien planeado y ESTRUCTURADO de este relato.
    Solo lo haces en la creación de DETALLES, previos y en los juegos preliminares.
    Cuando comienzan los encuentros sexuales.
    Entiéndase hacer el amor (penetración)
    Dejas de expresar detalles.
    Creas mini párrafos.
    Sentimos como si esos momentos los escribieras CON PRISA.
    Y tanto a la protagonista como a nosotros los lectores.
    Nos dejas insatisfechos.
    Vero no lo sabe aún?
    Pero necesita más verga, ¡MUCHA MÁS!
    Por favor autor, hagámosle un bien a esa pobre mujer necesitada.
  18. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:12
    TERCERO.-
    Eso nos lleva a preguntarte
    ¿Te AUTO CENSURAS?
  19. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:14
    CUARTO.-
    Lo decimos, por que escribes un relato muy rico, de aproximadamente 55 hojas, que sentimos va encaminada a una relación sexual entre Vero y Dilan.
    Y cuando ocurre;
    Lo escribes en ¡un párrafo!!!
    En serio autor.
    ¡LEÍMOS POR HORAS!
    ¿Para eso?
  20. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:20
    QUINTO.-
    Además creemos que tú omitiste párrafos, y lloramos mucho por su ausencia.
    (Ya que estamos ENAMORADOS de tu manera de escribir)
    Ya que al leer al final del día jueves 20, menciona Tata:
    -“Saberme sodomizada por mi primo pequeño, al que le sacaba más de 10 años”
    Pero eso ¿!nunca lo escribiste!?
    Pero…?
    Pero esa idea de la sodomizarían, nos gusta bastante.
    Anímate a escribirla.
    Ya que el contraste de edades, hacen de esta historia ¡puro morbo!

  21. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:25
    SEXTO.-
    Y aclaramos “SI” nos gustó el relato.
    Lo disfrutamos.
    Incluso lo RECOMENDAMOS.
    Por la sencilla razón, que tu autor “tienes” en un solo dedo, MÁS TALENTO que el resto de nosotros en todo el cuerpo.
    Y por eso nos molesta que nos dejes a medias, mi esposa casi me mata.

  22. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:37
    SEPTIMO.-
    Y hablando de tu ORIGINALIDAD.
    ¿Dinos a donde te mandamos la cuenta de nuestro cardiólogo?
    Ya que al leer la escena donde Dilan, “acompleja al marido”
    Nos produjo un INFARTO.
    (Pero de; ¡admiración!)
    De verdad “cohibir al marido”
    Nos pareció “!una OBRA DE ARTE!”
    Gracias.
    Gracias.
    Gracias.
    Gracias.
    Gracias.
    GRACIAS.
    Fue “!sorpresiva y AVASALLANTE!”
    Pero sobre todo, Esa escena fue súper humillante!
    Y nos causó el mismo efecto que a la protagonista “!nos puso a mil!”
    Por favor más escenas de Deshonra u menoscabo.
    Contra el marido.
    La participación del ESPOSO, en la escena o mejor dicho “la ausencia de participación”.
    Le da mucho morbo a la historia.
    Y hace más humano a la pareja.
    Ya que los matrimonios que tenemos “años de casados” sabemos que uno tiene que echar mano de muchos trucos, para mantener vivo el erotismo.
    En este caso creemos sería bueno que el marido se hiciera que NO se entera, aunque sepa la verdad.
    Más de esto.
    Ya que Autores como tú, que tengan cualidades para manejar la vergüenza.
    Son poquísimos en el mundo.

  23. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:41
    OCTAVO.-
    Esperemos, exigimos (es broma) igualdad.
    Queremos igualdad.
    Tanto en detalles, preliminares, como en PENETRACIONES.
    Saludos de tus satisfechos lectores.
    Federico y Señora de México.

  24. federico yo 25 de agosto de 2016, 9:47

    NOVENO.-
    Esperamos con ansia la próxima reunión de Navidad.
    Por favor NO dejes de escribirla y de darle a Tata (Vero) su noche buena.

    Yo y mi esposa, somos fanáticos.
    De las historias donde la mujer tiene “!varias parejas sexuales!” (Machos)
    Mi esposa dice que los hombres hasta escriben canciones de tener muchas mujeres.
    Que es justo que de perdido en LA LITERATURA la mujer tenga muchos amantes.
    Es cuestión de Democracia, dice ella.

    P.D.- Esperemos que en futuras aventuras, Vero le dé entrada al señor mayor.
    Incluso que el también humille al marido.
    Para que NO tenga donde esconderse.
    Hombres mayores y menores satisfacen mejor a su esposa.

