Wedding planner

Sinopsis: Una pareja de treintañeros decide contratar los servicios de una agencia para que les organice la boda.

Capítulo 1: La pareja

Andrés se desperezó en la cama. Era temprano, como siempre. Desvió la mirada hacia el costado y observó a la persona con la que compartía lecho desde hacía aproximadamente dos años. Se fijó en su rostro y sonrió, satisfecho al contemplar la deslumbrante belleza que irradiaba. No pudo evitar la cariñosa caricia, llena de amor y una pizca de deseo, que deslizó a lo largo del torso de la mujer dormida, mientras la destapaba cuidadosamente para dejar que los aún tenues primeros rayos de sol alcanzaran la tersa piel ligeramente erizada, iluminando la silueta desnuda del generoso busto femenino.

Isabel era una mujer tremendamente atractiva y Andrés sintió una desconcertante mezcla de orgullo por tenerla a su lado y temor por perderla. Una sensación que le hizo retroceder al pasado, retrotrayéndose al peor momento por el que la pareja había transitado. Intentó desechar ese pensamiento. La quería y eso era todo lo que importaba. Volvió a sonreír, pero la mueca le duró poco. Desde hacía algunas semanas intuía que algo había cambiado y lo peor era que sospechaba lo que sucedía.

Volvió a arropar a Isabel con la fina sábana y se alzó definitivamente, con la renovada ilusión por la idea que desde hacía días rondaba su cabeza. Era una locura, pues siempre habían estado de acuerdo sobre lo de vivir en pecado, pero no sabía cómo había llegado a la extraña conclusión de que el matrimonio era justo lo que necesitaban y, sobre todo, lo que eliminaría definitivamente sus inquietantes sospechas. Un ligero cosquilleo se adueñó de sus entrañas. Le gustó la emoción que le provocaba la incertidumbre, el no saber cómo reaccionaría ella cuando le pidiera que se casara con él.

Aproximadamente una hora más tarde, Isabel se despertó. Mientras se arreglaba para afrontar un nuevo día en el trabajo, encendió el ordenador. No sabía cómo había vuelto a caer, pero desde hacía unos meses las conversaciones por Skype volvían a ser un aliciente en su vida. Cuando la aplicación arrancó definitivamente, escribió: “Buenos días, guarrete”. A varios kilómetros de distancia, al otro lado de la comunicación, el hombre que esperaba con ganas el mensaje, respondió: “Buenos días, chica mala”. Y continuó: “¿Has pensado mucho en mí? Yo ya estoy totalmente empalmado”.

Los días transcurrían normalmente en la acomodada vida de pareja de los guapos e imberbes treintañeros. Él, accediendo a su puesto de funcionario por las mañanas, pudiendo dedicar el resto del tiempo a hacer deporte para mantener cuidado su buen cuerpo. Ella, trabajando en la gestoría que le permitía cierta flexibilidad horaria. Y ambos, con ocho años de consolidada relación a las espaldas, compartiendo piso en una agradable convivencia junto a Kira, la hembra pastor alemán con la que Isabel solía salir a hacer alguna ruta los sábados por la mañana.

Pero al fin llegó el día que Andrés había estado preparando, el día que debía cambiar sus vidas para siempre. Los pétalos, las velas, la cena, el champagne, el anillo… Se había imaginado la escena tantas veces en su cabeza que no estaba seguro de si ya había sucedido o aún formaba parte de una mera ilusión. ¿Isabel le había dicho ya que sí?

La mujer se sorprendió al llegar a casa y encontrarse el reguero de pétalos de rosa que recorrían el camino desde la entrada hasta la mesa, adornada con velas aromáticas, que esperaba a que los dos comensales se sentaran en rededor. Desconcertada, sintió cómo el pulso se le aceleraba y se preguntó si esa noche era especial por algún motivo que se le hubiera pasado. Se inquietó, incapaz de imaginar lo que su chico tenía en mente.

—¿Celebramos algo? —sonrió.

—Aún no —le devolvió la sonrisa, en una demostración de la complicidad existente entre ambos, mientras se acercaba a ella para besarla—. Te quiero.

El plan transcurrió tal y como estaba previsto. La pareja se llevaba bien y se notó en la conversación durante la cena, donde Isabel intentaba averiguar el motivo de todo aquello y Andrés no paraba de vacilarla, provocando las risas compartidas hasta que, tras el brindis por toda una vida juntos, él jugó la baza del poder del anillo.

De repente se hizo un nudo en la garganta de Isabel. Nunca habían sido partidarios de boda, así que la inesperada encerrona la pilló totalmente por sorpresa. Le habría dicho que no, que eso no era lo que habían hablado, pero miró a Andrés y no pudo evitar la certeza de ver al hombre que quería.

Él percibió la duda en la expresión femenina, sintiendo la punzada de dolor que esa actitud le provocaba. Recordó el fatídico momento, hacía ya unos pocos años, en el que descubrió la sesión de Skype que, por descuido, su chica se había dejado abierta. Todas esas conversaciones en las que Isabel practicaba sexo virtual con hombres totalmente desconocidos… Ese descubrimiento estuvo a punto de acabar con su relación y solo la salvó la promesa de ella de no volver a hacerlo.

E Isabel dijo que sí. No sabía muy bien por qué, pero extendió la mano para que Andrés le colocara la alianza que simbolizaba su relación, su amor, su compromiso. Suspiró, sin llegar a creerse lo que acababa de aceptar, pero se sintió extrañamente alegre, descubriendo que le reconfortaba saber que su chico la quería tanto como para proponerle matrimonio. Lo que desconocía era que el motivo real por el que Andrés se quería casar era el miedo. El treintañero, temeroso de perderla, estaba seguro de que su chica, de algún modo u otro, estaba volviendo a practicar cibersexo. Y no se equivocaba.

Era extraño que Isabel, una mujer bastante activa sexualmente, no soliera tener la libido subida. Y aquel momento, que bien merecía una buena celebración, no era una excepción. Aunque sin duda ayudaba el calentón que esa misma mañana le había provocado su contacto de Skype. Nunca le había sido infiel a Andrés, solo virtualmente, donde simplemente se dejaba llevar por sus fantasías, construyendo historias que la evadían de la realidad. No era más que un juego que había practicado desde incluso antes de conocer a su chico, que al final era el que siempre acababa disfrutándolo y del que además no tenía ninguna queja en cuanto a las relaciones íntimas se refería.

Andrés, más seguro de sí mismo gracias al sí quiero de Isabel, comenzó a pensar que tal vez todo había sido imaginación suya y se avergonzó al darse cuenta de la estupidez que acababa de cometer. Sintiéndose culpable, besó a su chica con ternura, como queriendo exculparse por haber desconfiado de ella. Poco a poco, el contacto físico se fue transformando, más carnal, para acabar en un sucio morreo en el que ambas lenguas se lamían con lujuria, mientras los labios se buscaban con avidez, intentando devorarse mutuamente.

Isabel sintió las manos de su chico acariciándole los pechos. La mujer gimió, arrimando su cuerpo al de Andrés para sentir su paquete, que ya estaba duro, estrujándose contra su vientre. Llevó las manos a la entrepierna masculina para sobarle el bulto antes de desabrocharle los pantalones y colar una mano dentro. Sintió el calor del miembro erecto. Lo acarició. Estaba muy excitada. Agachándose, mientras terminaba de liberar el pene de 17 centímetros, se arrodilló para comenzar a hacerle una mamada. Aunque la de su chico no era la más grande que había probado, prácticamente no era capaz de metérsela entera en la boca. Cerró los ojos, disfrutando del momento y, de repente, recordó la descripción que le había hecho de su propia verga el guarrete de Skype.

“La tengo circuncidada. Y el glande es bastante grueso, tanto que si lo meto en un vaso de tubo me voy rozando con el cristal. Por cierto, cuando llego al fondo del vaso, aún me quedan 4 o 5 centímetros fuera”.

No pudo evitar imaginar que se estaba comiendo ese enorme pollón, bastante más grande que la picha de su novio, al tiempo que se llevaba una mano a la entrepierna, deslizándola dentro de las bragas, a través del pubis completamente depilado, para sentir lo humedecida que estaba, muriéndose de gusto.

Andrés observó el morboso cuerpazo que, de rodillas y con asombrosa devoción, se balanceaba adelante y atrás al ritmo de las succiones con las que Isabel, sin dejar de masturbarse, le estaba deleitando. No pudo más, ansiaba follársela. Se agachó para alzarla, pero fue ella quien tomó la iniciativa, empujando a su chico hacia la habitación mientras terminaban de desvestirse.

La treintañera se subió a la cama, de pie, abriéndose de piernas para colocarse a horcajadas sobre el cuerpazo de su chico, que la esperaba tumbado con el miembro viril completamente tieso. El hombre le palpó los muslos lujuriosamente. Ese gesto fue la señal que ella utilizó para empezar a doblar las rodillas, acercándose al erecto falo que Andrés aprovechó para restregar por la lubricada vagina cuando la tuvo a la distancia adecuada. Isabel se detuvo para disfrutar de los placenteros roces, antes de dejarse caer sobre su hombre, permitiendo que la polla se introdujera por completo en su interior, hasta que ambos pubis se abrazaron. Y entonces, tras unos segundos completamente empalada, la excitada tía buena comenzó a moverse, provocando los gemidos de placer de su chico. Adelante y atrás. Arriba y abajo. Isabel se estremecía buscando que la verga alcanzara cada milímetro de su interior mientras las manos masculinas no dejaban de sobar ni un resquicio de su escultural figura. Acabó brincando como una loca sobre su futuro marido, disfrutando enormemente de la follada, como siempre hacía. Y, tras varios minutos de puro éxtasis, finalmente se corrió.

Andrés se revolvió, rodeando a Isabel por la espalda con uno de sus fuertes brazos, haciendo que, acompasadamente, los modélicos cuerpos de ambos bailaran un vals antes de que él quedara sobre el cuerpo femenino que ahora yacía de espaldas encima de la cama, con las piernas encogidas y completamente abiertas para que el treintañero comenzara a bombear. El buen ritmo de las embestidas fue en aumento hasta que, tras otros cuantos minutos, el hombre finalmente se detuvo, eyaculando, entre espasmos, en el interior del satisfecho coño de su prometida.

Isabel recibió la simiente en su interior sin preocupación. Eran una pareja más que consolidada y, aunque no se habían puesto a ello, querían formar una familia. Por eso preferían no usar ningún método anticonceptivo y, en el caso de que llegara el bebé, sería bienvenido.

A partir de entonces el día a día de los futuros marido y mujer cambió sustancialmente. Nuevas preocupaciones se adueñaron de sus vidas. Poco a poco, los preparativos de la boda fueron ganando importancia en su orden de prioridades. Fechas, iglesia, banquete, invitados, el vestido de novia… Eran demasiadas cosas a tener en cuenta y el estrés comenzaba a surgir entre los dos jóvenes treintañeros.

—Andrés, ¿has podido mirar el restaurante que te dije?

—Lo siento, pero no he tenido tiempo.

—¿Cómo que no has tenido tiempo? —comenzó a indignarse por la actitud de su chico—. Que yo sepa el que tiene las tardes libres eres tú.

A pesar de que Isabel casi siempre estaba de buen humor, cuando se enfadaba lo hacía a conciencia. Ella, muy a su pesar, prácticamente había renunciado a dedicar su tiempo libre a las conversaciones por Skype por culpa de la boda y le ofendía que Andrés no se involucrara del mismo modo.

—Escucha, he pensado que tal vez todo esto se nos esté yendo de las manos…

—¿Qué quieres decir? —se preocupó, pues ya se había hecho a la idea y hasta sentía ilusión por vestirse de blanco.

—Pues creo que estamos haciendo el tonto. ¿Por qué no contratamos un servicio que se encargue de preparar la boda?

—¡Una wedding planner quieres decir! —reaccionó más alegremente, sin poder evitar una ligera sonrisa que intentó disimular.

A Isabel le gustó la idea. Ya que iba a pasar por el que dicen que es el día más especial para una novia, con el servicio de una profesional aún quedaría todo más redondo. Y si eso además ayudaba a que no quisiera matar a Andrés, sin duda era la mejor solución.

Capítulo 2: La agencia

Jesús, a manos del volante, conducía como un loco. Llegábamos tarde y yo, sentada en el asiento del copiloto, aún tenía que revisar el montón de documentos que intentaba ordenar sobre la falda que solo me cubría una pequeña parte de los muslos.

—¡Jesús! —le recriminé cuando los papeles se desperdigaron por el suelo del coche tras pegar el volantazo.

—Lo siento jefa —me sonrió con esa maldita pero efectiva sonrisa con la que siempre lo resolvía todo.

Miré hacia atrás para observar el par de hojas que habían ido a parar a los pies de Jonathan, que iba sentado en la parte trasera del vehículo.

—¿Me las acercas, por favor? —le dije con cierto retintín.

Con la habitual parsimonia con la que me desesperaba, el veinteañero se agachó para acercarme los papeles sin decir ni una sola palabra.

—Como esto salga mal por tu culpa, te mato —le amenacé.

—Vamos, Rocío —Jesús quiso aplacarme—, que el chaval se va a comportar. ¿Verdad, Jonny?

—Claro, colega —contestó estúpidamente el que por desgracia era mi hijo, al que había tenido que meter en la agencia para que no acabara dios sabe cómo después de su fracaso escolar y sus pocas ganas de encontrar trabajo por su cuenta.

Cuando llegamos a casa de los novios, Andrés e Isabel, habían pasado como unos veinte minutos de la hora acordada. Antes de picar al timbre intenté poner mi mejor sonrisa para arreglar la mala imagen que íbamos a dar, pero la joven que me abrió la puerta debió darse cuenta de mi reacción al verla.

Isabel era preciosa. El pelo moreno, largo y liso, lo llevaba recogido en un peinado sencillo, lo que permitía que las bellas facciones de su rostro aún resaltaran más. Su amplia sonrisa mostraba unos dientes blancos, perfectos. Los pómulos, realzados gracias a la seductora mueca de unos labios tan finos como carnosos, cimentaban una expresión más que sugerente debido a la cautivadora mirada de tonalidad oscura, a juego con el contorno de ojos del exquisito maquillaje. La pequeña y elegante nariz, totalmente acorde con el conjunto, y las bonitas orejas redondeaban el resultado, la novia más hermosa de todas las que habían pasado por la agencia.

Pero por si fuera poco, su figura era excelsa. Automáticamente diseñé en mi cabeza el vestido perfecto para ella. Seguramente sin llegar a los 60Kg, a lo largo del escaso 1’70m que debía medir, el cuerpo de Isabel dibujaba las curvas mejor delineadas del creador más talentoso de la historia. A simple vista, la talla del generoso pecho debía ser una 95C, el contorno de su cintura mediría unos 60cm y la cadera rondaría los 90cm. Todo ello adornado por una cuidada y resplandeciente piel debido al moreno natural que bañaba los brazos estilizados y las piernas bien torneadas, que se dejaban ver bajo lo que, sin duda, parecía un exquisito gusto para la vestimenta, sabiendo sacarse el partido que su belleza merecía.

Automáticamente pensé que Isabel debía ser morbo puro para cualquier hombre. De hecho, en un pequeño arranque delirante, me imaginé que de haber sido lesbiana podría haberme excitado solo con verla. Sin embargo, lo que realmente me provocó su visión fue una incontrolable sensación de envidia que me invadió por completo. Sentí cómo una angustiosa presión se adueñaba de mi cuerpo, pasando de lo emocional a lo físico. Y no cabe duda de que no pude evitar fruncir el ceño más de lo que me hubiera gustado.

—Hola. ¿Isabel? —intenté controlar la situación.

—Sí. Eres Rocío, de la agencia, ¿verdad? Adelante.

—Pero qué novia más guapa… —me sinceré, intentando no escupir toda la bilis que la envidia me provocaba.

Habiéndola visto a ella, me imaginé que Andrés debía ser un buen partido y no me equivoqué. El chico tenía un polvazo. Guapo, pelo cortito y moreno, con una sonrisa más que agradable y, bajo su ropa estival, se notaba que estaba bastante bien físicamente. Si era posible, aún odié un poquito más a Isabel.

Aquella no era más que una primera toma de contacto, una charla para conocer los gustos, necesidades y expectativas de los novios. Se podría decir que era la parte más importante del proceso y, por eso, como dueña de la agencia, me gustaba acudir personalmente, además de llevarme a dos personas del equipo para tenerlo todo atado y dar una imagen de seguridad y eficiencia al cliente.

Jesús era mi mejor asesor, un hombre maduro, educado, elegante, culto y sofisticado. Además le encantaba su trabajo y tenía grandes conocimientos y una sensibilidad especial para todo lo que rodeaba a las bodas. A las parejas les solía chocar que alguien del sexo masculino fuera su wedding planner, pero cuando lo conocían, sobre todo ellas, acababan encantadas.

Sin embargo, el becario, mi hijo Jonathan, era todo lo contrario. Un crío irrespetuoso e irresponsable sin ningún interés en conocer el oficio que podría darle una estabilidad económica durante el resto de su vida. Pero qué otra cosa podía hacer. Al fin y al cabo hacía poco más de veinte años lo había tenido durante nueve meses en mi barriga y, aunque a veces lo olvidaba debido a su comportamiento, le quería.

Tras aquella primera sesión de trabajo con la pareja, mi intuición me decía que la novia había quedado satisfecha. Y eso, tras muchos años en el mundillo, sabía lo que significaba. Teníamos nuevos clientes. Yo ya había hecho mi trabajo como comercial. Ahora le tocaba el turno a Jesús, quien se encargaría de preparar la mejor boda posible para Andrés e Isabel.

Capítulo 3: El wedding planner

—Mi vida, ¿a qué hora llega la de la agencia? —le pregunté a Isabel para ver si podía organizarme.

—Pues espero que sea más puntual que la otra vez —sonrió, quitándole hierro al asunto—. Debería llegar como en una horita.

Lo cierto es que la respuesta no me hizo mucha gracia, pues me rompía los planes por completo. Era demasiado justo como para que me diera tiempo a cambiarme, salir a correr y volver para ducharme. Además, probablemente la reunión se alargaría lo suficiente como para que luego ya fuera demasiado tarde. No obstante, decidí ser positivo.

—Al final te está gustando esto de la boda —la chinché, recordando lo reticentes que siempre habíamos sido al respecto.

—Pues la verdad es que me está haciendo ilusión. Además, siempre podré echarte a ti la culpa por pedírmelo —guaseó, haciéndome reír.

Pasar el tiempo junto a mi chica solía ser agradable así que, entre bromas, acabé obviando el disgusto por la inminente visita de la wedding planner cuando sonó el timbre de la puerta.

Al abrir me sorprendió no ver a Rocío. En su lugar se había presentado uno de sus acompañantes. Aunque no recordaba el nombre de ninguno de los dos, sí la impresión que me dejó el cuarentón que ahora tenía en frente, completamente trajeado, esperando a que le invitara a pasar.

—Hola Andrés, soy Jesús, de la agencia. Nos conocimos el otro día.

—Sí, pasa… ¿No viene Rocío?