    Animo y gracias nuevamente por darnos fines de semana de renovada juventud.
  25. Anónimo 25 de agosto de 2016, 12:37
    Buen relató, si bien es algo pesado por lo largo aún así es bueno, aunque creó esta misma dinámica de lo extenso, te provocó un choque de ideas, escenarios y acciones que tuviste que decidir y por lo tanto descartar, pero aún así el relato se mantiene bueno, aunque admito me gustansd tus relatos donde el conecte sexual es más creíble, aquí creó si pescaste un poco con el realismo de el relato, pero insisto raya en lo bueno., una segunda parte de este relato en esespesifico no me atrae, si harás alguna continuación, que sea de Regalo de cumpleaños o la niñera.Espero no tardes con el siguiente relato doc, animo y gracias.
  26. doctorbp 25 de agosto de 2016, 18:17
    Y un gusto que vuelva a comentar, federico yo.
    Evidentemente no, no me impongo ningún tipo de autocensura. En este blog se pueden leer relatos con menores, animales y discapacitados así que... Pero sí es cierto, y ya lo avisé anteriormente, que las descripciones sexuales de "Día de compras" son una excepción. Me centro mucho más en describir con detalle todos los preliminares que no en el acto sexual en sí que me parece más aburrido narrarlo y leerlo.
    En definitivamente, es más un estilo que otra cosa.
    Respecto a la sodomización de Vero ya quedó comentado que se trataba de una errata que ya ha sido subsanada. Actualmente en el relato se habla de dominación.
    En fin, muchísimas gracias por los elogios y lamento que os hayan decepcionado las descripciones sexuales.
    Cuando dices que os habéis quedado a medias, ¿te refieres a la descripción del acto sexual entre Vero y Dilan o a todo en general? Me sabría mal que no hayáis podido acabar de disfrutar del relato... :P
    En realidad lo de la Navidad solo fue un anzuelo para ver cuántos me pedían una continuación jaja Aunque es cierto que tengo pendiente un relato sobre esa época del año así que quién sabe...

    Pues yo también espero no tardar con el siguiente. Aunque ahora mismo estoy metido con modificaciones en el blog. Me gustaría darle un cambio de imagen y cuando me pongo con estas cosas me lío más de la cuenta jeje Eso sí, el próximo relato de realismo va a tener poco.

    Un saludo a todos y gracias a los que comentáis porque gracias a vosotros esto sigue adelante.
  27. federico yo 25 de agosto de 2016, 19:44
    DECIMO.-
    Gracias por tomarte el tiempo para contestar.
    Y aclaramos, NO nos decepcionas somos tus FANS, además que NO tenemos ningún derecho de “critica” ya que nosotros NO tenemos ni la milésima parte de tu talento.
    Ni ningún estudio de literatura o nada de eso.
    Solo decimos que como nosotros leemos tus relatos para “estimularnos” para nuestros encuentros sexuales (tenemos ya casi 50 años)
    Es decir preparamos toda la semana para esa noche (algún viernes o sábado) dependiendo del trabajo y la familia, para darnos el tiempo para disfrutarlo, (horas) pues nos gustan las historias, sensaciones, y motivos que creas.
    Pero…?
    Decimos que la sensación que sentimos es:
    El ritmo de lectura detallista que consigues, se DESINFLA y se siente como VACÍO, al momento de la penetración, incluso APRESURADO.
    Y eso nos deja esa sensación de INCOMPLETO.
    Nos frustra y mi esposa ¡hasta violenta y grosera! se pone.
    Ya que incluso nosotros platicamos las situaciones durante las lecturas, (leemos por turnos en voz alta, para el otro) y de repente la lectura dura “!Nada!”

    Es por eso que “SUPLICAMOS” el mismo detalle e interacción durante las penetraciones, ya que incluso “los diálogos entre personajes” que es otro de ¡tus fuertes! (muy disfrutables) ¡Desaparecen totalmente! en esos momentos es decir desaparece todas tus maravillas, como autor.

    Y mi mujer pregunta?
    ¿Vamos a dejar a esta pobre mujer con esa hambre de pene?

  28. doctorbp 27 de agosto de 2016, 12:13
    No me des las gracias por esto. En cuanto publico un relato espero ansioso vuestros comentarios para poder tener un sano intercambio de opiniones.

    Sinceramente, me encanta todo ese ritual entorno a la lectura de mis relatos. Realmente es por cosas como esa por las que me gusta publicar. Pero no todo el mundo me lo dice como vosotros :)

    Por cierto, por supuesto que tenéis todo el derecho de crítica. Para eso están estos comentarios. No hace falta saber más o menos para opinar sobre los gustos personales de cada uno.
    Está claro que a este blog no llegarán los que quieren un relato corto o los que busquen personajes femeninos que vayan buscando sexo con cualquiera. Mi estilo está muy claro y creo que, más o menos, con ciertos matices, es del agrado de los que me leéis habitualmente. Pero dentro de esos parámetros habrá cosas que gusten más o menos y aquí estáis todos para opinar. En vuestro caso, por ejemplo, os gustaría que la parte sexual tuviera tanto detalle como el resto del relato. Es una opinión completamente válida. Y, oye, pues igual podría mejorar en ese aspecto. Por supuesto.
  29. Anónimo 29 de agosto de 2016, 17:10
    Ma-ra-vi-llo-so.