—Tal y como habéis acordado con ella, hoy empezamos a planificar vuestra boda —se detuvo unos instantes, como si estuviera evaluando mi reacción—. Y yo soy vuestro wedding planner —confesó mientras cruzaba la puerta y me sonreía, con un ligero aire de suficiencia.

Aunque no me esperaba que fuera él quien se encargara de la organización del evento, lo cierto es que no me sorprendió. Jesús no parecía precisamente ningún gañán, más bien al contrario, desprendía un aura de sensibilidad que probablemente le dotaba para ese tipo de trabajo. Tenía el pelo canoso y la piel completamente bronceada. Se notaba que se cuidaba. Me pregunté si sería homosexual, aunque en honor a la verdad no tenía ningún atisbo de pluma en absoluto. De hecho me recordó al típico galán madurito del cine norteamericano.

—Bueno, chicos, hoy vamos a hablar de conceptos importantes —Jesús desprendía seguridad en cada una de sus intervenciones—. El resto de sesiones serán más específicas sobre las decisiones que tenemos hoy, ¿de acuerdo?

Hizo una pausa, relajando el gesto, como invitándonos a asimilar sus palabras. Sin duda me dio la impresión de ser un gran comunicador. Miré a Isabel, que parecía ensimismada, observándole, hasta que por fin reaccionó.

—De acuerdo —sonrió sutilmente, recibiendo la misma expresión como respuesta por parte de Jesús.

—Perfecto, Isa —pareció tomarse cierta confianza con mi chica—. Hoy vamos a decidir, a grandes rasgos, el número de invitados, los presupuestos con los que nos manejamos y unas fechas orientativas.

La verdad es que a medida que pasaba la tarde, Jesús cada vez me caía mejor. Se notaba que era un hombre experimentado en su trabajo y, lo más importante, una persona muy agradable, de trato fácil. Tanto Isabel como yo nos sentimos cómodos con él en seguida hasta el punto de que la sesión se alargó más de lo debido, desviándose hacia temas que nada tenían que ver con la boda.

—Pues la próxima reunión podemos hacerla saliendo a tomar unas copas —bromeó nuestro wedding planner.

—Igual hasta os las consigo gratis —intervino mi chica, a la que se la notaba especialmente cómoda en la conversación.

—Isabel trabaja de camarera en un pub algún que otro fin de semana —aclaré.

—Nunca vienen mal unos ingresos extra y más ahora con todos los preparativos —exhortó Jesús, siempre con las palabras adecuadas en cada momento.

—¡Exacto! —sonrió mi futura esposa, iluminándose su precioso rostro.

—¿Y en qué local trabajas? —ahora se dirigió directamente a ella—. Tal vez hayamos coincidido y todo —dibujó una mueca que me pareció que pretendía ser más encantadora de lo normal.

—¿Pero tú no te mueves por otros ambientes? —bromeé, remarcando la última palabra, al tiempo que le daba un pequeño golpe en el hombro en señal de complicidad.

—¡Cariño! —Isabel no pudo evitar reír con mi comentario jocoso debido al contexto distendido en el que nos encontrábamos.

Sin embargo, a Jesús no pareció hacerle tanta gracia. Forzó una sonrisa, pero por primera vez noté que no tenía la situación controlada. En ese momento comprendí que nuestro wedding planner era gay.

Capítulo 4: El equipo

—Vamos, Jonny, saca los malditos pies de ahí encima —me quejé al ver al hijo de la jefa sentado con las zapatillas sobre el asiento del coche.

—Vale, colega…

—Me llamo Jesús —le chinché, sabiendo que Jonathan me respondería con su habitual gesto, lleno de cariño, de levantarme el dedo medio.

La verdad es que Rocío tenía razón. Mi compañero veinteañero no era más que un pobre chaval autodestructivo que estaba en pleno proceso de rebeldía. Por suerte sabía cómo tratarlo y conmigo solía comportarse. Pero eso tenía su lado malo y es que siempre me lo encasquetaban a mí. Aunque en realidad no me importaba pues, tras la muerte prematura de su padre, yo era lo más parecido a una figura paterna para él y eso me reconfortaba. Lo cierto es que debía reconocer que no formábamos un mal equipo.

—Oye, en serio que no me estás vacilando, ¿verdad? —insistió en la misma cuestión sobre la que llevábamos varios minutos discutiendo—. ¿Seguro que vamos a casa de la zorra esa del otro día?

—Ya te lo he dicho, se llama Isabel —le corregí con toda la parsimonia del mundo—. Y es una clienta, así que prométeme que vas a comportarte.

—¡Que sí, tío! Pero no me digas que no está buena la hija de puta…

De reojo observé al joven macarra mientras la mandíbula se le desencajaba hablando sobre las múltiples bondades de la guapísima novia. Jonathan, con media melena morena de pelo liso y barba sin arreglar de varios días, no era precisamente la persona más elegante que conocía. Ni su madre ni yo habíamos conseguido que vistiera algo más decente que el típico ropaje acorde a su edad, bajo el cual se adivinaba un cuerpazo debido al tiempo que, gracias al dinero de Rocío, había dedicado al gimnasio en vez de a estudiar o trabajar.

Cuando por fin llegamos al destino parecía que el becario, después de que le ignorara durante el resto del viaje mientras soltaba toda clase de improperios, ya se había calmado.

Tal y como les había explicado en la sesión anterior a Andrés e Isabel, a partir de entonces empezaríamos a tratar con mayor concreción los diferentes asuntos surgidos a raíz de las decisiones más globales de las que ya habíamos hablado.

—Recepción y alojamiento de invitados —sonreí a la pareja mientras sacaba el dosier con las diferentes posibilidades en las que había estado trabajando.

Era mi momento. Me encantaba desplegar todos mis encantos mientras disfrutaba mostrando el talento que tenía para todo lo relacionado con el mundillo de las nupcias. No había mayor satisfacción que la de observar los rostros de los novios cuando les enseñaba justo lo que querían ver.

Sin embargo, mientras explicaba las distintas opciones evaluadas, intuí que algo no iba bien. No tardé demasiado en darme cuenta de lo que no me permitía sentirme cómodo. Descubrí a mi compañero, que ahí estaba, como en un segundo plano, mirándole descaradamente el escote a Isabel con cara de desear comérsela. Me quise morir. Pero como siempre, actué adecuadamente.

Dejé que Jonathan participara, ayudándome a exponer el estudio que yo mismo había realizado minuciosamente sin la ayuda de nadie, matizando sus intervenciones cuando lo consideraba oportuno. De ese modo conseguí que se entretuviera en algo más interesante que en poner en riesgo la continuidad de nuestros clientes.

Mientras el becario hablaba, inconscientemente me fijé en aquello que tanto le había atraído y, como si de un canto de sirena se tratara, no pude apartar la mirada del generoso canalillo que nos regalaba la veraniega camiseta femenina. Las tetas de Isabel, que se balanceaban ligeramente cada vez que su dueña se movía interesándose por alguna cuestión de la conversación, eran espectaculares.

—Jesús —la novia llamó mi atención.

Reaccioné en seguida, apartando la mirada discretamente con una ligera sensación de angustia por no saber si me había pillado.

—Sí, dime, Isa —recuperé la sonrisa, sabedor de lo mucho que podía conseguir solo con ella.

—¿Tú quieres algo? Jonny me ha pedido una cerveza.

Por un momento se me pasó por la cabeza contestarle con una ordinariez, y no me hubiera importado al recordar la burla de Andrés sobre mi sexualidad, pero mi habitual cordura controló la situación.

—Quiero que esta sea una boda que jamás olvidarás —me dirigí directamente a Isabel, con total aplomo, casi intimidándola—. Pero una cerveza está bien —concluí para rebajar la fuerza de mi primer mensaje.

Hicimos un pequeño parón. Mi experiencia me decía que demasiada información de golpe era contraproducente. Mejor dejar asimilar los conceptos durante un momento de distensión.

—Bueno, ¿y cómo os conocisteis? —me interesé.

—Pues una noche de fiesta —afirmó Andrés.

—¡Cómo no! —intervino Jonathan jocosamente, haciendo reír a la novia.

—Teníamos amigos en común y empezamos a hablar… —confirmó ella.

—¡Brindo por los inicios! —propuse, levantando mi lata de cerveza.

—Y por los buenos finales —bromeó el novio, acompañándome en el gesto.

—Yo prefiero los finales malos —intervino el veinteañero.

—¡Jonny! —le recriminé, pero a Isabel pareció hacerle gracia.

—Déjalo, que él brinde por lo que quiera —medió sin darle importancia.

Los cuatro juntamos nuestras cervezas y, en un ambiente de total buen rollo, continuamos divagando. Sin embargo, personalmente no acababa de sentirme a gusto, pues seguía teniendo una espina clavada. No estaba acostumbrado a que nadie me vacilara como Andrés lo había hecho cuando puso en entredicho mi masculinidad. Sin duda, aunque me costaba reconocerlo, eso me había molestado.

Me fijé nuevamente en Isabel. No solo era una mujer de bandera a simple vista. Su tremendo atractivo iba acompañado, además, de una personalidad alegre y extrovertida. Y estaba seguro de que si la conociera un poco más, averiguaría aspectos de ella muy interesantes. Casi sin darme cuenta me descubrí sonriendo con cierta malicia y empecé a maquinar cómo vengarme de su novio.

Capítulo 5: La queja

No sabía por qué extraño motivo mi madre se había empeñado en que fuera yo solo a casa de la tía buena y el gilipollas de su novio. Supuse que me quería poner a prueba o algo por el estilo. En circunstancias normales la habría mandado a tomar por culo, pero en esta ocasión era diferente. La zorra de Isabel me ponía mucho.

Que una tía me atrajera no era ninguna novedad. Mi entrepierna era un auténtico radar de chochetes. En cuanto se movía un conejo mi zanahoria lo detectaba. Pero en el caso de la morenaza a la que estaba a punto de visitar era diferente. Bueno, en realidad me la follaría sin miramientos como a cualquier otra, pero estaba tan buena que tal vez hasta le daría algún besito al terminar. Me hice gracia a mí mismo debido a mis pensamientos y, como si estuviera loco, me puse a reír yo solo dentro del coche.

—Hola. ¿Jonathan?

El subnormal del novio me recibió con razonable extrañeza. Ni siquiera yo sabía lo que estaba haciendo ahí. Pero rápidamente lo recordé al ver aparecer a Isabel. Sonreí e, ignorando al maromo por completo, me adentré en la casa.

—Sí, tío —contesté finalmente con indiferencia, a cierta distancia de Andrés, con desgana y sin girarme.

Tras una pequeña charla inicial con la pareja, los ofrecimientos de cortesía de ella y las miradas de pocos amigos de él, comenzamos a trabajar, muy a mi pesar. Saqué los papeles que me había preparado Jesús y empecé a leer.

—Búsqueda y contratación del transporte nupcial y para invitados…

No me había preparado absolutamente nada y, hasta ese momento, no tenía ni idea de lo que íbamos a hablar. Pero en seguida comprendí por qué mi madre había insistido tanto en que fuera solo en esa ocasión. La mecánica en general y los coches en particular se me daban bien, así que el tema me resultó hasta interesante. Pero no más que la excitante sensualidad que Isabel destilaba.

La cabrona sabía que estaba buena y le gustaba sentirse deseada. Eso lo tenía claro, así que me esforcé en demostrarle lo mucho que me ponía ofreciéndole miraditas mientras el idiota de su novio preguntaba alguna gilipollez. Luego le contestaba mientras me recolocaba el paquete para marcar territorio y dejar bien claro quién era el macho en esa conversación.

Lo cierto es que me gustó la jornada. Había hablado sobre un tema que me resultaba entretenido, había disfrutado de la espectacular visión de la tía más buena que jamás había conocido y me había divertido jugando un poco con ella y el torpe de su novio que no se enteraba de nada. O eso pensaba yo.

—¿¡Se puede saber qué ha pasado!? —me recriminó mi madre al llegar a la agencia.

La ignoré.

—Me han llamado Isabel y Andrés quejándose —continuó.

—¿¡Quejándose de qué!? —me mosqueé con ella, que parecía culparme sin motivo.

—Pues de que no se encargue de su boda un profesional.

—¿Solo eso? —sonreí con una mezcla de suficiencia y desprecio.

—¿Te parece poco? No das buena imagen para el negocio. Con esas pintas, tu actitud y escasos conocimientos…

Mientras oía el murmullo de retahílas de fondo, pensé que Isabel no se había quejado de mi comportamiento concreto hacia ella. Eso significaba que no le había disgustado precisamente. Es más, en ese momento supe lo puta que era y lo fácil que me resultaría follármela.

—¡E Isabel me ha dicho expresamente que no vuelvas más! —concluyó la pesada de mi madre.

—Hija de puta… —murmuré por lo bajo para que Rocío no me escuchara, sin poder evitar reír a carcajadas.

Todo aquello me divertía. Por desgracia no era lo habitual en un trabajo asqueroso que detestaba. Pero qué iba a hacer. En realidad no tenía ninguna vocación que me entusiasmara lo más mínimo y ser el hijo de la dueña sin duda era el camino fácil. Solo con hacer un poco el paripé ya valía. Aunque odiaba cuando mi madre se empeñaba en complicar las cosas. Con Jesús haciendo toda la faena se vivía muy bien.

Capítulo 6: La prueba de menú

Cuando desperté, Andrés ya se había marchado a trabajar. Su lado de la cama estaba vacío y al palparlo lo noté más frío de lo que me hubiera gustado. Miré el iphone. Era temprano y sentí cierta inquietud. Dudé si entrar en la sesión de Skype del ordenador pues hacía tiempo que no lo hacía y, aunque me costaba reconocerlo, lo echaba de menos. Pero finalmente me contuve.

Preferí centrar mis pensamientos en lo que, durante los últimos meses, había sido mi mayor preocupación. Al mediodía habíamos quedado para hacer la primera prueba de menú. Jesús nos había recomendado varios servicios de catering y ahora tocaba decidir.

—Hola chicos —nos saludó nuestro wedding planner, tan cordial como siempre, cuando llegamos al restaurante—. Tanto Rocío como yo queremos expresar nuestras más sinceras disculpas por el comportamiento de nuestro compañero…

—No te preocupes, Jesús —le sonreí con amabilidad—. Ya está todo aclarado.

—Aún así…

—Al menos se nota que el chaval sabe de coches —bromeó Andrés, destensando la conversación definitivamente.

—Bien —relajó el gesto—, adelante entonces —nos invitó a pasar al restaurante.

Mientras accedíamos recordé el incidente con Jonathan. Lo cierto es que el veinteañero era todo lo contrario a Jesús, con el que estábamos encantados, y no nos hizo mucha gracia el cambio, puesto que ni siquiera habíamos sido informados. Tanto Andrés como yo nos sentimos engañados, ya que los servicios de la agencia no eran precisamente baratos como para que encima nos la intentaran colar con el mal hacer de un inexperto becario.

Personalmente no me importaba que Jonny acompañara a Jesús, pero a Andrés no le gustó nada la actitud del veinteañero, que sin duda fue demasiado descarado con sus burdas insinuaciones hacia mi persona. Su atrevimiento me hizo más gracia que otra cosa, pues no lo consideraba más que un crío, pero decidí hacerme la ofendida para no despertar los típicos celos de mi futuro marido.

El restaurante era precioso. No cabía ninguna duda del exquisito buen gusto de Jesús. Me quedé ensimismada observando el recinto, un palacio construido en piedra, cuyas paredes dejaban pasar la luz a través de grandes ventanales que iluminaban los minimalistas adornos de las mesas y sillas que se alineaban de una forma tan irregular como estudiada, consiguiendo una considerable sensación de amplitud en un lugar totalmente acogedor.

Empezamos probando cada una de las delicias de las que constaba el cocktail con el que se iniciaba el primer menú propuesto. La comida estaba deliciosa. Aunque también ayudaba la compañía. Mi futuro marido, y hombre al que quería, y nuestro wedding planner, que nos iba explicando todos los pormenores con su habitual facilidad de palabra sin necesidad de hacerse pesado en ningún caso, sabiendo cuando intervenir en cada momento.

—Crujiente de pato desmigado, reducción de naranja y puré de ciruela negra —el chef nos presentó uno de los platos estrella.

—No he entendido nada, así que tiene que estar buenísimo —bromeó Jesús.

El muy tonto me hizo reír y, casi sin darme cuenta, me quedé observándolo mientras uno de los camareros comenzaba a servir el exquisito manjar. Era curiosa la extraña sensación que me transmitía. Por un lado, a pesar de su edad, me parecía un hombre más que interesante, en todos los aspectos. Pero mi chico insistía en que era gay y yo, sin darle mayor importancia, di por hecho que tenía razón.

Y entonces el wedding planner me pilló, devolviéndome la mirada mientras poco a poco dibujaba esa encantadora sonrisa que tan bien sabía utilizar. No pude evitar corresponderle casi instintivamente y así nos quedamos los dos, durante unos segundos, regalándonos un cruce de miradas y sonrisas mientras mi chico, sin enterarse de nada, seguía degustando el pato.

—¿Te gusta? —me preguntó, remarcando aún más el gesto de sus labios, sin perder el contacto visual en ningún momento.

Lo cierto es que me descolocó. No sería precisamente la primera vez que un hombre se me insinuaba y habría jurado que esa actitud de Jesús no era únicamente de amabilidad. Me sentí un poco incómoda y finalmente aparté la mirada.

—Está bueno —contesté con cierta brusquedad.

—¿Bueno? Está para mojar pan —concluyó Andrés de forma jocosa.

—¡Una ración de pan para los novios! —alzó la voz el que debía ser responsable de sala, que no pareció captar la broma.

—No, no… —Jesús procuró intervenir, pero se resignó al ver al camarero que ya se acercaba con el cesto en la mano.

—Ahora te lo comes, por listo —le solté a mi chico con cierta gracia, procurando obviar la extraña situación que acababa de suceder con el organizador de mi propia boda.

La buena sintonía tan característica que había entre los tres prosiguió durante el resto de la prueba de menú. Tanto Andrés como yo quedamos encantados y eso que únicamente era la primera opción de las que Jesús había preparado.

—Bien, ¿no? —mi chico, una vez a solas, se interesó por mi parecer.

—Bien —le sonreí, antes de besarle.

—¿Ya tenemos restaurante?

—¿Ya? —me extrañé—. Tú lo que no quieres es seguir probando sitios —me reí.

—No, si eso no me importa. ¡Es comida gratis! —bromeó—. Lo que no me apetece son otras sesiones más coñazo…

La conversación me estaba divirtiendo y su graciosa mueca me hizo sonreír.

—Vale, podemos hacer una cosa. Nos apostamos algo. Si tú ganas te puedes escaquear de todas las sesiones coñazo que quieras. Si yo gano te vienes a mi prueba de vestuario y te estás todo el rato con los ojos tapados para no ver el vestido de novia.

Ahora fue mi chico quien rio con estruendo.

—Trato hecho. ¿Qué nos apostamos?

—Que Jesús no es gay.

Ambos nos desternillamos durante un rato. Y finalmente, cuando recuperamos el aliento, Andrés aceptó la apuesta.

Capítulo 7: El asesoramiento musical

Salí de trabajar tan rápido como pude. Andrés y Jesús ya debían estar en casa, esperándome. Se me había complicado el día y se me había hecho tarde. Cuando llegué, toda estresada, no me hizo mucha gracia encontrarme con los dos hombres tan tranquilos, tomando una cerveza y riendo.

—Ya veo cómo habéis aprovechado el tiempo, eh —me quejé, procurando no evidenciar demasiado mi mal humor.

—¿Quieres una? —me ofreció Andrés, levantando su botella.

—Isa, ya tenemos mucho avanzado con la selección previa que yo mismo he hecho. Pero es importante que tú estés presente en este tema —Jesús, con la seguridad que desprendía su agradable tono de voz, fue capaz de serenarme tan solo con esas palabras.

—Espero que no haya ni una de reggaetón —le sonreí.

—¿Es que no me conoces? Soy un hombre con clase —bromeó, haciéndome reír definitivamente.

—Venga, tráeme esa cerveza —le dije a mi chico, ya más animada.

Mientras Andrés iba a buscarla, el wedding planner se interesó por mi jornada en el trabajo, ofreciéndome toda la compresión que necesitaba. Por un momento, cuando mi prometido me trajo la bebida, me dio rabia tener que retomar el tema de la boda. No me hubiera importado seguir charlando con Jesús sobre nuestro día a día y conocerle un poco más. Supuse que habría más ocasiones y no le di más vueltas.

Algo de música clásica.

—¡Topicazo!

—With or without you.

Silencio.

—Crazy de Aerosmith.

—Esa te pega.

—Idiota.

Risas.

—November Rain de Guns&Roses.

—¡Oh, me encanta!

—¿En serio?

—¿Y algo más cañero?

—¿Más?

—Nothing Else Matters.

—¿La versión de Metallica?

—Sí.

—Pues me gusta.

—¿Y algo actual?

—¿Shawn Mendes?

—Bien.

—¡Ojo! Una recomendación…

—A ver…

—Girasoles de Rozalén.

Más risas, esta vez de Jesús y mías.

—Ya está, ya está. Ya la tengo. Fangoria. Espectacular.

Lo que empezó como un brainstorming para buscar canciones que nos gustaran y pudieran encajar con alguno de los momentos de la ceremonia, acabó con Jesús y conmigo casi revolcándonos por los suelos, muertos de la risa. Andrés nos miraba, sonriente, pero lo cierto es que, sin querer, la complicidad que empezaba a tener con el wedding planner dejaba un poco de lado a mi chico. Me sentí ligeramente culpable.

La profesionalidad de Jesús no tardó en encauzar la situación, continuando con la sesión en la que rápidamente acabamos cerrando el listado de canciones y el momento en el que sonaría cada una de ellas.

—Bueno, y ahora… —el cuarentón se alzó, como magnificándose, evidenciando todo su atractivo— ha llegado el momento del baile.

Andrés suspiró en señal de desaprobación.

—¡Vamos, que eres el novio! —le recriminó, girándose hacia mí y sonriéndome de tal forma que dio la impresión de querer seducirme, mientras me agarraba del brazo para levantarme y empezar a dirigir mis pasos bajo la música que en esos momentos ambientaba el salón, minimizando aún más al parado de mi chico.

¡Pero qué bien bailaba! Me sorprendió muy gratamente. No solo sabía moverse, es que me llevaba con tal perfección, una conjunción de suavidad y agresividad justo cuando convenía, que me hizo sentir la mejor bailarina del mundo.

La experimentada mano de Jesús me rodeó por la cintura y sentí cómo sus dedos se aferraban a mi carne. Me atrajo hacia sí, provocando que mis senos comenzaran a rozarse con sus pectorales. Aunque el muy cabrón no tardó en arrimarse aún más, haciendo que nuestros rostros se desafiaran ya a escasos centímetros de distancia. Prácticamente sentí su aliento mientras nuestros corazones latían al ritmo de la música, demasiado cerca el uno del otro, pues mis tetas ya se apretujaban contra su fornido torso. Embriagada por el agradable aroma de su colonia, mezclado con el ligero olor a hombre debido al sudor provocado por el baile, no pude evitar que todo aquello me gustara demasiado. Tras hacerme girar, cuando recobramos la posición inicial, por un breve instante y de forma completamente involuntaria, mi pubis chocó contra su paquete. Me dio la sensación de que estaba más abultado de lo debido y, sin poder evitarlo, sentí cómo la situación comenzaba a excitarme ligeramente.

—Ya vale —le corté—, que se supone que el novio es Andrés —bromeé, intentando calmar mis pulsaciones.

—Cierto —soltó en voz alta antes de acercarse con disimulo a mi oído—. Me encanta cómo te mueves —me susurró, evitando que mi corazón se tranquilizara.

Apartándose de mí, el hombre dio media vuelta para observar a mi chico, esperando a que reaccionara, pues seguía arrinconado.

—¿Y bien? —le presionó.

—Ya improvisaré el día de la boda —sonrió forzadamente, aunque a mí no me hizo ninguna gracia su actitud.

—¿En serio? —le dije, empezando a enfadarme, no supe muy bien si con él o conmigo misma por lo sucedido durante el baile con Jesús.

—Creo que mejor voy a salir a correr un poco —contestó con sequedad, visiblemente molesto.

Su comportamiento me importunó aún más. Estaba claro que, como tantas otras veces, se había puesto celoso. Y lo cierto es que, excepto cuando me pilló las conversaciones de sexo virtual, jamás le había dado motivos. Así que le quise castigar y, con la excusa de no quedarme sola, le ofrecí a Jesús que me hiciera compañía tomando una última cerveza mientras esperaba a que Andrés regresara.

El hombre de pelo canoso, que evidentemente se había percatado de la tensión que había brotado entre nosotros, actuó con prudencia y, tras asegurarse de que a mi chico no le importaba, aceptó mi invitación.

—Lo siento mucho —me disculpé—. No sé qué mosca le ha picado a última hora.

—Bueno, es normal.

—¿Qué quieres decir?

—Una chica tan guapa como tú…

—Gracias —le corté, sonriendo, agradecida por el piropo.

—Bueno, nos ha visto bailando, compenetrándonos bien —me sonrió con evidente malicia—, después de la indudable buena sintonía que tú y yo tenemos…

—Que se ha puesto celoso, vaya.

Una vez más, el wedding planner dio muestras de su inteligencia emocional.

—Pero no tiene nada de lo que preocuparse —aseguró Jesús.

—¡Por supuesto que no!

—Que yo soy un profesional… —me sonrió con tal picardía que estaba claro que ocultaba algo.

—¿Quieres decir que si me hubieras conocido en otras circunstancias mi chico sí tendría algo de lo que preocuparse? —me lancé, haciendo guasa, pero procurando ponerlo en un aprieto.

—Si te hubiera conocido en otras circunstancias te aseguro que no sería la boda con Andrés la que ahora estaríamos organizando —me soltó con un aplomo tal que me dejó totalmente desconcertada.

Aunque en realidad sus palabras no me pillaron por sorpresa, la sutil confesión de Jesús y, sobre todo, la forma de llevarla a cabo me afectaron más de lo que hubiera querido. Lo normal era que no me importara lo más mínimo, pero debía admitir que no me disgustaba precisamente la sensación de haber confirmado que el hombre encargado de organizar mi propia boda se sentía atraído por mí. Lógicamente jamás iba a ocurrir nada, pero me gustaba la agitación que me provocaba el saber que era una mujer deseada.

—Y yo que pensaba que eras gay… —bromeé, procurando desviar el cauce de la peligrosa conversación.

—¿En serio? —rio a carcajadas.

—Mi chico está convencido. Sino no nos hubiera dejado solos —me sumé a sus risas.

—Bueno, pues mejor que lo siga pensando, ¿no? —dibujó nuevamente su peligrosa sonrisa.

—Claro, para qué darle un disgusto… —procuré gesticular una mueca de picardía que estuviera a la altura de la suya.

—Sí, ya tuvo suficiente con Jonathan.

—¡Madre mía! —reí—. No sabes el pollo que Andrés me montó por culpa del chaval.

—¿Es que a ti no te molestó?

—A mí lo que me molestó es que no vinieras tú —solté sin pensar demasiado.

Ambos nos quedamos mirando y, conscientes del doble significado de mis palabras, volvimos a reír, más cómplices que nunca.

—Lo que quiero decir es que… —intenté aclararme.

—Lo sé —me ayudó—. No te preocupes.

—Lo cierto es que Jonny se pasó un poco —sonreí, recordando su grosero comportamiento—, pero personalmente no le di mayor importancia, la verdad. Son cosas de la edad, supongo. Por mí puedes traerlo a la próxima sesión, si quieres.

—No creo que a tu chico le haga mucha gracia…

—No te preocupes. De Andrés me encargo yo —concluí.

Por la noche, ya en la cama, hice saber a mi futuro marido que él había ganado la apuesta. Con eso conseguí que le cambiara el humor. Me inventé toda la conversación con nuestro wedding planner, explicándole que me había confesado su homosexualidad, y no hizo falta que le convenciera para que Jonathan pudiera volver. Andrés, haciendo uso de su victoria, no acudiría a la siguiente sesión, la de recomendación, búsqueda y contratación de maquilladores y estilistas, así que ni se enteraría de la presencia del veinteañero.

Capítulo 8: El estilismo

Me encontraba en la recepción del salón de maquillaje en el que habíamos quedado. Estaba ojeando una revista, pues Jesús y Jonathan llegaban más tarde de lo que me hubiera gustado.

—Disculpa, Isa —se excusó el wedding planner nada más aparecer por la puerta.

—No me digas más —le sonreí—, culpa de Jonny.

—¡Cómo lo sabes! —exclamó el chico, sin ningún pudor, echándome un primer vistazo, repasándome completamente de arriba a abajo.

El cuarentón me miró con cara de circunstancias. Comenzábamos a entendernos sin necesidad de hablar.

—Así que es verdad que te has deshecho del pavo del otro día para que pudiéramos volver a vernos… —soltó Jonathan con total descaro, dirigiéndose directamente a mí y refiriéndose a mi chico, en un evidente intento de menospreciarlo, mientras dibujaba una mueca de satisfacción.

—¡Jonny!

—Déjalo, Jesús, que ya lo conocemos —le dediqué una sonrisa al niñato, dejándole bien claro que no iba a importunarme con sus ofensivos comentarios.

—¿Empezamos? Por aquí…

El experimentado wedding planner nos guio al camerino donde iban a maquillarme y tomarme las medidas para el vestido. Allí nos esperaba Saray, una guapa estilista que no debía de tener más de veinte años. Me hizo gracia observar cómo a Jonathan se le iban los ojos. Aunque, para mi asombro, me sentí ligeramente reconfortada al ver que rápidamente sus atenciones volvían hacia mi persona. Supuse que, aunque no era más que un crío maleducado, a ninguna mujer nos gusta que nos roben protagonismo. Ese divertido pensamiento me hizo sonreír para mis adentros.

El fuerte carácter de Saray me sorprendió. La chica consiguió echar a los dos hombres para que la dejaran trabajar y, tal y como dijo ella, charlar de nuestras cosas. Era un poco choni y hablaba demasiado, pero me cayó bien.

—A que no sabes quién me pone mogollón… —me soltó, con más confianza de la que realmente teníamos.

Puesto que nos acabábamos de conocer y no teníamos precisamente muchas cosas en común, no era muy difícil imaginar la respuesta. Por un momento pensé en Jesús, pero estaba claro que no era el estilo de hombre de la maquilladora.

—¿Jonny? —le pregunté.

—¡¿Cómo lo has sabido?! —se sorprendió por algo demasiado obvio—. No me digas que no tiene algo…

—¿Momento confesiones? —bromeé, procurando evitar tener que contestarle.

—¿Qué pasa, que a ti también te gusta, puta?

—¿Perdón? —La agresiva respuesta de la choni me pilló totalmente por sorpresa.

En ningún momento se me había pasado por la cabeza mirar de ese modo a Jonathan, pero lo cierto es que el crío no estaba nada mal y tenía ese puntillo macarra que tanto nos atrae a las mujeres. Sin embargo, incluso dejando de lado la diferencia de edad, estaba claro que el niñato jamás tendría nada que hacer conmigo ni en sus mejores sueños.

De repente, justo cuando iba a responder a la maquilladora para dejar las cosas bien claras, apareció el aludido, entrando por la puerta de una forma que me pareció más brusca de lo debido.

—¡Pero bueno! —me quejé, observándole a través del espejo que tenía justo en frente—. ¿Es que no sabes llamar a la puerta?

—Pensé que igual te pillaba en pelotas —me replicó instantáneamente.

—Más quisieras…

—¿Y Jesús? —preguntó Saray, que parecía haberse calmado gracias a la presencia de Jonathan.

—Me ha mandado para comprobar que va todo bien.

—¿Seguro? —desconfié.

—Claro, mujer, ¿para qué iba a venir si no? —ironizó claramente.

—Pensé que igual venías a verme a mí —sonrió la estilista, insinuándose con total descaro.

—Por supuesto —le contestó con sequedad, al tiempo que con disimulo me soltaba una mueca, burlándose de la pobre chica que reía tontamente.

No pude contener la sonrisa que me provocó la malicia de Jonny. En parte, me gustaba que la tratara de ese modo por cómo ella se había comportado conmigo previamente. Además, después de lo sucedido, no me apetecía volver a quedarme a solas con Saray y, mientras no apareciera Jesús, agradecí la presencia de su becario.

Cuando la maquilladora terminó de pintarme, me levanté para mirarme en el espejo con mayor detenimiento. La choni había hecho un gran trabajo y me vi guapa. Sonreí y aún me gustó más mi reflejo. Estaba contenta. Me imaginé vestida de blanco, junto a Andrés, siendo el centro de atención en el día de nuestro enlace, y un gustoso escalofrío recorrió mi cuerpo. De repente, me entraron ganas de estar con mi chico y practicar un poco para la noche de bodas. Sonreí aún más debido a mis libidinosos pensamientos.

—Venga, chocho —Saray me palmeó en una nalga, despertándome de la ensoñación—, quítate la ropa que hay que tomarte las medidas.

—¡Esto se pone interesante! —exclamó Jonny.

—¿Tú para qué coño has venido? Si puede saberse… —se quejó la estilista, recriminándole la actitud al veinteañero.

—Mientras vea alguno, me da igual el coño —bromeó.

—No pienso desnudarme delante de él —aseguré.

—Por supuesto que no —Saray se puso de mi parte.

Jonathan rio con fuerza. El chaval parecía divertirse y eso me tenía un poco descolocada. Y más cuando se acercó a la choni y, sin venir a cuento, le plantó un beso en todos los morros. No me lo esperaba. Mi expresión de sorpresa debió ser bastante evidente y el macarra debió percatarse, pues el muy asqueroso no dejó de mirarme mientras se comían la boca con una ferocidad que resultaba hasta insultante. No fui capaz de aguantarle la mirada. Me sentí intimidada.

—Te dije que había venido por ti, ¿no? —le dijo a Saray, que no dejaba de sonreír estúpidamente, mientras era a mí a quien el veinteañero no quitaba ojo.

—Bueno, ¿vas a tomarme las medidas o qué? —le solté a la estilista, sorprendiéndome a mí misma al escucharme más borde de lo que pretendía.

—Desnúdate —me contestó parcamente, sin apenas mirarme y con el mismo tono seco que yo había empleado.

Lo cierto es que la situación me dio muchísima rabia. Por un lado, Saray, que solo había necesitado que le dieran un poco de atención masculina para que cambiara de parecer radicalmente. Y por otro, yo misma, incapaz de comprender por qué la actitud de Jonny me estaba jodiendo tanto. No sé si fue la adrenalina lo que me hizo tomar la decisión, pero pensaba desvestirme. Si la choni quería guerra, la iba a tener. Si el macarra quería amedrentarme, no se lo iba a permitir.

Empecé a descalzarme mientras la joven estilista se marchaba en busca de la cinta métrica con la que iba a medir cada una de las zonas de mi cuerpo necesarias para la confección del vestido de novia. Pasado el momento de subidón, ligeramente arrepentida, procuré no darle más bombo de lo debido, pues tampoco iba a enseñar nada que no mostrara en un día de playa con el bikini puesto.

—Así que para esto te has deshecho de Anselmo… —se burló Jonny.

—Se llama Andrés —le corregí—. Y es mi novio —le remarqué—. Lo sabes, ¿verdad?

Me bajé los pantalones con sumo cuidado, procurando mostrar lo menos posible la braga brasileña de color morado que tan poco me cubría.

—Lo que sé es que querías que volviera para poder enseñarme carnaza, que no tuviste suficiente con las miraditas del otro día —rio con desfachatez.

—Sí, claro… —negué, restándole importancia.

Aunque estaba claro que su conclusión era un disparate, no pensaba darle explicaciones mientras me deshacía de la parte de arriba, quedándome únicamente en ropa interior, un conjunto de braga y sujetador a juego, elegido especialmente para la ocasión.

—Tienes unas buenas tetas.

—Gracias —le correspondí con amabilidad mientras procuraba taparme con el brazo para dificultarle la visión, pero lo que provoqué fueron las carcajadas del pequeño mirón.

—¿Qué haces? Si estás deseando exhibirte delante de mí, zorra.

El insulto me aceleró las pulsaciones. Y, aunque lo quisiera ocultar, lo cierto es que no podía negar que me gustaba que Jonny me dedicara toda su atención. Se notaba el deseo en su mirada y eso me halagaba.

—Ni en sueños, chaval…

—Pues yo estoy seguro de que te gustaría saber cómo me la has puesto… —se agarró la entrepierna con total descaro, sobándosela.

—¡No te pases! —me quejé, ya más seriamente, procurando evitar echar un vistazo a su paquete.

El muy cabrón estaba empezando a turbarme. El reciente recuerdo de Andrés, la competencia femenina con Saray y el comportamiento soez de Jonny comenzaban a hacer una mezcla peligrosa. Por suerte, en seguida apareció la estilista, calmando la animosidad del becario.

—¿Se puede saber qué hacéis? —preguntó ella, con cara de pocos amigos, al verme ya desnuda.

—No te pongas celosa —reaccionó Jonathan, arrimándose a la chica para volver a besarla mientras le sobaba con fiereza uno de los pechos, haciéndola gemir.

Mi cara debió ser un poema al comprobar el desmesurado descaro del macarra. Daba la sensación de que los dos jóvenes iban a comenzar a follar en cualquier momento delante de mis narices y no parecía importarles lo más mínimo.

—Si la que está celosa es ella… —se rio la choni, apartándose momentáneamente de la boca masculina para burlarse de mí, provocándome, al mismo tiempo que escuchaba las nuevas carcajadas del veinteañero.

Lo cierto es que me quedé bloqueada. No sabía muy bien cómo reaccionar y simplemente esperé callada a que dejaran de enrollarse y reírse mientras le daba vueltas al motivo por el que me molestaba que Jonny, que no había dejado de fijarse en mí en ningún momento, se liara con la choni. Por suerte, el macarra no tardó en parar la situación, regalándome una extraña e inesperada sensación de sosiego.