    Soy la que te criticó el exceso de mugre en los últimos relatos. Supongo que no es gracias a mí, pero aún así me has dado el placer (ejem...) de "limpiar" a los personajes. No sé cómo expresarte la alegría que me ha supuesto esto. He estado FELIZ en la última semana, mientras lo leía. Feliz por encontrarme justo con el tono de relato que quería . Gracias, gracias .

    La escena de la primera ducha con el primo pequeño la he leído en algún relato, como buen clásico del morbo. Pero jamás, jamás me he tocado tanto como con esta. Qué bien contada. Casi estaba allí, rodeada de esas pollas grandes (pero no monstruosas, como te pedí !).

    El relato es perfecto, excelente, nada que objetarle. Al estar tan bien estructurado me ha durado días... porque cada mañana acababa extenuada al transcurrir dos o tres días dentro del relato. Quiero agradecerte esta semana de masturbaciones continuadas. No he fallado ni un solo día hasta que me lo he terminado.

    He ojeado algunos comentarios. Me sumo al tono de reverencia generalizada, pero no te critico en absoluto que vayas resolviendo rápidamente los últimos actos. Es lo lógico, el ritmo de tensión creciente es perfecto al inicio, y me has ido dando caña día tras día. A mí me cansan los polvazos de varias páginas . Tú sugiere situaciones, que el desarrollo de las imagenes ya las pone mi cerebro y el placer mis dedos.

    Gracias. De veras. Me he descubierto leyéndolo varios días con mi trasero en pompa, el móvil apoyado en la almohada, pasando páginas con una mano y la otra... detrás.

    No dejes de escribir jamás.

  30. doctorbp 30 de agosto de 2016, 1:06
    Bueno, bueno, muchísimas gracias por este comentario.

    He recuperado el aporte que hiciste en el anterior relato para hacer memoria y, como te dije entonces, me encanta saber que los lectores se masturban gracias a mis historias.

    Es que te imagino con el culo en pompa masturbándote mientras lees el relato y... ¡joder, mola mucho!

    Lo cierto es que las gracias se las debes a un autor que escribió una serie inacabada sobre una pareja que pasa unas vacaciones con un sobrino y el hermanastro de ella.
    Me quedé con las ganas de poder leer la historia terminada y eso me empujó a crear mi propio clásico del tipo "Vacaciones con tías/primas/hermanas mayores". Además de que un lector me pidió un relato sobre playa/piscina y le iba como anillo al dedo.

    jejeje a mí me gusta mucho la escena de la primera ducha :)

    Jo! Te haría mil preguntas, pero igual está feo que lo haga en público jajaja Así que poco más que añadir. Solo me queda darte las gracias por tu sinceridad y animarte a que en el futuro, si te apetece, me sigas comentando estas cosillas.

    Con comentarios como este, imposible dejarlo :D
  31. Anónimo 4 de septiembre de 2016, 20:19
    Un relato buenísimo doc. Me gustaría que ahora te intentarás lanzar con personajes latinos o árabes ya que han sido menos tratados en tus relatos. Además esos personajes adolescentes le dan un toque mucho más morboso. Bien hecho y sigue así!!
  32. doctorbp 6 de septiembre de 2016, 12:42
    Gracias. Tú eras quien se ponía en contacto conmigo con emails falsos, verdad? Nunca pude contestarte :P
  33. doctorbp 24 de septiembre de 2016, 12:46
    Primero de todo quisiera daros las gracias a todos aquellos que habéis participado en la encuesta sobre este relato en la que pregunto cuál es vuestro día o situación preferida.

    Los resultados son bastante esclarecedores. La opción más votada es claramente el día 22, el desenlace definitivo a la tensión sexual generada durante las vacaciones.
    Luego hay un grueso de votos formados por los acontecimientos previos (días 18, 19 y 20) en los que Vero le hace una paja, una mamada y folla respectivamente con cada uno de sus primos.
    Con algo menos de votos está la semana anterior (días del 11 al 15) en los que los acontecimientos van subiendo poco a poco de temperatura.
    Y, con una cantidad de votos similar, mención especial al día 5 en el que Vero ducha a su primo más pequeño.