Mientras Saray, que supuse debía estar bastante cachonda después de tanta sobada, comenzaba a tomar las medidas de mi cuerpo, sentí la imponente presencia de Jonathan, a mi espalda. Me gustó imaginármelo desnudándome con los ojos, excitado con la visión de mi figura, tal y como él mismo había insinuado descaradamente. Cada vez tenía más ganas de terminar con todo aquello para llegar a casa y que Andrés me quitara el incipiente calentón.

—Mierda —exclamó la choni al escuchar el sonido de su móvil—, es mi novio.

Al alejarse para contestar la llamada, me di media vuelta, encontrándome con la mirada cómplice de Jonny.

—Menuda guarra —soltó finalmente, haciéndome reír.

—Joder, pues yo tengo prisa… —me quejé por la marcha de Saray, impaciente por llegar a casa junto a mi chico.

—Si quieres puedo continuar yo con las mediciones … —se ofreció el veinteañero, acercándose con parsimonia y seguridad en sus andares.

—Anda, quédate ahí quieto… —le advertí, pero hizo caso omiso.

—¿Quieres irte pronto o no? —me preguntó, llegando a mi altura y acariciándome sutilmente el vientre desnudo con su dedo índice.

—¿Pero tú tienes idea de cómo tomar las medidas…? —le retiré la mano que estaba en ligero contacto con mi cuerpo.

—Bonito piercing —volvió a la carga, comenzando a jugar con la pequeña pieza metálica que adornaba mi ombligo.

—Gracias, pero las manos quietas —insistí, volviendo a cortarle las intenciones.

—Sabes que el coño por el que he venido es el tuyo, ¿verdad?

—Cómo estamos… —reaccioné con templanza a pesar de su enésima grosería.

—Claro que lo sabes…

Volvió a acariciarme, ahora en la cadera, justo por encima del costado de mis braguitas. Me pareció un roce menos atrevido que los anteriores y no sé por qué le dejé hacer. Me gustaba su contacto, pero estaba claro que no le iba a permitir más y supuse que se lo había ganado al confirmarme que me elegía a mí en vez de a Saray. Era innegable que las atenciones de Jonny me subían la temperatura, aumentando mis ganas de estar con Andrés, que era quien iba a disfrutar de todo lo que le dejara hacer al niñato.

—Me lo puedo imaginar —le contesté, empezando a aceptar entrar en su juego.

—La guarra esa te estaba midiendo las piernas, ¿verdad? —me hizo reír al menospreciarla.

—¿Quieres medírmelas tú, pillín?

—No es que quiera, es que lo voy a hacer —afirmó con demasiada más suficiencia de la que me esperaba, agarrando la cinta métrica y arrodillándose frente a mí.

Intenté que se levantara, sujetándole de los brazos, pero en seguida me di cuenta de que forcejear no serviría de nada al palparle la desarrollada musculatura de sus hombros y bíceps. El cabrón estaba fuerte. Consciente de que Jonny conseguiría lo que quería, intenté evitar que me tocara más de lo necesario, así que tomé la decisión de llegar a un acuerdo.

—Vale, te dejo que me midas la pierna, pero tú sujetas la parte de abajo y yo la de arriba. ¿Aceptas?

Sin mediar palabra, sentí la mano de Jonathan acariciándome el tobillo. Estaba claro que me sobaba más de lo necesario, pero mientras no se excediera pensaba permitírselo. Desplegué la cinta a lo largo de toda la longitud de mi extremidad, llegando hasta la parte superior de la cara interna de mi muslo, entrando en contacto con la tela de la parte de abajo de mi ropa interior.

—¿Cuánto? —pregunté.

—No lo sé. Este es el inicio. El número de la medición está ahí arriba.

La vista del veinteañero se dirigió hacia mi entrepierna. Aunque estaba oculta por las bragas, me imaginé a Jonny traspasando la tela con la mirada y dibujando en su mente mi chochito, que debía estar comenzando a humedecerse. ¡Joder! Esa sensación me gustó demasiado y no fui consciente de cómo el macarra subía lenta y peligrosamente por mi gemelo.

—Si no apartas la mano… —me invitó a permitirle seguir jugando conmigo, mientras seguía ascendiendo, ya acariciándome la parte interna del muslo.

—Si la quito entonces perdemos la medida.

—Déjame a mí.

El muy cerdo alcanzó la cima, entrando en contacto con la costura de mis bragas. Mientras sus dedos chocaban con los míos en una torpe maniobra para sustituirme en la sujeción de la cinta, sentí cómo me presionaba ligeramente en la entrepierna, friccionando con mis labios mayores. Me morí de gusto y, por un instante, deseé que no se detuviera. Empezaba a estar demasiado cachonda.

—¡Ya vale! —le paré, apartándome bruscamente.

El corazón me iba a mil por hora y sentía claramente las palpitaciones de mi ya lubricado coño. Observé al macarra, que me miraba con una media sonrisa de suficiencia. Estaba buenísimo. Concluí que necesitaba una buena polla, pero no quería la única que tenía a mano. Pensé en Andrés y me sentí culpable por cómo me había puesto el niñato.

—¿Has tomado la medida? —procuré mantener la dignidad.

—Me ha faltado poco. Y para tomar la medida también.

—Idiota —consiguió hacerme reír a pesar de todo.

Justo en ese instante regresó Saray, cuya presencia agradecí, para terminar la medición que Jonathan había dejado a medias y, obviando lo sucedido, continuar con el resto, concluyendo la sesión sin mayores sobresaltos.

Al salir hacia la recepción nos encontramos con Jesús, que había estado esperándonos durante todo el tiempo. El wedding planner reaccionó con extrañeza al ver a su compañero.

—¿¡Pero tú no te habías marchado a casa!?

No recibió respuesta. Jonathan prosiguió su camino, sonriente y altivo, en dirección a la salida. Miré a Jesús, estupefacta, y ambos volvimos a entendernos sin necesidad de hablar. El maldito niñato nos la había jugado a todos.

Observé al cuarentón alejándose hacia su compañero, abroncándolo, mientras yo me quedaba pensativa. ¡Vaya par encargándose de la organización de mi boda! Sonreí debido a la alocada situación. A pesar de ser tan diferentes, había acabado encajando bien con ambos y, de un modo u otro, los dos tenían un mismo objetivo. Y, en parte, lo habían conseguido pues tanto Jesús como Jonny, cada uno a su manera, habían logrado calentarme. Sin embargo, estaba claro que mi chico era el único capaz de llevarse un premio que no estaba al alcance de nadie más. Así que corrí hacia casa para echar un buen polvo con Andrés.

Capítulo 9: El traje de novia

—¡Vamos…! —me motivaba a mí mismo para conseguir hacer una repetición más durante la última serie del ejercicio de levantamiento de pesas que estaba realizando.

Mientras me machacaba los músculos, pensé en Isabel, que debía estar a punto de ir a probarse el traje de novia. En mi mente dibujé la deslumbrante imagen de mi chica engalanada de blanco. Fui un poco más allá, imaginando la noche de bodas, follándomela con el vestido puesto, y sentí cómo reaccionaba mi entrepierna. Procuré desviar mis pensamientos, centrándome en los ejercicios, pero no lo logré. El momento fetichista me había puesto cachondo.

Sabía que no podía ver el vestido de novia por culpa de la tradición que dice que trae mala suerte, pero eso no me impedía verla a ella antes de que se lo pusiera. Me gustó la idea, así que me apresuré, cambiándome para ir al taller encargado de la confección del traje. Era allí donde Isa, acompañada de nuestro wedding planner, iba a probárselo.

Nada más llegar, siguiendo las indicaciones que me facilitaron en recepción, pues el lugar era más grande de lo que me esperaba, me dirigí a los probadores dónde se encontraba mi chica. Tras subir un par de plantas y atravesar el pasillo que había a mano derecha de los ascensores, llegué a un pequeño recibidor, previo a la gran sala donde se divisaban las entradas a los diferentes probadores. No parecía haber nadie.

Accedí al recinto, momento en el que comencé a escuchar las voces, seguidas de risas, procedentes de uno de los vestuarios. Me detuve para oír claramente una voz femenina, que parecía la de mi chica. Me dio la impresión de que se estaba divirtiendo. Lo que me extrañó fue intuir otras dos voces diferentes, ambas varoniles. Supuse que una debía ser la de Jesús y tal vez la otra fuera de alguno de los modistos que habrían diseñado el traje.

Las voces masculinas comenzaron a oírse con mayor nitidez, con lo que me imaginé que estaban saliendo del vestuario. Estaba claro que uno de los desconocidos era nuestro wedding planner. Escuché con mayor atención. ¿Es posible que el otro fuera Jonathan? Me extrañó tanto que no lo quise creer. No sé muy bien por qué, pero antes de que se abriera la puerta del probador, retrocedí hacia la pequeña sala contigua de la que provenía, esperando acontecimientos, intrigado por averiguar la identidad del segundo hombre.

—Isabel va a estar preciosa con ese vestido.

Percibí claramente a Jesús, que salió piropeando a mi chica. Aunque me importunaba ligeramente la estrecha relación que últimamente habían desarrollado, me pareció un comentario apropiado por su condición sexual y no quise darle más importancia. Sin embargo, me sentía extrañamente ansioso, con más ganas de lo normal por descubrir si mis sospechas respecto al segundo desconocido eran ciertas.

—¿Preciosa? —rio el otro—. Va a estar para que le dure poco puesto.

Las pulsaciones se me dispararon al ver al maldito niñato que se había insinuado descaradamente a mi chica en mi propia casa delante de mis narices. Me pregunté qué coño hacía ahí y por qué Isabel lo permitía. Empecé a sentirme un poco agobiado, así que me mantuve quieto, intentando calmarme, mientras observaba al dúo que, desde mi posición, no podía divisarme.

—Escucha, Jonny —Jesús llamó la atención de su becario—. Te voy a enseñar un truco, pero esto que no salga de aquí.

—¿Ahora vas a ponerte a hacer magia? —se burló.

—Conozco al dueño de este sitio desde hace mucho y somos buenos amigos…

—Me aburro…

—¡Calla, que te va a gustar! Todos los vestuarios tienen un espejo, al fondo, colocado estratégicamente en la parte superior, de modo que si se queda la puerta abierta y desde fuera te pones en la posición adecuada…

—¡No jodas!

No me podía creer lo que estaba escuchando. ¿Jesús acababa de insinuar que iban a espiar a mi chica mientras se probaba el vestido? Sin duda, por la reacción entusiasta del niñato, lo debía haber entendido bien. Me entraron ganas de salir de mi escondite para decirles cuatro cosas, poniéndolos en su sitio, y avisar a Isabel, pero aún no me acababa de creer que el siempre recto organizador de nuestra boda fuera tan cabrón.

—¡Chicos! —oí cómo ella los llamaba desde dentro del vestuario.

Cuando los dos hombres abrieron la puerta para entrar, me fijé que al fondo del pasillo por el que se entraba al probador había un cristal tal y como Jesús había dicho. Y reflejado en él vi a mi chica, de blanco. Estaba radiante, más hermosa que nunca, envuelta en la elegante y ceñida prenda que bien podría pasar por un veraniego traje de noche. Aparté la mirada rápidamente, aunque ya era demasiado tarde, pues había visto el vestido. Por suerte no era supersticioso y por supuesto no creí que me fuera a pasar nada malo por esa estupidez. Levanté la vista y la vi de nuevo, sonriente, dialogando con el wedding planner y su ayudante. No cabía duda de que la mía era la posición adecuada para observar el interior de la estancia a través del espejo.

Desde mi ubicación era imposible escuchar lo que decían, pero intenté intuir lo que ocurría gracias a lo que veía. Observé cómo Jesús acariciaba los brazos de mi chica, supuse que felicitándola por lo bien que le quedaba el vestido. Después fue Jonathan el que se acercó a ella, esta vez por la espalda, rodeándola por la cintura, como masajeándole el vientre, con mucha más confianza de la deseable. Esperé a que ella reaccionara, apartándole bruscamente, incluso enfadándose, pero todo lo contrario. Lo único que hacía era reírse con el maldito crío. Por un momento me pareció ver que ella le agarraba de la mano con la que aún seguían en contacto, como jugando con él.

Un malestar generalizado comenzó a adueñarse de mi cuerpo. Sentí una angustia que me impedía respirar con facilidad. Me pareció estar sufriendo un ataque de ansiedad. Estaba muerto de miedo, incapaz de reaccionar. Para mi sorpresa, la única parte de mi cuerpo que se movió fue mi entrepierna. Involuntariamente se me estaba empinando. No me lo podía creer. ¿Aquello me estaba gustando?

Observé cómo los dos hombres se alejaban, saliendo del vestuario para regresar a la sala. Esta vez el mamón de Jesús se aseguró de dejar la puerta abierta, con lo que podía seguir viendo a Isabel claramente. Mi prometida comenzó a desvestirse, bajándose la cremallera del vestido.

—Ven aquí —le indicó el wedding planner a su aprendiz.

Las cabezas de los dos hombres me entorpecieron la visión. Me puse nervioso, sin saber qué hacer ante lo que iba a suceder con total inmediatez. Los dos profesionales encargados de organizar nuestra boda estaban a punto de espiar a mi novia que, sin saberlo, se iba a despelotar para ellos. Me hubiera gustado poder salir y liarme a hostias directamente, pero no fui capaz. Seguía empalmado e, incomprensiblemente, debía admitir que me excitaba la morbosa situación que se estaba produciendo. Me sentí como una mierda por ello.

—¡Qué buena que está la hija de puta!

Las palabras del veinteañero me apuñalaron el corazón, pero me endurecieron la polla. Intenté moverme para divisar a mi chica y, entre los dos entes que me tapaban, pude ver que ya estaba con sus gloriosos pechos al aire. Suspiré, totalmente cachondo.

—Te gustan esas tetas, ¿verdad, Jonny?

—¡Joder! Le restregaría el rabazo entre ambas tetazas ahora mismo —rio con demasiado descaro.

—Cálmate, que te va a oír… —le advirtió Jesús.

—Mejor. Cuanto antes sepa lo que quiero hacer con esos melones, antes se lo haré…

No me podía creer la seguridad con la que el niñato soltaba esas palabras, como si realmente creyera que lo fuera a conseguir. Lo cierto es que solía ponerme celoso cuando veía a mi chica divirtiéndose o hablando más de la cuenta con otro hombre, eso era algo superior a mí. Pero en el fondo confiaba en ella y sabía que era incapaz de ponerme los cuernos. Recordé cómo me explicó los motivos por los que había practicado sexo virtual, quedándome claro que en la vida real jamás se liaría con otro y menos con un crío indeseable como Jonathan.

—¿No crees que ya lo sabe? —le contestó Jesús, provocando las risas de ambos, mientras yo me quedaba perplejo al descubrir lo mezquino que realmente era nuestro wedding planner.

—Ahí viene ese culazo… Joder, lo que daría por ver la cara de gilipollas del maromo si supiera lo que la guarra de su novia nos está enseñando…

Nuevamente las palabras de Jonathan me dañaron el orgullo. Estaba claro que estaba siendo un desgraciado por permitir aquello y lo único que fui capaz de hacer fue intentar divisar lo que estaba ocurriendo dentro del vestuario. A duras penas contemplé que mi chica se había deshecho completamente del traje y, para deleite de sus mirones, ya estaba únicamente en bragas.

—La zorra me la ha puesto tan dura que le haré daño cuando me la folle —aseveró el veinteañero entre carcajadas.

Lo cierto es que no me extrañaron los comentarios soeces de Jonathan. Isabel bien los merecía. Siempre había estado demasiado buena, tanto que a veces pensaba que yo no podía estar a su altura. Por más que la hiciera reír, practicara ejercicio y me cuidara, siempre tenía la sensación de que era mucha mujer para mí y que yo jamás conseguiría satisfacerla por completo. De ahí mi continuo temor a perderla.

—Se las va a quitar, Jonny —testificó Jesús con templanza.

—Menuda guarra…

—¿Pero por qué se las baja? —Se notaba el tono alegre en la pregunta del wedding planner.

—Porque está cachonda como una perra —aseguró el hijo de puta de Jonathan.

Me revolví, inquieto, intentando encontrar un hueco entre los dos cabezones que me dificultaban el espectáculo. Mi novia estaba sentada en el banco, con las piernas ligeramente separadas y las bragas a la altura de sus rodillas. Y entonces se llevó una mano a la entrepierna. No me lo pude creer. En circunstancias normales me habría martirizado pensando en el motivo por el que Isabel se había puesto caliente, pero no era el caso. Me dolía el pene de lo erecto que lo tenía.

—Eso es, zorrita, tócate —susurró Jonathan, comenzando a sobarse.

Instintivamente me fijé en su paquete y me pareció que lo tenía increíblemente abultado.

—¿Dónde vas? —Jesús detuvo al pequeño macarra, que ya se dirigía hacia el interior del vestuario.

—A darle lo que está deseando…

—Anda, guárdate esa fogosidad para otra ocasión. ¿Qué crees que pasará si entras ahí?

—¿Te lo tengo que contar? —le vaciló.

—Isa es más difícil de lo que tú te piensas. Por mucho que lo pueda desear, no va a hacer nada contigo, mocoso.

—Subnormal, ¿te enseño la polla y me dices si un mocoso puede tener algo tan grande?

Por un momento pensé que el marica de Jesús le diría que sí, que se la quería ver, pero no lo hizo, haciéndome sentir incomprensiblemente decepcionado. En el fondo me quedé con las ganas de ver lo que Jonathan guardaba entre las piernas y comprobar si eran ciertos sus alardes. Aunque en realidad estaba seguro de que el niñato no mentía y la tenía mucho más grande que yo. No sé por qué sospeché que eso le gustaría a mi prometida y sentí cómo se me humedecían los calzoncillos.

—Chicos, ¿de qué discutís? —apareció Isabel, que no debió haberse tocado demasiado por lo rápido que se había vestido antes de salir del vestuario.

—Nada, Jesús, que decía que no sabía si el traje de novia le iba a gustar a Anselmo —improvisó Jonathan, descolocándome, pues no sabía de quién hablaba, aunque mi chica reaccionó con risas.

—Te he dicho mil veces que se llama Andrés —le rectificó, haciéndome ver que el veinteañero simplemente se estaba burlando de mí, una vez más.

—No le hagas caso, ¡que ya tenemos vestido! —certificó Jesús, sonriente—. Y me alegro de que te lo hayas pasado tan bien probándotelo —acusó más la sonrisa, insinuando lo que todos sabíamos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Isabel, que no tenía ni idea de que la habían visto tocándose.

—Quiere decir que seguro que te has puesto hasta cachonda —soltó el macarra, dejándome flipado con su desfachatez.

—Pues sí, me he puesto tontorrona —confesó, no sé si en broma, pero dejándome helado—, aunque ya sabes que será Anselmo el que lo disfrute —le guiñó un ojo al becario.

Los tres rieron, pero a mí no me quedó muy claro si debía sentirme orgulloso de que mi chica me tuviera presente, poniendo a Jonathan en su sitio, o si acababa de burlarse de mí descaradamente.

Cuando ella regresó a nuestra casa, yo ya estaba allí, pues había salido antes del taller, procurando hacerlo con discreción. No podía quitarme de la cabeza todo lo que había sucedido y era incapaz de comprender por qué seguía cachondo. Lógicamente, Isabel también estaba fogosa, algo habitual en ella, así que no nos paramos demasiado a hablar sobre el vestido.

—¿Has ido con Jesús a probártelo? —jadeé mientras la penetraba.

—¿Qué? —se extrañó por la inesperada pregunta.

—¿No ha ido Rocío? —insistí.

—Mierda, Andrés, ahora no —se quejó por la conversación en pleno polvo.

—¿Has estado todo el rato sola con Jesús?

—Pues claro.

Me dolió. Y automáticamente perdí la erección. No me había pasado nunca. Ese fue mi primer gatillazo.

Capítulo 10: La prueba de fotografía

Aún estaba ensimismado tras despertar del dulce sueño que estaba teniendo. La sensación placentera no solo no había desaparecido sino que iba in crescendo, hasta que fui consciente de la mano que, rodeando mi verga, me estaba haciendo una paja.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunté, contrariado.

—Mierda, Jesús, me has asustado —reaccionó—. Buenos días, cariño —prosiguió con templanza, sonriéndome—. Al levantarme me he topado con esta cosa tan gorda y no he podido resistirme —me sacó la lengua.

—¿Qué hora es? Deberías ir a casa.

—¿Seguro que no quieres que termine? —dibujó una pícara mueca.

No me dio tiempo a contestar. Mi amante abrió la boca todo lo que pudo para meterse el descapullado glande de color rosado y comenzar a succionármelo con esmero, buscando mi corrida.

—Joder, tus hijos y tu marido te estarán esperando…

—Que ges den —balbuceó los sonidos a duras penas—. Prefiero estar aquí chupándotela —logró concluir, sacándose mi grueso miembro viril de la boca.

—Es tarde.

Me agarré la verga para masturbarme. Quería acabar rápido, pues tenía prisa. Había quedado con Andrés e Isabel para la sesión fotográfica. El recuerdo de la pareja me gustó. Particularmente me concentré en ella y sentí cómo la evocación de toda su sensualidad me emocionaba, acelerando las sacudidas a mi entrepierna.

La mujer casada con la que mantenía una relación desde que le organicé la boda hacía ya algunos años, sonriente al comprobar mis nuevos bríos, volvió a acercar sus labios a mi glande, del que comenzaban a brotar los primeros signos de mi excitación. Me lamió, recogiendo el líquido preseminal con su húmeda lengua.

—Dame tu leche… —me pidió.

Cerré los ojos para dibujar en mi mente que era Isabel la hembra que me la chupaba, mientras pensaba en el cornudo de Andrés, tan ingenuamente feliz, sin enterarse de nada. Eso me puso a cien y descubrí lo excitante que me resultaba la idea de destrozar la pareja a la que yo mismo le estaba preparando la boda de sus sueños.

—Me corro, Isa…

Terminamos de arreglarnos mientras mi amante se mantenía callada todo el tiempo, claramente ofendida por haber dicho el nombre de otra mientras le llenaba la boca de semen. Sonreí pensando que, a pesar de todo, se lo había tragado con deleite y había seguido besándome y lamiéndome el pene tras la ligera pérdida de dureza durante el corto periodo que tardé en recuperarme del orgasmo.

Tal y como había acordado con Isabel, Jonny no debía acompañarme los días en los que Andrés estuviera presente, como era el caso. Así que fui directo a la casa fotográfica donde habíamos quedado sin pasar a buscar a mi compañero.

—Este es Luigi —les presenté al profesional que se encargaría de las fotos—. Es italiano —bromeé.

—¡Di Roma! —vociferó mi bigotudo amigo.

La prueba, que constaba de dos partes, una para sacar las fotos definitivas que se repartirían antes y durante la boda y otra que emulaba la sesión que se haría justo después de la ceremonia, comenzó con los novios siguiendo las instrucciones del fotógrafo mientras yo los observaba en un segundo plano. Aunque seguía habiendo buen ambiente, se notaba que Andrés estaba algo distante. Lo cierto es que poco a poco se había ido empequeñeciendo a medida que yo más me acercaba a Isabel. Y eso me gustaba.

—¡No, piccolo! ¡Agarra a esa hermosa ragazza con fuerza!

Luigi no dejaba de corregir al novio, que no parecía encajar con la idea que el profesional tenía en la cabeza.

—Jesús, prego, ¿puedes ayudar?

—¿Qué necesitas? —me erguí, acercándome al meollo.

—Muéstrale a Andrés cómo se sujeta a una bella donna.

—¿No te importa? —oí cómo Isabel se preocupaba por el parecer de su chico, que negó con la cabeza, pero sin decir nada.

Me acerqué a ella con sobriedad, mientras me cruzaba con el futuro esposo, que me dedicó una mueca severa, tras la cual se ocultaba la impotencia en su mirada. No me gustó su actitud.

—Estás preciosa —murmuré, sobradamente alto para que su novio me escuchara, pero lo suficientemente bajo para que pareciera disimulado.

—Gracias —me sonrió, dejándome ver todo su atractivo, que se transformó en morbo puro cuando la agarré de la cintura, cerciorándome, gracias a su gesto condescendiente, de que mi contacto no le disgustaba precisamente.

—¡Questo è! —se alegró Luigi, que empezó a disparar su cámara ante la incrédula mirada del prometido.

No tuve mucho tiempo, así que, antes de separarme de Isabel, de una forma totalmente encubierta, le acaricié la espalda mientras le susurraba, esta vez en una perfecta intimidad, que no me importaría seguir siendo su pareja durante las pruebas de fotografía. No me pudo responder, pero me sonrió con una divertida mueca de reproche mientras me alejaba.

—Ahora ya sabes cómo hacerlo —ataqué subrepticiamente a Andrés, haciendo uso de mi mejor sonrisa, esta vez en tono afable, para no darle opción a réplica.

Volví a separarme del cuadro para, en la distancia, seguir maquinando la idea que comenzaba a dibujarse en mi mente. Esperé a que la sesión avanzara y, cuando Luigi explicó a los novios lo que tenía preparado para el reportaje nupcial, intervine.

—¿Y qué te parece si hacemos las pruebas con el traje de novia puesto?

—¡Grande! —se entusiasmó el italiano.

—Pero el vestido no está aquí, ¿no? —se interesó Andrés.

—Y el novio no puede verlo antes de la boda —se preocupó Isabel.

—Lo del vestido no es problema —aseguré—. Puedo pedir a alguien de la agencia que pase a recogerlo y nos lo acerque. Si te parece bien, Isa… —le sonreí, buscando asegurarme su beneplácito.

—Pero Andrés…

Sutilmente miré a Luigi, sabiendo que el fotógrafo entendería rápidamente lo que necesitaba de él.

—Alguien puede sustituir al ragazzo. Un uomo como Jesús, per esempio.

—Si es solo para la parte del reportaje no veo problema —solté con temple—, pero antes deberíamos hacer la prueba completa con el novio y sin el traje —le puse el lazo final a la treta.

—Si es así a mí me parece bien —confirmó Isabel, buscando con la mirada a su chico, que aceptó con un simple gesto que a mí me pareció de sumisión.

Nada más concluir el primer ensayo en el que participó Andrés, hice la llamada necesaria para que trajeran el vestido de novia al estudio de Luigi. Mientras hablaba por teléfono, el futuro marido comenzó a despedirse. Ya me había deshecho sutilmente de él cuando, tras colgar, me acerqué a Isabel.

—¿Ya se ha marchado? —me hice el tonto.

—Sí, pobre…

—¿Pobre por qué?

—Creo que últimamente no lleva muy bien esto de la boda…

—¿Está nervioso?

—No. Es… no sé…

—Está como más retraído, ¿verdad?

—Sí, ¿tú también lo has notado?

—Bueno, es algo que les suele pasar a muchos. Ven que el momento se acerca y les entra el miedo escénico —reí.

—No es solo eso…

—Vamos, Isa, que ya tenemos confianza… —le saqué una sonrisa.

—Pues… que esto no salga de aquí, pero… el otro día Andrés tuvo su primer gatillazo.

Aunque no debí, no pude evitar reír a carcajadas, provocando que la treintañera se quejara de forma jocosa golpeándome en el hombro.

—A lo mejor el chaval está más acojonado de lo que pensaba… —me burlé, sacándole la lengua.

—¡Eres idiota! —se reía conmigo.

—¿Preocupada? —me puse serio, queriendo demostrarle mi comprensión.

—La verdad es que no. Seguro que no es nada.

—Por supuesto. Aunque tener un gatillazo contigo tendría que estar penado… —dibujé una mueca seductora.

—¡Me cago en la puta! —se oyó a lo lejos, interrumpiéndonos—. ¿Dónde dejo esta mierda? —apareció definitivamente Jonny, que había sido la persona a la que le había encargado traer el traje de novia.

—¡El que faltaba! —se quejó Isabel, sonriente.

—Yo también me alegro de verte, morenaza.

—Hola, eh, Jonny —bromeé, aludiendo al hecho de que me ignorara por completo.

—¡Ei, colega! —me hizo una peineta mientras le daba un achuchón a la treintañera.

En cuanto la mujer, espectacularmente hermosa engalanada de blanco, salió del pequeño vestuario en el que los novios se habían estado cambiando durante toda la sesión, repetimos la prueba que previamente ya había realizado con su chico. Tanto ella como yo seguimos las indicaciones de Luigi mientras soportábamos los comentarios impertinentes del macarra de mi compañero.

—Più cerca, Isabel.

—Que te arrimes más, quiere decir —apuntilló Jonny, con sorna.

—Gracias —le contestó ella en un claro tono irónico, poniendo una divertida mueca de desaprobación.

Isa, acatando las órdenes de Luigi, se aproximó más, haciendo que nuestros cuerpos se juntaran lo suficiente como para volver a sentir esos enormes senos aplastándose contra mí, provocándome una más que agradable sensación. La situación me recordó al baile que nos pegamos en su casa, delante de su novio, y comencé a experimentar un nivel de satisfacción similar a ese morboso momento.

—Qué bien hueles… —le susurré.

—Calla, zalamero —me sonrió.

—¡Que se besen, que se besen! —vociferó Jonny, provocando nuestras carcajadas.

—Un piccolo beso estaría bien —propuso Luigi.

—¡Anda, ya! —se quejó ella.

—Vamos, Isabel, ahora te vas a asustar por un inocente beso… —usé mi mejor sonrisa.

—Yo no tengo ningún miedo —respondió con cierta soberbia.

—Demuéstralo entonces —intervino Jonny—. Dale un muerdo.

—No —se enrocó.

—¿Ni un pico te atreves? —la desafié.

—¡Claro que me atrevo!

—Pues no lo parece —rio el veinteañero, haciendo suspirar de desesperación a Isabel.

—¡Venga, un pico! —y de repente, me sorprendió, dándome un rápido beso en los labios.

—Espera —me quejé—, ¡que no me he dado ni cuenta!

—¿Insinúas que beso mal?

—¿Es que eso era un beso? —se burló Jonny.

—¡Tú calla! —le rechistó ella.

—Repítelo, pero esta vez que me entere —bromeé.

—Pues estate atento, chico.

Isabel repitió el gesto, pero esta vez cayó en la trampa. Cuando me rozó, le mordí ligeramente el labio inferior, moviéndome acompasadamente al ritmo de su retirada, provocando sus quejidos y obligándola a abrir la boca. Aproveché para lamérsela tan solo un breve segundo, lo suficiente para sentir el excitante sabor de su húmeda lengua, que hizo que se me empezara a endurecer la entrepierna.

—¡Pero bueno! —se quejó, golpeándome nuevamente, esta vez en el brazo.

—¡Si te ha gustado, zorra! —soltó Jonny, provocando mis severos reproches, aunque ella, ya acostumbrada, no parecía muy molesta con la actitud soez de mi becario.

—Si ha sido tan rápido que no me ha dado tiempo ni de evaluarlo —dijo finalmente, supuse que bromeando.

—Si quieres te doy otro, pero esta vez nos recreamos.

—No, gracias.

—¿Tienes miedo de que te guste? —sonreí.

—Sí, será eso —no pudo evitar devolverme la sonrisa—. Andiamo, Luigi —se dirigió al fotógrafo, inventándose la frase en italiano y haciéndome reír.

—Bueno, ahora me toca a mí, ¿no? —propuso Jonathan, acercándose a nosotros.

—De eso nada —se quejó Isabel—. Tú bien lejos, que tienes las manos muy sueltas.

—¿Quién? ¿Yo? —se hizo el ofendido.

—Sí, tú, Jonny —repliqué mientras bromeaba agarrándola por la cintura, subiendo por sus costados y acariciándola más cariñosamente de lo debido.

—¡Pero si es él! —se chivó mi joven compañero, señalándome en plan jocoso.

—Pero de él me fio —concluyó la mujer, sonriendo maliciosamente.

—¡Venga ya! —Jonny hizo un último aspaviento—. Que os den, hijos de puta —se marchó, riéndose y aceptando la situación, al parecer, sin darle mayor importancia.

Estaba claro que, a medida que nuestra sintonía se afianzaba, a la siempre fiel novia de Andrés cada vez parecían importunarle menos mis sibilinas intenciones. Después de una sesión llena de abrazos inducidos por Luigi, mucha guasa y un montón de clandestinas caricias y sutiles masajes cada vez más afectuosos, ya me dejaba manosearla casi sin ningún rubor. En ese momento la tenía rodeada por la espalda, pasando mis manos por encima de su estómago, muy cerca de la base de sus pechos. Prácticamente solo tenía que levantar mis dedos para empezar a sobárselos. Pero sabía que aún no era el momento, que me precipitaría si daba un paso en falso.

—Entonces… —le murmuré para que el fotógrafo no nos escuchara— ¿Andrés te tiene desatendida últimamente?

—Un poco…

Me sacó la lengua, señal de que estaba bromeando, pero me pareció receptiva, así que me removí, acercándole con sutileza el paquete, que ya lo tenía bastante abultado.

—Es que un primer gatillazo a los treinta y pocos…

—El estrés de la boda —me replicó.

—Tal vez deberías buscarte a alguien que sea totalmente fiable pasados los cuarenta…

Me arrimé aún más a ella, ahora sí, restregándole descaradamente mi dureza por el culo.

—Joder, Jesús… no hacía falta que me lo demostraras —sonrió—. Ya me ha quedado clara tu fiabilidad —se apartó ligeramente, separándose de mi lascivo contacto.

—Pues aún no está en su máximo esplendor…

—¡Anda ya!

—¿Te sorprende?

—Uomo —bromeó, haciéndome sonreír—, no me ha parecido que estuviera muy blando.

—¿Y qué tal de tamaño?

—Anda, no seas malo…

—¿No te gustaría ver una que no se quede fofa y chiquitita como la de tu chico?

—No pienso contestar a eso.

—¿Eso es que sí?

—Puede…

—Ahora ya me la has puesto completamente dura… —seguí cuchicheando mientras me volvía a acercar a ella, clavándole esta vez la entrepierna entre las nalgas—. ¿La sientes?

—Claro que sí, cabronazo.

Isabel, en vez de retirarse nuevamente, echó una mano hacia atrás para apartarme. Se apoyó en mis fornidos pectorales y apretó con fuerza, sobándome con cierto descaro, mientras bajaba hacia mis abdominales, siempre empujándome. Cuando perdí el contacto con su culo no se detuvo, sorprendiéndome al regalarme con disimulo una breve, pero exhaustiva caricia en el paquete.

—Parece grande… —gimoteó.

—¿Quieres verla?

—No puede ser…

—¿Por? —me hice el tonto.

—Estoy a punto de casarme, llevo puesto el vestido de novia, nos están haciendo fotos y tú eres nuestro jodido wedding planner. ¿Te parece poco?

—Mejor, más morbo —la hice reír nuevamente.

—¿A mí también me la vas a sobar o qué? —nos sorprendió Jonny, que al parecer había regresado hacía unos instantes, comenzando a aproximarse con su habitual parsimonia y provocando las reiteradas quejas femeninas.

—Jonny, tío… —intenté contenerlo.

—La hija de puta te ha metido mano, que lo he visto, y ahora quiero que me la sobe a mí también.

—Pues va a ser que no —repliqué con aspereza, haciendo que Jonathan se detuviera, con cara de pocos amigos.

—Joder, Jesús, eres el único que puede controlarlo… —me sonrió la novia.

—Y no es fácil —le devolví la sonrisa, mirándonos a los ojos con la ya típica complicidad que nos unía.

—Putita, estoy seguro de que si me la saco ahora mismo te morirías por chupármela —afirmó el macarra con demasiada poca sutileza, apretujándose el paquete.

—Pues fíjate que prefiero mil veces antes que se la saque él —me señaló Isabel, en un gesto de lo más sensual—, pero hay mucho mirón por aquí —bromeó, provocando claramente a Jonny.

—¿Cosa? —preguntó Luigi, dándose por aludido.

—Eso no va por ti, Mario Bros —mi compañero, con expresión chulesca, se burló del italiano.

—Hacemos una cosa —propuso ella, dirigiéndose a mí únicamente—, entro al vestuario, me quito el vestido de novia y luego pasas cuando yo te avise. Pero tú solo —remarcó.

La actitud femenina me sorprendió, así que únicamente sonreí, guardando silencio para evaluar la situación. Aunque no estaba seguro de sus intenciones, tenía claro que Isa le estaba echando un pulso a Jonathan y esa baza debía aprovecharla.

—Te he puesto bien cachonda, eh, zorra… —sonrió nuevamente el veinteañero, sin dejar de manosearse la entrepierna de forma impúdica.

—Pero solo me la enseñas y ya está —me advirtió la novia, ignorando al chaval y guiñándome un ojo mientras se daba media vuelta para marcharse a cambiarse de atuendo, provocando las airadas quejas del hijo de Rocío.

—Ya veremos… —le solté definitivamente, por encima de los efusivos improperios de Jonny.

—No te hagas ilusiones —concluyó, ya dándonos la espalda a los tres.

Lo cierto es que el escenario me pareció tremendo, imaginándome lo que pudiera ocurrir dentro de ese vestuario. No habían sido pocas las novias que había acabado pasándome por la piedra mientras les organizaba la boda, pero ninguna le llegaba a la suela de los zapatos a Isabel, sin duda la mujer más hermosa, interesante y difícil de todas.

—Jesús… —me reclamó desde el interior del probador, sacándome de mis pensamientos.

Dirigí una severa mirada hacia Jonny para conseguir que, con gesto de resignación, me prometiera comportarse. Después entré al vestidor, comprobando que Isabel ya se había vuelto a vestir con la ropa con la que empezó la sesión de fotos y, seguro de mí mismo, no dudé en comenzar a desabrocharme el pantalón.

—¿¡Pero qué haces!? —se rio—. Que solo estaba vacilando al niñato —ahora carcajeó, descolocándome por completo.