    La conclusión que saco es que el relato cumple con lo que esperaba, un incremento paulatino de las situaciones morbosas.
    Una primera semana normal con la pincelada de la ducha al peque, que parece haber gustado. Una segunda semana en la que empiezan a destacar las situaciones subidas de tono. Y una última semana cargada de sexo que acaba con el gran día en el que Vero se desata y disfruta plenamente de sus primos.
    Como apunte curioso, los masajes de Fer no parecen haber gustado demasiado. Lo tomo en cuenta porque ahí sin duda he fallado.
    Y un hecho sorprendente, al menos para mí, nadie ha votado el día 17 en el que los tres primos se desnudan delante de Vero mientras tienen una conversación con bastantes tintes picantes.

    Muchas gracias a todos!
  34. rocket18 6 de octubre de 2016, 15:07
    Hola Doc!! Saludos desde Colombia. Un relato excelente acaba de entrar en mis favoritos con Las pozas y carino ponte en forma. Aunque es largo no aburre hace que uno quiera continuar leyendo.la forma como dia a día evolucionan las situaciones en la casa y se cortan dejandolo para el otro dia hace que uno no pierda el hilo. La narracion en primera persona genial. En definitiva excelente. Te felicito. Saludos y por aqui espero mas relatos asi.
  35. Anónimo 21 de octubre de 2016, 3:32
    Me di cuenta hace un par de días que tenía tus escritos muy olvidados, así que me he propuesto leerme los que no me haya leído yendo hacia atrás y empezando por este, que es el último que has colgado a día de hoy.

    ¿Qué decirte? Que es largo de cojones, pero ya sabes que, a mí, cuanto mas largas mejor... Las historias, las historias, jaja. Pero te voy a poner dos pegas. La primera vez que usas el término 'ampallang' deberías haber dicho qué es, que creo que no lo has hecho, y alguien que no esté puesto en el tema de los piercing y el arte corporal no te habrá entendido. La otra es respecto al marido de Vero, un nombre que me encanta, por cierto. Está demasiado manida la excusa de que una chica, porque siempre es una chica, se entregue a los brazos de otro u otros porque el marido no le da lo que necesita sexualmente. Siempre se auna en este personaje poca fogosidad, mucha sosería y un pito pequeño, algo demasiado tópico para ti que tienes mucho talento. Yo una vez me enrollé con un stripper, un tío que trabajando en la noche en la industria del sexo una se imagina que tiene que ser una máquina en la cama, y qué quieres que te diga: lo recuerdo como uno de lo speores polvos que me han echado en mi vida. Procura evitar los tópicos.

    Por lo demás, el relato me ha entusiasmado.

    Un beso. Sonia.
  36. doctorbp 23 de octubre de 2016, 18:13
    Muchas gracias rocket18, me alegro que el relato te haya gustado y, en general, haya tenido tan buena aceptación.
    Creo que fue todo un acierto dividirlo en capítulos, uno para cada día, haciendo que la longitud del relato sea más llevadera.

    Bueno, Sonia, sabes que soy un autor lleno de topicazos, algunos de los cuales definen mucho mi estilo. Podría evitarlos y hacer algo de más calidad, pero no quisiera dejar de lado lo que realmente me provoca morbo.
    Supongo que podría inventarme un historia cojonuda en la que todas las pollas sean normales, pero eso probablemente no me pondría palote y, sinceramente, aquí estamos para lo que estamos :P
    Respecto al ampallang... me has hecho buscarlo jeje... digo esto: «Estaba circuncidado y se apreciaba claramente el ampallang, una barra recta que cruzaba horizontalmente a través de su grueso glande. Visto más cerca ya no tenía dudas. Ese piercing me ponía cachondísima». ¿No me lo aceptas como descripción del término?
    A mí también me encanta Vero. Junto a Eva, Sara o Marta son algunos de los que más me gustan para relatos eróticos. ¡Pero no puedo repetir!
    Me alegra un montón que este sí te haya gustado.
  37. Anónimo 24 de octubre de 2016, 3:23
    Ok, lo del ampallang vale, es verdad, pero lo de Marta no. Creo que es uno de los nombres más feos que existen y, junto con Eva, quizás el más común en los relatos. Y Eva tampoco me gusta, pero po rlo visto es un nombre super sexy. Debe ser que hay muchas Martas y muchas Evas buenorras en el mundo y por eso, muchos autores, lo relacionan con la sensualidad y la belleza. Preciamente, las dos únicas Evas que yo conozco son cualquier cosa menos sexys. Por cierto, Neus ya lo conocía, Neus Asensi, por ejemplo.

    Si te gustas las maduritas, "Tu puta madre" te va a encantar, y no lo digo porque sea un relato mío. Hoy no leo, me voy a la cama.

    Un besote. Sonia.

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