—¿En serio? —forcé la sonrisa, sintiéndome ligeramente incómodo, algo a lo que no estaba acostumbrado.

—Escucha, Jesús —cambió el tono—, no voy a negar que todo esto ha sido divertido, pero sabes que no va a pasar de aquí, ¿verdad?

—Pues como Jonny se entere de que ibas de farol, no vas a salir muy bien parada… —supe improvisar, tirando de picaresca.

—Pero no tiene por qué enterarse…

—Se enterará —recuperé mi hábil sonrisa, retomando el control de la situación y haciendo que Isabel se lo pensara.

—Venga, si quieres me la puedes enseñar un poquito —dijo con picardía, cediendo finalmente.

—Claro, ya verás que te va a gustar, tonta… —bromeé.

—Pero esto que no salga de aquí —me advirtió con seriedad—. Bueno, Jonny puede enterarse —me sacó la lengua.

Me inundó una tremenda sensación de regocijo mientras me deshacía de los pantalones, mostrando mis bóxers ajustados de color gris, que dejaban entrever perfectamente la silueta de mi polla, al tiempo que me imaginaba lo que el desgraciado de Andrés pensaría si nos viera en ese momento.

—¿Ahora está dura? —preguntó ella.

—Morcillona. ¿Quieres verla?

—Vale —afirmó, ya menos reticente.

Me agarré los calzoncillos y comencé a bajármelos lentamente, mostrando mi lampiño pubis y dejando que poco a poco apareciera mi verga, que finalmente quedó colgando a media asta ante la expectante mirada femenina.

—Uf, es muy gorda.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—¿Quieres verla dura?

—Estaría bien.

—Tendrás que ayudarme.

—Lo siento, pero no.

—¿Seguro?

—No pienso tocarte.

—¿Quieres que me toque yo?

—No estaría mal —sonrió, haciendo que mi verga aumentara un par de centímetros de golpe.

—Otra sonrisa y no hace falta que lo haga.

Volvió a sonreír y mi miembro comenzó a coger altura.

—Estás muy buena, hija de puta.

—Lo sé —abrió más los labios, poniéndomela bien tiesa solo con su sonrisa.

—Oye —ahora me puse serio yo—, sabes que nadie se va enterar de esto, ¿verdad?

—Uf, no me lo puedo creer…

Después de tanto tiempo trabajándomela poco a poco para conseguir ganármela y lograr el reto de vengarme de su novio, me pareció un sueño hecho realidad ver cómo Isabel alargaba la mano para acariciarme la polla. Cuando sentí su cálido tacto tuve que esforzarme para no correrme al instante. Aunque me había imaginado muchas veces ese momento desde que Andrés me vacilara, lo cierto es que nunca creí que pudiera ser tan placentero.

—Joder, es gordísima —gimió, comenzando a pajearme delicadamente.

—¿Mejor que la del impotente de tu novio?

—Sí —se mordió el labio—. Un poquito más larga, pero mucho más gruesa.

—Y la mía se levanta —la hice reír.

—Uhm… me encanta chupar una buena polla…

—¿Me la vas a chupar?

—No creo… —me troleó, ahora haciéndome reír ella a mí.

Isabel siguió masturbándome durante unos instantes, rodeándome el tronco con una mano, con la que prácticamente no podía abarcar todo mi grosor, mientras con la otra me masajeaba los huevos. Se tomaba su tiempo, regalándome un tremendo placer, que evidenciaba con los gemidos que no podía evitar, provocando que ella me pidiera que guardara silencio.

Cerré los ojos durante unos segundos, evadiéndome gracias al éxtasis que la tremenda treintañera me estaba provocando. Estaba casi en trance cuando escuché un sollozo, como a lo lejos, tras lo cual comencé a sentir algo húmedo rodeándome el glande. Abrí los ojos y no me pude creer lo que vi.

Isabel, sin dejar de gemir, me estaba chupando la pequeña porción de mi enorme cipote que a duras penas le cabía entre los carnosos labios mientras se acariciaba la entrepierna por encima de la ropa mirando en dirección a la entrada del vestuario. Allí estaba plantado Jonny, con los pantalones bajados y los calzoncillos a la altura de las rodillas. El chaval se estaba sobando su desproporcionado miembro, que parecía casi tan grueso como el mío, pero mucho más grande. Daba la impresión de que debía sobrepasar los veintitantos centímetros sobradamente y eso que tenía una enorme pelambrera cubriéndole el pubis, lo que debía hacer que su verga pareciera más pequeña de lo que realmente era. No cabía duda de que la hija de puta se había puesto aún más cachonda con la presencia del becario.

—¿Isabel? —se oyó la voz de Andrés al otro lado de la puerta.

La situación me pareció tan increíblemente morbosa que creí que iba a correrme sin remedio. Apreté las nalgas y procuré retrasarlo. El corazón me latía más rápido que nunca. Sentía las palpitaciones culminando con fiereza en la punta de mi polla, que la futura mujer del recién llegado dejó de chuparme instantáneamente.

—Sí, cariño… en seguida salgo… —contestó atropelladamente.

Al escuchar a la siempre digna Isabel engañando a su chico, arrodillada frente a mi erecta verga, no pude aguantar más y solté un primer chorro de abundante semen que se depositó directamente en la mejilla femenina.

—¿Estás sola? Luigi dice que Jesús ya se ha ido.

—Claro…

Mientras seguía mintiendo a Andrés, no paré de eyacular todo un manantial de lefa sobre su hermoso rostro. Mi corrida fue contundente y le dejé toda la cara y parte del pelo pintados de un blanco lechoso. Tras el intenso orgasmo, mi polla, aún dura, se balanceaba ante ella y de la punta colgaba un hilillo de esperma que Isabel no dudó en recoger con la lengua para acabar lamiéndome el glande, antes de succionármelo por última vez, regalándome los postreros estertores de placer.

—Dame cinco minutos, cariño —soltó finalmente al cornudo de su novio mientras saboreaba los restos de mi pegajosa corrida, alzándose para buscar algo con lo que asearse.

—Me encanta que seas tan zorra —espetó el del pollón, provocando los aspavientos de Isa y míos indicándole que se callara.

Aún no sé cómo me dio tiempo de acabar de limpiarle la cara, con Jonny cachondeándose y reprimiéndose las ganas de reír a carcajadas, mientras ella se recogía el pelo para disimular el pegote de lefa que se le había quedado enganchado.

—Hola, mi vida —escuché, ya a oscuras, desde el interior del vestuario—. ¿Cómo ha ido?

—¿Cómo es que has vuelto? —oí a medida que se alejaban—. ¡Adiós Luigi!

—Arrivederci bambina.

Me quedé paralizado por unos segundos, incapaz de reaccionar tras experimentar el momento más excitante de toda mi vida. No me la había follado, pero esa mamada culminada sobre su precioso rostro mientras hablaba con su novio a unos escasos metros de distancia valía más que cualquier polvazo con otra mujer, pues ya todas me parecían de medio pelo comparadas con mi gloriosa Isa.

—Ciao amici… —Luigi abrió la puerta, haciéndose la luz.

—Tú, despierta, hijo de puta, que solo te la ha chupado un rato —espetó Jonny, sacándome definitivamente de mi ensoñación.

Capítulo 11: El viaje

Pedí al camarero que me sirviera la tercera cerveza de la tarde mientras esperaba a que Jesús regresara tras haber salido del bareto para hablar por teléfono con la guarra de Isabel.

—¡Eh! —me saludó, alzando la voz por encima del griterío, cuando recuperó su sitio junto a mí en la barra.

—¿Qué dice la zorra?

—Estamos jodidos.

Me hizo reír. Suponía que empezaría hablar del trabajo, de mi madre y no sé qué hostias más cuando a mí lo único que me interesaba saber era si podría follarme a ese tremendo pibonazo.

No me equivoqué. Isabel no quería volver a ver a Jesús, al que le había encargado que planificara la luna de miel para no levantar sospechas. Sin duda sería algo raro que a esas alturas, a punto de concluir la organización de la boda, Rocío se enterara de que la novia tenía quejas de su wedding planner.

—¿Y yo? —pregunté para tocarle los cojones—. De mí no se ha quejado.

—No me jodas, Jonny. Tú tenías su beneplácito gracias a mí…

Jesús era un gilipollas que siempre creía tener razón. La verdad es que lo aguantaba porque me facilitaba la vida laboral, simple y llanamente. Pero aún no se había enterado de que la pava se la había chupado gracias a mí. Como respuesta, únicamente le sonreí con suficiencia.

—Encárgate tú del viaje —me soltó.

—¿Tú no piensas hacer nada? —me reí, sabedor de que siempre se ocupaba de todo.

—Sí, decirte lo que tienes que hacer.

—Soy todo oídos.

—Han de salir la misma noche de bodas.

—¡Qué romántico! —me burlé.

—Destino New York.

—Uhm… ¿te la imaginas en bikini en las playas de Long Island? —sentí cómo se me endurecía solo con pensarlo.

—¡Si ya la has visto desnuda!

—Colega… yo no me conformo con ver a una tía buena en pelotas. Yo quiero tocarla, morderle la lengua, que ella me sobe, babearle las peras, que se atragante chupándomela, olerle el coño y saborearlo, hacerla temblar, meterle rabo hasta que suplique que no puede más, destrozarle el culo, azotarla… —no acabé la frase porque empecé a reír a carcajadas.

—Chaval, a veces me das miedo.

—Miedo me deben tener ellas.

Hubo un momento de silencio. Observé que Jesús quería decirme algo, pero no arrancaba.

—¿Crees que me la habría follado si no llega a aparecer el novio?

—Le habríamos cubierto los tres agujeritos —bromeé.

—¿Luigi también?

—¡Pues claro! —hice el típico gesto italiano con las manos, haciendo reír a Jesús.

—Ponme una caña —pidió al camarero—. ¿Quieres otra? —me preguntó—. ¡Que sean dos! —gritó tras mi confirmación.

La expresión del rostro del canoso cuarentón parecía de cierto desánimo, como evidenciando su malestar por cómo había concluido todo finalmente.

—Es lo último, ¿no? —desvié el tema conscientemente, interesándome, por primera vez en mi vida, por el trabajo que Jesús me había encomendado.

—Sí. Le organizamos el viaje, se casan y se acabó.

Capítulo 12: La boda

Ese siempre era un día especial. Lo fue para mí cuando me casé hacía más de veinte y cinco años con mi difunto marido y desde entonces lo seguía siendo cada vez que lo hacía alguna de las parejas que habían pasado por la agencia contratando nuestros servicios. En esta ocasión era el turno de Andrés e Isabel.

Mi hijo Jonathan tenía prohibidísimo ir a las ceremonias y Jesús tenía la extraña norma de no aparecer. Siempre decía que su trabajo concluía con la organización, y el día de la boda ya debía estar todo preparado. Así que mi presencia, como representación del equipo, no era más que el colofón a su gran trabajo.

Me gustaba evaluarlo todo, desde la llegada de los invitados hasta el convite, pasando por el lugar de la ceremonia, las sesiones fotográficas o la música, disfrutando de cada uno de los pormenores concernientes al gran evento. Y en este no había ningún detalle al azar gracias al mejor asesor que jamás había tenido el placer de conocer, logrando que todo fuera rodado. Normalmente me hubiera satisfecho comprobar la perfección con la que se estaba desarrollando el magnífico acontecimiento. Sin embargo, algo me lo impedía.

El novio, de smoking, estaba tremendo, para comérselo. La novia, radiante, era afortunada y demasiado guapa. Se les veía felices. Nunca jamás me había pasado, pero cada vez que miraba a uno u otro no podía evitar las ganas de que algo saliera mal, aunque eso fuera en mi perjuicio. Era una sensación tan desconocida como incontrolable. La envidia me corroía. No cabía duda de que Isabel me jodía.

Preferí marcharme antes de tiempo. Por primera vez desde que trabajaba en la agencia me fui sin ver el final de una de las bodas que habíamos organizado sabiendo que, muy a mi pesar, todo concluiría bien.

Capítulo 13: La luna de miel

“Sí quiero” eran las palabras que no habían parado de resonar en las cabezas de Andrés e Isabel desde que las pronunciaran en la iglesia. Ninguno de los dos se acaba de creer que finalmente lo hubieran hecho. Estaban casados. Mas, mientras cruzaban el Atlántico en dirección a New York, donde pasarían las próximas dos semanas celebrando su luna de miel, no dejaban de darle vueltas a sus respectivas preocupaciones.

Él no lograba evitar recordar el motivo por el que le pidió matrimonio, concluyendo que no pudo haber estado más equivocado. Sus sospechas por el cibersexo se habían transformado en la evidencia de que Isabel en la vida dejaría de ocultarle cosas. No era suficiente como para dejar de quererla, aunque por fin se convenció de que jamás viviría totalmente tranquilo a su lado. Y aún así lo aceptaba, pues sentía que nunca la había deseado tanto como en ese momento.

Por su parte, ella era incapaz de olvidar lo sucedido con Jesús. El halo de efervescencia que había envuelto los días previos a la ceremonia le habían servido para ocultarlo momentáneamente, pero en cuanto subieron al avión la misma noche de bodas, el remordimiento volvió a hacer mella. Lo peor era la sensación de que lo ocurrido no le desagradó precisamente, dejando la incertidumbre de qué podría haber pasado si Andrés no hubiera vuelto a buscarla.

Por suerte para ambos, se alejaban de los temores y las tentaciones. Ese era un viaje para ellos, en el que únicamente debía acompañarles el amor que sentían el uno por el otro y que les serviría para dejar definitivamente atrás el pasado reciente.

—¿Estás despierto, cariño…?

Isabel, juguetona, buscó la entrepierna de su flamante marido, que comenzaba a adormilarse tras las primeras horas de vuelo.

—¿Se puede saber qué haces? —se quejó, sonriente.

—Es nuestra noche de bodas…

—¿Y?

—Pues que habrá que celebrarlo —le apretó el paquete, sintiendo la flacidez de Andrés.

—Lo haremos nada más llegar al hotel —le sonrió.

—Jo… yo quiero ahora, aquí, en el avión —le guiñó un ojo, sintiendo cómo poco a poco se desperezaba el retraído pene.

—Y con el vestido de novia puesto —bromeó.

—¡Pues claro!

Habían despegado de España por la noche y llegarían a su destino a primera hora de la mañana, pero después de haber pasado viajando unas 12 horas aproximadamente, tiempo más que suficiente para dormir o, como pretendía Isabel, hacer el vuelo aún más entretenido. Pero a Andrés, más tradicional, le daba cosa y finalmente se negó, dejando a su esposa con las ganas.

La treintañera, incapaz de dormir, se dirigió al lavabo del avión, recorriendo el estrecho pasillo que separaba las filas de asientos de los pasajeros hasta que divisó un rostro que le resultó demasiado familiar. No se pudo creer lo que veían sus ojos, así que se acercó aún más para descubrir si su mente le estaba jugando una mala pasada. Ya no cabía ninguna duda. Era Jonny.

—Hola pibonazo. Bueno, ahora debo llamarte señora pibonazo, ¿no? —le sonrió con toda la malicia que el joven veinteañero pudo reunir.

—¿¡Se puede saber qué haces aquí!?

—Jesús me pidió que me encargara de reservar los vuelos y… me apeteció conocer New York —rio con estruendo, provocando las quejas femeninas, pues el avión estaba prácticamente en silencio debido a las horas intempestivas en las que la mayoría de los pasajeros ya dormía.

—Eres un capullo. Joder, como Andrés se entere…

—¿Ya os ha dado tiempo a echar el primer polvo de recién casados?

—A ti te lo voy a contar…

—Eso es que no —rio—. ¿O es que vas al baño a esperarle? —volvió a reírse a carcajadas.

—Sí, claro… —ironizó.

—Me fijaré por si lo veo pasar… —sonrió perversamente.

—Por lo que más quieras, que él no te vea.

—No te preocupes —se puso más serio—. Por cierto, ¿el muy imbécil ya sabe lo mucho que te gusta meterte las pollas de otros en la boca?

—Vete a la mierda —provocó nuevas carcajadas del chaval.

—Te comportaste como una buena calientapollas, eh. ¿Qué es eso de chupársela al pobre Jesús y luego evitarlo para no volver a verlo? El desgraciado se ha quedado con ganas de más.

Isabel quiso intervenir, pero Jonny no le dejó, continuando con su discurso.

—Y a mí no se me olvida la carita con la que me mirabas el pollón, so zorra. Como sé las ganas que ahora mismo tienes de que sea yo el que estrene tu noche de bodas, te perdono.

—¿Perdonarme el qué si puede saberse? —se hizo la ofendida, aunque el aura de seguridad que desprendía el comportamiento soez de Jonny la estaba volviendo a turbar.

—En realidad la culpa es de tu maridito. Estoy seguro que si no fuera por él sacarías la loba que llevas dentro, no habrías dejado a Jesús a medias y yo podría darte lo que estás deseando.

—Más quisieras…

—Ya sabes… si te aburres en el baño, avísame —rio nuevamente.

Isabel no podía negar que estaba cachonda. Ya se había calentando mientras sobaba a su marido, imaginando que iban a echar un polvo furtivo entre los demás pasajeros, pero las burdas insinuaciones de Jonny, que sin duda había subido a ese avión con las más perversas de las intenciones, la habían acabado de excitar. Y, al fin y al cabo, el veinteañero tenía razón, pues Andrés era el verdadero único impedimento para dejar rienda suelta a sus instintos más primarios. Pero le gustaba que así fuera.

El aseo del avión era realmente angosto e incómodo. Casi se le pasaron las ganas de hacerse un dedo con las que había entrado. Aunque el motivo real por el que estaba ahí era otro. Dudó si ponerse el vestido de novia. Había pensado que Andrés no la rechazaría si aparecía a su lado con el traje puesto. Pero ahora le parecía peor idea porque no quería que Jonny se enterara de nada.

Tardó más de la cuenta en tomar la decisión de vestirse de blanco en un sitio tan sumamente pequeño. Cuando finalmente salió del cuarto todo pasó demasiado rápido. La visión de Jonny a punto de entrar, justo en frente, en la puerta del aseo masculino y, al fondo, Andrés avanzando por el estrecho pasillo del avión en dirección a ellos, hizo que tuviera que reaccionar instintivamente. Isabel agarró al becario que había ayudado en la preparación de su boda y lo introdujo junto a ella en el lavabo de mujeres. Los cuerpos de ambos quedaron demasiado pegados, pues no había espacio para más.

—Joder, estás más cachonda de lo que pensaba —rio.

—Cállate, idiota, que Andrés ha estado a punto de pillarte.

—Vaya excusa…

—Silencio, por favor… —le pidió, llevando un dedo a los labios masculinos.

—¡Joder! Qué buena que estás… —susurró mientras comenzaba a acariciar con ambas manos los costados de la cadera femenina.

—Chis… —insistió.

—Zorra, aún me pones mucho más con el traje de novia…

Jonny se movió ligeramente, lo justo para que su abultado paquete se restregara por la entrepierna de Isabel, que no pudo evitar un tímido sollozo debido al placentero roce. Le hubiera gustado que el veinteañero se callara para que Andrés no pudiera sospechar nada y lo último que quería es que su chico la escuchara gemir, así que en un alocado gesto impulsado por la adrenalina que en ese momento la dominaba, besó al joven macarra, enmudeciéndolo y aprovechando para regalarse un pequeño capricho.

Pero Isabel no contaba con las habilidades del hijo de Rocío que, con maestría, convirtió el inocente beso en un buen morreo, degustándole la lengua, mordisqueándole ligeramente los labios y, en definitiva, comiéndole toda la boca mientras escuchaban los sonidos procedentes del lavabo que Andrés ocupaba. Las manos de Jonny subieron por el torso de la recién casada, agarrándole con disimulo el vestido, que poco a poco se iba deslizando hacia arriba para empezar a dejar asomar sutilmente la ropa interior femenina.

—No te pases —susurró ella, separándose ligeramente.

—Dime que no estás cachonda y te dejo en paz —contestó en voz baja, pero sus palabras quedaron ocultas bajo el sonido que evidenciaba que Andrés había tirado de la cadena.

—¿Qué? —se acercó nuevamente, bajando la guardia.

Jonny aprovechó el momento para llevar una mano a la entrepierna de la despistada Isabel, acariciándole el coño por encima de las bragas que ya se mostraban claramente debido a lo subido que estaba el vestido. Notó la viscosidad reinante al otro lado de la prenda, pues sus dedos se deslizaron con total facilidad, y no pudo evitar sonreír. Al joven degenerado le encantaba el tacto de los chochitos húmedos.

La mujer sintió el escalofrío que le provocó el más que delicioso roce que el crío le estaba regalando. El saber que su marido estaba al otro lado de la puerta le impidió reaccionar de otro modo que no fuera dejándole hacer, esperando unos segundos, que no quería que se acabaran jamás, para poder detenerlo definitivamente. Se mordió el labio, ahogando el placer y el deseo de que Jonny desplazara sus braguitas a un costado y le masturbara sin ningún pudor.

—¿¡Se puede saber qué haces!? —le recriminó finalmente, agarrando el antebrazo masculino para intentar apartarlo.

—Ahora dime que no te gustó mi polla y me marcho —rio, jugando con ella al tiempo que retiraba la mano de las bragas de Isabel.

—Pues no mucho. Demasiado pelo —le sacó la lengua.

—¿No quieres verla depilada, capulla?

—¡Anda ya! —rio, sintiéndose mucho más a gusto de lo que le convenía en esa situación tan fuera de lugar.

—¿No me crees? Si quieres me la saco…

—Chaval, que ya tengo una edad. ¿Crees que me vas a engañar tan fácilmente?

—Si solo estoy jugando, puta. Ya sé que quieres vérmela.

—Eres un cabrón.

—Y te gusta que lo sea…

Isabel no contestó, pero estaba claro que le encantaba. Jonny la tenía cachonda perdida. Solo debía dejar que pasaran unos segundos más para intentar salir de forma disimulada de ese pequeño habitáculo al que llamaban lavabo del avión. Por desgracia, el macarra comenzó a desabrocharse el pantalón.

No lo pudo evitar. Bajó la mirada, atenta a los gestos del veinteañero. Con el corazón bombeando a mil por hora, observó la mano masculina maniobrando para intentar sacar a través de la pequeña bragueta un miembro viril que recordaba desproporcionadamente grande. Por un breve instante pensó en el cipote del guarrete de Skype mientras comenzaba a divisar parte del venéreo tronco, tanto o más grueso que la verga de Jesús, deslizándose como si de una auténtica pitón se tratara. Tras unos cuantos centímetros de falo apareció por fin el lustroso glande, aún más rechoncho de lo que le pareció la primera vez que lo vio. No se podía creer el auténtico monstruo que se balanceaba ante ella, tan enorme que, debido a lo cerca que estaban, quedó colgando entre las piernas femeninas, escasos milímetros por debajo de la vagina, ya lubricada en demasía.

—Dime lo mucho que te gusta, zorra.

—Joder, Jonny…

El pollón pareció captar el tono de excitación en las palabras de Isabel y, como si tuviera vida propia, se alzó un poco más, comenzando a rozarle las bragas y provocando los jadeos de la más que cachonda treintañera.

—¡Dímelo, joder! —insistió.

—Me encanta tu polla, niñato…

La verga se puso totalmente rígida, presionando la entrada de la mujer, que gimió, removiéndose para sentir aún más los placenteros roces con esa bestia de la naturaleza. Se estiró para acariciarla, sintiendo su juvenil dureza, un auténtico hierro incandescente. Siguió palpando, deslizándose a lo largo de toda su longitud, hasta introducir la mano dentro de los pantalones.

—Es cierto que te has depilado, hijo de puta —se sorprendió, aprovechando para palparle los voluminosos testículos, pues estaba segura de que únicamente había sido una estratagema para engañarla.

Jonny respondió comiéndole la boca mientras le amasaba las tetas por primera vez, con fiereza, ya sin ningún rubor, llenando de jadeos el pequeño aseo del avión. El chico le agarró el vestido por el escote para bajárselo con brusquedad, desgarrándolo ligeramente. Los generosos senos quedaron liberados, pero pronto cayeron presos de la boca masculina, que los lamió, chupó y mordió acercándole al éxtasis que le provocaba las atenciones recibidas en una zona que Isabel tenía tan sumamente sensible. Las piernas femeninas flaqueaban debido al placer, dejándose caer una y otra vez sobre el erecto miembro que no paraba de restregarse contra sus encharcadas bragas, provocando un circuito cerrado de deleite que abarcaba toda su alma.

De repente los portentosos brazos juveniles la asieron de las axilas, alzándola con tal contundencia que la estampó contra la pared del aseo al mismo tiempo que unas pequeñas turbulencias hacían vibrar el avión, como si hubiese sido provocado por el enérgico golpe de Jonny. Isabel, ligeramente dolorida por el costalazo, buscó acomodo apoyando las piernas sobre los hombros del muchacho, que la sujetó por las nalgas con una mano mientras con la otra deslizaba a un costado el empapado hilillo de la ropa interior, en una demostración de sobrada fuerza.

—Qué bien te huele el chocho, zorra —inspiró el aire en un gesto grosero, antes de hundir la lengua entre los pliegues de los pringosos labios vaginales.

Isabel apreció cómo el chico se abría paso entre sus zonas íntimas, alcanzando la cima, donde su hinchado clítoris recibió justo las atenciones que necesitaba de la hambrienta boca masculina mientras sentía cómo un par de dedos se introducían hasta sus entrañas. Cada fricción le provocaba un destello de goce que recorría todos los rincones de su tensionado cuerpo, regalándole el placer que poco a poco la iba acercando al borde del orgasmo.

Estaba a punto de correrse en la cara del niñato cuando sintió los dedos presionando la pared interna de su vientre, primero dibujando pequeños círculos y después dándole suaves golpecitos al mismo tiempo que Jonathan no dejaba de lamerle todo el coño, culminando en una escandalosa chupada del pequeño órgano erecto situado en la parte superior de la vulva.

—Hijo de puta… hijo de puta… —balbuceaba, incapaz de controlar lo que estaba a punto de suceder.

La mujer se arqueó, intentando apoyar los brazos instintivamente para no caerse mientras estampaba la entrepierna contra la boca de Jonny, justo antes de correrse soltando un chorretón de líquido eyaculatorio sobre el sonriente rostro masculino, sabedor de lo muchísimo que la había hecho disfrutar.

El chico la ayudó a volver a poner pie a tierra no sin antes darle una fuerte palmada en el culo para luego estrujarle las nalgas a conciencia. Isabel quería polla. Cuando se ponía cachonda siempre se conformaba con la de su chico, pero en esta ocasión la única que le valía era la de Jonny. Como buenamente pudo, con las piernas aún temblorosas debido al imperial reciente orgasmo, comenzó a deshacerse de las bragas.

—Quiero que me destroces con ese pollón, cabronazo —deseó en voz alta, ya totalmente desatada.

—Te voy a hacer daño, mala puta… —sonrió con suficiencia, recordando el dolor por lo dura que se le puso la verga la primera vez que la vio desnuda espiándola en los vestuarios mientras se probaba el vestido de novia.

—A ver si es verdad… —le desafió.

Jonny la agarró del cuello, pillándola por sorpresa y volviendo a estamparla contra la pared. Le dio una pequeña bofetada antes de comerle la boca mientras se agarraba el cipote para rozarle el coño con el glande, que quedó totalmente impregnado de los pringosos flujos vaginales, haciéndola gemir de puro placer. Cuando le encaró la verga, se la insertó de golpe, obligándola a gritar. Isabel se corrió al instante, pero el insaciable muchacho no se detuvo, comenzando a penetrarla con furia, no permitiendo que la mujer se recuperara, forzándola a encadenar varios orgasmos consecutivos, hasta que perdió la cuenta, teniendo que suplicar al pequeño macarra que parara.

—Niño, vas a acabar conmigo… —tartamudeó entre jadeos, casi ininteligiblemente.

El veinteañero, controlando la situación a su antojo, aminoró el ritmo, besando a su hembra mientras volvía a jugar con sus esponjosos senos, estrujándolos a conciencia.

—Pues aún tengo para rato —afirmó finalmente, pellizcándole con delicadeza los erectos pezones, haciéndola gemir ahogadamente.

—No puede ser… Tienes que terminar pronto, cabrón…

—¿Ahora te acuerdas de Anselmo, zorra? —sonrió maliciosamente.

—Pues claro, llevo demasiado tiempo aquí metida, joder…

—Dime quién te folla mejor y te relleno el coño de leche…

—Si ya lo sabes…

Jonny guardó silencio, jugando con la desesperación de Isabel y volviendo embestirla, haciendo que la mujer sintiera cómo se le desgarraban las carnes de lo muy profundo que él la penetraba. En el habitáculo solo se escuchaban los gemidos acompasados por el sonido del chapoteo producido al meter y sacar el pollón en la encharcada raja.

—Hijo de puta… —le comió la boca una vez más—. Tú… uf… eres… me corro… ah… el mejor…

—Cómo te deseo, perra… —le susurró al oído mientras comenzaba a eyacular en el interior de la esposa de Andrés, sin dejar de follársela, inundándole las entrañas del abundante semen que sus portentosos huevos solían emanar.

Éxtasis. Esa era la palabra que describía lo que los dos amantes sintieron mientras experimentaban el orgasmo conjunto que los sacó del avión, elevándolos aún mucho más para alcanzar cotas inimaginables, lugares donde nunca antes había estado nadie. El mejor polvo de la historia terminó con ambos comiéndose a besos lujuriosamente mientras se movían con calma para regodearse en las postrimerías del placer compartido que poco a poco se esfumaba a través de los roces de sus exhaustos cuerpos. La noche de bodas de Isabel había sido para Jonny.

Primero salió ella, tras limpiarse a duras penas como pudo, guardando para otra ocasión el vestido de novia que el rudo veinteañero le había roto y comenzando a pensar qué excusa le pondría a su chico. Después lo hizo él, esperando mucho menos de lo que Isabel le había indicado, hinchado de orgullo y más que satisfecho por haberse zumbado a la tía más buena que había tenido la fortuna de conocer.

Dos semanas después, los recién casados regresaban a casa tras una maravillosa luna de miel. Nueve meses más tarde, aunque nadie lo sabría con certeza, Isabel dio a luz al nieto de Rocío. Y los tres, ella junto a su cornudo marido y el hijo de Jonathan, fueron felices y comieron perdices.

Capítulo 14: La realidad

—¿Te lo has pasado bien, chica mala? —me interesé después de las cuatro horas seguidas que llevábamos conectados a Skype.

—Wow —es lo único que escribió, haciéndome sonreír.

—Me has dejado el rabo temblando y los huevos bien exprimidos.

Me respondió, como en ella era habitual, con una carita riéndose. Quise esperar a que escribiera algo más, pero el ansia me pudo, como casi siempre.

—¿Tú qué tal?

—Hecha polvo… nunca mejor dicho —me hizo reír.

—Me encanta que te corras conmigo, putita.

—Y a mí con Jonny —acompañó la frase con un nuevo emoticono, esta vez sacándome la lengua.

—No olvides quién hay detrás de él, ¡eh!

—No lo olvido, guarrete…

Todo lo ocurrido no fue más que una de nuestras sesiones de sexo virtual en las que yo interpretaba un papel en una situación imaginaria para que ella pudiera fantasear. Pero con el tiempo logré mi verdadero objetivo, echarle un buen polvo a mi nueva musa, Isabel, haciendo que, gracias a mí, fuera infiel a Andrés por primera vez, poniéndole al pringado de su novio una cornamenta tan real como la vida misma. Aunque eso ya es otra historia que tal vez algún día también relate.

25 Response to "Wedding planner"

  1. Yuri2 11 de agosto de 2018, 4:46
    He de decir que me ha encantado. A mi las historias en las que la chica cae en la seducción poco a poco me encantan, y tu lo narras muy bien.(Aun marcandote un "Los Serrano" al final xD)

    Me ha parecido como una mezcla entre "viva la novia" (por tematica y la narración con varios puntos de vista) y "dos primos muy primos" por la seduccion larga y trabajada. Muy contento con el relato.

    Como peticion/opinion, es que me hubieran encantado algunas escenas extras de sexo con Saray o Rocio, pero me pasa en muchos de tus relatos, siempre quiero más jeje.

    Y como punto negativo, el Andrés "y" Isabel me molestaba un poco al principio, pero nada exagerado. Al final ya le ponía yo la e al leerlo jeje.

    Gracias por volver a publicar! Tu no te agobies con plazos ni ná, escribe cuando quieras qud aquí tendrás lectores :)
  2. doctorbp 11 de agosto de 2018, 11:07
    Buah! Tremendo "epic fail"! Es lo que tiene hacer un "buscar y reemplazar" para cambiar el nombre de la protagonista a última hora. Muchísimas gracias por el apunte. Ahora mismo lo corrijo.

    En fin... qué decir de este primer comentario después de tanto tiempo... pues que muchísimas gracias y me alegro de que te haya gustado.

    Es cierto que tiene bastante de "Viva la novia". En este caso la novedad es que cada capítulo cambia el narrador, incluso pasando de primera a tercera persona. Temía que fuera muy lioso y no se entendiera. Incluso a mí se me hacía difícil narrarlo sin perder coherencia jaja

    Respecto a Saray y Rocío... lo cierto es que en algún momento se me pasó por la cabeza que Rocío tuviera algo con Jesús. Saray nunca estuvo en las quinielas para participar en escenas de sexo :P

    Una vez más, muchísimas gracias por comentar.
  3. Anónimo 12 de agosto de 2018, 3:38
    Hola doctor,

    Es un auténtico placer tenerte de vuelta! La verdad es que no pensaba que volvieras a escribir, ha sido una grata sorpresa. A mí también me gusta escribir y entiendo perfectamente el sentimiento de agobio por tener querer presentar algo cuanto antes mejor. Por mi parte, creo que haces bien en no preocuparte por los plazos y simplemente disfrutar de la escritura y lo que provocas con ella, que al final es algo tan natural y fascinante como es un orgasmo ;).

    De este relato en concreto: me ha gustado mucho el punto de vista múltiple, y la incertidumbre de con quién acaba teniendo sexo la protagonista. Me ha excitado muchísimo la escena del probador y el personaje de Jesús en general. Como siempre, dibujas a unos personajes muy creíbles y las situaciones no quedan atrás. En definitiva, un muy buen relato para retomar tu exitoso blog! Enhorabuena!

    Como ya te he dicho, yo también escribo (no es la misma temática), y entiendo que, a parte de decirte que me ha gustado mucho el relato, quieres un poco de crítica constructiva. Y si no, pues te la daré igual xD.

    Creo que tienes una habilidad excelente para relatar escenas morbosas y muy descriptivas sobre sexo, eso ahí queda. Pero creo que tienes un poco gastado el tema de la infidelidad. Sí, ya sé que da mucho morbo, pero a mí personalmente me gustan muchísimo (y los releo mucho) los relatos en qué simplemente los protagonistas no tienen esa restricción moral, pero sucumben al morbo de la situación igualmente. “Un paquete en recepción”, “Body painting”, “Regalo de cumpleaños” cuando la novia se suma a la escena, “La oca erótica” con el intercambio de parejas... todos esos son relatos excelentes en que la infidelidad no juega un papel primordial y demuestran que eres perfectamente capaz de excitar sin recurrir a ello. Obviamente hay muchos otros que también me gustan y tienen la infidelidad, pero como opinión respetuosa, ahí la dejo ;).

    Relacionado con esto, también sueles tirar del estereotipo de “macarra” como el que acaba consiguiendo el premio. No te niego que funciona y es real y creíble, pero a mí me ha encantado el personaje de Jesús. Un tipo veterano, inteligente y sibilino, que juega sus cartas a la perfección. Será que tengo debilidad por los personajes más sutiles xD. En este relato le ha dado mucho juego y creo que en próximos, este tipo de perfil también puede darlo.

    Por último, magnífico el giro final. Al principio creí que usarías lo del Skype para la infidelidad pero era una pista para el final. Genial!

    Bueno creo que me he enrollado lo suficiente xD. Hace tiempo que entro en tu blog para mis ratos y no puedo hacer más que agradecerte todo el trabajo creativo que has hecho y animarte a que sigas cuanto puedas y hasta que lo disfrutes. Bravo Doc!

    PD: es mi primer comentario, intentaré darte feedback siempre que pueda ;).

    Un abrazo,

    R
  4. Anónimo 14 de agosto de 2018, 6:58
    Primero que nada estoy encantado de que la insipracion y las ganas de escribir hayan vuelto. Ya hacian falta tus relatos morbosos.
    Este nuevo me ha encantado y me parecio interesante el cambio de narrativa, el punto de vista de cada uno de los protagonistas.

    Espero que escribas muchos mas y espero con ansia el proximo.

    MegaMan
  5. doctorbp 14 de agosto de 2018, 21:17
    Vaya, parece ser que los cambios en la narración según el capítulo han gustado :) Os voy a contar un secreto... la idea la cogí de las novelas de Juego de Tronos (Canción de Hielo y Fuego), donde cada capítulo se narra desde el punto de vista de un personaje, aunque yo añadí la novedad de la primera persona. Me alegro de que el resultado haya quedado bien.

    Me encanta la idea de provocar orgasmos con mis relatos. De ahí que publique y... bueno, por eso me gusta también saber vuestra opinión, para confirmar que lo que escribo cumple su función jaja

    R, cuando hablas de la escena del probador, ¿te refieres al capítulo en el que espían a Isabel o al de la mamada a Jesús?
    Supongo que hablas del segundo. Pues he de reconocer que me costó mucho escribirlo y darle el toque que quería. Lo más asiduos al blog ya saben que me gusta centrarme mucho en las sensaciones y pensamientos del personaje femenino para que se entiendan los motivos por los que hace algo que normalmente no haría. En este caso, como el capítulo lo narra Jesús, temía dar la sensación de que consigue la mamada sin apenas oposición por parte de Isabel.

    Respecto a tu propuesta de escribir relatos sin infidelidad, ya es algo que comenté en anteriores ocasiones y no está reñido con lo que argumentas. Los cuernos no son más que un aspecto morboso, pero no el único, lo sé. Sin embargo, y esto es algo completamente subjetivo, a los que nos gustan los relatos de infidelidad, creemos que nunca sobran. Quiero decir que en los ejemplos que pones, "Un paquete en mensajería" por ejemplo, podría haberle añadido unos cuernos y probablemente habría conseguido aún más morbo (para los que nos gustan los relatos con infidelidad).
    Al final, todo es cuestión de gustos. Es exactamente igual para los que me critican que siempre narre pollones enormes. Es lo mismo, un elemento morboso más.
    Ahí va mi fórmula para quien quiera utilizarla:
    chica reticente/difícil (+ infidelidad) + pollón + situación morbosa + escritura decente = gran relato
    Los elementos son esos, el secreto es saber combinarlos :P

    Sobre el personaje del macarra te doy la razón en parte. Es cierto que es un estereotipo que suelo usar bastante, pero no siempre. Ahí está, por ejemplo, el personaje de Quim de "Sin tetas no hay trabajo" que diría que es el mayor cabrón sibilino que he creado jaja
    Pero entiendo lo que dices y tomo nota.

    jajaja lo cierto es que lo de Skype en principio solo era la excusa para que la pareja se casara cuando en realidad nunca habían querido hacerlo. Pero luego me pareció buena idea darle un poco más de importancia y se me ocurrió ese final. Como dijo Yuri, muy de "Los Serrano", final por cierto que nunca vi, y eso que me tragué bastantes capítulos en su día xD ¡Lo tengo pendiente! Pues ya ha quedado como algo mítico de las series españolas.

    Muchísimas gracias a los dos, R y MegaMan, por los comentarios. Como siempre, de verdad que se agradecen y, a veces, se esperan con ansias :)
  6. Anónimo 17 de agosto de 2018, 2:33
    Buf... menuda sorpresa y regalazo nos has hecho para estas vacaciones, muchas gracias por tu retorno.

    Suelo mirar tu página y no veas que contento por ver que nos habías dejado un regalo.

    Que ganas de devorar cada párrafo, pensaba dejarlo para mañana, pero he sucumbido a la tentación y no he podido esperar.

    Marchó al sobre, que mañana hay que madrugar para currar, pero no sin antes darte las gracias por tu retorno, espero que no sea efímero, que vuelvas con las pilas cargadas y que pronto nos regales otra joya.

    Que relatazo como de costumbre... me ha atrapado de principio a fin y ha cubierto todas las expectativas.

    Me ha gustado la evolución de los personajes.

    A mi el género de infidelidades me resulta morboso y creo que es como un desafío, intentar comer de la fruta prohibida mmm... Y si la fruta prohibida tiene un buen par de tetas ni te cuento jejeje...

    Esperando el próximo relatazo, me despido (y gracias gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, etc... por tu regreso).

    Fdo. Ermendasxxx79
  7. Anónimo 18 de agosto de 2018, 23:17
    Agradecido por tu vuelta.
  8. Anónimo 19 de agosto de 2018, 6:58
    Primero de todo, obviamente, es genial ver que has regresado. Siempre has sido uno de mis favoritos y ver que estás de nuevo activo y con la misma garra (¡o más!) que siempre es brutal. Y por los plazos, esto es un hobbie, así que no te presiones, escribe cuando te apetezca que, como ves, no es tan fácil librarse de nosotros.

    En cuanto al relato, he de admitir que tenía muchos comentarios que el final ha reventado. Que si la escena del avión es muy forzada, que si no tiene sentido que ella se quiera poner el traje en el avión, que si... y a la mierda, giro de guión inesperado que ata todo el relato, y de pronto todo tiene un enorme sentido. Eso si, deja en el aire el relato "principal" de la historia real que deja caer al final, y que ya tengo ganas de leer, jajaja.

    Así que el final morboso tiene además muchísimo sentido. He de reconocer que el juego/competición entre ambos personajes masculinos, sin embargo, me parece lo mejor, ya que aumenta el morbo y la atención brutalmente. Quien gana sin embargo se intuye si se conocen tus gustos, aunque he de reconocer que hubo un momento que pensé que en el probador se harían un trío. Pero especialmente tras la escena de derrota cuando se adjudica quien se encarga del viaje, se cierra toda esa trama... y he de reconocer que me hubiera gustado que ese capítulo no estuviese (menos spoiler) o que al menos Jesús no se rindiese, no le pega.

    El estilo de cambio de personajes que has hecho, como han comentado varios, es genial. Siempre me han gustado más estas historias cuando se narran desde la perspectiva de los corneadores, dejando que el personaje femenino se intuya y se narre con sus hechos y no con sus pensamientos. Pero jugar con las tres perspectivas: la de ella, la brutal y la sutil, juega fantásticamente para contar la historia y mantener el morbo. Realmente bueno.

    Me hubiera gustado, eso si, más resistencia por parte del novio. Aunque es celoso desde el principio, la primera vez confrontó el problema del skype directamente, de modo que presagiaba un personaje más fuerte de lo que ha resultado. Añadir su resistencia, sus intentos por averiguar lo que ocurre, o recuperar a su novia, habrían estado muy bien y dado más morbo y tensión a un relato que es brutal sin duda.

    En resumen, un placer descubrir que has vuelto... y por la puerta grande.

    Requiem
  9. doctorbp 19 de agosto de 2018, 10:19
    Vaya par de clásicos! Ermendasxxx79 y Requiem! Muchísimas gracias por vuestros comentarios, como siempre. ¡Y para los anónimos también! :P

    jajajaja Ermendasxxx79, tan agradecido como siempre. Gracias a ti por seguir por estos lares.

    Requiem, ahora me dejas con las dudas sobre esos comentarios que se han ido al traste :P Soy consciente de que la escena del avión es un poco inverosímil, pero ¿forzada? Espero que con eso no quieras decir poco elaborada/morbosa... Eso sería un error por mi parte.

    En realidad este relato estaba pensado para Jesús, pero se me ocurrió meter un segundo personaje precisamente para eso, para añadir más conflicto a la historia (competición por la chica, no saber con quién acabaría, posible trío...) y Jonny le acabó comiendo la tostada. Supongo que me tenéis calado desde "Noche descontrolada" jajaja

    Con la rendición final de Jesús quería hacer ver la dificultad de conseguir a Isabel. Que alguien tan seguro de sí mismo como él renuncie a la única que de verdad le ha marcado da idea de la mujer que es la protagonista. Y, al mismo tiempo, pretendía darle más mérito a lo que consigue Jonny.

    Interesante esto que comentas sobre los corneadores. ¿Prefieres no saber lo que sienten/piensan mis personajes femeninos? Lo digo porque normalmente nunca es así en mis relatos. Siempre tengo el temor de que si una de mis protagonistas cae sin explicar lo que pasa por su cabeza parezca lo que no es... ¡Soy un escritor cobarde! jaja
    Vuelvo a insistir en que me alegra que los cambios de perspectiva hayan gustado tanto :)

    Por último, respecto al novio, pues creo que tienes razón. Algún día haré a este personaje más fuerte, ¡lo prometo! xD Supongo que es error mío utilizarlos siempre para lo mismo, para dar pena y poco más. Mea culpa, la verdad.
    Aunque lo cierto es que Andrés confrontó el problema del Skype como parte de la realidad. El resto de sus comportamientos forman parte de la fantasía y ahí es normal que el novio sea humillado, que es lo que le gusta a Isabel :) Tal vez tenga una actitud diferente en la historia donde le ponen los cuernos de verdad jaja
  10. Anónimo 20 de agosto de 2018, 3:48
    Era forzada como equivalente a inverosímil: los eventos se suceden de un modo muy forzado para llegar a donde llegan. Al fin y al cabo, empiezan porque ella se levanta porque decide que quiere acostarse con su novio en el avión (lo cual ya es forzado o poco frecuente), para convencerlo de ello quiere ponerse su vestido de novia (que es improbable que fuese en la maleta de mano que dejan meter en el interior de la cabina, especialmente con lo voluminosos que suelen ser esos vestidos), etc. Morbo sin duda la escena tiene a raudales, por eso no te preocupes, no seré yo quien diga que eso le falta a tus relatos jajaja

    En cuanto al relato siendo para Jesús, es cierto que al principio es el que se lleva el peso de la narración, pero cada vez más se va viendo sustituido. Aunque como digo, la tensión entre ambos y su competición es brutal. Pero yo no creo que su rendición sirva para acentuar lo difícil que es conseguir a Isabel, más bien al contrario, sirve para dejarle el camino abierto al otro y rendirse en esa competición, de modo que ya sabemos quien va en el avión. Yo hubiera tirado por un final de conversación que fuese un "ya la conseguiré de otro modo" o algo así, que junto con el final que dice que ella nunca vuelve a ser infiel, deja claro que por mucho que lo intentó no lo consiguió.

    No es que prefiera no saber lo que sienten o piensan los personajes femeninos, es una cuestión de empatía. Como soy hombre y en estos relatos me gustaría ser el corneador, me gusta más que sea el narrador porque así me hace más sencillo sentirme él. La transferencia, vamos. Las protagonistas femeninas cuando el narrador es el hombre pueden demostrar lo que piensan y sienten de mil formas, desde decirlo en conversaciones a mostrarlo con sus actos. Pero es una cosa de preferencia, así que sin duda, no es ni que esté mejor ni peor y se que no es tu estilo. Y tú debes seguir con lo que te gusta y como te gusta. Pero no cedas a la cobardía en general nunca, deja que las cosas salgan como te gustan y vas a ver que puedes hacer muchas más cosas que si tú mismo cedes a tus miedos y aceptas el camino que crees que es más seguro. Las múltiples perspectivas de este relato son un buen ejemplo.

    En cuanto al novio/marido, creo que incluso para la fantasía de que sea humillado, un novio fuerte es mejor. Al fin y al cabo, cuanto más alto, más fuerte será la caída. Pero, como siempre, supongo que es una cuestión de gustos, así que tú sigue con lo que a ti te guste.

    Requiem
  11. Musa 21 de agosto de 2018, 14:56
    Hola Doc
    Que bueno que hayas vuelto por las tuyas. Como siempre muy bueno tu relato
    Coincido que hubiera estado bueno que cayera con Jesús que es el que hizo todo el trabajo, y después si el remate del avión.
    Pero es una cuestión de gustos
    Como muchos en este Blog pienso que deberías cerrar algunas historias como por ejemplo NOCHE DESCONTROLADA, ya que el novio se va y quedan días de fiesta por delante con una tensión sin resolver con el amigo y la promesa del macarra de que si se porta bien no dirá nada.
    En TODO POR UNA PRECIPITACION falta la caída con el padre, tu dices que seria ponerla en el papel de puta, pero si ya le enchufo un hijo que no era suyo al marido y quizás otro después del trío, muy santa no es ja ja
    Finalmente en UN VERANO CON LOS PRIMOS falta la fiesta de Navidad
    Disculpa las sujerencias
    Saludos
  12. Anónimo 26 de agosto de 2018, 2:10
    Me encanta el relato pero debo ser el unico que no entiende el capitulo final. Podrias hacerme una breve explicacion? Muchas gracias, un saludo
  13. doctorbp 30 de agosto de 2018, 14:32
    Aclarado Requiem. Y toda la razón en cuanto a que la situación es bastante inverosímil.

    Respecto a la actitud final de Jesús, tal vez tengas razón. Supongo que es mi manía de "humillar" a los derrotados. Desde un principio quería jugar con la duda de si sería Jesús, Jonny o ambos quienes conseguirían a Isabel y del modo que lo indicas tal vez lo habría logrado con mayor efectividad.

    Un buen aporte que no siempre tengo en cuenta el hecho de que cuando me lees te imagines ser el corneador. Yo cuando leo relatos me suelo imaginar que la protagonista es alguien a quien conozco y es mi forma de meterme en la historia, de ahí que me centre más en los pensamientos y sensaciones femeninos.
    Así que te entiendo perfectamente. De todos modos, no sé si algún día seré capaz de escribir un relato de cabo a rabo centrado en el personaje masculino. No prometo nada :P

    Requiem, muchísimas gracias por tu siempre punto de vista crítico. De verdad que me ayuda a darle una vuelta a mi forma de narrar, que no siempre es la que me gusta, sino simplemente a la que estoy más habituado. Y, como bien dices, a veces cambios como los diferentes puntos de vista de este relato son bienvenidos, tanto para mí como para vosotros.

    Musa, la idea de que no cayera con Jesús (aunque hay que recordar que le hace una mamada!!!!) es para que no pase lo que todo el mundo espera. Sé que eso crea frustración en algunos, pero creo que la sorpresa (relativa en este relato) también es agradable.

    Respecto al final, en el último capítulo narra el contacto de Skype de Isabel. Se supone que es una conversación después de tener sexo virtual durante 4 horas, durante las cuales han estado fantaseando con todo lo que se ha narrado en los capítulos anteriores. Es decir, Jesús y Jonny no existen e Isabel no le llega a poner los cuernos en la realidad a Andrés, únicamente virtualmente tal y como se narra al principio. Por último, el contacto de Skype explica que más adelante consigue follarse a Isabel en la realidad, pero eso no se narra en este relato.
    Espero haber aclarado el final.
  14. Anónimo 2 de septiembre de 2018, 12:35
    Pero siel talento nunca se fue Doctor como siempre un exceleso relato que lo pones a uno a mil, sin duda muy buen narrativa y buenos personajes.
    Espero en este regreso te animesva escribir un par de continuaciones como la niñera y tu mega joya Regalo de cumpleaños.
  15. Anónimo 25 de septiembre de 2018, 21:07
    Que tal, todavía recuerdo cuando leí tus primeros relatos, recuerdo quedar enganchado con las historias, leerlos, releerlos y leerlos una ves más para exprimir hasta la última gota a cada historia.

    Si bien, me quedé algo "tocado" cuando dejaste de publicar, creo que lo último que leí de tu autoría fue por ahí del 2016 inicios del 2017, y entraba constantemente a ver si había algo nuevo o no, y finalmente me rendí y deje el blog casi en el olvido, el día de hoy me encontraba leyendo apuntes antiguos de cosas que deje pendientes, esos apuntes me llevaron directo a un foro donde comentan relatos, en uno de los comentarios mencionaba algo de ir al doctor, y se me llego a la memoria los minutos bien invertidos leyendo tus historias.

    Aún no he leído esta nueva entregada, solo pase para ver si de pura casualidad hubiese publicado un nuevo trabajo y creo que es tal mi emoción por volver a leerte, que he publicado un comentario relativamente largo solo para decir que me llena de emoción tener frente a mis ojos una nueva obra tuya y no puedo esperar por leerla.
  16. doctorbp 2 de octubre de 2018, 23:32
    jajaja veo que las clásicas peticiones de continuaciones siguen a la orden del día :)

    Jolin! Muchísimas gracias por este último comentario. Me ha encantado la anécdota. Siento que estuvieras tanto tiempo esperando una nueva publicación que nunca llegó, pero ojalá haya servido para que la ilusión haya sido aún mayor por la forma inesperada en la que te has encontrado este nuevo relato.

    Espero que finalmente lo leyeras y, si es el caso, te animes a volver a pasar para comentarlo.

    Un saludo y gracias a todos por comentar!
  17. Anónimo 5 de octubre de 2018, 4:09
    Que excelente historia, esta y Noche descontrolada en definitiva son mis historias favoritas, de verdad tienes talento ojalá sigas escribiendo mucho tiempo mis mejores felicitaciones para ti.
  18. doctorbp 5 de octubre de 2018, 16:05
    Muchas gracias. Pocas veces ponen un nuevo relato a la altura de mi primera publicación :)
  19. Anónimo 6 de octubre de 2018, 4:15
    Hola doctor,
    Me ha parecido muy bueno el relato.
    Me gusta mucho la forma que tienes de ir incrementando el morbo y la carga sexual a través del de todo el relato. Como va fluyendo todo con una aparente normalidad atrapándote en la historia y haciéndote disfrutar de la misma.
    Si que hay dos cosas que quería comentar como críticas aunque sean tonterías:

    1- Ciertamente lo de llevar el vestido de boda en el equipaje de mano parece un poco extraño.
    2- Por una vez que creía que iba a leer una historia donde el macarra guaperas bien dotado no se come un mojón, vas y das ese giro a la historia, jajaj. Creo que hubiese sido más impactante dejar que todos creyésemos que el macarra iba a salirse una vez más con la suya y al final hacer el giro para que Jesús se llevase el premio.

    Otra cosa, los cambios en el protagonista de la narración me parecen muy buenos, así la historia es más completa al ver diferentes puntos de vista sobre una misma situación o las diferentes motivaciones con las que cada uno llega al siguiente paso.

    Solo decirte que espero con ganas el siguiente relato y espero que sigas escribiendo por mucho tiempo.

    Fer33
  20. doctorbp 8 de octubre de 2018, 20:55
    Hola Fer33,

    de eso se trata, de ir calentando poco a poco mediante situaciones cotidianas. No siempre lo consigo, pero lo intento :)

    Respecto a tus críticas:

    1-Ya se ha comentado anteriormente. Aunque no lo describí con detalle, mi idea del vestido era algo no demasiado pomposo, una especie de vestido corto de verano, pero más recargado. Dado que la noche de bodas la iban a pasar en el avión, hicieron todo lo posible por meter el vestido en el equipaje de mano por lo que pudiera pasar. Esa era la intención...

    2-No te quito la razón, pero tengo un pajarillo que me dice que seguro que si no triunfa el macarrilla bien dotado de turno alguno/a se lleva una decepción jaja Como siempre, hay gustos para todos. Pero lo cierto es que cada vez lo tengo más difícil para sorprender a los que ya me conocéis. Con Noche descontrolada fue fácil xD

    Gracias. Lo del cambio de perspectiva ha sido sin duda un éxito rotundo.

    Y lo de escribir por mucho tiempo nunca se sabe, pero siempre será más probable gracias a los que comentáis y os ponéis en contacto conmigo :)
  21. Anónimo 7 de diciembre de 2018, 10:48
    Estamos de vuelta! No recuerdo el nombre con el cual comentaba. Ya después busco.

    Pero me alegro mucho que estés de vuelta.
  22. Anónimo 7 de enero de 2019, 6:45
    Aprovecho par felicitarte las fiestas.
    Y desearnos a todos, lo mejor... que esté año sea maravilloso... para todos nosotros... es decir... con muchos relatos tuyos xd jejeje

    Animo campeón, por aquí seguiremos esperando las siguiente joya.
  23. doctorbp 1 de febrero de 2019, 18:45
    Ostras! Pues haber si te acuerdas del nombre para el próximo comentario. Por aquí te espero jeje
  24. Anónimo 2 de febrero de 2019, 0:01
    Se me pasó poner el nombre, un lapsus perdonable(espero). Pero quedate con el mensaje subliminal.
    Más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos, más relatos...

    Jejeje...

    Fdo. Ermendasxxx79
  25. doctorbp 10 de marzo de 2019, 14:11
    jajajaja no sé por qué... pero suponía que eras tú. Tu efusividad es incomparable :D

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